José María Vigil
Un vademécum para el
ecumenismo
A
principios de 2004, la prensa ha informado que «el Pontificio Consejo
para la Unidad de los Cristianos, presidido por el cardenal Walter Kasper,
está preparando un vademécum de ecumenismo que sirva de guía a parroquias
y diócesis para actividades interconfesionales».
Coincido
plenamente con la oportunidad y necesidad de un vademécum semejante,
no sólo para las «actividades interconfesionales e interreligiosas»,
sino también para las actividades ordinarias de la propia vida interna
de la comunidad cristiana y eclesial - dentro de la misma confesión,
por supuesto -. El ecumenismo no es algo a ser tenido en cuenta sólo
en las actividades oficiales de diálogo, o en relaciones o en áreas
interconfesionales... sino en la vida toda del cristiano y de la comunidad
cristiana. Las celebraciones ordinarias, la eucaristía, la homilía,
la catequesis infantil o de adultos, la enseñanza teológica y la formación
seminarística, hasta incluso la vida íntima de oración personal... toda
la vida del cristiano y de la comunidad cristiana ha de estar embebida
de espíritu ecuménico y macroecuménico. El ecumenismo, en efecto, no
sólo es «para dialogar con los otros»; también es para vivir permanentemente
- incluso cuando estemos solos o «entre nosotros» - en espíritu de diálogo
interreligioso, aun cuando estamos solos. Más aún: el ecumenismo y el
diálogo interreligioso sólo serán útiles si previamente se realiza un
«intra-diálogo», para cuyo posible vademécum propongo los siguientes
principios, mínimos pero utópicos. Más que posibles reglas o letra leguleya,
son principios, rasgos de un espíritu. Son en todo caso utópicos, pero
es por la utopía por lo que podemos caminar y acelerar la marcha de
la Historia. Sugiero los siguientes principios:
•
No hablar ya nunca más de «la» religión verdadera. Todas lo son.
Los fenomenólogos de la religión hace tiempo que consideran obsoleta
la distinción entre religiones reveladas y naturales. Los mejores teólogos
las consideran a «todas reveladas». Aquel antiguo concepto ha de ser
abandonado, porque con su mera expresión material introduce supuestos
hoy día claramente falsos, y lleva las mentes a la confusión.
•
No insistir sin matices en que la religión cristiana tiene la plenitud
de la verdad: también tiene limitaciones de las que debe hacerse
consciente, verdaderos puntos ciegos que debe tratar de compensar. Tales
limitaciones se han expresado y todavía se expresan en fallos históricos
patentes que no cabe atribuir evasivamente a «algunos hijos de la Iglesia»,
sino que responden a prácticas oficializadas, conscientemente consentidas,
racionalizadamente justificadas y mayoritariamente aceptadas, frutos
de una limitación estructural. Ignorar estas limitaciones, callarlas
positivamente o no llamar la atención hacia ellas para reconocerlas
y superarlas, es de alguna manera una forma de continuarlas y perpetuarlas.
• Es imperativo abandonar ya el
inclusivismo y aceptar el pluralismo de las vías de salvación. Igual
que fue posible superar el exclusivismo («fuera de la Iglesia no hay
salvación») que el cristianismo profesó persistentemente, como un dogma,
durante más de un milenio y medio, así ha de ser posible hoy abandonar
su nueva versión, el inclusivismo actualmente oficial («fuera de Cristo
no hay salvación»). Lamentablemente, hoy por hoy, la institución eclesiástica
católica es rehén de las afirmaciones «dogmáticas» que ella misma ha
elaborado, a las que atribuye una exterioridad revelatoria y una procedencia
cuasidivina que paralizan la reflexión teológica. La institución como
tal no podrá cambiar hasta que se dé una nueva revolución teórica en
su seno, lo cual es más probable de lo que parece aunque en la coyuntura
actual no sea previsible por el momento. Mientras tanto, sólo la posición
decidida de los cristianos clarividentes liberados del miedo prestará
un servicio real a la actualización de la teología. Todos los cristianos/as,
desde los teólogos de palacio hasta el más humilde de los/as catequistas,
tienen el derecho y el deber de hacer avanzar a la comunidad cristiana
haciendo suyo este nuevo paradigma teológico que se nos impone por su
evidencia a pesar de los miedos y las parálisis.
•
Es urgente abandonar el mito de que Dios quería una única religión,
y la idea de que, en consecuencia, todas las demás son errores humanos.
Es cierto que ese mito está de alguna manera reflejado en la Biblia...
como tantos otros pensamientos míticos que hace tiempo sabemos distinguir
de su genuino mensaje religioso. Cada religión es un destello de la
infinita Luz de Dios que brota en el ser humano, mejor o peor reflejada.
El pluralismo religioso no es negativo, como clásicamente se ha pensado.
Es bueno y, además, no hay por qué reducirlo. Una única religión mundial
hoy por hoy no es probable, pero ni siquiera deseable como estado final
de la humanidad. Una misión ad gentes que pretenda positivamente
convertir a todo el mundo a su propia religión, es una misión que trata
de corregir a Dios y su pluriforme voluntad salvífica.
•
No existe «el» pueblo elegido. Ni lo fue el pueblo judío,
ni lo son los cristianos. Es cierto que esto está claramente en la Biblia,
pero lo está como una de tantas perspectivas propias de la infancia
de la Humanidad. Todos los pueblos primitivos se han creído a sí mismos
«los» elegidos. Pero Dios no es injusto, y elige a todos.
• Hoy por hoy, las actitudes ecuménicas,
dialogantes, abiertas, tolerantes, optimistas... de Jesús siguen siendo
el mejor modelo que el cristianismo puede ofrecer y adoptar en lo referente
al ecumenismo y al diálogo interreligioso. Son también el mejor modelo
que el cristianismo debe aplicarse a sí mismo - y ello es una tarea
todavía en buena parte pendiente, dado que cuando el seguimiento de
Jesús pasó a ser en el siglo IV la religión del imperio romano, abandonó
la práctica de Jesús en este aspecto y adoptó las prácticas institucionales
de la religión de Estado.
•
Es necesario reconsiderar el dogma cristológico de Nicea-Calcedonia,
que funge como un «enclave de fundamentalismo» dentro del cristianismo.
No limitarse a reinterpretarlo dejando intacta su afirmación básica,
sino afrontar también la raíz: ¿cómo surgió, de dónde procede, con qué
autoridad, con qué validez significativa? No se puede hacer consistir
la esencia del cristianismo en la canonización de las reflexiones de
unas comunidades primitivas, consideradas indebidamente como palabra
de Dios ya cerrada y como irreformables, por encima del mensaje mismo
de Jesús y de la práctica del amor. Eso empequeñece a Dios, a Jesús
y al cristianismo.
•
Hay que reconfirmar y aceptar definitivamente que nadie está en «situación
gravemente deficitaria de salvación» por razón de la religión en
que ha nacido. No podemos creer en un Dios injusto. No podemos aceptar
que lo nuestro es fe, y la fe de los demás son «creencias». Por sentido
común, y por el imperativo del amor, debemos conceder a las prácticas
religiosas de los demás, el mismo presupuesto de validez y de calidad
que queremos que sean reconocidos a las nuestras.
•
El tiempo de las misiones clásicas ha pasado. La misión proselitista
no se funda en Jesús... Los textos neotestamentarios que equivocadamente
se aducen a su favor, ni son palabras de Jesús, ni tienen fundamento
histórico en su praxis conocida. El proselitismo ha de ser abandonado
y prohibido. La misión sólo es legítima si va dispuesta a anunciar tanto
como a escuchar, a aprender y recibir tanto cuanto a compartir. La misión
no es «diálogo y anuncio» si se trata de un diálogo que sólo intenta
posibilitar el anuncio. Sólo es legítima la misión que piensa en un
anuncio «mutuo»: no se puede anunciar a los otros si no se acepta simultánea
y sinceramente el anuncio ajeno.
La misión de la misión no es otra que
la extensión del amor, el compartir por el diálogo interreligioso y
la petición de perdón. La única «conversión de los otros» que los misioneros
deben pretender es una «conversión al Reino de Dios», no cambiando de
religión, en principio, sino profundizando su respuesta al Dios del
Reino que universalmente se hace presente en todas las religiones -
con lenguaje, categorías, modos... propios en cada caso -, «por los
muchos caminos de Dios».
•
Una ética sincera de la libertad, que renunciara a los medios
coercitivos heredados (conquistas, inquisición, estados confesionales,
colonialismos, falta de libertad religiosa...) y a los aún practicados
(bautismo de niños, alianzas con los poderes sociales...) reduciría
a los cristianos una magnitud cuantitativa más verdadera. Por eso la
crisis de disminución numérica puede ser una crisis de crecimiento en
calidad y en verdad, y debe ser saludada con optimismo si es aprovechada
con sinceridad.
• Asumir la «Regla de oro» -«trata
a los demás como quieres que los demás te traten a ti», presente en
todas las grandes religiones del mundo con expresiones casi literalmente
idénticas - como el programa práctico de diálogo interreligioso: lo
mejor que pueden hacer las religiones es ponerse juntas al servicio
de la vida y de la paz del mundo desde la opción por los pobres. Ése
es el camino para la deseada unidad - no unificación -.
Ref.:
Texto y pedido de publicación del autor. Mayo 2004.