Mons. Luis Augusto Castro Quiroga - Arzobispo de Tunja (Colombia)
Vivir la Misión en medio de la guerra
— Desafios pastorale y espirituales —*


La conferencia presentada por SEDOS el 12 de octubre 2002.

 

Introducción

Un saludo cariñoso para todos los miembros de Sedos. Permítanme empezar hablando de números. El número uno indica siempre al vencedor, al campeón, al poderoso. Pero cuando a este número se le añaden otros dos unos, se forma el 111 que no es un número poderoso sino el número más triste que pueda concebirse hoy.

En efecto, "a lo largo del siglo XX y parte del XXI han muerto aproximadamente 111 millones de personas en guerra, la mayoría de ellas civiles. La década de los noventa, además, ha sido prolífica en aberraciones provocadas por enfrentamientos entre los seres humanos, como los genocidios de Bosnia y Ruanda, las matanzas de civiles en Argelia y tantos otros casos que…no han entrado en vías de pacificación más que al cabo de muchos años, demasiados".1

"Solo en el continente africano, en las cuatro décadas que van de 1955 a 1995 ha habido cerca de ocho millones de muertos en conflictos armados, con megacifras del orden de los dos millones de víctimas mortales en Nigeria, un millón en Angola, Etiopía y Argelia, y más de medio millón en Ruanda, Sudán y Eritrea".2

La finalización de la guerra fría favoreció la desaparición de algunos conflictos en el sur que estaban anclados precisamente en la política de contención de Estados Unidos y de internacionalismo comunista de la Unión Soviética.

Los años ochenta, los últimos de la guerra fría, denominados como de inseguridad controlada, se caracterizaron por la existencia de guerras de baja intensidad, con profusión de guerra de guerrillas.

Los años noventa vieron aflorar nuevos conflictos o formas nuevas de expresarse de los conflictos anteriores que no habían sido solucionados convenientemente. Los conflictos étnicos, confesionales y sociales aparecieron dando curso a las guerras civiles que bien pueden llamarse fratricidas3 que han ocupado las potencias mundiales y han dado un nuevo protagonismo a las naciones Unidas como actora en la escena internacional.

Desde 1989 hasta 1996 se han producido en el mundo 101 conflictos de los que solo seis han sido entre Estados y el resto en el interior de los Estados que son en concreto 71 países.4

En medio de estos conflictos5 ya entre naciones, ya dentro de una misma nación, se encuentra la Iglesia. Muchos de estos conflictos no resueltos positivamente son conflictos bélicos y acontecen en las llamadas áreas de misión, concepto hoy muy relativizado por la diversa concepción de las fronteras, y en los países en vías de desarrollo opción privilegiada, mas no exclusiva, de la acción misionera.

De esta manera entramos de lleno al tema que nos ocupa: ¿Cómo vivir la misión en medio de la guerra? Nos preguntamos por actitudes personales, por estrategias pastorales y por vivencias espirituales que nos permitan vivir la misión en medio de la guerra.

Quisiera agrupar estas actitudes, estrategias y vivencias en 15 exigencias que se le hacen al misionero que debe vivir la misión en tierra de guerra. Obviamente, es inevitable que hable mucho desde la propia experiencia.

Presencia vs. ausencia

Me gustó la experiencia que tuve al hacer la visita pastoral a un pequeño pueblo en la Amazonia colombiana. Por la mañana, un grupo se acercó y uno de ellos me dijo: "anoche pudimos dormir muy bien porque sabíamos que usted estaba aquí". Esta presencia infundía seguridad, tranquilidad, serenidad. "Estando el obispo aquí no se atreverán a atacarnos", era el sentimiento de fondo que se expresaba con la frase aludida.

El valor de esta presencia puede verse desde diversos ángulos. El más manifiesto es que esta presencia del misionero de alguna manera es signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Si el misionero no nos abandona, Dios tampoco. Si el misionero está con nosotros, quiere decir que se repite la historia de la salvación en nuestra tierra. Dios está siempre presente con el hombre que sufre (Sal 91,15), siempre cerca del que lo invoca (Is 58,9; Sal 145,18).

Esta presencia en los momentos más difíciles como son los de la guerra, es una forma de encarnación y por tanto de participar del sufrimiento de aquellos a los que se ha sido enviado. Se trata de un sufrimiento no buscado pero acogido con valentía; como no fue buscado el sufrimiento de la lepra por Pedro Damián pero fue acogido como una forma de intensificar no tanto su presencia cuanto la presencia de Jesús en medio de sus hermanos leprosos.

¿Quedarse o partir? La respuesta en ocasiones no es fácil. Lo que sí es fácil es decir que la presencia es un factor poderoso de consolación, de fortaleza, de unidad y de fe.

Es importante anotar para concluir este punto que ser signo de la presencia de Dios en medio de un pueblo amenazado y torturado por la guerra, tiene también sus peligros de los cuales quiero poner de manifiesto uno: el colocar a Dios en una orilla del conflicto y sacarlo totalmente de la otra. Las iglesias nacionales que se han identificado totalmente con las causas nacionales, terminan perdiendo de vista la realidad de la universalidad del amor de Dios. Déjenme explicar esto con una narración y con unos hechos concretos.

La narración proviene de un comentario rabínico al paso del mar rojo. Los Israelitas pasaron incólumes el mar rojo. Luego entraron los egipcios y fueron arrollados. En el cielo los ángeles hacían fiesta, aplaudían de alegría y Dios los hizo callar de inmediato. ¿Cómo es eso, mi pueblo de Egipto está pereciendo y ustedes se ponen a cantar? Israel es pueblo de Dios pero también Egipto y su enemigo Asiria. Aún más, Israel está llamado a mediar entre esos dos enemigos y por eso el profeta Isaías lo coloca de tercero: "Bendito Egipto mi pueblo, y Asiria obra de mis manos e Israel mi heredad" (Is 19,25) Porque Dios es Dios de todos los pueblos, su presencia no se puede nacionalizar. Pero es exactamente esto cuanto acontece a veces. Gregory Baum anota:

"No es una exageración afirmar que una "encarnación" exitosa de la iglesia en una determinada comunidad, le hace difícil a esta iglesia tomar una distancia crítica de esa comunidad para forjarse un punto de vista no unilateral del conflicto en el que está comprometida. Los estudios sobre la predicación de las comunidades cristianas durante la primera y la segunda guerra mundial revelan el grado al que llegó el clero de identificación con sus países y sus aspiraciones políticas".6

Indudablemente la explicación no es solo sociológica sino también teológica.7 Hay que aprender a mirar teológicamente desde la otra orilla, la del extranjero, y no solo desde la propia.

Este esfuerzo ha debido hacerlo la teología de la misión para poder quitarse de encima la terminología que envolvía a las otras tradiciones religiosas bajo el nombre de "no cristianos". Y es el mismo esfuerzo que se debe hacer para no presentar la realidad del amor de Dios como exclusividad de quienes están en la orilla del conflicto a la que yo pertenezco, demonizando la otra orilla y eliminando la universalidad del pecado que se vuelve exclusividad de la orilla opuesta. Esto es sencillamente ayudar a intensificar el conflicto; es no ayudar a su superación en la justa reconciliación.

Todas estas dificultades deben ser tenidas en cuenta, pero ellas no disminuyen en nada la exigencia de una presencia encarnada como signo de la presencia del amor de Dios en medio de un pueblo abatido por la guerra.

Escuchar creativo vs. incomprension esteril

En un pequeño pueblo de Colombia llamado Solano, a orillas del río Caquetá, un misionero escuchaba la historia dramática de los hechos de guerra acaecida en los años ochenta. Las personas contaban y volvían a contar y no se cansaban de narrar su historia de dolor. Qué fortuna para estas personas contar con alguien que supiese escuchar.

El cometido de la violencia es lograr infiltrar en la narración de la verdad de la propia vida, la narración de la mentira propia del violento.

Es importante facilitar la purificación de esa narración de la mentira que ha sido acogida tal vez en algún momento por la necesidad de evitar vivir en una situación de caos, de ausencia de sentido. La liturgia, la oración, el trabajo comunitario son claves para esta purificación.

Pero es, de manera especial, la capacidad de escuchar propia del misionero, que permite a la persona que ha sido violentada que su narración de la mentira de la violencia se torne liberadora y se inserte en un contexto narrativo liberador más amplio como es el de la pasión y muerte del Señor. La persona o la comunidad violentada narra pero no de cualquier manera ni a cualquier persona. Narra su historia para recuperar la verdad de su ser, perdida con la mentira de la violencia que la ha invadido; y la narra a quien sabe que puede iluminar esa historia con una historia más amplia y decisiva. Acontece entonces cuanto el filósofo alemán Hans George Gadamer llama "la fusión de horizontes": Mi historia narrada y escuchada y la historia proclamada de Cristo, su pasión, muerte y resurrección se fusionan en una sola historia llena de sentido y llena de verdad".8 Se palpa entonces la verdad proclamada por Pablo: A los que aman a Dios, todo contribuye para su bien, aún el dolor, la violencia sufrida y el mismo martirio.9

En ciertos momentos difíciles cuando la violencia ha arremetido contra las personas con las que vive el misionero, es importante que él se una a la petición que Salomón le dirigía a Dios: "Dame un corazón que sepa escuchar". Si a la presencia se añade el escuchar creativo que es también iluminación creativa, el paso hacia la reconciliación se va facilitando.

Memoria vs. amnesia

Estuve en Guatemala hace unos meses y me impresionaron dos cosas: Una, la enorme lista de todos los catequistas asesinados en los tiempos de la violencia cuyos nombres se podían leer antes de entrar en la catedral. Esta lista es sencillamente un esfuerzo por mantener viva la memoria de esos mártires. La otra fue sencillamente que me colocaron a dormir en la habitación de Mons. Gerardi el Obispo asesinado por su tarea de mantener viva la memoria de los hechos dolorosos acaecidos y por su insistencia en que se aclarase la verdad de los hechos.10 Era para mí, todo un mensaje relacionado con el deber de mantener viva la memoria de los sufrimientos de la comunidad a la que fuí enviado.

A la presencia y al escuchar creativo, es necesario añadir el mantener viva la memoria. Jesús decía de su sacrificio actualizado cada día: "Hagan esto en memoria mía".

El hacer memoria de los sufrimientos de la comunidad no es solo un ejercicio histórico. Es un deber moral que alimenta la sensibilización frente a una avalancha de sufrimiento que, como mecanismo de defensa, va generando insensibilidad. Es oportuno recordar en este momento la ley del sapo. Se puede imaginar, sin necesidad de llevarlo a la práctica, un experimento muy sencillo. Si se calienta un poco de agua al punto de su máxima ebullición y se introduce allí a un sapo, el animalito de un brinco escapa del calor y del terminar totalmente quemado. Pero si a este sapito se le coloca en un recipiente de agua tibia, agradable, y luego suavemente se empieza a elevar la temperatura, ahí se queda. Se va acomodando a la temperatura creciente y se termina con un caldo o brodino delicioso y nutritivo de sapo.

La memoria nos impide acomodarnos a la cada vez más creciente temperatura de la violencia que nos rodea.

Mantener viva la memoria es también tarea misionera siempre y cuando esa memoria este unida a dos realidades fundamentales: La verdad y la reconciliación. La sola memoria no garantiza la superación de la violencia. Una joven guerrillera me escribió una carta muy larga en la que me narraba cómo decidió hacerse guerrillera después de que los paramilitares asesinaron a su papá. La memoria de su papá asesinado alimentaba su opción por la violencia. La memoria de sus familiares asesinados por la guerrilla, lleva a que muchos paramilitares cuando asesinan lo hagan con la mayor crueldad. Como anotaba en una ocasión Alfredo Molano,11 son tan crueles que no quieren matar solo el cuerpo sino hasta el alma.

Qué importante es el mensaje de Juan Pablo II sobre la purificación de la memoria no solo para superar hechos tristes del pasado sino para construir un futuro diferente, un futuro de paz.12

La memoria se alimenta en la vida civil con los aniversarios que refuerzan la propia identidad y las raíces históricas de los propios valores. Bien se puede decir que "por sus aniversarios los conoceréis". Sin embargo, muchas veces están cargados de nacionalismo y de emociones hostiles hacia la otra orilla así que poco contribuyen a la reconciliación.13 La visión más planetaria, más sensible a la variedad de las culturas y a la fraternidad universal que caracteriza al misionero, contribuye a dar otro sentido a la memoria.

Mediacion vs. Parcialización

Tuve la oportunidad de encontrarme entre dos orillas como fueron la de la guerrilla y del gobierno tratando de generar acercamientos tendientes a la liberación de 80 soldados en manos de los subversivos. Fueron seis meses de negociaciones secretas y de continuos viajes de la orilla del gobierno a la orilla de la guerrilla y viceversa para decirle al gobierno que la guerrilla era sincera en lo que proponía y decirle a la guerrilla que el gobierno estaba dispuesto a cumplir su palabra. La mediación fue positiva para felicidad de 80 soldados y de sus familias que se abrazaron nuevamente.

Mediar es estar en medio, lo cual no es siempre fácil. Es más fácil y seguro colocarse en una orilla para dispararle a la otra. Pero es más propio e la pastoral de comunión el colocarse en medio para generar acercamiento entre las dos orillas. Entre Siria y Egipto Israel estaba llamado a colocarse en medio como mediador (Is 19,25).

Israel estaba llamado a ser como la olla. Entre el fuego que sirve para hacer la comida y el agua que se debe calentar para hacer el te, es necesario colocar la olla. Ella está en medio favoreciendo que lo bueno del fuego le pase al agua y lo bueno del agua le llegue a quien se la va a tomar. Estar en medio significa asumir los riesgos propios de la olla pero quiere decir también generar acercamientos entre las dos orillas en conflicto.

Los macroconflictos y los microconflictos enfrentados desde una intención de mediación, van formando una cultura diferente, una cultura de diálogo y de vida en cambio de una cultura de intolerancia y de muerte. De poco sirve para la solución del conflicto el que el misionero se ubique en una orilla para ayudar a disparar a la otra orilla.

A esta actitud ya aludí cuando hablando de la presencia hice ver que una encarnación demasiado localizada y demasiado identificada con una orilla del conflicto, lleva a perder de vista las posibilidades de mediación de una iglesia o de un apóstol. Además, se convierte en factor de propulsión del conflicto en lugar de ser factor de reconciliación. Tal fue el cristianismo de los católicos croatas contra los serbios como fue el de los ortodoxos serbios contra los croatas, ambas iglesias convertidas en guardianes de la identidad nacional e de esta manera incapacitadas para ser mediadoras. Parece que la misma dificultad se vivió en el conflicto étnico entre los Hutus y los Tutsis en Ruanda.14 La mediación es el gran desafío a la catolicidad entendida como apertura a toda verdad y a todo valor, venga de donde viniere.15

Precisión en el lenguaje vs. confusion de niveles o contenidos

Más de un misionero que quiere anunciar el Evangelio y denunciar lo que se opone a él, termina siendo declarado enemigo de algún grupo y a veces hasta de los mismos amigos, sencillamente porque no sabe ser preciso en el lenguaje que usa.

En situaciones de conflicto negativo y por ende de violencia y de guerra, hay que saber manejar con el máximo cuidado el propio lenguaje. Especialmente cuando se trata de hacer denuncias, es necesario mantener la altura del apóstol, en la espiritualidad y en el estado de ánimo así que denuncie desde el Evangelio y desde la caridad y no desde el resentimiento o la venganza. Pero también es necesaria la altura en el lenguaje, cuidando la precisión del mismo para no generar confusiones. Por ello, es necesario que los conceptos que se manejan sean claros y precisos. Confundir estado y gobierno, guerrilla y paramilitarismo, corrupción con errores administrativos, la integridad moral de las personas con sus posibles equivocaciones, etc. puede crear injustas apreciaciones.

El poder pastoral que de suyo es para el bien, puede dar una imagen negativa y generar alejamientos y tensiones.

Esa precisión del lenguaje evita al misionero pasar por demagogo. "la primera ley del demagogo es no matizar los conceptos, utilizarlos en bloque, de forma ambigua, para destacar en cada momento el aspecto que le interesa y dejar los otros en sombra. Al no matizar, el sentido de los conceptos se empobrece, se banaliza…. Banalizar implica simplificar, reducir de valor, rebajar, envilecer".16

Precisión y no aumento de confusión es cuanto se espera de un misionero en situaciones de guerra. La doctrina social de la iglesia, la teología asimilada rectamente, la reflexión comunitaria con los colaboradores, deberían ser una guía en estas situaciones, especialmente para no dejarse llevar por generalizaciones indebidas.

Esperanza vs. desesperacion y pesimismo

Cuando la desesperación llevó a la gente de San Vicente, mi sede episcopal, a pensar que todo estaba perdido para ellos, yo anuncié que iba a hacer un pequeño edificio con la colaboración de todos para los diversos servicios pastorales. "Entonces, si el Obispo construye quiere decir que esto no se va a acabar, que tiene futuro", concluyeron. Es un signo positivo muy grande pero se pueden dar otros más pequeños e igualmente significativos.17

En las situaciones de conflicto armado, especialmente cuando dura por tanto tiempo, se puede perder la esperanza y dar espacio a actitudes de desesperación.

Una trampa contra la esperanza es el miedo que lleva a decir: "Aquí ya no hay nada que hacer". Otra trampa es la duración. Llevamos tanto tiempo en guerra que esto ya no tiene remedio. Otra trampa es la impotencia: "Pero quién soy yo para hacer algo, si fuera ministro o presidente, sería diverso". Como me gusta narrar a la gente la historia de ese pequeño grano de arena que se introdujo en una máquina poderosa y la trabó. La máquina monstruosa de la violencia se puede parar con algo tan pequeño como el granito de arena que cada uno es y ofrece. Otra trampa es el repliegue en sí mismo(a) de forma defensiva. Me intereso de mis asuntos y basta, ya hice lo que pude ahora no tengo por qué asumir más responsabilidades en torno a la paz. Finalmente, la última y tal vez la más peligrosa, es la trampa del insomnio. No se trata de no dormir por la noche sino de no soñar más en un futuro diferente. No se tiene ya la gana ni la ilusión de soñar como Isaías ese momento cuando las espadas se convertirán en arados y las lanzas en hoces y ningún pueblo volverá a tomar las armas contra otro ni recibirá instrucciones para la guerra (Is 2,4).

Por eso, es importante por una parte precaver a los fieles sobre las trampas contra la esperanza y colocar signos positivos de esperanza fundamentados en sus propias capacidades. Cuando los periodistas me preguntan: Y usted qué hace por la paz? Mi respuesta es siempre: Dar esperanza. Así lo expresaba en el título de un libro mío sobre la paz "Nunca es más oscuro que cuando va a amanecer".18

Reconciliacion vs. sola resolucion de conflictos

Hace poco tuvimos el congreso nacional de reconciliación en el que tuve que intervenir con el tema Reconciliación y política. Una de las palabras más pronunciadas hoy en Colombia es reconciliación aunque se vea tan lejana. Algunos veían la reconciliación como un punto de partida y otros la veíamos más como un punto de llegada. Esto último me parece como más real, cuando se ve el programa de reconciliación de la postguerra de Mozambique y de Africa del Sur19 después de tantos años de superación del conflicto. Y es justo que sea así. Una guerra superada que no incluya la reconciliación puede volver a recaer en la violencia. De allí los conflictos en Chile donde no habiéndose aún aclarado algunas verdades de la guerra, ha sido difícil dar el paso hacia una verdadera reconciliación.

Sin lugar a dudas, la reconciliación debe continuamente aparecer en el horizonte como el gran punto de llegada. Una reconciliación que no es borrón y cuenta nueva dejando de lado y sin consideración el sufrimiento vivido anteriormente y la exigencia de verdad. Una reconciliación que es posterior a la liberación de los males y no aceptación de los mismos en aras a una fingida reconciliación. Una reconciliación que no es un asunto técnico de resolución de conflictos sino que es mucho más, una espiritualidad, una actitud de vida, una manera de vivir la Palabra de Dios que nos habla por una parte de que la reconciliación viene de Dios quien nos reconcilió en Cristo y por otra es obra de Cristo que derrumbó el muro de separación entre los enemigos.20 Estamos en el campo más genuino de la actividad misionera que es actividad de comunión.

Es hermoso constatar que hoy en el mundo en medio de las guerras más crudas, surgen iniciativas de reconciliación que se presentan como semillas de un futuro de paz. Aunque se haya acumulado una gran cantidad de agresividad, todavía es posible hacer un contacto donde el diálogo prime sobre la hostilidad y la violencia física.21

Uno de los resultados de una reconciliación alcanzada tiene que ver con la historia.

Cuando las partes en conflicto están dispuestas a examinar la propia historia de manera crítica. La reconciliación favorece y pide que se escriba de nuevo la historia, una historia compartida en la que tienen espacio las identidades de uno y otro.

Se puede recordar, como ejemplo, la comisión conjunta de Francia y Alemania para escribir una historia que tuviese la aceptación de las dos partes y que pudiese ser enseñada en las aulas de los dos países favoreciendo la amistad de los mismos. Igual trabajo se hizo entre Alemania y Polonia.22 Dentro del esfuerzo de reconciliación, como dentro del esfuerzo del perdón, debe haber espacio para la creación no solo de nuevas relaciones sino de una nueva historia.

La reconciliación, como aparece de la historia de tantas guerras superadas, debe tener también como ingrediente esencial el desarrollo socioeconómico para el cual, como sucedió en Europa con el plan Marshall, la cooperación internacional es muy importante. Si no hay este empuje socioeconómico, muy pronto se notará el aumento de la violencia criminal — como es el caso de Guatemala — o si se han creado expectativas demasiado altas y poco realistas, aparecerá en la situación de postconflicto, un fenómeno lamentable de terrorismo, como aconteció en otros lugares. En estas situaciones, es necesario reforzar ese estrecho lazo entre evangelización y promoción humana como aporte a la construcción de una civilización del amor.

Promocion laicos vs. clericalismo

Fue la historia de los misioneros en Mozambique que nos enseñó de manera inequívoca que una iglesia que promueve los laicos puede enfrentar todas las guerras por largas que sean. Ese trabajo continuo y delicado con los catequistas dio como fruto líderes de las comunidades cristianas que reemplazaron al misionero confinado en una casa o en un estrecho territorio.

Una historia diferente, opuesta, se vivió en Cuba donde la ausencia de la promoción de los laicos los agarró impreparados para asumir el liderazgo de la pastoral en el momento oportuno y muchos pensaron más en irse del país. Esto último lo dice un historiador de Cuba. Afirma él que la iglesia cubana, en esos momentos tan difíciles de los comienzos de la revolución marxista, con la finalidad de salvar a sus propios miembros del comunismo, se preocupó más por hacer emigrar a los propios fieles que por ejercer su misión dentro de la sociedad en que se encontraba.23

Que esta afirmación responda o no a los hechos, no es de mi interés en este momento, pero me refiero a la misma para insistir en la necesidad de formación apostólica de los laicos frente a y dentro de los profundos cambios sociales y no en la evasión de los mismos.

El paso de pasivo a activo, de activo a participante y de participante a perteneciente es necesario darlo en la formación de los laicos en todo momento pero de manera especial en las situaciones de guerra cuando la estabilidad del misionero se vuelve demasiado frágil.

Seguimos constatando cómo la formación política del laico es demasiado pobre para los cometidos tan grandes que enfrentar. La inculturación como comunión entre fe y cultura se debe traducir en el corazón de cada laico como comunión entre fe y política, pero la realidad es que aún parecen dos mundos diferentes, poco integrados, poco dialogantes entre sí, poco recíprocamente críticos. Muchos laicos viven la división interna de ser religiosos por un lado y ser políticos por otro como planos totalmente separados. Un senador muy católico al que se le reclamaba el por qué había apoyado leyes antireligiosas decía: "Una cosa es la política y otra muy diferente la religión". Sigue siendo verdad cuanto decía Pablo II que la separación entre fe y cultura es el drama de nuestro tiempo y gran desafío a nuestra acción misionera y pastoral.

Profetismo como conciencia alternativa vs. acomodamiento a la mentalidad dominante

En estos meses en Colombia hemos escuchado a tantos que han perdido la paciencia. Claman por medidas de fuerza, por una práctica de sangre y fuego, por una guerra fuerte de supuesto corto tiempo.

El famoso fujimorazo en el Perú, que a tantos entusiasmó, fue exactamente el pasar por encima del tiempo que el diálogo necesitaba por falta de paciencia y cambiarlo por la acometida sangrienta con gran número de víctimas.

La mentalidad guerrerista quiere resolver todo rápido cuando la realidad de las cosas es que los diálogos en la guerra requieren mucho tiempo, mucha paciencia, mucha resistencia, que nada tiene que ver con la resignación sino con la comprensión de los ritmos propios de una historia de los conflictos no resueltos positivamente.

Frente a la violencia, a la guerra, a la respuesta de ojo por ojo y diente por diente, hay que crear una conciencia alternativa con visión de evangelio. Acomodarse a la mentalidad presente es un peligro contra el cual nos amonestaba San Pablo.24 Por eso, el misionero no puede no entrar en la línea de la no violencia activa y debe saber defenderse de los halagos de la mentalidad guerrerista e inmediatista.

Comunion con el obispo y presbiterio vs. francotirador

Era curiosa la afirmación de algunos guerrilleros en la zona donde trabajaba en el sur de Colombia. Ellos, con el máximo del descaro, le decían a los sacerdotes: "Ustedes digan la misa pero nosotros predicamos". Y la hostilidad contra los catequistas laicos era notoria. Más allá de la actitud insolente que esta exigencia revela, aparece otro hecho muy profundo.

Al lado de la guerra física hecha de armas y de muertos, se desarrolla otra guerra muy diferente pero no menos decisiva. Es la guerra cultural. Especialmente las fuerzas subversivas que tienen una inspiración marxista, luchan por crear una nueva cultura con todos los postulados que les son característicos.

Durante muchos años luché para crear una serie de escuelas con internado en lugares muy difíciles de la amazonia colombiana. No logré obtener la colaboración del gobierno para tal fin. La guerrilla empezó con los internados pero quería que los niños fuesen completamente separados de los papás. El motivo era muy sencillo: Al no poder identificarse con los papás ausentes, el niño se va identificando con otro papá que es la ideología, que es el partido o movimiento, y su compromiso tendrá una carga de afectividad y de entrega total como la tiene un hijo ya adulto normal en proteger la vida de sus papás. Una nueva cultura se va gestando dentro de una visión de colectivismo muy especial que recuerda experiencias pasadas sea en contextos de opresión como en la Unión Soviética sea en contextos de libertad como en Israel (Los kibbutz).

En momentos de guerra, y debido a la unidad ideológica que requiere el momento, es cuando más debe resplandecer la comunión de criterios entre el Obispo y sus sacerdotes. Si alguno, que poco quiere saber de comunión, empieza con un protagonismo desentonado, a disparar afirmaciones que contradicen de plano a las del Obispo, del presbiterio y de los laicos comprometidos, genera la impresión de un cuerpo confundido, debilitado e internamente dividido. Tal situación sería lamentable en tiempos de guerra.

Catolicidad como apertura a todo valor vs. intolerancia

La convivencia ciudadana, un punto crítico en Colombia hoy, fracasa debido a la intolerancia que genera exclusión, violencia física, desplazamiento, muerte. Un misionero debe moverse dentro de dos parámetros muy claros: El primero, la ética mínima que en definitiva se sintetiza en los derechos humanos válidos para todos los seres humanos y que ofrece la plataforma del respeto a la vida e integridad de todos. La manera de concebir los derechos humanos cambia según las ideologías. Nosotros los consideramos radicados en la misma naturaleza humana que pide ser tratada con respeto.25

El segundo parámetro es la moral máxima que para nosotros otra cosa no es que la identidad cristiana con todas sus exigencias en términos de santidad, de amor sin fronteras y de entrega total.

Dentro de estos dos parámetros se puede salvar lo que es común a todos y lo que es propio de cada uno y se cultiva la tolerancia como aceptación de la diversidad y sobre todo como catolicidad en su sentido más básico de apertura radical a toda verdad y a todo valor con la convicción misionera que ya San Ambrosio y Santo Tomás alimentaban de que todo valor, cualquiera él sea y venga de donde viniere, es fruto de la acción del Espíritu Santo.

Vision de futuro vs. imaginacion esteril o catastrofica

En ciertos momentos críticos de la guerra, la situación s torna peor no por lo que acontece sino por lo que se imagina y se comunica a los demás. Todo un pueblo puede caer en la zozobra sencillamente porque por teléfono se difunde la posibilidad de un peligro que se ve a las puertas. "¿La marcha contra este pueblo ya está entrando al puente, qué hacemos?" Y se va de inmediato al puente y por ahí no hay nada.

La gente tiene la tendencia a usar su imaginación de la manera menos productiva. Siempre se está imaginando lo peor, lo catastrófico. Y sin embargo, la imaginación es fundamental para soñar un futuro, para recrear el mundo, para fijarse objetivos bellos que den ánimo para trabajar, para indicar caminos hacia adelante. La profecía de Joel retomada por Pedro con esa imagen de los jóvenes que soñarán sueños y los ancianos verán visiones, quiere indicar la importancia para una iglesia naciente de personas capaces de vislumbrar caminos de futuro. Un misionero está siempre ayudando a que nazca una comunidad, debe saber decía con Isaías: este es el camino, caminen por él (Is 30,21). No puede un misionero caer en el catastrofismo. Al contrario, cuando la comunidad no sabe qué hacer, él debe tomar la iniciativa de invitarla a soñar el futuro, a tomar decisiones de corto y largo alcance, a transformar los problemas que se imaginan como tragedias, en desafíos a los que hay que responder con fe y en forma valiente y comunitaria.

Capacidad de perdon vs. violencia y venganza

El perdón en el contexto sociopolítico puede parecer algo extraño. Siempre asociado con el aspecto religioso, parece algo que escapa al realismo de los conflictos sociopolíticos y por eso poco se considera. Una excepción es la visión de Hannah Arendt para quien el perdón es una de las dos capacidades humanas que hacen posible el cambio social. La otra es nuestra capacidad para formular nuevas promesas y nuevos acuerdos. Si esto es así, muchos teóricos se preguntan por qué los enemigos no recurren a estas dos capacidades. Se ve que hay un rechazo paralizante del perdón en el campo político. Por eso, es urgente lograr que el perdón pase de ser exclusividad religiosa para entrar a ser parte del conjunto de las virtudes políticas ordinarias.26

En los contextos de violencia y de guerra, una de las tareas más importantes de un misionero es la de favorecer el perdón, predicar el perdón y perdonar.

Pero en torno al perdón social y político como también en el personal, debe tener claridad para que no genere un injusto rechazo.

Perdonar no es olvidar y abandonar todo interés por los crímenes del enemigo sino todo lo contrario, es recordar de una manera nueva,27 algo muy propio de la memoria.28 Perdonar no es sencillamente disculpar pues el perdón implica un juicio moral sobre lo hecho mal, sobre lo injusto, sobre lo doloroso. Por el mismo motivo, perdonar no es minimizar el hecho diciendo que no fue nada. Perdonar no es renunciar a que se haga justicia. Perdón y justicia pueden estar juntos. Perdonar es inventarse una nueva relación con las personas que han causado perjuicios, un volver a estar frente a frente con el enemigo pero esta vez en un nivel de mutua y positiva afirmación. Perdonar es la forma de salir de la cadena de la violencia. No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón, dice Juan Pablo II.29

La venganza es el final catastrófico de la política así como la justicia encuadrada en el perdón, es su comienzo fructífero.30

La formación de los laicos en la político debe incluir esta realidad del perdón que va más allá de la actitud espiritual a acuerdos muy claros de convivencia y de forjarse juntos una nueva historia. Bastaría dejarse inspirar en profundidad por el Evangelio de Jesús y su mandamiento del amor.

Paciencia historica vs. precipitacion impaciente

Me pareció una "burrada" y así lo declaré por los medios de comunicación, el que se hubiese roto el proceso de paz en Colombia. Se perdió de vista qué tan complejo es un proceso y se entró en el pesimismo más terrible acentuado hasta el máximo por las acciones guerrilleras de secuestro y de crimen.

¡Cuántos perdieron la paciencia histórica y empezaron a clamar por medidas de fuerza, por una práctica de sangre y fuego, por una guerra fuerte de supuesto corto tiempo.

El famoso fujimorazo, que a tantos entusiasmó, fue exactamente el pasar por encima del tiempo que el diálogo necesitaba por falta de paciencia y cambiarlo por la acometida sangrienta con gran número de víctimas.

La paciencia que Dios nos pide debemos entenderla. No es fácil pues puede confundirse con la resignación. Pero no es eso. Es saber aceptar los ritmos propios de la historia de cada día. Las cosas grandes toman mucho tiempo, decía el cardenal Newman. Llegar a una solución de paz después de tantas décadas de guerra, no es cosa de meses sino de años.

Si la iglesia pierde el sentido de la paciencia histórica y se deja llevar por la precipitación impaciente, le está haciendo un juego a la guerra y no a la paz.

La conquista paciente de objetivos por pequeños que sean alimenta la paciencia y ayuda a que la guerra se vea en proceso de disolución. El formularse objetivos a muy largo plazo genera un sentimiento de inutilidad de cualquier proceso de paz. Creo que eso ha sucedido en Colombia.31

Hay lentitudes que se deben aceptar para dar espacio al crecimiento y no romper definitivamente con todo. Lo sabe muy bien todo misionero. Su proceso de inserción, de encarnación no empieza con una demostración espectacular de que lo puede cambiar todo en el menos tiempo posible. Los que así han procedido rápidamente han caído en una de las tres grandes fallas: O aceptar acríticamente todo lo que ven así que todo les parece lindo, o no aceptar absolutamente nada, todo es negativo, o sencillamente retirarse. El vivir la paciencia histórica es garantía de una recta encarnación para un misionero y de positiva continuidad para un proceso que lleve de la guerra a la paz.

Martirio cotidiano vs. antitestimonio

San Bernardo dice que el soldado lucha con más denuedo cuando ve las heridas de su buen capitán.

Yo sintetizaría este testimonio en cuatro palabras: Vida espiritual, valentía, vigilancia, prudencia.

El testimonio cotidiano de vida misionera auténtica y santa es fundamental para ayudar a los fieles a permanecer en las actitudes propias del Evangelio, para ayudar a quienes no creen en Cristo a entender el sentido de la cruz y a evitar en unos y otros otras actitudes que generan violencia o desesperación. Cuántos grandes hombres y mujeres con su manera de ser sencillamente santa, infundieron el mayor de los ánimos en los que sufrían por la guerra. Cuántos campos de concentración pueden hablar de estas personas maravillosas en medio de la barbarie y el dolor.

La valentía aparece como un don del Espíritu a la Iglesia en los momentos en que tiene que enfrentar la oposición. No es solo valentía sino parresia esto es, una mezcla de valentía, confianza en el Señor y fortaleza. La falta de la parresia lleva a reducir la pastoral a acciones muy privadas y sin verdadero impacto evangelizador. La valentía es la virtud apostólica más grande en medio de la guerra.

La santidad y la valentía exigen el estar continuamente con los pies en la tierra con los ojos abiertos. "Toca tu trompeta como centinela que vigila sobre el pueblo del Señor" (Os 8,1).

El ser vigilante es necesario en todo momento pero más en situaciones de amenaza, de conflicto, de oposición e inseguridad. Para un misionero es fundamental estar observando los signos de los tiempos, los signos de incertidumbre y de inseguridad del presente para prevenir en la medida de lo posible. En la guerra no se puede darse el lujo de vivir en la distracción permanente o en la evasión en un mundo tal vez muy espiritual pero ajeno al mundo del dolor real. De manera especial, el misionero debe estar atento a la observancia de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario para denunciar con objetividad y precisión los posibles abusos.

Finalmente, el testimonio de vida que quiere darse con valentía y vigilancia exige también la prudencia que descarta todo falso heroísmo que no mide el peligro. Cuántos líderes colombianos están hoy en manos de la guerrilla porque estaban seguros de que no les pasaría nada y se expusieron demasiado en forma imprudente.

Colocarse en situaciones de peligro sin razón verdadera significa o no valorar la vida o no darse cuenta de la realidad peligrosa. En ambos casos hay miopía no muy adecuada para la situación. Un misionero miope comete muchas tonterías.

Conclusion

La misión en medio de la guerra. Eso es lo que se llama de verdad vivir en tiempos malos. Los tiempos malos pueden hacer que tanta gente sea mala. Pero los tiempos malos son también una estupenda prueba misionera. A tiempos malos, misioneros buenos. Los tiempos malos son como la presión enorme a que es sometido el carbón pero que luego se convierte en diamante. Los tiempos malos son como las altas temperaturas a que se somete el hierro pero de ahí sale trasformado en acero. Los tiempos malos son como el fuego del crisol a donde se mete el oro impuro para que de ahí salga un oro de elevados quilates. A tiempos malos, misioneros buenos y misioneros que saben sacar de esa prueba tan dura como es la guerra, las mejores oportunidades para crecer y para ayudar a sus comunidades a crecer. Con el salmista, los misioneros podemos exclamar: "Dios nuestro, tú nos has puesto a prueba. Nos has purificado como a la plata" (Sal 66,10).

 

Nota

* Conferencia ofrecida en honor a Isaias Duarte Cancino, Arzobispo de Cali, en Colombia, asesinado por du actitud profetica contra el narcotrafico internacional.