P. Enrique J. Rosich
Sin prisas


 

“Si estás en oración y lo hermano tiene necesidad de un poco de tila, deja la oración y vete a llevarle la tila. El Dios a quien dejas es menos seguro que el Dios a quien vas a encontrar” [Juan Ruysbroek]

 

Se puede aprender a ser misionero, como se aprende a amar o a ser compasivo. No es conveniente correr si queremos avanzar por este camino. Es cuestión de tiempo, cariño, atención y paciencia. Los pobres son nuestra mejor escuela, si les escuchamos sin prisas.

Es como una caja de sorpresas. Abro mi correo electrónico y me encuentro con mensajes que me asaltan y asombran. Aquí va una ‘perla’ como ejemplo: “Tengo gran ilusión por ir este verano a alguna zona necesitada y prestar ayuda, pero quiero irme ya. Quiero colaborar con ustedes como misionera. Por cierto, ¿cuánto pagan? Adela”.
No sé quien es Adela, pero es fácil adivinar qué es la misión para ella:
como una pizza, que, tras encargarla por teléfono, la mandan a domicilio calentita, y, encima, te dan dinero por comértela. O sea, que no puede esperar para conseguir lo que quiere y, además, no es capaz de darse de forma gratuita. Digna representante de este tiempo acelerado y aprovechado.
Gabriel González, un segoviano de 24 años, no es así. Quiere ofrecer lo mejor que tiene: su vida. Él quiere saber si Dios le llama a ser mísionero. Espera que yo le eche una mano para ver claro. Se la ofrezco. Me pregunta cómo se llega a ser misionero.
Mira, le dije, yo soy misionero, pero no lo he aprendido en los libros ní me lo ha enseñado ningún profesor. Las cosas que más nos interesan no se ímparten en ninguna facultad. No conozco ninguna universidad donde se aprenda a ser compasivo, a saber renuncíar a lo superfluo. Tampoco se enseña cómo crecer en humanidad, cómo amar al que es diferente o cómo ser mísionero. “Entonces — me preguntó —, ¿quien te lo ha enseñado?” Te lo contaré, si times un poco de paciencia.

Cambio de registro

Cuando aterricé en Áfríca me puse a trabajar sin tomarme el tiempo suficiente para conocer el mundo donde estaba. Yo he vivido siempre en una ciudad y allí me tocó vivir en un mundo rural: era un cambio considerable.
¿Cuándo se debían preparar los campos para la sementera? ¿Qué tierra era la más adecuada para sembrar el arroz, el maíz o el cacahuete? ¿Cuántos típos de míjo existen? ¿Qué es el gombó? No tenía ni idea...
¿Qué sabia yo de aquella gente? ¿Qué era lo importante para ellos? Tampoco permìti al principio que ellos me conocieran lo suficiente. La gente veía en mí un cliché: el blanco "todopoderoso". Venían a mí para que yo les diera dinero, trabajo o solución a sus problemas diarios. La primera palabra que aprendí en su lengua fue adum (dame). La repetían a menudo los que deseaban algo de mí.
Cuando alguíen aparecía en mi casa le decía: “¿Qué quieres?”, a modo de saludo. Una pregunta muy lógica aquí, en nuestro mundo occidental, pero que bloquea las relaciones en África.
Nadie va a decir por qué ha venido a verte, así, de golpe. Sería de mala educación y falta de delicadeza. Primero se da un pequeño rodeo. Así lo exigen los cánones africanos de la elegancia, pero eso yo no lo entendía al principio. Cuando les hacía esa pregunta se quedaban callados, confundidos y algo se rompía entre nosotros.
Yo actuaba como un "sabelotodo". Ellos se comportaban como los que tenían siempre insuficiente, no sabían casi nada, o podían hacer muy poco.... Mi preocupación era llegar a todas partes lo más rápidamente posíble, aunque ello supusiera el no pararme demasiado en cede lugar pare conocer mejor a la gente.
Los rostros se confundían entre la prise, la velocídad y el polvo. Hacía honor al dicho africano que comenta con humor: “¿El misionero? sólo conocemos el polvo que deja el coche cuando pasa...”. Como es fácil de comprender ahora, esta primera etapa de mi vide misionera fue una equivocarión.
Un dia vino a verme Emile Tchatcha, un amigo al que hacía un tiempo que no veía. Me preguntó si podia escucharle. Le encontré más delgado y le pregunté la razón de su ausencia. Me contó que había estado en la rárcel. “¿En la cárcel? — le pregunté — ¿Cómo ha sido?”.
Me empezó a referir lo que le pasó: Un ladrón entró en su case de madrugada e intentó robarle. Escuchó el ruido, se levantó y sorprendió al ladrón cuando ya se iba con su botín. Éste le atacó y Emile, para defenderse, forcejeó y acabó hiriéndole. Fue a la comisaría a dar parte de lo sucedido. La policía le hizo pagar una multa considerable — a él que habia sido la víctima — y además estuvo encerrado más de un mes y medio.
Según iba exponiéndome lo sucedido, mi mente trabajaba rápido. Me preguntaba: ¿Qué querrá Emile? ¿Por que me cuenta todo esto? ¿Me pedirá dinero? ¿Pretenderá que intercede por él ante las autorídades?
En el fondo, no creía que su visita fuera gratuita. Mi sorpresa fue mayúscula, cuando al final, me dijo: “Sólo te pido que reces por mí para que Dios me ayude a perdonar al ladrón y a los policies injustos que me han hecho daño”. Y se fue tras estrechar mi mano y darme las gracias por haberle escuchado. Fue como una sacudida. Emile me ayudó a cambiar de registro.

Un termo de té disponible

Afortunadamente, yo no vivía solo. Los compañeros de mi comunidad también me ayudaron a evolucíonar. Decidimos tener un termo de dos litros de té caliente síempre dispuesto para acoger al que viniera. Este termo de té es un punto de referenda en mi segunda etapa de aprendizaje a la vida misionera.
Empecé por acercarme a las personas sin respuestas anticipadas. Cuando alguien venía a mí, lo acogía sin prísas, le ofrecía té, le preguntaba por la familia, por la cosecha, por el trabajo... Luego seguía preguntándole sobre tantas cosas que no comprendía: su cultura, sus costumbres, su lengua. Empleaba bastante la expresión ra sem (ayúdame).
Ellos empezaron a convertirse en mis maestros. Esos encuentros se multiplicaron. Empecé a dar más importancia al encuentro con las personas que a todo lo demás.
Visitábamos a la gente con calma en sus pueblos y me quedaba a dormir en la casa que me ofrecían. Rompía con esa mala costumbre que consiste en desaparecer a toda velocidad en cuanto has acabado lo que tenías que hacer. Lo más importante se decía en los encuentros informales después de cenar. Ahí es cuando más aprendía.
Muchos años después me encontré con Joseph, un seminarista. Él me recordó ese tiempo en que yo dormía en los poblados. “Un día — me dijo — ­me quedé sorprendido de que te quedaras a comer y dormir en mi casa. Yo era un niño todavía, pero eso no se olvida. Cuando más tarde escuché en la catequesis que eramos hermanos y que Dios es nuestro Padre lo empecé a entender major”. Todavía me veo durmiendo encima
del montón de algodón que su padre había almacenado en una habitación, esperando su venta.
Jean-Marc Ela, teólogo camerunés, dice que su reflexión surge bajo los árboles para señalar su forma de trabajar: el contacto con las personas en el día a dia es la fuente de su práctica y de su pensamiento.
Creo que mi experiencia también cambió cuando me tomé el tiempo de vivir desio con la gente. Me fui haciendo misionero gracias a ellos. Por su paciencia para soportarme, sobre todo al principio, cuando iba de "sabiondo" sin saber. Por su manera de enseñarme lo importante sin grandes énfasis. La gente sencilla fue mi universidad para graduarme como "misionero".
Gabriel quiere prepararse a entrar en esta "Universidad” tan peculiar: pronto entrará el postulantado. Está deseando aprender, y eso es un buen principio. Es possible que muchos otros deseen formarse con estos maestros. Está abierto el plazo de matricula...
Aprieta el calor, es verano: tiempo de cambiar de ritmo. Las playas se llenan de bañistas, los montes de excursionistas y lo corazón ¿de qué se llena?

Nota

* P. Rosich es un misionero comboniano.

 

Ref.: Mundo Negro (Revista Misional Africana), Julio/Agosto 2002, pp. 62-65.