Mensaje para la Jornada Mundial del SIDA
(1º
Diciembre 2003)
Queridos
hermanos y hermanas en Cristo:
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Mientras
la comunidad internacional se prepara a celebrar también
este año la Jornada Mundial del SIDA, en calidad de Presidente
del Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud, deseo unirme
a los esfuerzos e iniciativas que se realizan en todo el mundo en
el marco tanto de la prevención como de la asistencia a los
enfermos, para enviar en nombre de la Iglesia Católica,
a las organizaciones e instituciones internacionales, a los gobiernos,
a las organizaciones no gubernamentales, así como a las agencias
y a las asociaciones católicas que están comprometidas
en el territorio con el afán de detener el terrible flagelo,
un Mensaje de amor y de esperanza a las familias y a las personas
afligidas por el terrible mal.
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En
nombre del Santo Padre Juan Pablo II, os exhorto queridos
hermanos y hermanas en Cristo, a fin de que, junto a vosotros hombres
y mujeres de buena voluntad, no dejéis pasar en vano este
momento propicio; aprovechad esta circunstancia favorable para estudiar
y buscar juntos caminos nuevos y medios adecuados que lleven a la
gente y en particular a los jóvenes, a adoptar comportamientos
y costumbres de vida respetuosos de los auténticos valores
de la vida y del amor. Se trata de presentar este camino maestro
como prevención eficaz contra el contagio y la difusión
del VIH/SIDA, ya que el fenómeno del SIDA es una patología
del espíritu que, además del cuerpo, implica toda
la persona, las relaciones interpersonales, la vida social y familiar
y a menudo está acompañado por una crisis de los valores
morales. Al respecto, Juan Pablo II manifiesta que “no
estamos lejos de la verdad si afirmamos que, paralelamente a la
difusión del SIDA se está manifestando algo así
como una inmunodeficiencia en el ámbito de los valores existenciales,
que debe ser reconocida como verdadera patología del espíritu.”
(Discurso a los participantes en la IV Conferencia Internacional:
Vivir: ¿para qué? El SIDA, 13-15 noviembre 1989, en
Dolentium Hominum 13 (año V-n.1) 1990, n. 4, pág.
7).
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Desde
el punto de vista estadístico, la pandemia del VIH/SIDA aumenta
de modo espantoso:
Según
las estadísticas oficiales de UNAIDS, a fines del 2002
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42
millones de personas viven con el VIH/SIDA, de las cuales 19,2
millones son mujeres y 3,2 millones son niños por debajo
de 15 años;
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5 millones de nuevas infecciones del VIH/SIDA en el 2002, de los
cuales 2 millones son mujeres y 800 mil son niños por debajo
de 15 años;
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3,1 millones de personas han muerto de SIDA en el 2002, de las
cuales 1,2 millones han sido mujeres y 610 mil niños por
debajo de 15 años.
Desde la aparición de esta terrible enfermedad, respondiendo
a la llamada del Santo Padre Juan Pablo II que estimulaba una mayor
movilización de las fuerzas y de los recursos y un compromiso
concreto de parte de la Iglesia tanto para prevenir como para asistir
de diferentes modos a los enfermos de SIDA, la Santa Sede, las Conferencias
Episcopales, las Diócesis, las Congregaciones religiosas, los
Hospitales y los Centros socio-sanitarios, las Organizaciones y asociaciones
católicas han redoblado sus esfuerzos para poner en marcha
actividades e iniciativas incisivas y capilares con el fin de limitar
el fenómeno, recordando sobre todo a la comunidad eclesial
y a la sociedad en general, la importancia de respetar los valores
morales y religiosos de la sexualidad y del matrimonio, como por ejemplo
la fidelidad, la castidad y la abstinencia, y ofreciendo concretamente
a los enfermos en sus variadas estructuras una digna asistencia humana,
social, médico-sanitaria y espiritual.
El compromiso y la actividad de la Iglesia en los varios continentes
se refieren a la prevención, a la educación y a la asistencia
multiforme a los enfermos y a sus familiares. En
Africa (por ejemplo en Angola, Burundi, Camerún, Costa
de Marfil, Ghana, Guinea, Mali, República Centroafricana, Senegal,
Uganda, Zambia), la Iglesia lleva adelante programas educativos y
pastorales a favor de la formación de los agentes sociales,
pastorales y sanitarios, de sensibilización de las poblaciones,
de ayudas humanitarias así como de asistencia domiciliaria
y hospitalaria a los enfermos. En
América (por ejemplo en Canadá, Estados Unidos
de América, México, Argentina, Ecuador, Haití,
Honduras, Venezuela, Brasil), la Iglesia es promotora de campañas
de sensibilización y de programas formativos con publicaciones
ad hoc y asiste a los enfermos y a los huérfanos en los hospitales
y en los hospice. En
Asia (por ejemplo en India, Singapur, Taiwán, Malasia),
la Iglesia sensibiliza a la opinión pública sobre el
fenómeno del VIH/SIDA, sobre sus causas y riesgos, empleando
los medios tradicionales y modernos de la comunicación, organizando
incluso cursos ad hoc; asimismo, dispone de un programa específico
de asistencia a los huérfanos y de atención a los enfermos
a domicilio y de las casas de salud y hospitales. En
Europa (por ejemplo en Austria, Bélgica, Francia, Alemania,
Irlanda, Escocia, Inglaterra, Gales, Italia, Croacia, ex Yugoslavia),
la Iglesia emplea periódicos, televisión, radio e internet
para difundir los programas lanzados por las comisiones nacionales
para prevenir, educar a las poblaciones, así como para asistir
social, humana y pastoralmente a los enfermos en los hospitales y
en los centros especializados en el tratamiento del SIDA. En
Oceanía (por ejemplo en Australia, Nueva Zelanda, Papua
Nueva Guinea), la Iglesia ofrece una formación específica
a los agentes sociales, pastorales y sanitarios y asiste a los enfermos
en los hospice y en los centros de atención. Numerosos
son los institutos religiosos y las asociaciones laicales que colaboran
en la pastoral a favor de los enfermos de SIDA y en los lugares de
sanación. Actividades y proyectos importantes y capilares son
realizados por los Camilos en Brasil, Italia, México,
India, Kenya, Tailandia, Haití, Polonia, Burkina Faso; por
los Hermanos de San Juan de Dios en España, Polonia,
Alemania y Austria; por la Asociación de San Vicente,
en India, Irlanda y Holanda; por la Comunidad de San Egidio,
en Mozambique; por la Fraternidad de Comunión y Liberación,
(AVSI) en Uganda, Kenya, Rwanda, Burundi, Nigeria, Rumania; por la
Caritas en Filipinas, Bolivia, Austria; por las Religiosas
de la Madre Teresa en Kazajstán; por el Hospital Pediátrico
Bambin Gesù de Roma en Rumania; por los Farmacéuticos
católicos, en varias partes del mundo.
Las principales actividades pastorales se concentran en la formación
de los agentes de la salud, de los sacerdotes, de las familias y de
la juventud; en la prevención mediante la educación
sanitaria, la publicación de documentos de la Iglesia, de la
organización de congresos y del intercambio teológico
y de experiencias; con la ayuda y la asistencia de los capellanes,
médicos y enfermos que, gracias a la diagnosis, el counselling,
los medicamentos, el sacramento de la penitencia y la caridad hacia
los enfermos internados en los centros y en los hospitales, la Iglesia
contribuye a mejorar las condiciones físicas, psíquicas
y espirituales de los pacientes; la atención y el seguimiento
de los enfermos y de las personas seropositivas se logra gracias a
programas específicos en torno a la sexualidad, la transfusión
sanguínea, la transmisión materno-fetal, la asistencia
a los huérfanos, a los presos y en lo concerniente a su reintegración
social y eclesial. Si
las causas de la enfermedad son el pansexualismo y la toxicomanía,
los condicionamientos son la pobreza, la urbanización, la desocupación,
la movilidad, las migraciones y los mass-media.
El pensamiento de Juan pablo II se articula en torno a la naturaleza
del fenómeno (patología del espíritu); a
la prevención fundada en la sacralidad de la vida y
la sexualidad responsable, en la trascendencia y la educación
a la castidad, a la conducta del enfermo, esto es, el amor a Dios,
la conducta sexual, la transmisión de madre a hijo, la ofrenda
del sufrimiento en su relación con el misterio de la cruz y
la esperanza de la resurrección; el pensamiento de Juan Pablo
II se dirige en particular a los profesionales de la salud
que encuentran en el Buen Samaritano el paradigma del amor misericordioso
que supera las barreras humanas; a las autoridades civiles que
deben proporcionar a las poblaciones una información correcta
y una ayuda a los pobres; a los hombres de ciencia llamados
por el Papa a reforzar su solidaridad hacia los enfermos, haciendo
todo lo que está a su alcance para que adelante la investigación
biomédica sobre el VIH/SIDA con el fin de encontrar medicinas
nuevas y eficaces que logren detener el fenómeno.
A nivel personal, la Iglesia invita a cada uno a intensificar la prevención
según la doctrina de la Iglesia, a vivir la virtud de la castidad
en una sociedad pansexualista, a acercarse al sacramento de la reconciliación,
a reavivar en los enfermos el sentido cristiano de la vida con la
esperanza en la resurrección, a dispensar una formación
ad hoc a los agentes de la salud y reservar una asistencia especial
a los enfermos terminales. A
nivel comunitario, se recomienda lo siguiente: apoyo a las actividades
parroquiales relacionadas con el VIH/SIDA; creación de nuevos
centros y residencias para enfermos de SIDA; coordinación a
nivel diocesano y nacional de acciones e iniciativas pastorales referentes
al fenómeno del SIDA; atención a las políticas
de los gobiernos en materia de SIDA, con el objeto de influir positivamente
en ellas; empleo correcto de los medios de comunicación; divulgación
del manual de pastoral sobre el fenómeno del SIDA que está
por ser publicado por el Pontificio Consejo para la Pastoral de la
Salud; apoyo económico y financiero a iniciativas y proyectos
sobre el SIDA. Globalmente,
los aportes promedio que hoy ofrecen en el plano social los organismos
eclesiales alcanza el 12% y por las ONGs católicas, el 13%;
se llega a un total del 25% que permite que la Iglesia sea el primer
partner del Estado en el campo social. Para las intervenciones sanitarias,
el compromiso de la Iglesia es del 19% lo cual representa un tercio
de las contribuciones estatales y el doble de las intervenciones de
las ONGs no católicas (10%) y de los privados (11%).
-
Invito
a la comunidad internacional, a los gobiernos en general y a la Iglesia
en particular, a:
- promover campañas de sensibilización y de educación
de la población fundadas no en políticas que alimentan
modelos de vida y comportamientos inmorales y hedonistas que favorecen
la difusión del mal, sino en seguras referencias y auténticos
valores humanos y espirituales capaces de fundar una educación
y una prevención pertinentes en favor de la vida y del amor
responsable; la virtud de la castidad demuestra ser la más
importante para prevenir eficazmente contra el VIH/SIDA;
- ocuparse de las necesidades sociales, humanitarias y socio-sanitarias
de los niños huérfanos cuyo número aumenta con
el propagarse de la pandemia;
- comprometerse a favor de la globalización del bien
común internacional de la salud;
- evitar toda forma de exclusión, de discriminación
y de estigmatización ante las personas seropositivas o de los
enfermos de SIDA, aceptándoles fraternamente en la familia,
en la sociedad y en la comunidad eclesial como miembros a pleno título
de la Iglesia;
- facilitar a los enfermos el acceso a los fármacos
genéricos contra las enfermedades oportunistas y en lo posible
a los antirretrovirales con el fin de detener la escandalosa mortalidad
que grita venganza a Dios en los países pobres;
- asistir y acompañar espiritual y pastoralmente a los
enfermos y a sus familiares, en particular a los que deben descontar
una pena en la cárcel, a fin de que no les falte el apoyo espiritual
y, en particular, los sacramentos tan necesarios en este momento particular
de su vida;
- descrubir en los enfermos el rostro de Cristo, médico
de los cuerpos y de las almas.
-
Al
renovar a todos vosotros: obispos, sacerdotes, religiosos/as y
agentes sociales, pastorales y sanitarios, y voluntarios, la estima
y el reconocimiento de la Iglesia por vuestro invalorable servicio
en favor de nuestros hermanos y hermanas postrados en el cuerpo y
en el espíritu por el flagelo del SIDA, deseo asegurarles también
que no dejaré de elevar mis oraciones a la Virgen Santísima,
Salus Infirmorum y Consolatrix Afflictorum, por
vuestra benemérita obra así como por los sufrimientos
de los enfermos y de sus familiares.
Javier
Cardenal Lozano Barragán
Ciudad
del Vaticano, 11 de dicembre de 2003
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