|
José
Maria Vigil Hablamos
de «espiritualidad» como espíritu, fuerza, talante, sentido que mueve,
pasión que empuja y arrastra
[i]
. Hablamos
de espiritualidad «misionera», no en el sentido amplio de evangelizadora
o apostólica, ni siquiera en el sentido más concreto de crítica o
profética (por contraposición a establecida o de cristiandad
[ii]
), sino en
el sentido específico de ad gentes, dirigida a no cristianos.
Y decimos de espiritualidad misionera «desde América Latina», no tanto
como desde un Continente físico concreto – aunque también – cuanto
como desde un Continente utópico, un lugar que no está en ningún sitio
pero que habita mentes y corazones, que orienta voluntades y luchas,
y se constituye en una geografía espiritual y una mística geográfica.
Sí, América Latina, el Continente que más señas de identidad
[iii]
emite, tiene patrimonio y sello propios en el mundo «misionero» (ad
gentes, mientras no digamos otra cosa), por más que para muchos
desapercibidos – muchísimos – AL sería toda ella católica, con solamente
una porción de cristianos de otras confesiones. La misión ad gentes
existe en AL, se da, está ahí, principalmente junto al mundo indígena,
y ha hecho en los últimos 40 años un recorrido de maduración que le
es característico. De eso «característico
latinoamericano» de la espiritualidad misionera es de lo voy a tratar.
Porque en AL, como en todas partes, hay de todo. Pero mucho de lo
que aquí hay no es «latinoamericano». Aunque se dé aquí y viva aquí,
viene de otra parte, depende otro lugar, y se mueve con referencias
foráneas. Aquí también, «ni son todos los que están, ni están todos
los que son». No tienen espíritu latinoamericano todas las misiones
físicamente situadas en el Continente, ni deja de haber mucha espiritualidad
misionera «de espíritu latinoamericano» fuera del mismo. I.
Fundamentos teológicos de la EML Es importante
captar esto. Toda espiritualidad, toda vivencia cristiana, está inserta
– conscientemente o no – en una cosmovisión teológica, en una estructura
de pensamiento, en una determinada «lectura» del cristianismo. A un
experto, le puede bastar un texto, un fragmento de una predicación,
una respuesta del catecismo, o una oración de la religiosidad popular…
para poder captar el paradigma teológico al que pertenecen. Paradigmas
teológicos o tipos de lecturas del cristianismo hay muchas, pero las
podemos sintetizar y enumerar brevemente
[v]
: a) Lectura
doctrinal-teórica del cristianismo: éste es ante todo una Verdad
revelada, que debe ser acogida con fe, con adhesión intelectual y
sin desviaciones no ortodoxas. Es la Verdad es la que salva al ser
humano y la que debe ser difundida y propagada misioneramente. b) La lectura
moralista concibe la religión como una prueba moral que Dios
ha puesto a los humanos, que se juega entre el bien y el mal, entre
el pecado y la gracia, y nos lleva a un premio o castigo eterno en
función de nuestro comportamiento premortal. c) La lectura
ontológico-metafísica pone la salvación en un plano separado,
meta-físico, mediado sacramentalmente. La salvación es sobre-natural
y está presente en la vida de la gracia. La salvación viene al ser
humano por la participación en ese otro plano o mundo verdadero, de
cuyas llaves es depositaria la Iglesia. d) La lectura
histórico-escatológica concibe la realidad fundamentalmente
como historia de salvación. «Dios tiene un sueño»
[vi]
, lo ha puesto
en marcha con la creación, y nos lo ha propuesto a los humanos como
Utopía y como tarea. La misión del ser humano es realizar esa Utopía
(el «Reino», en palabras de Jesús) en este mundo. La escatología y
la encarnación no son dos direcciones opuestas: no se trata de huir
al cielo, sino de construirlo en la tierra. La historia de la salvación
no es una teoría, sino la salvación de la historia, de la única historia
(no hay dos, una sagrada y otra profana). La misión
que anima la EML es una misión que quiere insertarse en «la misión
misma de Dios», que tiene un sueño sobre la Humanidad y ya lo ha puesto
en marcha. La Misión construida sobre un paradigma o una lectura histórica
del cristianismo es entendida como un «vivir y luchar por la Causa
de Jesús», un generoso y denodado esfuerzo por colaborar con Dios
en la realización de su proyecto de salvación de la Humanidad y del
mundo. El acercamiento y el diálogo con otros pueblos y otras religiones
está inserto en este mismo objetivo de alcance histórico, dentro de
la larga marcha de los pueblos hacia la utopía del sueño de Dios.
Desde esta
lectura del cristianismo está incluida la praxis de la fe que se esfuerza
por transformar la realidad, el sentido integral (no dualista) de
la realidad, la valoración de la realidad histórica y del su significado
salvífico. Un talante pues muy encarnado, muy histórico y a la vez
muy escatologizante (transformador de la historia hacia su futuro)
caracteriza a la EML. El reinocentrismo
nació en las universidades del primer mundo, dado a luz por sus propias
evidencias exegéticas. Como espiritualidad y como teología viva, el
reinocentrismo adquirió carta de ciudadanía en la teología y en la
espiritualidad latinoamericanas, y fue sin duda la aportación principal
que éstas han hecho al mundo y a la Iglesia universal. No hace falta
que recordemos lo que hoy es pacíficamente poseído en todo el cristianismo
moderno. El Reino de Dios es el centro absoluto de la predicación
de Jesús, no sólo su ipssísima verba, sino también la ipssísima
Intentio Iesu. Ciento veintidós veces aparece el Reino en el Evangelio,
90 de ellas en boca de Jesús: la frecuencia más alta, a mucha distancia
de la siguiente. El Jesús histórico
es ante todo el profeta del Reino, una vida y un mensaje absolutamente
centrado en el Reino. Se trata de una visión de Jesús muy distinta
de la que se da en otras lecturas del cristianismo
[viii]
.
El más alto magisterio oficial asumió, poco después del Concilio Vaticano
II, el reinocentrismo. «Sólo el Reino es absoluto, todo lo demás es
relativo»
[ix]
.
Es algo muy conocido, aunque no sea algo plenamente asimilado. El reinocentrismo
es el cambio teológico más profundo que se ha dado en el cristianismo
en los últimos tiempos. Es la superación del eclesiocentrismo, la
«criptoherejía» más difundida e institucionalmente apoyada. Y no es
un cambio accidental o cosmético, un simple juego de palabras o un
malabarismo conceptual; es una alternativa radical. Muchas de las
afirmaciones, valoraciones, implicaciones, supuestos… propios del
eclesiocentrismo, son enjuiciados, desplazados y hasta condenados
a la luz del reinocentrismo. La teología y la espiritualidad latinoamericanas
– también la espiritualidad misionera – son esencial e indubitablemente
reinocéntricas. Una misión
alimentada por esta EML es una «misión por el Reino». No tiene su
objetivo último en la implantación de la Iglesia, como planteaba,
por ejemplo, la famosa escuela misionológica belga
[x]
de la primera
mitad del siglo XX. La EML piensa
y siente y vive y mira a la Iglesia como Iglesia «al servicio del
Reino». La Iglesia – y, en ella, la misión misionera – tiene que gastar
su vida en la construcción del Reino, y ése ha de ser su máximo empeño,
aunque en ello se juegue la vida (o su prestigio, o su paz externa
o interna). Extrayendo
conclusiones concretas: el objetivo de la misión no son las «conversiones»
a la Iglesia, sino la acogida y construcción del Reino. Claro que
no se excluyen las conversiones, pero no son el punto de mira, la
justificación única. Conozco equipos pastorales de misión en esta
línea que en el diálogo con sus jerarquías se encuentran periódicamente
con la dificultad; al final el obispo acaba siempre preguntando: «muy
bien, pero ¿cuántos bautismos se han conseguido?». En el paradigma
clásico, la misión era – de hecho – proselitismo
[xi]
.
Desde el cruce de las dos citadas
lecturas o paradigmas, la misión tiene otro objetivo. Dice Leonardo
Boff que la opción por los pobres es la opción más grave que la Iglesia
ha tomado después de la Reforma Protestante. Un parteaguas. Dos vertientes,
dos maneras de mirar el mundo, de situarse ante la historia, y de
leer el cristianismo. Pero no una opción como algo advenedizo, como
una «novedad» que hubiera que justificar, sino como el redescubrimiento
de lo más viejo, de lo que está precisamente en lo más original del
Dios bíblico, que se reveló a sí mismo en la experiencia religiosa
de los «hapirús», aquella revolución agrario-campesina del siglo XIII
a.C. que se revelaron contra el Dios del Faraón, dios del Imperio
y de la opresión. El Dios de «Isra-El»
[xii]
fue el Dios de los hapirús, tan oprimidos que ni siquiera estaban
incluidos en la sociedad de las Ciudades-Estado del Canaán de entonces.
La carta de presentación con que el Dios bíblico se ha presentado
en su entrada en la historia ha sido ni más ni menos que su opción
por la justicia y por la fraternidad, que ésa es la verdadera sustancia
bíblico-teológica de la opción por los pobres. Porque no es que Dios
haga una opción «facultativa» (que pudiera no haber hecho), o «voluntarista»
(caprichosa, arbitraria, que fue por los pobres pero que pudiera haber
sido por los ricos), o «accidental» (sin conexión esencial con su
propio ser, que eligió a los pobres por una «preferencia» por simpatía
o por misericordia), sino una opción que emana de su mismo ser, que
no podía dejar de hacer, y que no podría ser de ninguna otra manera.
Teológicamente, Dios, que es Amor, también «es» opción por la Justicia,
y por tanto por los injusticiados
[xiii]
,
y contra los injusticiantes. Como decimos,
esta opción no es una virtud lateral, un anexo, ni siquiera una cosa
importante pero no central. Más que de un elemento, se trata de una
dimensión, que radica en la propia esencia del cristianismo y que
lo cruza transversalmente. Está radicada en el mismo centro de la
naturaleza del Dios bíblico y, lógicamente, como no podía ser menos,
en el mismo centro del mensaje de Jesús. Uno de los mayores timbres
de gloria de la teología y la espiritualidad latinoamericanas es que
ellas han sido las que han puesto esta opción en la cima de la atención
de la Iglesia universal, y no sólo ni principalmente con sus reflexiones
teológicas, sino con su espiritualidad, su praxis histórica y su abundante
sangre martirial. Macroecumenismo
es el nombre que en AL se dio a la teología de las religiones o su
espiritualidad correspondiente. A nivel teológico no fue desarrollado
(como no lo fueron todas las ramas de la teología latinoamericana
de la liberación), pero a nivel de espiritualidad llegó ciertamente
a ser expresado
[xv]
.
Como es sabido,
el Concilio Vaticano II supuso el abandono oficial y definitivo de
la postura exclusivista y la entronización oficial del inclusivismo
en la Iglesia católica. Por la misma época, un cambio semejante han
dado las Iglesias protestantes. Por su prte el pluralismo apenas ha
hecho que aparecer en el horizonte; eso sí, cautivante y muy dispuesto
a plantear su batalla. Si decíamos
al principio que nos estábamos refiriendo a la EML de los últimos
40 años, tendríamos que decir que en este punto tanto la espiritualidad
como la teología latinoamericanas no tienen unas posiciones fijas,
sino que están en proceso, en movimiento. Creo que honestamente se
puede reconocer que la posición del primer «macroecumenismo» latinoamericano
ha sido la posición más abierta – en la Iglesia católica al menos
— dentro del inclusivismo reinante, sin dejar de ser realmente inclusivismo.
La teología y la espiritualidad latinoamericanas se distinguieron
por su apertura y su diálogo y su reconocimiento a las religiones
indígenas del continente, por una parte, y hacia los militantes no
creyentes, por otra. El «ateo revolucionario» fue un interlocutor
privilegiado de la teología de la liberación, por ejemplo. En el fondo,
no se llegó a la superación teórica del inclusivismo en esa relación
de interlocución, pero sí a una superación práctica. Como digo, probablemente
estuvimos en aquellos años en el «inclusivismo más abierto» de los
que se dieron por entonces en el cristianismo. Pero digo
que estamos en movimiento. Así como en los elementos anteriormente
expuestos, podemos decir que estamos en posiciones ya madura, estable
y pacíficamente poseídas, en este tema no; estamos en movimiento,
y en movimiento acelerado. A pesar del silencio reinante y la falta
de producción teológica — muy explicable por la situación eclesiástica
actual-, no hay ya teólogo o teóloga que no esté desafiado por el
tema del pluralismo religioso, que es ya, sin discusión, el nuevo
paradigma con el que toda la teología y la espiritualidad se ven en
la necesidad de confrontarse. Es todo el Continente el que está comenzando
a despertar a esta nueva dimensión
[xvi]
.
Por su parte,
la EML se está abriendo, en primer lugar, a la valoración positiva
de la pluralidad religiosa. Ese sería el cambio principal, el gran
avance: de una valoración milenariamente negativa de la pluralidad
religiosa (la pluralidad de religiones era tenida como una incomplección
del plan de Dios, a la espera de ser subsanada por la «conversión»
de los paganos a la religión verdadera) estamos pasando a una valoración
positiva (se pasa a afirmar que la pluralidad de religiones ha sido
y es querida por Dios, y que no obedece a su designio esa expectativa
que nos hemos autoimpuesto de acabar con la pluralidad por la extensión
e imposición de nuestra religión sobre todas las demás). El segundo
gran paso, consecuencia en parte del primero, es el convencimiento
progresivo de que «no hay elegidos privilegiados». Esto puede parecer
muy duro, como lo es para el niño o la niña la crisis de «destronamiento»
que pasa cuando le llega su primer hermanito o hermanita. Con su evolución
hacia un pensamiento cada vez más proclive al pluralismo, el cristianismo
está pasando por la crisis de aceptar la plausibilidad de la hipótesis
de que tal vez no seamos los elegidos, el pueblo de Dios, «la» religión
verdadera, los mesiánicamente llamados a salvar al mundo… o que al
menos no lo seamos como siempre lo habíamos entendido. Los guardianes
de la ortodoxia hace tiempo que han puesto en guardia contra el relativismo
que según ellos conllevaría la aceptación de la pluralidad religiosa
como querida por Dios; el sentido misionero del cristianismo perdería
su base y su motivación… Pero, como dice Paul Knitter, «los cristianos
están aprendiendo que para que algo sea verdadero no hace falta que
sea absoluto»
[xvii]
,
y que una cosa es el relativismo en su sentido negativo de escepticismo
o indiferentismo, y otra es la relatividad, que, por contraposición
al absolutismo, nos hace realistas, moderados y respetuosos con la
realidad. Por evitar un supuesto relativismo, no podemos dejarnos
llevar al absolutismo, sino que hemos de mantenernos serenos en la
aceptación de la relatividad. El tema es muy amplio y no es éste el
lugar para profundizarlo
[xviii]
.
II.
Rasgos o actitudes de la EML La fe nos
da una visión contemplativa de la realidad. Y esta fe tamizada por
la EML da una visión contemplativa muy especial. El misionero de «espíritu
latinoamericano» tiene capacidad para «ver», para discernir la marcha
ascendente del Reino en la historia, en la única historia (sagrada
y profana, sin dualismos), desde los pobres como sujetos predilectos,
en una ascensión paralela y convergente de los pueblos, las religiones,
los movimientos sociales… todos bajo la acción del Espíritu. Este
misionero no se siente angustiado ni desbordado por la magnitud de
la obra de la conversión de los pueblos, sino que contempla con gozo
la acción insondable e incontenible del Espíritu, que antes y al margen
de la llegada de la misión, actúa en los pueblos, los empuja, los
conduce, los inspira. Es capaz de contemplar la presencia de Dios
en los procesos sociales, en las luchas de los pobres, incluso en
sus retrocesos, en los esfuerzos de tantos militantes generosos, incluso
aunque se manifiesten como lejanos de un Dios confesado o de una iglesia
o una religión reconocidas. El misionero
de espíritu latinoamericano no siente aquella lacerante angustia de
los misioneros clásicos, devorados por el celo de la salvación de
las almas, y desesperados por el espectáculo de los millones de almas
que a diario veían caer en el infierno. Durante siglos o milenios,
la situación no ha podido ser más pesimista. Todavía en el Congreso
sobre Misiones de Chicago de 1960 (protestante) se daba por supuesto
que «en los 15 años transcurridos después de la segunda guerra mundial
más de mil millones de personas han pasado a la eternidad y más de
la mitad de ellas han ido al fuego eterno sin haber escuchado el nombre
de Jesucristo»
[xx]
... Francisco
Javier fue a las Indias Orientales movido por su convencimiento –
común en su época – de que quienes no conocían a Jesucristo no alcanzaban
la salvación plena
[xxi]
.
Y el jansenista Saint-Cyran, gritaba en una suerte de entusiasmo y
horror sagrado: «No cae ni una sola gota de gracia sobre los paganos»
[xxii]
.
Cuando el Concilio Vaticano II comenzó a pensar lo contrario, hubo
misioneros que entraron en crisis: «si estos pueblos pueden salvarse
sin necesidad de la Iglesia, ¿qué sentido tiene la misión?». Hubo
que encontrar una nueva respuesta al sentido de la misión, que ya
no era que «la misión es la única vía de salvación para los pueblos
paganos», sino que la misión sigue teniendo sentido, aunque no sea
el sentido de que sin ella no hay salvación para los paganos. Aunque
todos los pueblos tienen contacto directo con Dios en su propia religión,
siempre tendrá sentido «salir» hacia las otras religiones para entablar
un diálogo religioso para, en él, «dar y recibir». Heredera
de la postura crítica de la espiritualidad liberadora, la misión latinoamericana
es también crítica de su propio pasado. Con varios siglos de evangelización
misionera a sus espaldas, del brazo del Patronato Regio, del Estado
colonial después
[xxiii]
,
de los poderes locales siempre, del latifundio y del capital, la misión
latinoamericana tiene muy presentes los pecados originales en que
fue concebida en este Continente, y evita con toda su alma caer en
ellos de nuevo. Se trata de una espiritualidad críticamente escarmentada
– en el sentido positivo de la palabra – penitencialmente arrepentida,
y eficazmente convertida. No se hace planteamientos triunfalistas
ni pretende volver a situaciones de cristiandad. La misión
es «misión por el Reino», y el misionero lo es también. La misión
no es principalmente un centro institucional, ni el misionero es un
funcionario. Una y otro son, a su modo, militantes utópicos, por la
Causa de Jesús, que es la Causa de Dios y la Causa de la Humanidad.
No tienen intereses propios, ni instititucionales. Su interés máximo,
su absoluto es el Reino, no sus mediaciones. Su pasión mayor es hacer
que reine el amor de Dios en todo, y que todas las mediaciones e instituciones
se rindan enteramente a su reinado, y se pongan completamente a su
servicio. Por eso ni una ni otro son eclesiocéntricos, ni proceden
con otros intereses que no sean el bien del otro al que nos dirigimos.
La misión
latinoamericana, comprometida con el Reino, «para que todos tengan
vida en abundancia» (Jn 10,10), y desbloqueada por todos estos presupuestos
teológicos precedentes, es hija también del espíritu ampliamente ecuménico
del Concilio Vaticano II, que nos invitaba a que «gustosos colaboremos
con quienes buscan idénticos fines»
[xxiv]
,
así como del espíritu de Aquel que ya dijo antes: «quienes no están
contra nosotros están con nosotros» (Mc 9,40). El chauvinismo, el
espíritu de competencia y rivalidad, las pretensiones de protagonismo
o exclusividad… no son propias de la misión latinoamericana. Hay misiones
en algunas partes que están «por encima del mundo», al margen de la
localización en que se ubican, como obedeciendo a un patrón «universal»
(con frecuencia «europeo» en realidad). En Asia el problema es que
las misiones son el cuerpo de una «Iglesia en Asia» pero no «de Asia».
La misión latinoamericana en general reivindica su carácter autóctono
o encarnado, tiene en cuenta la situación del Continente y del mundo,
y, según la metodología típica latinoamericana, «parte siempre de
la realidad, para sólo después «juzgar y actuar». La IV Conferencia
del CELAM introdujo oficialmente en el magisterio eclesiástico latinoamericano
el tema de la inculturación. Después de tantos siglos en que la Iglesia
trató de «civilizar», «aculturar», «amansar», «reducir» a los indígenas,
la nueva misión adopta hace tiempo en AL las actitudes contrarias:
aceptación y estudio y respeto de la cultura indígena, promoción de
la misma… Exactamente lo contrario a lo que se hizo durante siglos.
La mayoría de las misiones con historia documentada pueden testimoniar
una auténtica conversión en este punto. Esas misiones
con historia documentada pueden exhibir en muchos casos los testimonios
de misioneros en los que, quizá hace apenas 50 o 60 años, dominaba
todavía la convicción de que las religiones indígenas eran diabólicas,
o meras supersticiones, en todo caso algo a combatir y a erradicar…
La «conversión de los misioneros» ha sido, en este punto, realmente
radical. No deja de haber hoy quien considera que en las otras religiones
no hay fe sino simplemente «creencias»… pero en general hoy los misioneros
no sólo valoran altamente la religión del pueblo al que están acompañando,
sino que se interesan por conocerla y hasta por vivirla y cada vez
es más frecuente el caso de «doble pertenencia» religiosa, sin conflicto.
El diálogo de religiones no es un diálogo externo de representantes
oficiales de las religiones, sino que es el diálogo que las religiones
mismas entablan en el corazón de cada creyente
[xxv]
,
empezando por los propios misioneros... La humildad,
como virtud ascética es muy vieja, pero como actitud presente en la
actividad misionera es muy reciente, apenas de ayer. Es de ayer que
los misioneros no desprecien la religión ajena. De ayer es que la
valoren, que la estudien y sobre todo que la vivan.
Es de ayer que hayamos tomado conciencia de que toda formulación
en relación a lo absoluto de Dios es relativa. Es de ayer – o quizá
sea más bien de mañana – que el misionero vaya sin la seguridad avasalladora
de quien se sabe en posesión de la única verdad, la única salvación
y la mediación del único mediador. Después de tantos siglos en la
actitud contraria, esta cura de humildad no puede ser saludada sino
con la mayor esperanza
Notas
[ii]
Se puede recordar en este sentido el título de
la famosa revista española del posconcilio, «Pastoral misionera»,
entendida como una pastoral contrapuesta a la de cristiandad.
[iii]
Es la latinoamericanidad que describe Pedro Casaldáliga:
Siento la Latinoamericanidad como un modo de ser que la nueva
conciencia acumulada - de Pueblos hermanos oprimidos y en proceso
de liberación - nos posibilita y nos exige. Un modo de ver, un modo
de compartir, un modo de hacer futuro. Libre y liberador. Solidariamente
fraterno. Amerindio, negro, criollo. De todo un Pueblo, hecho de
Pueblos, en esta común Patria Grande, tierra prometida - prohibida
hasta ahora - que mana leche y sangre. Una especie de connaturalidad
geopolítica-espiritual que nos hace vibrar juntos, luchar juntos,
llegar juntos. Es mucho más que una referencia geográfica: es toda
una Historia común, una actitud vital, una decisión colectiva. Juntando
fe cristiana y latinoamericanidad, lo decía yo en mi soneto: ...«Tenedme
por latinoamericano/tenedme simplemente por cristiano/si me creéis
y no sabéis quién soy». Somos continentalidad en la opresión y en
la dependencia. Hemos de serlo en la liberación, en la autoctonía,
en la alternativa social, política, eclesial.
[iv]
La espiritualidad misionera que refleja la Declaración
Ad Gentes es bastante tradicional-europea.
[v]
He desarrollado este punto más ampliamente en
¿Cambio de paradigma en la Teología de la liberación?, «Christus»,
701(agosto 1997)7-15, México; RELaT n. 177, en http://servicioskoinonia.org/relat/177.htm
[vi]
Declaración final de la «Asamblea del Pueblo
de Dios», Quito 1992. El texto puede verse en la Agenda Latinoamericana
de los años 1993 y 2003 (pág. 192).
[vii]
Su separación es sólo metodológica; en la realidad
no se suelen dar en estado puro. Se podría hacer referencia a los
modelos eclsiástico-institucional, o eclesiocéntrico, y al modelo
cristomonista o cristocéntrico…
[viii]
Por ejemplo,
el Cristo Pantócrator, el Cristo rey universal, el divino Redentor
ofendido por los pecados del mundo, el maestro religioso, el Juez
universal, el Cristo eucarístico, el divino prisionero del sagrario…
[ix]
Evangelii Nuntiandi, 8.
[x]
De Lovaina, del P. Pierre Charles, escuela que
fue llamada de la «plantación» de la Iglesia.
[xi]
La palabra no tiene sentido negativo de por sí,
sino sólo en alguna de sus acepciones.
[xii]
Nombre teofórico, que significa «Dios luchará
con nosotros», con los pobres.
[xiii]
En otros lugares
he sostenido que la opción no es – expresándolo teológicamente –
por los pobres, sino por los injusticiados.
[xiv]
Venimos de una
tradición secular en la que la Iglesia ha querido mucho a los pobres,
pero como «objetos» (los «pobres-objeto»), no como «sujetos». En
cuanto a sujetos históricos la Iglesia institucional tiene una debilidad
inveterada por la la burguesía y las clases dominantes en general.
[xv]
El citado libro Espiritualidad de la liberación
de CASALDÁLIGA-VIGIL, publicado en la mayor parte de los países
latinoamericanos (libro que se proponía no presentar una teoría
o una espiritualidad de los autores, sino recoger lo más fielmente
posible la espiritualidad que se vivía en el Continente), tiene
un capítulo titulado Macroecumenismo. El término hizo fortuna
y vino a expresar la peculiar actitud frente al pluralismo religioso
adoptada por la espiritualidad latinoamericana.
[xvi]
La Agenda Latinoamericana’2003
ha dedicado el año al tema del diálogo y del pluralismo religiosos.
[xvii] Paul KNITTER, No Other Name?, Orbis, New York 1992, 219.
[xviii]
Recomendamos
el «Curso de teología del pluralismo religioso» que los Servicios
Koinonía ponen en línea, en http://servicioskoinonia.org/teologiapopular
[xix]
Puede consultarse
el recién aparecido libro de ASETT (Asociación Ecuménica de Teólogos
y Teólogas del Tercer Mundo), Por los muchos caminos de Dios.
Desafíos del pluralismo religioso a la teología de la liberación,
Verbo Divino, Quito 2003, Prólogo de Pedro Casaldáliga.
[xx]
Messages
Delivered at the Congress on World Mission, Chicago 1960, ed.
By J.O.Percy,
p. 9.
[xxi]
A pesar de la
opinión contraria de F.A. SULLIVAN, ¿Hay salvación fuera de la
Iglesia?, Desclée, Bilbao 1999, pág
104.
[xxii]
Citado por Ángel
SANTOS, Teología sistemática de la misión, Verbo Divino,
Estella 1991, 255.
[xxiii]
Cuando a los
misioneros se les decía que debian hacer simultáneamente «Iglesia
y Patria» (de la Metrópoli).
[xxiv]
Gaudium et Spes 43, 93, 16, 92, 57, 90, 77, 78; AG 12; AA 14.
[xxv]
R. PANIKKAR habla
del «intradiálogo». The Intrareligious Dialogue, New York,
1978; Il diálogo intrareligioso, Citadella Editrice, Assisi
1988, 2001.
|