Robert Schreiter*
La religión como fuente
I.
Un cambio en el panorama mundial
A partir de finales de los
años ochenta del siglo XX, las posibilidades de iniciar procesos de
reconciliación social aumentaron espectacularmente. Esto cogió por sorpresa
a muchos observadores. La reconciliación había estado en buena medida
relegada a un segundo plano respecto a la contención y la resolución
de conflictos, que Bran las preocupaciones fundamentales en el campo
de la pacificación. Pero el final de dictaduras militares y guerras
civiles en Latinoamérica, la caída del muro de Berlín en 1989 y el resurgimiento
de los pueblos indígenas con el año de los indígenas propuesto por la
ONU en 1992, cambiaron todo eso. ¿Cómo había que pensar la reconstrucción
de sociedades tras dilatados períodos de opresión, guerra civil y racismo?
Este mismo período fue testigo
de un resurgimiento del interés por la religión. Los senderos de la
secularización, que habían sido trazados por los sociólogos europeos
como el camino seguro hasta la modernidad, de repente resultaron no
ser los caminos seguidos en muchas partes del mundo de los dos tercios.
En lugar de extinguirse, la religión volvía con fuerza. Era evidente,
no sólo en una amplia variedad de movimientos de renovación etiquetados
colectivamente como "fundamentalismo", sino también en el
continuado crecimiento de la fe Pentecostal entre los cristianos y el
constante crecimiento de los movimientos Nueva Era en una amplia variedad
de sociedades. La senda europea de la secularización empezó a parecer
la excepción a la regia, y no la senda que las sociedades debían recorrer
con el fin de alcanzar la modernidad.
A estos ingredientes se añadió
un tercer factor. Desde mediados de los años ochenta hasta finales de
los noventa hubo un recrudecimiento de los conflictos en muchas partes
del mundo. Algunos de dichos conflictos habían estado reprimidos por
las posiciones bipolares de la guerra fría que dividió el mundo en sociedades
comunistas y capitalistas. Los Estados hasta entonces clientes del bloque
soviético afirmaban su independencia, y lo mismo hacían con frecuencia
unidades étnicas menores dentro de ellos. Las sociedades que las potencias
comunistas y capitalistas habían manejado en su mutuo enfrentamiento
se escindían en nuevos movimientos. Un número importante de ellos añadió
alas animosidades la adhesión religiosa como factor de identidad.
El mundo estaba poco preparado
para este brebaje embriagador. Los modelos de ciencia política rara
vez tenían en cuenta la religion, y para explicar los cambios y dirigirlos
se fijaban más bien en elaboraciones económicas, políticas y sociales.
El dinamismo de la religion en los conflictos, y la reconstrucción de
las sociedades tras los conflictos, se entendían poco y se estudiaban
aún menos. A comienzos de la primera década del siglo XXI, estamos esforzándonos
por ponernos al tanto de las real idades que nos rodean por todas partes.
El presente artículo esboza
algo del dinamismo de la religión tal como se muestra, tanto en las
situaciones de conflicto, como en el período inmediatamente posterior,
en los procesos de reconciliación. Es importante empezar con el modo
en que la religión funciona en situaciones de conflicto, puesto que
la reparación de dichas situaciones, y la subsiguiente reconstrucción
de las sociedades con medios religiosos, tienen que tomar en consideración
en todas sus fases el papel de la religión. El análisis que sigue procede
en tres panes. Tras algunas reflexiones iniciales sobre la religión
en situaciones de conflicto, una segunda parte se fijará en cómo se
usa la religión en los conflictos. Desde allí podremos pasar a una tercera
consideración, a saber, cómo puede contribuir la religión al proceso
de reconciliación después de que el conflicto acaba. El presente artículo
se fija a este propósito en el papel de la religión en general, puesto
que la segunda sección de este número de Concilium
ya ha presentado ideas sobre la reconciliación procedentes de las
distintas tradiciones religiosas.
II.
Algunas reflexiones generates sobre la religión y el conflicto
1.
Senderos hacia lo trascendente
Tres cosas hay que decir,
para empezar, sobre la religión y el conflicto. En primer lugar, todas
las religiones — especialmente las grandes tradiciones religiosas transculturales
como el judaísmo, el cristianismo, el Islam, el hinduismo y el budismo
— proporcionan senderos hacia to trascendente. Llegar hasta lo trascendente
desde nuestra condición finita requiere gran disciplina, y en algunas
de estas tradiciones se concibe como algo que está fuera de nuestro
alcance como seres humanos. Para dar este salto a lo trascendente se
requiere una sumisión absoluta a las creencias y prácticas de estas
tradiciones. No resulta sorprendente que todas estas tradiciones religiosas
tengan pretensiones absolutas sobre sus adeptos. Los senderos que trazan
no se pueden seguir con desgana. Hacerlo así comprometería la búsqueda
misma de trascendencia.
En consecuencia, las pretensiones
planteadas en nombre de una tradición religiosa, sean legítimas o no,
adoptan este carácter absoluto. La absolutidad de la resolución que
surge entonces en los adeptos de la tradición se puede movilizar también
para otros fines, incluso violentos. Las pretensiones absolutas requieren
con frecuencia actos claros y en gran medida irreflexivos. Lo vemos
una y otra vez en conflictos del mundo de hoy. Muchos son los que hen
reconocido el peligro potencial de tales absolutos en situaciones inestables.
La solución ofrecida desde
Occidente es relativizar esas tradiciones. Pero ésa es una perspective
occidental‑ilustrada que cae fuera del ámbito de la mayoría de
los adeptos religiosos. Éstos ven tal relativización como una forma
de incredulidad o apostasía. La cuestión pasa a ser, más bien, discernir
de manera crítica y reflexiva si la pretensión forma parte de una pretensión
absolute, y adónde nos conduce.1
2. El carácter ambivalente
del poder
En segundo lugar, el poder
ligado a las tradiciones religiosas tiene un carácter profundamente
ambivalente. Puede ser poder para alcanzar un bien trascendente. Pero
también puede condenar con dureza a quienes quedan fuera de su dominio.
Los especialistas dedicados al análisis de este poder señalan con frecuencia
que su ambivalencia tiene un carácter premoral, es decir, precede a
la configuración de la moralidad humana.2 Así,
el poder religioso puede ser movilizado tanto para el bien como para
el mal. Estas tradiciones pueden presentar textos a historian del bien
que han hecho; pero también es fácil encontrar lo contrario, tanto en
textos como en las actividades históricas de sun adeptos. Esta ambivalencia,
lo mismo que su empuje trascendente, no se puede dirigir fácilmente
en una trayectoria única, y se tiene que contrastar con historian de
la interpretación y del cambio cultural y social.
3. Fuente de identificación
En tercer lugar, la religión
es una fuente primordial de identificación. Los conflictos sólo son
sostenibles si el "otro" es mi enemigo y no mi amigo o mi
hermano. Cuando existe una diferencia religiosa entre los combatientes
(como en Oriente Medio, Indonesia y las Filipinas), la religión, con
sun pretensiones absolutas, se convierte en un indicador práctico para
determinar quién es adversario y quién amigo. En otros casos (como el
de Ruanda, donde la mayoría de los combatientes eran cristianos), no
figura en la ecuación, sino que queda relegada a un segundo piano respecto
a alguna otra forma de identificación. En algunos otros casos (católicos
y protestantes en Irlanda del Norte, sunitas y chiítas en Irak), las
divisiones internas dentro de una tradición proporcionan suficientes
indicadores de diferencia para legitimar un conflicto. Para evitar el
papel de la religión en tales conflictos es importante desarrollar identificaciones
múltiples, en lugar de una simple disyuntiva. Cuando los conflictos
se caldean, esto puede resultar muy difícil de hacer.
III.
La religión en conflicto
La primera sección se fijaba
en algunos principios generales relativos a la naturaleza de la religión
y a lo que ésta puede aportar a un conflicto. Necesitamos, además, fijarnos
en casos concretos. El sociólogo británico David Martin lo hace explícitamente
en un libro titulado Does Christianity
Cause War?3 [¿Causa
guerras el cristianismo?].
Su conclusión es que la religión
(en este caso, el cristianismo) rara vez causa por sí misma guerras.
Habitualmente está aliada también con otras fuentes de conflicto.
1. El enmascaramiento de otros
motivos
Hay tres casos, sin embargo,
en los que se puede ver su clara contribución a la violencia. En primer
lugar, la religión se utiliza a veces para enmascarar otros motivos,
tales como la voluntad de dominar, de apropiarse de recursos naturales
o de destruir a quienes se percibe como enemigos. Estos otros motivos
quedarán tapados con motivos religiosos: las personas alas que se apunta
como blancos son identificadas como "otros" que tienen que
ser sometidos o destruidos en nombre de Dios. Un ejemplo de esto es
la ascensión del hinduismo radical (hindutva)
en la India. En apariencia defiende que el hinduismo es la única
religión verdadera de los indios. La conversión a otras tradiciones
se castiga, y los santuarios de otras tradiciones son atacados. Pero
un examen más detenido pone de manifiesto otros motivos. La conversión
al cristianismo, el islam y el budismo, de hinduistas de castas inferiores
está erosionando la base política de los hinduistas de castas superiores,
y ésta es probablemente la razón principal por la que algunos hinduistas
están abrazando este movimiento radical. Una tarea importante de los
dirigentes religiosos y de quienes buscan la reconciliación es desenmascarar
los verdaderos motivos que se encuentran detrás de la violencia, señalando
las fuentes más probables del fomento de ésta.
2. La corrupción que degenera
en violencia
En segundo lugar, la religión
como tal se puede corromper hasta el punto de fomentar la violencia.
Charles Kimball, durante mucho tempo dedicado a mediar en conflictos
en Oriente Medio, señala lo que él llama "cinco señales de aviso
de corrupción" de una tradición religiosa: (1) plantear pretensiones
de verdad absoluta intolerantes con otras posturas, (2) exigir obediencia
ciega, (3) establecer el "tiempo ideal" cuando acontezcan
los hechos decisivos, (4) admitir que el fin justifica los medios
y (5) declarar la guerra santa.4 Esta corrupción puede proceder
del interior de la tradición, en el caso de dirigentes religiosos incendiarios,
o de personas nominalmente ajenas a la religión que intentan movilizar
los recursos de ésta (un ejemplo que hace al caso son los esfuerzos
de los dirigentes laicos del partido Baas en Irak para intentar obtener
apoyo contra la invasión extranjera por parte de Occidente). En tiempos
más tranquilos, estas tradiciones religiosas se presentarán como religiones
de paz. Ante una amenaza o en circunstancias inestables aparece un rostro
diferente.
3. La generación de nueva
violencia
En tercer lugar, una tradición
religiosa puede ser movilizada en favor de nueva violencia porque cuenta
con violencia justificada en el pasado. El llamamiento a la guerra santa
en el pasado se convierte en pretexto para repetir dicho llamamiento
en el presente. Lo importante en este caso es el modo en que se cuenta
la "narración principal" de una tradición religiosa. Tales
narraciones cambian a lo largo del tiempo y en diferentes circunstancias.
Estos procesos se tienen que reconocer tanto dentro como fuera de las
tradiciones. Si una tradición religiosa no encuentra el modo de abordar
esas legitimaciones pasadas de la violencia, seguirá siendo presa de
sus violentas repeticiones en el futuro.
IV. La religión como fuente y recurso para la
reconciliación
Dadas todas estas advertencias
y reparos sobre la relación entre la religión y la violencia, ¿cómo
puede aquélla servir de fuente y recurso para la reconciliación? Permítaseme
esbozar cinco de las maneras más importantes que se han encontrado en
estos últimos años.
1. La religión como recurso
moral
Una de las definiciones más
útiles de la reconciliación social ha sido propuesta por el chileno
José Zalaquett, que dirige en aquel país la Comisión Verdad y Reconciliación.
Él ve la reconciliación social como la "reconstrucción del orden
moral, que es más sana que un castigo".5 Pese a todo el trabajo que se debe hacer desde
la perspectiva del imperio de la ley, la reestructuración económica
y la reconstrucción social, la reconciliación debe ocuparse, además,
del estado del orden moral, de los valores y actitudes de la sociedad
posterior al conflicto. Si una tradición religiosa ha mantenido la credibilidad
en medio de un pueblo y no se ha visto totalmente comprometida por la
complicidad en la violencia, puede servir de recurso para ayudar a reconstruir
la fibra moral de la sociedad. Si ha habido complicidad en la violencia
(como fue el caso de los obispos católicos en Argentina durante la "guerra
sucia" en aquel país), una tradición religiosa no tiene autoridad
moral sobre la cual sostenerse. Las sociedades necesitan algo más que
leyes, acuerdos y contratos. El modo en que se ejerce el poder da cierta
intencionalidad a futuras orientaciones dentro de la sociedad.
Los dirigentes religiosos
pueden asumir papeles significativos en la conducción de investigaciones
de delitos del pasado, como hizo el arzobispo Desmond Tutu en Sudáfrica.
Pueden crear nuevos grados de cooperación interreligiosa para vencer
la manipulación de tradiciones religiosas destinada a legitimar la violencia.
Esto han hecho los dirigentes de los credos católico, ortodoxo y musulmán
en Bosnia‑Herzegovina, donde ahora se reúne de manera pública
y regular un consejo "intercredos". Durante la guerra en ese
país, ninguna de las voces de los dirigentes religiosos de esas tres
tradiciones fue lo bastante fuerte para que se le escuchara por encima
de las divisiones de la sociedad. El propósito del consejo interreligioso
es asegurarse de que tal cosa no vuelva a pasar. El use de lugares religiosos
para reuniones relativas a la reconstrucción de la sociedad puede contribuir
a dar peso moral a esos esfuerzos. Mientras dura la violencia, el sentido
de la integridad moral queda habitualmente comprometido. Una tradición
religiosa puede contribuir a restablecerlo, en la medida de lo posible,
por el bien de la sociedad posterior al conflicto.
2. El planteamiento de pretensiones
de verdad
En segundo lugar, las tradiciones
religiosas plantean pretensiones de verdad. Establecer la verdad de lo que sucedió durante un tiempo de
violencia es uno de los primeros y más importantes pasos hacia la reconciliación.
También en este caso, si se puede confiar en los dirigentes a instituciones
religiosos, éstos pueden tomar la iniciativa en el restablecimiento
de la verdad. Esto se puede hacer mediante la participación de dirigentes
religiosos en Comisiones Verdad y Reconciliación, como se hizo en Sudáfrica.
Otro ejemplo de esto fue el proyecto REMHI (Recuperación
de la memoria histórica) de los obispos católicos de Guatemala tras
la guerra civil en aquel país. Dicho proyecto pretendía documentar la
memoria histórica de lo que pasó en el asesinato de cientos de miles
de personas. Decir la verdad acerca del pasado es la piedra fundamental
para una sociedad estable y pacífica en el futuro. Como se ha señalado
con frecuencia, la primera víctima de la guerra es la verdad. Lo que
se recuerda, y el modo en que se recuerda, es la base de la narrativa
que debe llevar a la sociedad hasta el futuro.
3. La concentración en la
búsqueda de la justicia
En tercer lugar, las tradiciones
religiosas pueden ayudar a concentrar la búsqueda de justicia. La justicia es el resultado de
haber establecido la verdad. Con demasiada frecuencia, los primeros
gritos pidiendo justicia, siendo como son auténticos, pueden equivaler
en la práctica a poco más que una venganza. Caer en la venganza no hace
más que prolongar el ciclo de la viòlencia. Las tradiciones religiosas
tienen normas para la búsqueda de la pena merecida y ponen límites a
las represalias violentas. Además, tienen códigos éticos y fórmulas
para unas relaciones justas. Entre éstos pueden encontrarse directrices
para el castigo de los malhechores, el modo en que se han de hacer las
reparaciones pertinentes a los privados de recursos por la violencia,
y la reestructuración de la sociedad para superar las injusticias que
alimentaron el conflicto. Las tradiciones religiosas, además, tienen
reglas sobre el modo de tratar a los miembros vulnerables de la sociedad
y a los extranjeros o inmigrantes. En la medida en que una tradición
religiosa cuenta con la adhesión de una parte importante de la sociedad,
o en que tradiciones rivales son capaces de ponerse de acuerdo acerca
de normas morales, las tradiciones religiosas pueden ayudar a atenuar
el odio y a fomentar la justicia.
4. La fuerza del perdón
En cuarto lugar, las religiones
pueden llevar consigo toda una serie de conceptos distintos que pueden
intervenir en la reconciliación.
Importantes en este punto
son los términos que denotan perdón y aferramiento a los agravios del
pasado. Las tradiciones religiosas pueden variar en su interpretación
del perdón, pero en la mayoría de los casos existen normas y medios
para no permanecer atados al pasado.
Como dijo el arzobispo Tutu
en sus memorias a propósito de su trabajo en la Comisión Verdad y Reconciliación
de Sudáfrica, "no hay obispos futuro sin perdón”.6 Otro
concepto, ya mencionado, es el de paz, que ocupa un puesto destacado
en todas las grandes tradiciones religiosas. Las visiones de una paz
futura pueden contribuir a que un pueblo haga las paces con un pasado
violento. Se podrían aducir también otros conceptos, como el de compasión
o el de solicitud por los pobres. También el modo en que la religión
aborda la memoria, y los recursos que emplea para sanar los recuerdos,
la convierten en un poderoso recurso para la reconciliación.
5. El acceso a rituales
En quinto lugar, las tradiciones
religiosas tienen acceso a rituales
que pueden ser importantes para señalar que se ha llegado a un nuevo
umbral en relaciones anteriormente conflictivas. El poder del ritual
es tal, que puede implicar a colectividades enteras, y hablar con obras
mucho más fuerte que con palabras. Útiles en este sentido son los rituales
anuales de conmemoración que proporcionan curación, en lugar de renovar
el rencor. Las sociedades pequeñas a menudo celebran acontecimientos
religiosos anuales, unidos a la celebración del Año Nuevo, en los cuales
se pueden dejar de lado las deudas y motivos de queja pasados. Tradiciones
transculturales como el judaísmo y el islam también los celebran. Una
regla fundamental en la transformación de conflictos es no pasar nunca
por alto los rituales de perdón y reconciliación que puedan estar presentes
en una cultura.
Saber cuáles son dichos rituales
y cuándo ejecutarlos puede traer la curación a un pueblo dividido.
Conclusióm
La religión puede estar implicada
de muchas maneras en la violencia como cómplice consciente o inconsciente
de quienes causan estragos. Debido a su poder emocional y social, puede
estar sometida a una considerable ambivalencia, y puede ser manipulada
tanto desde dentro como desde fuera de la tradición. Pero también puede
ser una gran fuente de curación y reconciliación para un pueblo, dándole
una visión más amplia del futuro y un modo de hacer las paces con su
pasado. El papel de la religión en situaciones de conflicto, y especialmente
lo que los dirigentes religiosos pueden hacer para fomentar la pacificación
y la reconciliación, son ámbitos acerca de los cuales todavía sabemos
demasiado poco, aunque se están haciendo progresos para Ilegar a comprenderlos
mejor.7 La religión es fuente
de reconciliación en virtud de sus visiones de paz, sus compromisos
en favor de la paz y la justicia, y las perspectivas de perdón que ofrece.
Es un recurso en sus dirigentes,
su gente y sus instituciones, que pueden ayudar a consolidar y guiar
un proceso de reconciliación en los tiempos inestables inmediatamente
posteriores a un conflicto.
____________________________
Notas
* Robert Schreiter (1947)
es catedrático de teología en la Unión Teológica Católica de Chicago
(EE.UU.) y catedrático de teología y cultura en la Universidad de Nimega
(Países Bajos). También es asesor de Caritas Internacional para sus
programas de reconciliación.
Algunos de sus libros son:
Violencia y reconciliación : misión y ministerio
en un orden social en cambio (1998; orig. inglés 1992) y El misterio de la reconciliación: espiritualidad
y estrategias (2000; orig. inglés 1998).
Dirección: Cath. Theol.
Union, 5401 South Cornell Avenue, Chicago, III. 60615 (Estados Unidos). Correo electrónico:
rschreit@ctu.edu
1. Esto atañe también a cuestiones
tales como si matar a otros en un ataque suicida constituye un martirio
y al significado de yihad, cruzada
y guerra santa. A raíz de
los ataques terroristas, muchos especialistas religiosos han condenado
desde dentro de las tradiciones tales prácticas en el Islam y el cristianismo.
2. Para un estudio reciente
que relaciona esto con la religión y la violencia, véase R. Scott Appleby,
The Ambivalence of the Sacred: Religion, Violence,
and Reconciliation, Bowman Littlefield, Londres 2000.
3. Clarendon Press, Oxford 1998.
4. Charles Kimball, When Religion Becomes Evil, HarperSanFrancisco,
San Francisco 2002.
5. En Alex Boraine, Janet
Levy y Ronell Scheffer
(eds.), Dealing with the Past:
Truth and Reconciliation in South
Africa, IDASA, Ciudad del
Cabo 1994, p. 11.
6. Doubleday, Nueva York 1999.
7. Dos obras recientes
en esta línea son
Joseph G. Bock, Sharpening Conflict Management: Religious Leadership
and the Two‑Edged Sword, Praeger, Westwood (Connecticut) 2002;
Mary Ann Cjeka y Thomas Bamat
(eds.), Artisans of Peace: Grassroots
Peacemaking among Christian Communities, Orbis,
Maryknoll (Nueva York) 2003.
(Traducido del inglés por
José Pedro Tosaus Abadía).
Réf.: Concilium, n. 303,
November 2003, pp. 129-138.