Gianfranco
Testa, IMC
El
perdón, una propuesta inteligente
Una mirada
a la situación
Vivimos en un mundo en
crisis. Y no porque las crisis sean recurrentes, numéricamente
o de magnitud, sino porque están en cuestión las motivaciones
fundamentales de la vida, de la fe, de la convivencia.
Y
los más grave es que el mismo
remedio del mal provoca crisis aún mayores.
La
falta de democracia se suple con la guerra; los principios morales,
ciertamente fundamentados en la experiencia pascual de Cristo,
en lugar de transformar en profundidad las conciencias son vistos
como simples exigencias legales y provocan un terremoto en valores éticos
irrenunciables.
Está en crisis el proyecto
político y social global. La brecha entre pobres y ricos es
cada día mayor y aparecen cada vez más inquietantes
las estadísticas sobre pobreza absoluta, que engloban a millones
y millones de seres humanos. Las finanzas, el comercio (ahora se
está hablando de tratado de libre comercio) y la venta de
armas son los mecanismos infames que provocan un desequilibrio mayor
al del terrorismo mundial.
La
violencia, que es una forma como se manifiesta la crisis, quizás la forma más llamativa
y más cargada de consecuencias, tiene, pues, causas objetivas
como son la marginalización, peor aún la exclusión,
la injusticia social tanto en los niveles nacionales como internacionales,
la insolidaridad, el hambre, las enfermedades, la miseria, la falta
de oportunidades y de esperanza.
Nos
sentimos impotentes frente a una estructura legitimada por una
democracia formal y excluyente, que abandona por el camino a los
muchos caídos de Jerusalén
a Jericó.
La
política poco o nada tiene
que ver con el samaritano, menos aún con el samaritano bueno.
La
vida religiosa misma parece preferir la intimidad, la seguridad,
la temática propia. Las revoluciones
han pasado de moda, después de tantos fracasos en sus intentos
por cambiar la realidad. Y el motivo más repetido es que olvidaron
de cambiar al hombre antes que a las estructuras.
Y
aquí viene un segundo aspecto.
No
sólo entró en crisis
el compromiso social y político (no hemos sido capaces de
cambiar el mundo y la historia, por más que afirmáramos
que el cristiano es un constructor de historia). Al mismo
tiempo debemos afirmar que no hemos sido capaces de cambiarnos a
nosotros mismos. Nos encontramos, una y otra vez, débiles,
con los mismos defectos y pecados.
Si
la teología de la liberación
nos cargó con un compromiso demasiado grande, también
la moral exigente, tanto de la Iglesia católica como de los
grupos evangélicos, ha creado una dicotomía entre fe
y vida. La gente ha aprendido a solucionar los problemas a su manera,
pero con una carga de angustia y de dificultad.
La
moral sexual, la bioética, los nuevos retos de la manipulación
genética... No todo se puede solucionar en un tú a
tú, en un ámbito únicamente individual.
Nos
sentimos parte de una comunidad, que usa un lenguaje y una argumentación que a menudo nos indica
un camino, que está más allá de las posibilidades.
La misma práctica del confesionario o del acompañamiento
de las conciencias nos tienta para que hagamos descuentos por un
lado y por el otro, recordando lo que dice la Iglesia y, sin embargo...
Buscando
respuestas
La búsqueda de espiritualidad,
de religiosidad, no necesariamente católica o cristiana, la
necesidad de encontrar respuestas a la crisis de valores nos hace
volver la mirada hacia las grandes propuestas de solidaridad, de
paz, de convivencia entre los pueblos y las culturas. Sin embargo
todo esto está matizado por la incomprensión, la no
aceptación, las fronteras, no tanto geográficas cuanto
emocionales, cerradas e infranqueables.
Por
eso es necesario buscar algún
otro elemento, que haga de soporte a la construcción de nuevas
reglas de juego de la vida. Ese elemento, creo, es el perdón.
En
un mundo dividido por muchas causas: políticas, sociales, ideológicas..., en una sociedad
fragmentada, en comunidades, que guardan viejos rencores, el perdón
ofrece la oportunidad de desbloquear la situación, de liberar
las tensiones, de ofrecer nuevas oportunidades.
Perdonar
no es aceptar lo inaceptable, no es tampoco cerrar los ojos frente
a la injusticia, no es sumisión
a la voluntad del otro.
Tampoco
el perdón se identifica
con acciones, con hechos, con cosas que hay que hacer... el perdón
es una opción y una actitud por la cual la persona decide
no arrastrar una situación que no le permite ser feliz, libre,
consciente de su realidad.
Hoy
estamos invitados a perdonar muchas veces, porque la realidad nos
hace sufrir, y estamos llamados también
a perdonarnos muchas veces a nosotros mismos, porque descubrimos
demasiadas heridas e inconsistencias en nuestra vida.
Perdonar
es no volver a hundir el cuchillo en una herida que ya nos hace
tanto sufrir, es hacer que la herida se vaya cerrando; quedará sin duda la marca de esa
herida, quedará una cicatriz, que ya no hace sufrir.
Los
ejemplos pueden ser muchos. La niña violada, que no sabe interiorizar esta situación,
siempre vivirá con una actitud de rechazo hacia cualquier
hombre (todos son iguales...); los papás que no viven la muerte
violenta de un hijo (por accidente de carretera o por la violencia
societaria o política) olvidarán a los demás
miembros de la familia y los condenarán a quedar bloqueados
en una realidad traumática.
Y
ya aparece una primera afirmación
importante: el perdón no es olvido.
No
puede una madre olvidar los sufrimientos de su esposo o de su hijo,
no podemos – no debemos – olvidar
la masacre de los niños en Rusia o lo que sucede a nuestro
alrededor.
Una
famosa canción, que a veces
cantamos también en la iglesia, nos hace decir: Sólo
le pido a Dios que lo injusto, que la guerra... no me sean indiferentes.
Perdonar,
en lugar de ser olvido es ver las cosas de una manera distinta.
Y eso se logra no de forma automática, sino como fruto de
un entrenamiento.
Las causas
de la violencia
Frente a una situación
difícil, un hecho violento, una incomprensión, un conflicto
mal solucionado... puede haber muchas reacciones. Que son eso: reacciones.
Y como tales no son ni buenas ni malas.
Algunas
favorecen, otras dificultan la comunicación pero no pueden ser juzgadas en sí.
Una reacción de rabia, de tristeza, de angustia o de alegría
son justificadas y deben ser aceptadas. El problema nace cuando las
reacciones o emociones se adueñan de la persona, por lo que
la rabia, la angustia o una misma alegría sin motivo se transforman
en la manera de ser.
La
violencia es sin duda una de las realidades que más nos desafían
hoy y son las causas de situaciones de angustia, de tristeza o
de rabia.
El terrorismo, las guerras televisivas
y las olvidadas influyen sobre la manera de vivir de cada uno.
Sin
embargo hay otra violencia, la de cada día, mucho más
difundida, que es capaz de entrar en las casas de familia, en las
casas religiosas, en las relaciones de trabajo o de conveniencia.
Es la violencia invisible que hace
voltear la casa al otro lado por la calle, buscando no reconocer
o no ser reconocidos para ahorrarnos un gesto de saludo.
Si
examinamos con detenimiento nos damos cuenta que la violencia organizada,
la violencia de la guerra y de la resistencia provocan un número importante de víctimas,
pero mínimo si lo comparamos con los muertos provocados cada
día en el mundo por la velocidad de los carros, por el poco
respeto por las normas, por los envenenamientos programados por las
grandes industrias, por la incapacidad de convivencia, etcétera.
Algún aficionado a las estadísticas
nos dice que la violencia organizada, aún en países
que sufren la guerra, como Colombia, no provoca más del 15-20%
de los muertos; los demás son las víctimas de la violencia
societaria. De manera que si mañana se acabara la guerra habría
que seguir trabajando sobre un número importante de víctimas.
¿Cuáles
son las causas de la violencia?
A
parte las causas objetivas, como la injusta distribución de los bienes, la marginación,
la explotación, sobre las que difícilmente tenemos
la capacidad de actuar, hay otras causas que están en nuestras
manos y que llamamos causas subjetivas.
La
primera es la incapacidad por manejar nuestras emociones. Nos domina
de inmediato la rabia, nos dejamos llevar por la antipatía, la animadversión,
el contraste con la otra persona.
Se
puede tratar de una relación
cercana, o también de una situación que vemos por televisión
y frente a la cual reaccionamos con una actitud vengativa o de rechazo,
que llevamos adentro por varios días.
No
es fácil mantenernos con
un equilibrio mental y emocional frente a la destrucción de
las torres gemelas, frente a la muerte de gente de paz como Enzo
Baldoni, frente al secuestro y matanza de los niños de Ossezia.
A veces, a distancia de meses o de años, volvemos a sentir
emociones muy fuertes. No somos responsables de la rabia que tenemos,
pero sí de la rabia que guardamos.
A
veces, una fuerte emoción
de pocos segundos, puede condenar una vida a la cárcel o a
un sufrimiento sin límites.
Otra
causa de violencia depende de una mentalidad difundida: creemos
que la violencia es normal. Las teorías de Darwin o de Freud nos han hecho pensar que en la
lucha de la vida ganador es el más fuerte. Hay que ser más
fuertes (o más violentos) para sobrevivir. Hoy muchos antropólogos
ponen es duda esta creencia. En las cuevas, donde vivieron nuestros
antepasados, no se han encontrado sólo piedras labradas para
defensa o ofensa, sino restos de alimentos traídos seguramente
de lugares distintos. Señal de una interdependencia para poder
sobrevivir. Hoy podríamos decir que la supervivencia era más
fruto de solidaridad que de fuerza. Este es un tema que merece ser
profundizado porque nos puede ofrecer la posibilidad de proyectar
el futuro de la humanidad sobre bases distintas a las actuales de
confrontaciones armadas. La paz se construye sobre la solidaridad,
la interacción y no sobre las guerras preventivas.
Una
tercera causa de la violencia, además de la poca capacidad por manejar las emociones y la
creencia de la normalidad del uso de la fuerza consiste en que abundan
los azuzadores y faltan los mediadores. La violencia es espectáculo
tanto callejero como televisivo. Seguramente la paz exige más
inteligencia que la violencia, será por eso que los pacíficos
son menos numerosos y creativos que los guerreristas. Frente a una
situación que pide alguna solución es más rápido
ir a la vía de los hechos que a la búsqueda de alternativas.
Era claro que Saddam Hussein era un problema para la humanidad en
general. Dar una solución al mismo sin que se afectara al
pueblo irakeno y sin que se usaran las armas pedía tiempo,
fantasía, inventiva. La solución más fácil
es la que usó Alejandro cuando, para soltar el nudo gordiano
sacó la espada y simplemente lo cortó.
La
misma enseñanza, con su
carga de competitividad, también la enseñanza en los
colegios católicos, prepara más a la superación
del otro que a su servicio, más a la confrontación
que a la mediación.
La irracionalidad
del perdón
Cuando alguien nos pidió que
amáramos a nuestros enemigos, que hiciéramos el bien
a quien nos hace el mal, nos pidió seguramente una acción,
una actitud irracional. No hay razones para amar al enemigo, para
perdonar.
Sin
embargo hay también mucha
irracionalidad en la violencia.
Me refiero a hechos sucedidos en Colombia.
Son simplemente un ejemplo.
En
la finca, donde un grupo de niños
y jóvenes desplazados por la guerra se van formando, hay un
muchacho que un día me quiso contar como lo obligaron a mirar
cuando los paramilitares cortaban a su tío con la motosierra.
Es
irracional matar así a una
persona; es irracional obligar a un menor asistir a ese acto inhumano
realizado sobre un ser querido.
En
una aldea los paramilitares, en estos comportamientos le ganan
ampliamente a los guerrilleros, reunieron a toda la población. Tenían que enseñar cómo
es de peligroso tener algún trato amistoso con la guerrilla.
Después de echar su sermón llamaron en el centro del
círculo a una niña, escogida al azar y, frente a todo
el mundo la estrangularon.
Un hecho irracional.
También el perdón
es irracional, pero se trata de una irracionalidad constructiva
frente a una irracionalidad destructiva.
Se
trata además de una irracionalidad
inteligente.
Shakespeare,
en una de sus obras, dice que guardar odio es como tomar veneno
y esperar que se muera el otro. No tomar veneno es más inteligente que tomarlo, sobre
todo si queremos dejar de hacernos daño a nosotros mismos.
Las ganancias
del perdón
Muchas son las ganancias
del perdón, sobre todo si lo comparamos con la rabia.
A
nivel físico, la rabia es
responsable de más de cien enfermedades unidas a problemas
del corazón, de la tensión, dolores musculares, stress,
insomnio y mala digestión. Es evidente que el perdón favorece
un cambio radical a nivel físico con una gran mejoría
en la salud.
El
resultado más llamativo
e irrefutable es la ganancia en el bolsillo con menos gastos en medicinas,
en psicólogos, en sesiones terapéuticas.
A
nivel intelectual el perdón
ofrece un mayor equilibrio en el juzgar las situaciones con lucidez
de principios, serenidad y claridad.
A
nivel emocional se gana en serenidad, en tranquilidad, en capacidad
de ternura, en relaciones amables y positivas. Uno se siente mucho
más tranquilo porque logra
dominar la tentación de la conflictualidad, como manera de
relacionarse con los demás, aún en los momentos de
dificultad.
La
conducta cambia porque el perdón
es una manera de ser más que acciones aisladas: se trata de
adquirir una actitud más serena, más segura y con la
apertura la futuro.
Está claro que las mayores
ganancias se dan a nivel espiritual y religioso. El perdón
está en el corazón de le experiencia cristiana. Jesús
vino a reconciliarnos con el Padre y entre nosotros y nos ha hecho
ministros y embajadores de la reconciliación. Sólo
quien perdona recibe perdón. El perdón nos hace parecidos,
perfectos como lo es el Padre que hace nacer el sol sobre buenos
y malos, que hace llover sobre el campo del justo y del injusto.
La
comunidad cambia, deja de ser simplemente un lugar de coexistencias
o de convivencias para transformarse en experiencia de comunión.
Y,
por fin las ganancias políticas.
Hoy, si existiera entre nosotros un profeta
quizás descubriría la espiritualidad del terrorismo.
Cuando
el pueblo de la Biblia hebrea se encontró sin tierra, sin templo, sin sacerdocio, sin reyes...
tuvo el valor de preguntarse por el por qué.
¿Cuál será el
por qué del hoy?
El
sentirnos débiles en nuestra
soberbia, frágiles y en manos de un enemigo desconocido tendría
que crear en nosotros no sólo preocupación sino interrogantes
profundos.
En ámbito religioso encontramos
una primera causa en el abandono de Dios, pero no simplemente en
un sentido ateísta; hemos abandonado, también las iglesias,
el proyecto de Dios, un proyecto de comunidad y de vida para encerrarnos
en guetos, que quieren hacernos sentir mejores que los demás,
con la única verdad salvadora y la última fórmula
capaz de solucionar los problemas.
En
campo económico está claro
que la explotación de los bienes de la tierra (entre ellos
el más apetecido es el petróleo), el comercio inicuo,
el dominio sobre las finanzas, la exportación e imposición
de modelos culturales y políticos no pueden dejar indiferentes
a grandes culturas y países.
En
campo cultural hemos arrasado con una diversa concepción de la vida, de la muerte, de la relación
interpersonal.
No
es aceptable el terrorismo, pero tendríamos que habernos levantado todos, no sólo los
espíritus más iluminados, los profetas que hemos admirado
y perdido de vista.
No
se puede perdonar el método,
pero sí se puede intentar descubrir alguna razón. Este
es el primer paso para construir un mundo reconciliado.
Los
profetas lloraban la desgracia de su pueblo, pero buscaban comprender
las razones y hasta se admiraban del bastón del Señor que podía
tomar rostros distintos como el de Artajerjes o de Ciro.
Perdón
y reconciliación
Una reflexión importante
se refiere a la distinta concepción del perdón y de
la reconciliación.
En
el lenguaje eclesiástico
se confunden y esto no ayuda.
Se
habla indistintamente del sacramento del perdón o de la reconciliación, porque se busca,
de un solo golpe, llegar a lo máximo.
Sin embargo en mejor distinguir los
dos elementos.
El
perdón es un proceso que
vivo en mi interioridad, es una sanación interior, que no
exige la presencia o la relación con la otra persona. Y esto
da una grande tranquilidad. A veces sentimos que hemos perdonado
de verdad, pero no hemos sido capaces de acercarnos a la otra persona,
no hemos encontrado la oportunidad, nos ha parecido que no estaba
maduro el momento. Ningún miedo. Se trata de un verdadero
perdón. Estamos reconstruyendo en la intimidad la imagen de
la otra persona, que deja de ser un adversario que debo eliminar
en mí, para ser simplemente un ser humano, que me ha ofendido,
que me ha creado un trauma, y que, muchas veces ha sufrido traumas
y ofensas.
El
perdón es humanizar al adversario.
Si somos capaces de fe, lo vamos considerando como alguien que, con
todos sus defectos, es amado por Dios. Si Dios lo ama así como
es, ¿por qué no soy capaz de amarlo yo también?
La
reconciliación es un proceso
distinto: exige la recomposición de relaciones con la otra
o las personas.
Podríamos decir que si el perdón
es un proceso psicológico, la reconciliación es un
proceso sociológico.
Está claro que habrá,
pues reconciliaciones de carácter interpersonal, social o
comunitario y político.
De
este último tipo conocemos
los ejemplos históricos, como la reconciliación en África
del Sur, en El Salvador, en Mozambique. Otras reconciliaciones esperan
todavía una construcción exitosa en los Balcanes, en
el Medio Oriente, en Chipre, en Irlanda o en los Países africanos
de los Grandes Lagos.
La
reconciliación no puede
ser un monólogo, debe ser construida entre los dos en un proceso
que sea ganancioso para todos, donde todos, las dos personas o las
dos realidades, se sientan responsables y protagonistas.
Habrá, pues, procesos de perdón
sin reconciliación, pero no puede haber verdaderos procesos
de reconciliación sin perdón.
Es
evidente que la fragilidad de reconciliaciones políticas construidas sobre la base de amnistías o
indultos, pero sin la participación de las víctimas,
no tienen futuro. Lo hemos visto con las leyes de perdón y
olvido en Chile y Argentina, cíclicamente rechazadas por la
población.
A
veces pueden ser necesarias políticas
para cerrar páginas de historia (se hizo en Italia, en Portugal,
en España) pero se exige una fuerte conciencia pública
y un esfuerzo por corregir situaciones sociales que permitan mirar
al futuro con optimismo.
Sin
embargo, hoy más que nunca,
la base de la reconciliación, sobre todo política,
exige de bases claras como son la verdad, la justicia, el acuerdo
entre las partes y la celebración solemne de la memoria y
de la restitución.
Es
un camino posible y necesario, que en parte ya ha sido hecho y
en parte exige todavía de
valor y de inventiva.
El entrenamiento
Al final de un curso sobre
el Perdón y la Reconciliación en barrios populares
de Bogotá un hombre de unos treinta años quiso dar
su testimonio sobre lo que había vivido.
Dijo: «En mi iglesia siempre
me habían dicho que debía perdonar, pero nunca me habían
enseñado cómo hacerlo. Ahora lo aprendí».
El
Perdón y la Reconciliación
piden además de unos contenidos también de una pedagogía.
Para
aprender a perdonar es necesario convencerse ante todo que las
ganancias de la rabia y de la venganza son ganancias muy relativas,
que al final más bien se transforman
en pérdida. Es mejor dejar de dejarse enceguecer por emociones
que no favorecen una vida más serena. El perdón es,
por lo tanto, una decisión, una decisión posible porque
no estamos obligados a vivir esclavos de nuestro pasado. Podemos
escoger.
Para
podernos liberar del pasado vamos mirando lo sucedido con ojos
nuevos. Muchas veces la ofensa recibida, con la que tenemos todo
el derecho de no estar de acuerdo, de no aceptarla, era en realidad
la reacción de una persona acorralada,
ofendida por muchas situaciones de la vida. Aprender a percibir de
manera nueva nos ayuda a reducir los sucesos en su justa dimensión,
porque, no siempre pero a veces, la ofensa está más
en la percepción que en el hecho mismo.
Llegando
a este punto ya la compasión,
la capacidad de reconocer la necesidad del otro y nuestra está ganando
y empieza a ser una emoción portante.
Es
hora de lanzar el puente hacia una posible reconciliación.
A
veces esta no será posible,
si el otro no quiere, si no sé donde esté, si ha muerto...,
a veces no será deseable, por ejemplo en caso de una violación
por parte del papá, en otros casos la reconciliación
será realmente la feliz conclusión de un entrenamiento.
También la reconciliación
se juega en niveles distintos. Se puede realizar como una simple
coexistencia pacífica (una pareja que vive situaciones insalvables
se separa y, al menos, hace un acuerdo de no seguir atacándose,
de no usar a los hijos para herirse uno al otro). La coexistencia
pacífica entre judíos y palestinos sería una
forma de reconciliación mínima pero ya muy exitosa.
Un
nivel más profundo podría
ser una reconciliación de convivencia, donde se comparten
horarios, estilos, costumbres...
Otro
nivel es el de la comunión.
Cada
caso exigirá formas distintas,
todas útiles, con tal de que logren sanar heridas en las relaciones
y en al comunicación.
Ya
se ha dicho que la reconciliación
es un puente que necesita de pilares: la verdad, la justicia, el
pacto y la celebración.
La
verdad como mínima comunicación,
que nos permita creer en el otro. No se reconstruye el hecho sino
la motivación del mismo, se busca comprender sus por qué y
sus para qué.
La
justicia restaurativa, que regenere tanto a la víctima como
la victimario y a la sociedad.
El acuerdo para construir el futuro
juntos.
La
celebración de una memoria
sanada, así como en cada eucaristía recordamos un asesinato,
el de Jesús, pero como victoria y salvación.
Conclusión
Somos una comunidad de
destino común.
Cada
vez más comprendemos que
la aldea global es no sólo una realidad sino un proyecto.
El Dios bíblico es un Dios que quiere hacer de todos los hombres
una sola familia. Si la Babel nace de la soberbia del hombre, el
antibabel de Pentecostés es el fruto del Espíritu de
Dios.
En
la familia no todos los hijos piensan lo mismo, ni tienen las mismas
actitudes. En la familia humana, además
de la riqueza de culturas, de lenguas e historias, hay también
una riqueza grande de experiencias religiosas. Cada vez más
se achica la preocupación por el número de las religiones
y aumenta la preocupación por cómo estas son vividas.
Será verdadera la religión que más ayude y favorezca
la integración y la comunión entre las personas. Será verdadera
la religión que más favorezca el perdón y la
reconciliación, porque siempre en la historia interpersonal
o comunitaria existe la posibilidad de la ruptura, de la división,
que el perdón y la reconciliación pueden sanar. Esa
la única manera de ser de Dios en cualquier religión
o cultura. En la Biblia Dios es clemente y compasivo y clemente y
compasivo es Dios en el Corán o en la concepción religiosa
del hinduismo, del budismo o de otros caminos.
Y
en nombre de ese Dios nos hemos hecho guerras, se ha desatado la
más grave violencia, hemos
puesto razones para las venganzas actuales y futuras.
Quizás haya llegado el tiempo
para la Iglesia en su misión de la Iglesia, en su nueva evangelización
y su pastoral de convertirnos todos, nosotros y los que no son cristianos,
al único y verdadero rostro de Dios.
Ref.:
Texto presentado por el Autor en la Conferencia organizada
por SEDOS el 15 de Octubre, 2004 en Roma.