Robert Schreiter, C.PP.S.
Catholic Theological Union, Chicago, EE.UU.

Los retos actuales para la misión "Ad Gentes"
Simposium "Misión para el tercer milenio"
México D.F., 14 de septiembre 1999


¿Hacia dónde se dirige la misión "ad gentes"?

La encíclica Redemptoris missio del Papa Juan Pablo II, que lleva el subtítulo de "Sobre la permanente validez del mandato misionero" constituye una llamada elocuente a la revisión del fervor misionero dentro de la Iglesia. En la mencionada encíclica, el Santo Padre vuelve a presentar los fundamentos teológicos de la misión siguiendo las propuestas del Concilio Vaticano II (cerca del veinticinco por ciento de las citas contenidas en la encíclica se refieren al Decreto sobre la Actividad Misionera de la Iglesia Ad gentes divinitus.) El papa se dedica en esta encíclica a reflexionar sobre los horizontes de la misión en nuestros días, sobre los medios para su consecución, y finaliza el texto con una reflexión sobre la espiritualidad misionera. Se trata en este caso de la primera encíclica sobre la actividad misionera surgida tras el Concilio Vaticano II que expresa la idea de una urgencia en replantearse el esfuerzo de la Iglesia en todos los aspectos relativos a la misión.

A lo largo de la encíclica hay un tema subyacente – tema que aparece, no obstante, muy a menudo en el texto – y que indica que la motivación misionera ha ido decayendo, y que la actividad misionera en sí misma considerada ha ido también disminuyendo con el paso de los años. De hecho, para cualquier persona conocedora de los debates suscitados acerca de la ideología y de la dirección tomada por la misión en los últimos treinta años, será fácil reconocer las preocupaciones del Papa al respecto. La propia necesidad de la redacción de una encíclica como Redemptoris missio indica que existía un problema. Tras la celebración del Concilio, se cuestionó profundamente el objetivo mismo de la misión, incluso dentro de los propios ámbitos misioneros. La crisis del decenio de 1960 y de 1970 no fue solamente una crisis teológica; los procesos de descolonización y las nuevas situaciones políticas por las que atravesaban los nuevos estados en los que los misioneros en general estaban trabajando exigían — particularmente en Africa — una "moratoria" para la misión. Para la misionología católica llevada a cabo dentro del marco de los institutos religiosos que enviaban a sus misioneros a las misiones, el simposio SEDOS celebrado en 1981 representó un momento decisivo en el debate misionero. Dicho simposio permitió poder llegar a comprender que el cuestionamiento sobre el objetivo de la misión se había transformado en una reflexión sobre la manera en la que la misión debía llevarse a cabo (1).

Sin embargo, incluso después de la nueva orientación que tomaba la actividad misionera, para algunos la misión, y por consiguiente la misión ad gentes, seguía siendo motivo de preocupación. El hecho de que Redemptoris missio fuera publicada casi diez años después del mencionado simposio es una prueba de ello. Han pasado ya casi diez años de su publicación y para nosotros, en el umbral del tercer milenio, es importante que nos volvamos a plantear la cuestión de dónde se halla nuestra misión y hacia dónde se dirige, en particular en cuanto a lo que se refiere a la misión ad gentes.

Para esta presentación, se me ha solicitado que considere cuáles son los retos de la misión ad gentes con los que nos enfrentaremos. Por supuesto, ninguno de nosotros tiene la capacidad de ver lo que ocurrirá en el futuro. Pero basándonos en lo que vemos ahora, podemos realizar algunas propuestas prudentes sobre lo que a nuestro juicio represente quizás el futuro para nosotros.

No obstante, para llegar a las propuestas debemos considerar antes cuáles son las causas de lo antes mencionado, es decir, ¿por qué creemos que la misión ad gentes debería tomar, en un futuro inmediato, una dirección distinta a la que ha tenido hasta el momento? Por lo tanto, en la primera parte me dedicaré a los factores que crean el clima para poder plantearnos los retos con los que encontraremos en la misión ad gentes. Basándome en estos factores, me gustaría considerar, posteriormente, las condiciones que han ayudado a dar forma a la misión ad gentes en los últimos años. Algunas de dichas condiciones, de hecho, están cambiando; estos cambios van a tener, necesariamente, una influencia sobre la misión ad gentes. A partir de aquí, vamos a pasar a la tercera y última parte de la presentación en la que les propondré algunas sugerencias sobre el destino que debería tener, de hecho, la misión ad gentes. Mi objetivo con estas ideas es dar un cierto sentido de la orientación a la charla, al mismo tiempo que presentar varias ideas (por supuesto que pueden existir muchas otras) sobre el estado actual y futuro de la misión ad gentes.

¿Por qué nos hacemos la pregunta?

Para comenzar, pues, debemos responder a la aporía que nos hace plantearnos la cuestión de los retos de la misión ad gentes. En mi opinión existen tres tipos de cambios que hemos experimentado y que nos han llevado, quizás, a considerar a la misión ad gentes como algo que se dirigía en una dirección distinta. Estos cambios son los siguientes: cambios en la teología de la misión, cambios en el mundo en el que se lleva cabo la misión, y cambios en los agentes de misión. Consideremos cada uno por separado.

Cambios en la teología de la misión

En la segunda mitad de este siglo, hemos asistido a importantes variaciones en la teología que han influido en la concepción de la misión ad gentes. De alguna manera, todos estos cambios tienen su origen en la teología de la misión recogida en diversos textos emanados del Concilio Vaticano Segundo. Es importante que reconozcamos en este momento que los orígenes de todos estos cambios deben encontrarse en los documentos del Concilio Vaticano Segundo pero quizás el rumbo que han tomado estas teologías no representen la idea que los documentos originales del Concilio proponían. De hecho, tanto Pablo VI como Juan Pablo II abogan a menudo por una lectura más auténtica de dichos documentos frente a posturas teológicas surgidas posteriormente.

Tres de esos cambios de los que hemos hablado merecen que prestemos atención en este momento. No voy a presentar tales cambios detalladamente, puesto que implicaría desarrollar cuestiones teológicas que se tratarán más profundamente en otras presentaciones durante este simposio.

El primero de los cambios que trataremos es el de considerar que toda la Iglesia en su conjunto es misionera, tal y como se puede leer en Ad gentes divinitus. Esto significa cambiar el concepto anterior por el cual la actividad misionera era algo a lo que la Iglesia se comprometía en colaboración con otras personas. El fundamento teológico para considerar a la misión como algo que le pertenece a toda la Iglesia debe encontrarse en el concepto de misión en sí mismo como una acción de la Sagrada Trinidad hacia el mundo; a la Iglesia, pues, se le confía una misión en forma de participación en la labor salvífica de Dios. El objetivo mismo de la existencia de la Iglesia es, entonces, la misión.

Esta teología en sí misma considerada no plantea ningún tipo de problemas. De hecho, la Iglesia la ha acogido como un fundamento de la misión mucho más exhaustivo. El problema no reside principalmente en el aspecto teológico sino en la percepción y en la estrategia utilizada, pues si toda la Iglesia debe dedicarse a la misión, cabe preguntarse entonces cuál es la tarea de los institutos misioneros o de los misioneros ad gentes considerados individualmente. Pese a que se hayan realizado muchos intentos para responder a esta pregunta, tenemos la impresión de que resultará muy difícil que este cuestionamiento desaparezca. En realidad podemos atribuir lo antes mencionado al hecho de que la teología presente en Ad gentes divinitus no se comprende suficientemente; no obstante podemos hacernos la siguiente pregunta: ¿por qué perdura esta percepción errónea? Y también esta otra: ¿Cómo afecta a la identidad y especificidad de aquellas personas con una vocación misionera ad gentes?

El segundo de los cambios está relacionado con las formas de evangelización. Lo más importante al respecto es la introducción del diálogo junto a la proclamación. Redemptoris missio intenta restablecer la relación entre diálogo y proclamación; el documento vaticano Diálogo y Proclamación, publicado por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y el Consejo Pontificio sobre el Diálogo Interreligioso intenta explicar esta relación un poco más detalladamente (2).

La misión se ha entendido siempre claramente como la proclamación del Evangelio a todos aquellos que todavía no lo han oído. La importancia que le confirió Nostra aetate al diálogo durante el Concilio Vaticano suscitó nuevas cuestiones. Al respetar las otras tradiciones religiosas existentes y al promover el diálogo con ellas en vez de la predicación apologética con el fin de demostrar sus errores, la forma en la que se relacionan entre sí los fines de la proclamación y el diálogo se convierte en algo problemático. Pese a que tanto los documentos eclesiales como las publicaciones teológicas han intentado explicar y clarificar la relación existente entre proclamación y diálogo, la confusión persiste. Si el diálogo (o al menos algunos tipos de diálogo con ciertos fines en comparación con otros tipos) es un fin en sí mismo, ¿qué ocurre pues con la proclamación como se la entiende tradicionalmente, y con una misión ad gentes a fortiori?

El tercero de los cambios teológicos se deriva del anterior. El respeto a las otras religiones presupone algunos elementos o caracteres salvíficos en su constitución. Este aspecto ha sido ampliamente reconocido por Lumen gentium, Nostra aetate, y por Ad gentes divinitus. Pero en todos estos documentos se reconocía y afirmaba ese elemento salvífico, aunque en realidad no se explicaba. La acción salvífica y última o completa de Jesucristo se afirmaba también en cada una de las instancias. La manera de relacionar estas dos realidades — salvación en otras religiones y salvación en Cristo Jesús — ha sido objeto de acalorados debates teológicos a lo largo de la segunda mitad del siglo veinte.

El mencionado debate no ha llegado aún a su conclusión. Es, sin duda alguna, un punto extremadamente delicado, pero de importancia fundamental para la misión. Mientras la Iglesia Católica tenga una postura "inclusivista" (así es como se la ha denominado), la discusión no tendrá fin. Incluso la naturaleza de las categorías empleadas para caracterizar las distintas posiciones sigue siendo objeto de constante reflexión.

A propósito de este punto tan delicado, los teólogos siguen buscando una clarificación de los valores que se deben conservar, de las categorías de discurso que se deben emplear, y del significado de las diferentes trayectorias de los argumentos esgrimidos. Sin embargo, aunque todo esto se siga realizando, la cuestión de lo que se conoce con el nombre de teología de las religiones sigue siendo polémica (3).

Para la misión ad gentes, la manera en la que se debe comprender la relación de la salvación ofrecida en Cristo en comparación con las religiones del mundo reviste una importancia fundamental. Si de hecho la salvación de Dios se puede obtener a través de otras religiones, ¿cuál es pues el objeto de la actividad misionera cristiana? ¿Por qué entonces debemos dirigirnos ad gentes, a todas las naciones? Puesto que contamos con estos conceptos teológicos ¿es legítima tal actividad?

Estas tres preguntas, surgidas de la teología de la misión expuesta en los documentos del Concilio Vaticano, siguen vigentes. No obstante, continúan cuestionándonos sobre la misión ad gentes en cuanto a su especificidad e identidad, sus objetivos, e incluso su legitimidad. Pero podemos afirmar que una correcta comprensión de la relación entre los aspectos teológicos de los documentos conciliares sobre la naturaleza de la misión, de la relación del diálogo y la proclamación y de la teología de las religiones puede ayudar a resolver todos estas cuestiones. Sin embargo, seguiremos con algunas dudas mientras no se expliquen adecuadamente todas estas relaciones.

Cambios en el mundo en el que se lleva a cabo la misión

Nuestra manera de ver los retos futuros para la misión ad gentes se ve afectada no sólo por los cambios teológicos, sino también por los cambios que se producen en el mundo en el que se lleva a cabo la misión. Me gustaría poner de manifiesto hoy que existen dos cambios fundamentales en el mundo.

El primero de ellos es el advenimiento de la globalización. Aunque este fenómeno se asemeje en gran parte a la expansión imperialista de Europa entre los siglos XV y XIX, la globalización surgida en la última década del siglo XX se diferencia de los imperios europeos por su alcance, la intensidad de las interrelaciones que ha creado, la velocidad con las que se mueven la información y lo capitales, y por la gran influencia que ejerce sobre todo (4).

 Entre otras cosas, un concepto que está cambiando a causa de la globalización (hablaré más detalladamente de esto más adelante) es el del significado de territorio y de nación-estado. Porque la información y el flujo de capital que se mueven gracias a la tecnología de la comunicación y a los límites de la nación-estado, pilares fundamentales de la economía política desde el Tratado de Westfalia de 1648, han ido disminuyendo su importancia. Con el movimiento y las migraciones de los pueblos, así como con la incursión de las fuerzas culturales globales en las comunidades locales, la "cultura" entendida como territorio también ha ido perdiendo importancia. Pese a que ni la nación-estado ni el territorio cultural desaparecerán por completo (un temor presente en las primeras etapas de la expansión de la idea de globalización)(5), su relevancia ha disminuido notoriamente.

¿Qué significa todo esto para una misión que se define a sí misma como misión ad gentes, si el mundo ya no está claramente dividido en grupos culturales y étnicos? Los institutos misioneros ad gentes han intentado redefinir el término ad gentes como ad extra (es decir, dirigirse simplemente a aquellos que consideramos los "otros".) La transformación de los límites que definen a "las naciones" o a "los otros" nos hace preguntarnos sobre la dirección de la misión y también sobre su fundamento.

El segundo cambio en el mundo está relacionado con lo que podemos considerar como una reorganización de la geografía religiosa del mundo. En este sentido existen dos hipótesis. La primera indica que los convertidos a las grandes tradiciones religiosas que van más allá de las tradiciones locales (como por ejemplo el Cristianismo o el Islam) provienen en general de tradiciones orales locales. De hecho la historia parece demostrar que las personas pertenecientes a las tradiciones orales locales (a menudo llamadas religiones indígenas) deciden cambiar de buena gana y adoptan tradiciones translocales como el Cristianismo, el Budismo o el Islam. Pero cuando ya han realizado este cambio de religión, no se muestran propicios a pasar de una religión translocal a otra. Sólo aquellas personas que no han sido bien integradas en estas tradiciones translocales o aquellas personas que hayan sido alejadas de ellas están más dispuestas a cambiar de religión. Si este es el caso, entonces la misión ad gentes acabaría para el cristianismo (y el Islam) cuando se evangelizara al último de los pueblos indígenas. En segundo lugar, cabe preguntarse si, a pesar de los intensos esfuerzos de evangelización de los dos últimos siglos, el cristianismo está progresando verdaderamente. El porcentaje de la población mundial actual que profesa le fe cristiana es casi el mismo que el de hace un siglo, de hecho, hay pruebas de que este porcentaje ha descendido levemente (6). ¿Se afanan demasiado los cristianos para en realidad permanecer en el mismo sitio en el que se encontraban? No es del todo cierto que esta hipótesis sobre la geografía religiosa del mundo sea igual para el futuro, pero la realidad es que nos proporciona una posible explicación de la afiliación religiosa y de la conversión en el pasado. Debido a las migraciones de los pueblos en la actualidad, es probable que las cosas cambien, aunque todavía es demasiado pronto para afirmarlo rotundamente. No obstante, esta situación provoca una cierta vacilación cuando se intenta promover la pasión por la misión ad gentes. Asia, por ejemplo, será quizás "inalcanzable" en el sentido que no ha sido demasiado receptiva al mensaje cristiano. Pero si esta hipótesis es verdadera, la misión ad gentes en aquella parte del mundo podría haber acabado completamente.

Por mucho que evaluemos los cambios producidos en el mundo en el que se lleva a cabo la misión ad gentes, estos siguen poniendo en tela de juicio la importancia fundamental del tema que estamos tratando en esta ocasión. Debemos tenerlos en cuenta en tanto y en cuanto consideremos los retos futuros.

Cambios en los Agentes de Misión

También debemos considerar los cambios producidos en los propios agentes de misión. Me refiero especialmente a los institutos misioneros, aunque para tener un espectro completo deberíamos considerar también a los misioneros laicos y a los voluntarios que emprenden una labor misionera por períodos breves y muy específicos.

Los institutos misioneros fundados en el siglo XIX y en el XX en forma de sociedades nacionales para el envío de misioneros, han visto reducido el número de sus miembros. La media de edades es mucho mayor, y los nuevos miembros son escasos. ¿Qué significa esto, entonces, para su trabajo misionero a largo plazo? En aquellos institutos que ahora reciben miembros provenientes de las zonas en las que anteriormente realizaban una labor misionera, la mayoría de estos nuevos miembros son originarios de lo que en un tiempo fueron "zonas de misión", y sin embargo los recursos financieros para sostener la misión ad gentes son proporcionados por el país que envía misioneros.

Existen otros dos cambios importantes que tendrán que abordar en el futuro los institutos ad gentes. En algunas de las zonas donde antes los misioneros trabajaban como evangelizadores, ahora ven que forman parte de la iglesia local, y que por lo tanto ya no llevan a cabo la evangelización de la misma manera que antes. Hay muchas razones por las cuales no consiguen salir de esas situaciones. Un segundo factor consiste en la fundación de nuevos institutos misioneros ad gentes en países que hasta hace poco tiempo eran objetivo de la misión. ¿Qué tipo de actitudes e ideas tienen estos misioneros que provienen de países del continente africano o de Corea del Sur?

Todos estos cambios — teológicos, ambientales y dentro de los propios institutos misioneros — tienen un papel, al menos subliminal, para determinar la manera en la que nos cuestionamos la misión ad gentes en la actualidad, y en particular, la forma en la que debemos llevar a cabo la misión en el futuro. Retomaré estos temas en la tercera parte de esta charla. Pero antes de llegar a ella, debemos detenernos en la segunda parte que versará sobre nuestro pasado reciente y su forma de comprender el concepto de misión ad gentes. Es importante que consideremos este punto para relacionarlo con lo que acabamos de decir sobre los cambios producidos y para presentar algunas ideas fundamentadas sobre el futuro.

Condiciones que conforman la misión ad gentes

En la primera parte de esta charla, hemos visto tres grupos de factores importantes para ver cuál será la dirección de la misión ad gentes en los próximos años. En la segunda parte, me gustaría tratar en detalle uno de los factores que han dado forma a gran parte de la misión ad gentes en los últimos dos siglos. Este factor no es algo nuevo para nosotros, pero tengo la esperanza de que reflexionar sobre él dé como resultado conceptos que nos ayuden a despejar el camino que debemos seguir.

Cualquiera que se dedique a estudiar la historia de las misiones sabe que la preocupación de la Iglesia por la misión ad gentes no ha sido una actividad permanente de los dos mil años de historia con los que cuenta. Durante largos períodos ha habido muy poca o casi ninguna actividad misionera en la Iglesia. De hecho, el vívido pasaje del final del Evangelio de San Mateo (28:18-19) en el que Jesús envía a sus discípulos a todas las naciones sólo comenzó a entenderse como un llamado claro a la misión a partir del siglo XVII (7).

Por otra parte, la actividad misionera rara vez se llevó a cabo de manera fortuita o separada de las condiciones de las sociedades de la que surgía o a la que se dirigía. Siempre se han utilizado las infraestructuras presentes en el momento y en los lugares que se realizaba. En su época el apóstol Pablo encaminaba sus viajes misioneros, como se puede leer en el libro de los Hechos, recorriendo las rutas comerciales y las carreteras del Imperio Romano.

No debe sorprendernos, por lo tanto, que la expansión de la actividad misionera que comenzó con los viajes de misioneros europeos más allá de los confines de Europa a finales del siglo XV, estén estrechamente relacionados con los designios expansionistas de España y Portugal, y posteriormente de Francia, Países Bajos y Gran Bretaña.

La historia del imperio y la misión ha sido relatada a menudo tanto por opositores como por defensores de la misión. Yo no tengo intención de contar esa historia nuevamente aquí, sino que me gustaría centrarme, por el contrario, en uno de los aspectos de dicha historia, a saber, el hecho de que los designios expansionistas de Europa proporcionaron la infraestructura para una misión ad gentes organizada y de común acuerdo.

 El imperio no sólo proporcionó una infraestructura necesaria en cuanto al transporte, a la protección e incluso al apoyo económico para los misioneros, sino que también participó sin duda alguna en la concepción de la organización de la misión en sí misma. A lo largo de la historia podemos hallar los rastros dejados por los esfuerzos individuales de muchos misioneros. Pero la movilización de los institutos religiosos — y posteriormente la fundación de institutos dedicados específicamente a este propósito — seguía los pasos e incluso adoptó la retórica militar de los constructores del imperio.

Lo que intento decir con esto es que no quiero reducir la misión ad gentes organizada a un producto que iba a la par del imperio, porque sería simplificar la historia además de inadecuado. A menudo los misioneros se oponían al imperio, poniéndose a favor de la gente a la que evangelizaban y en contra de los colonizadores. Otros conservaron la cultura poniendo por escrito las lenguas orales de los indígenas, incluso cuando el imperio lo destrozaba o destruía. Lo que intento hacer en esta charla es indicar algunos factores surgidos de la convergencia del imperio y la misión ad gentes y que quizás nos sirvan de enseñanza para esta época.

No podemos reducir la misión al imperio, pero debemos observar tres aspectos producidos por esta convergencia de la misión y el imperio y que siguen presentes entre nosotros:

La convergencia de la misión ad gentes y el imperio dio lugar a un concepto muy fuerte por el que la noción de misión ad gentes está estrechamente relacionada al territorio. Esto lo podemos ver en primer lugar en la fundación de la Propaganda Fidei en Roma en el siglo XVII y más tarde con la creación de la "jus commissionis" en el siglo XX. En vez de crear modelos gracias a los cuales ir ad gentes significaba ir a conseguir la conversión, la misión se entendía como la cristianización de un territorio.

La convergencia del imperio y de la misión proporcionó modelos de misión derivados del imperio y de sus procesos de colonización. El modelo imperante durante el período del imperio de Europa era el de la civilización, es decir, el de llevar ad gentes la educación, la formación técnica y los sistemas sanitarios europeos. Para decirlo con términos del siglo XX, los modelos de promoción humana van de la mano con la misión. Hoy en día nosotros lo entendemos en cuanto a justicia social y a defensa de los derechos humanos. Tanto con el modelo anterior como con los modelos más recientes, lo que significa evangelizar viene dado de una infraestructura que sostiene a la misión.

La convergencia del imperio y la misión también proporcionó modelos de relaciones entre los misioneros y las gentes, así como metáforas de la misión misma. Ganar almas para Dios, rescatarlas de las garras de Satán, y expandir la Iglesia deben su existencia en gran medida a las metáforas militares que se utilizaban paralelamente a la construcción del imperio. Las metáforas se convierten así en importantes medios para organizar la imaginación colectiva, y la misión ha utilizado algunas de ellas a lo largo de su historia.

¿Podemos aprender algo de esta convergencia del imperio y la misión que pueda ayudarnos a ver el futuro de la misión ad gentes con más claridad? Permítanme indicar algunas cosas que considero que son merecedoras de nuestra atención:

¿De qué forma el futuro de la misión ad gentes depende de la estructura geopolítica y macroeconómica del mundo actual? No es una mera coincidencia, por ejemplo, el hecho de que la crisis sufrida por la misión a mediados del siglo XX se produce al mismo tiempo que la disolución de los imperios europeos. Como hemos dicho en la primera parte, una de las características geopolíticas y macroeconómicas del mundo de hoy es la globalización. Se asemeja enormemente a la construcción del imperio — en particular a la de finales del siglo XIX y de comienzos del XX. Pero también tiene muchas diferencias fundamentales. Voy a proponer sólo un ejemplo de la manera en la que la globalización está influyendo sobre la misión: el aumento del voluntariado durante períodos breves. La rapidez con la que se puede viajar, a precios bastante económicos, hace posible que se plantee la disponibilidad de misioneros para un tiempo determinado. Hace unos años los misioneros solían abandonar sus países de por vida o volvían a ellos para visitas ocasionales. En cuanto a los misioneros para períodos breves, debemos tener en cuenta que esta posibilidad de disponer de misioneros para estancias cortas, forma parte de una organización económica en la que las personas se pueden permitir cambiar de ocupación varias veces a lo largo de la vida, en vez de elegir un trabajo durante los primeros años de vida activa que se seguirán ejerciendo hasta la jubilación o la muerte.

Como la época del imperio nos ha enseñado a pensar en el territorio cuando pesamos en la misión, la reducción del espacio creada por la globalización puede llevarnos a replantearnos qué significa ad gentes para nosotros en la actualidad. Como mencioné antes, los institutos misioneros ya están en este proceso. Ellos interpretan ad gentes como ad extra o ad altera. El hecho de que considerar a la misión ad gentes en relación con el territorio era importante en la segunda mitad del segundo milenio del cristianismo significa que, en el umbral del tercer milenio, debemos prepararnos a replantearnos el tema otra vez.

¿Cuáles serán las metáforas que darán forma a la imaginación social de la misión? Si las metáforas de la expansión y la conquista militar fueron las que conformaron la era del imperio, ¿cuáles serán las metáforas de la misión ad gentes en el siglo XXI? He sugerido en otro lugar que al referirnos a la misión en la segunda mitad del siglo XX surgieron las metáforas del acompañamiento con el fin de reemplazar a las de expansión y conquista (8). Misión entendida como inserción, como un caminar al lado de los pobres, como diálogo (especialmente un diálogo de vida), como solidaridad — todas estas metáforas hablan de un profundo sentido de la misión que implica un lazo fuerte y una identificación del misionero con la gente a la que sirve. Quizás esta metáfora sea en parte la causa de la dificultad que sienten ahora los institutos de misión para trasladarse a otros sitios: ¿Hacia dónde nos lleva una nueva situación?

Misión ad gentes en el tercer milenio

Llegamos ahora a la tercera y última parte de esta charla, en la que intentaré proponer algunos retos para la misión ad gentes en el tercer milenio. Para ello, he intentado establecer algunos de los factores que nos llevan a esperar los cambios, y posteriormente considerar en detalle algunas de las condiciones que conforman una misión ad gentes organizada. ¿Cómo convergen todos estos factores?

El factor más importante en esta mezcla de elementos es el nacimiento de la globalización entendida como un nuevo orden mundial. La globalización es un fenómeno extremadamente ambivalente, que provoca violencia a gran parte de la población mundial, especialmente a los pobres. Al mismo tiempo que hace posibles nuevas comunicaciones e incluso relaciones, impide que un gran número de personas pueda mejorar sus condiciones de vida.

El Papa Juan Pablo II lo ha expresado perfectamente de esta manera: "Globalización en solidaridad, globalización sin marginación " (Mensaje por el Día Mundial de la Paz, 1997).

Por mucho que reprobemos los males que la globalización ha provocado a los pobres, debemos reconocer al mismo tiempo que quizás represente el orden mundial con el que tenemos que convivir. No hay alternativa en este sentido. Durante toda su existencia el cristianismo ha luchado con el orden mundial experimentando siempre una relación tirante con el orden establecido por no aceptar la injusticia. En la actualidad nosotros vivimos esta misma situación.

La globalización actual tiene dos características significativas para nosotros: su poder de homogeneización, por el que pone en conexión a todo el mundo y comunica el mismo mensaje utilizando una misma red, y su poder de fragmentación que, en las instancias locales, desorganiza los arreglos sociales enfatizando el sentido de lo particular y lo local. ¿Cómo se relaciona este aspecto de la globalización con la misión ad gentes?

Para responder a la interconexión a través de la comunicación como una forma de homogeneización, los institutos misioneros y la misma Iglesia deberían utilizar sus recursos de organización transnacional y no gubernamental para reunir a todas las personas en la solidaridad de la familia humana y para crear redes de apoyo y sostén. Los institutos misioneros deberían demostrar con sus modos de vida y trabajo que las organizaciones transnacionales no tienen necesidad de ser opresivas, sino que pueden asociar los recursos humanos y materiales para mejorar la vida de la humanidad. Deberían utilizar sus recursos para alcanzar a las gentes dispersas ahora por el mundo, como resultado de las migraciones o de su condición de refugiados, aquellas gentes que fluyen hacia nuestras enormes ciudades — como la que nos acoge en esta reunión — perdiendo su identidad en el proceso. Como misioneros y como teóricos de la misión debemos reflexionar sobre cómo los factores de homogeneización del mundo de hoy dan forma a nuestro pensamiento y a nuestras relaciones.

La globalización también fragmenta al mundo. En este sentido me parece que la misión ad gentes está llamada a resolver las consecuencias de dicha fragmentación, para que las personas reconstruyan, recreen una nueva identidad que les ayude a resistir a los abusos de la globalización, para que los refugiados y desplazados reconstruyan sus vidas y puedan curar las heridas producidas a la memoria. El trabajo de la misión, pues, es un trabajo de reconciliación, es decir, devolver la dignidad humana y curar a una sociedad destruida. La labor misionera consiste en decir la verdad, buscar la justicia y crear una nueva visión moral. De hecho, creo que la reconciliación puede ser una perfecta metáfora para la misión a medida que nos acercamos al siglo XXI (9). En un mundo caracterizado por una mayor interconexión y fragmentación, debemos desplegar nuestras capacidades de "derribar los muros de hostilidad que nos separan," como leemos en la Carta a los Efesios (2:14).

Por lo tanto, ¿en qué punto nos encontramos nosotros respecto de la misión ad gentes en los albores del siglo XXI? Permítanme resumir mi opinión en cinco puntos:

* Al igual que el imperio creó una infraestructura — mejor o peor — para la misión ad gentes organizada de la que somos herederos, el orden mundial actual surgido de la globalización creará la infraestructura — mejor o peor — para la misión ad gentes a la que debemos dirigirnos.

* Las gentes a la que se dirige la misión no estarán determinadas por el territorio sino por las identidades que se construyen y adquieren su forma con la globalización. Dichas identidades serán mucho más fluidas.

* Dos de los retos teológicos de la misión ad gentes — el diálogo y la teología de la religiones — que afectan a los objetivos y a la legitimidad de la misma deberán ser considerados a la luz de esta nueva reorganización del mundo. En un mundo en el que la fragmentación amenaza constantemente la calidad de vida de todos juntos, el diálogo aparece como un elemento fundamental no sólo para entender a los demás sino también para crear un ambiente de confianza que posibilitará la comunicación y la cooperación. El pluralismo exacerbado que crea la globalización a través de la interconexión nos obligará a formar nuevos conceptos sobre el propio pluralismo, lo que nos ayudará a formular una teología de las religiones adecuada y fiel.

* La reconciliación será quizás la metáfora más importante para la misión ad gentes en los próximos años. Esta idea es ya una labor que se está llevando a cabo en todo el mundo puesto que es un tema con el que debemos convivir, por ejemplo, la asistencia a trabajadores en la resolución de conflictos y en la reconstrucción de las comunidades o sociedades. La reconciliación no se trata de una pacificación fácil; tampoco se trata de un paliativo que sustituye al trabajo arduo por la justicia y la verdad.

* El significado de todo esto para la reorganización de los institutos misioneros está todavía sin explorar. Pero tenemos la certeza de que implica primero un análisis de la realidad que reconozca que las cosas cambian, y posteriormente el despliegue de estrategias y relaciones que lleguen a las gentes. Significa también la formulación de una espiritualidad que sostenga nuestro trabajo que se enfatiza la interrelación, la proclamación de la verdad y la creación de una nueva visión moral para las sociedades. Implica, igualmente, la búsqueda de la justicia y el cultivo de relaciones basadas en la confianza para establecer comunidades de memoria y esperanza.

Los institutos misioneros dedicados especialmente a la misión ad gentes tienen todavía mucho camino por recorrer. Espero que los conceptos y sugerencias propuestos en esta charla ayuden a renovar el sentido de una misión fiel a nuestra llamada, profética en nuestra respuesta y repleta de esperanza en el advenimiento del Reino de Dios.

Notes:

1. Los documentos del simposio se podrán encontrar en Mission and Dialogue de Mary Motte y Joseph Lang (eds.), Maryknoll, Nueva York. Orbis Books, 1992.

2. Para un tratamiento exhaustivo de este tema se puede consultar Redemption and Dialogue: Reading Redemptoris Missio and Dialogue and Proclamation de Williams Burrows (ed.), Maryknoll, Nueva York, Orbis Books, 1993.

3. La Literatura sobre la teología de las religiones es muy amplia en nuestros días. La controversia suscitada por las investigaciones de Jacques Dupuis en su moderado resumen sobre este tema, Toward a Christian Theology of Religious Pluralism, (Maryknoll, Nueva York, Orbis Books, 1997) es una muestra de las tensiones que plantea esta cuestión. Para tratar el tema del intento de la Comisión Teológica Internacional de resolver este punto en su documento de 1997 "Cristiandad y Religiones del Mundo", confrontar el documento de Terrence Tilley "Cristiandad y Religiones del Mundo, un Documento Vaticano Reciente," Theological Studies 60 (1999) 318-337.

4. El mejor relato sobre las semejanzas y diferencias de la globalización desde sus etapas iniciales se puede encontrar en el libro de David Held, Anthony McGrew, David Goldblat y Jonathan Perraton, Global Transformations: Politics, Economics and Culture (Stanford University Press, 1999).

5. Un libro que tocaba este tema también de modo exhaustivo es el de Hans-Peter Martin y Harald Schumann, Die Angriff auf Demokratie und Wohlstand (Reinbeck bei Hamburg, Rowohlt, 1996).

6. En 1990, el 34,4% de la población mundial era cristiana; hacia mediados de 1999, se calculaba que el porcentaje era del 33,1%: David Barrett y Todd Johnson, "Annual Statistical Table on Global Mission: 1999" International Bulletin of Missionary Research 23 (1999) 25.

7. Para el tema de la historia de la misión cristiana que busca modelos de actividad así como motivaciones que llevan a la misión, consultar Transforming Mission: Paradigm Shifts of Mission de David Bosch, Maryknoll, Orbis Books, 1991. El misionero luterano Justinian von Weltz (1621-1688) fue el primero en invocar a la llamada Gran Comisión.

8. Se puede consultar por ejemplo: The New Catholicity: Theology between the Global and the Local, de Robert Schreiter, Maryknoll, Nueva York, Orbis Books, 1997, 124-126.

(9) He desarrollado este tema en "World order, conflict, and mission at the turn of the millennium" y en "¿Reconciliation as good news in a divided world?" Philippa Woodbridge y Carlos Pepe (eds.), y también se puede encontrar en "Las Américas se abren a un nuevo milenio", Roma, SEDOS, 1998, 195-223.