| Maurice
Pivot
Qué cambios se dan actualmente en el espíritu, las estructuras y las prácticas de las congregaciones? ¿Qué nuevas exigencias se les presentan? ¿Qué reflexión teológica, espiritual, cultural e institucional se está realizando acerca de estos cambios? Todas estas interrogantes ponen de manifiesto que las congregaciones ya no se contentan con responder a las emergencias de unos cambios acelerados, ya sea en la vida eclesiástica o en nuestra humanidad. ¿Cómo afinar la mirada de tal manera que estemos ni demasiado cerca en una problemática de emergencia, ni tampoco demasiado lejos en la ilusión idealista de que dominaremos el futuro? Es lo que nosotros buscamos al escuchar lo que dicen la vida y la práctica actual de los institutos: ¿Cuáles son, en el servicio que realizamos hoy, los procesos actuales y los dinamismos que preparan el mañana? Hablamos de esperanza; la esperanza no es la espera de algo en el futuro; es la fuerza, la "dynamis", que permite afrontar los obstáculos manteniendo la dirección correcta. Es la potencia de vida indestructible de la que habla la carta a los Hebreos, que nos permite seguir caminando hacia el fin, que no se alcanza sino es por la fe que arroja el ancla "más allá de la cortina" (Hb 6,19). 1. Un nuevo paisaje Para comprender mejor y poner de relieve lo que comportan algunas prácticas y algunos procesos que se han realizado en las congregaciones, diseñamos previamente el horizonte humano y eclesial en el que adquieren sentido. Retomamos algunos de los rasgos más sobresalientes de estos últimos años.
Iglesia local y misión ad gentes El primer rasgo concierne la vida eclesiástica y especialmente la relación entre la Iglesia y la misión ad gentes. Las respuestas de los institutos tienen como telón de fondo la evolución de esta relación. Hacemos la relectura de la dinámica misionera que atravesaban las congregaciones hasta los años después del Concilio: "consolidación de cristiandades", "sostén de la Iglesia local", "al servicio de la misión en y para las Iglesias particulares", apoyo a "la formación de congregaciones autóctonas", etc. En estas fórmulas encontramos la motivación dada a la misión, que el Padre Henri de Lubac resumía en la expresión "sembrar la Iglesia", comentándola así: "Lo específico de la misión es dar a los hombres que aún no les han llegado, los medios esenciales de salvación. Estos medios se resumen en uno solo: la presencia visible de la Iglesia en medio de los hombres... La Iglesia, con las fuentes de vida de sus siete sacramentos, con su enseñanza y sus obras de misericordia, con su fe, su esperanza y su caridad ... con sus tradicionales formas de vida religiosa y su laicado organizado, con su sacerdocio y toda su jerarquía" (1946, 46-47). Esta perspectiva la volvemos a encontrar a lo largo del decreto del Concilio Vaticano II sobre la actividad misionera de la Iglesia, y especialmente en los párrafos que describen la obra misionera en sí misma, en sus sucesivas fases de testimonio, de predicación del Evangelio y de encuentros, y que tienen como objetivo último la constitución de la comunidad cristiana. ¿Dónde se encuentra hoy? El objetivo formulado así parece haberse conseguido: esas Iglesias locales fueron constituidas y se presentan hoy teniendo, en sí mismas, los medios de salvación para proponérselos a la gente. Las jóvenes Iglesias necesitan todavía la ayuda de las Iglesias hermanas para permitirles enraizarse mejor en la tradición de los Apóstoles; esto se realiza bajo la forma de intercambios entre las Iglesias. ¿Cómo van a situarse los institutos misioneros en esa perspectiva? ¿Serán solo una fuerza de ayuda provisoria? La cuestión se ha planteado en muchos institutos concretamente en la opción que deben de hacer: ¿Hay que acoger como miembros a los candidatos llegados de aquellas Iglesias a quienes habíamos venido a servir? ¿No retirarán de esas Iglesias las fuerzas vivas y así se iría en contra de lo que había sido el objetivo de la misión? Los institutos han llegado a la carta apostólica Redemptoris missio con estas reflexiones: la valoración de la especificidad de la misión ad gentes, de este movimiento hacia..., de esta salida de sí para ir hacia..., de esta misión ad gentes sin la cual la dimensión misionera de la Iglesia se marchita, se torna confusa e imprecisa. Aparecen entonces nuevas búsquedas y expresiones en su orientación: – Contribuir a que la Iglesia local desarrolle su dimensión misionera; permitir concretamente que jóvenes nacidos de esta Iglesia local respondan a la llamada de entregar su vida en esa perspectiva, favoreciendo así la dinámica misionera en el corazón de la misma. – Estar al servicio de la comunión entre las Iglesias, de la solidaridad intereclesial que se sitúe en el plano de la fe y de la conversión al Evangelio. Hay algo específico que se juega en las relaciones y en los intercambios entre las Iglesias, pero son estas esas mismas Iglesias quienes pueden responsabilizarse de este acompañamiento. En este plano también las congregaciones están llamadas a desempeñar su papel: compartir experiencias específicas, con el alcance simbólico que estas tienen porque están tomadas de institutos que tienen un carisma misionero. Obra misionera En la forma de entender la acción misionera descubrimos la segunda transformación del paisaje. Abordamos este tema en torno a la pregunta: ¿Qué hace creíble el anuncio del Evangelio? ¿Qué hace creíble la actividad misionera? Si volvemos a plantear una oposición, nos volvemos a encontrar con el decreto Ad Gentes en el punto de partida de toda obra misionera: que los actores de esta obra estén totalmente presentes "para los grupos humanos", se unan con todos los que en ellos hacen un servicio a la humanidad bajo cualquier forma, e introduzcan los frutos del amor en este servicio. De ahí las múltiples actividades en las que se respalda la obra misionera. En esta primera fase, todo lo que los párrafos 11 y 12 del documento Ad Gentes expresan, conciernen hoy a toda la vida eclesial. ¿Dónde encontrar pues la especificidad de una misión ad gentes que pueda cimentar las orientaciones de los institutos? De la lectura de las respuestas recibidas parece que se desprende lo siguiente: es en el orden del diálogo donde se puede enunciar y precisar esta especificidad, con las connotaciones dadas al diálogo cuando se relaciona con la Revelación y el anuncio del Evangelio. ¿En qué sentido? Casi todas las respuestas hacen referencia a este desafío esencial que es la internacionalidad progresiva de los equipos misioneros o de los grupos que conforman los institutos. En suma, hacen referencia a lo que sucede cuando son extranjeros los que se ponen al servicio del Evangelio en una Iglesia que no es su Iglesia de origen. Ahí se dan los "laboratorios de diálogo", en ellos se experimenta hasta dónde la potencia del Evangelio puede conducir el diálogo. Es ahí donde se encuentra una de las formas de la especificidad de la misión ad gentes. Podríamos decir: una presencia misionera se hace diálogo cuando un extranjero llega en misión con todo lo que le constituye, en su ser y su cultura, a una tierra extranjera. El aprendizaje de una lengua extranjera se hace diálogo cuando alguien entra en las sutilezas de una lengua que no es la suya. Una acción se hace diálogo cuando sus actores llegan con concepciones diferentes del fin y de los medios que se deben de poner en práctica. Globalización, mundialización Es el tercer rasgo de la transformación del paisaje, que nuestra humanidad otorga a la misión en este principio del siglo XXI. El cambio más significativo ha sido evocado a menudo y reflexionado alrededor de las expresiones de mundialización, o más recientemente, de globalización. El proceso ha dado como consecuencia unas reflexiones de ética social y política. También se ha interesado por las repercusiones que este cambio pudo introducir en el sentido mismo de la misión (Schreiter 2001). ¿De qué se trata? Si seguimos la hipótesis de R. Schreiter, durante tres siglos la acción misionera se ha inscrito en una humanidad estructurada por la colonización. Ha acompañado en un primer momento ese fenómeno, ha sido conducida por él, por los progresos de la expansión de España, de Portugal y de otros países europeos. En otro momento ha buscado orientarla, la ha acusado a veces, otras ha tomado distancia gracias al apoyo que le ofreció la Congregación de Propaganda Fide en Roma. De todo ello ha resultado una triple consecuencia: por una parte, la vinculación entre la noción de misión y la de territorio (de donde viene su objetivo, nacimiento de una Iglesia local en un territorio concreto); por otra parte, el modelo de la misión es el modelo de la colonización (educación, cuidados médicos, promoción humana); por último, la estructuración del imaginario misionero está constituido por metáforas de conquista y de expansión (ganar a las almas, extender el reino de Cristo). ¿Qué queda de todo ello? Se impone el nuevo paradigma de la globalización. La vida eclesial no puede escapar de los múltiples aspectos de esta nueva estructuración del universo: irrupción de fuerzas culturales globales, orden económico mundial dentro del cual se produce una interdependencia de los pueblos y de los Estados, circulación de información, de técnicas y de capitales, desplazamientos y migraciones de los pueblos. De las características de esta globalización, dos tienen una particular importancia para las congregaciones misioneras según R. Schreiter: Por una parte, el poder de homogeneidad del fenómeno de globalización, que en sí mismo no es forzosamente negativo pero que en la práctica ejerce violencia en la mayoría de la humanidad y es causa de marginación. Por otra parte, el fenómeno de la fragmentación que produce la globalización, constituyéndonos en "burbujas" en las que se encierran poblaciones enteras, tanto burbujas de defensa en el orden social y político como burbujas de interpretación y de dominio del sentido, etc. Tendremos que volver sobre estas características así como sobre el conjunto de los rasgos tal y como les hemos destacado para entender mejor lo que ocurre en la práctica actual de las congregaciones. 2. Los institutos, laboratorios de la obra misionera en la Iglesia
El despertar de la Iglesia "plenamente misionera", tal como ha sido vivido en las Iglesias locales, ha podido debilitar durante algún tiempo el papel de los institutos misioneros. Pareciera que han sido desposeídos de lo que era su tarea en la vida de la Iglesia. Algunos institutos han vivido en la perspectiva de una "muerte anunciada"; y sin embargo, nuevas vocaciones misioneras han aparecido, obligándoles a evaluar su situación en la Iglesia, tanto en su finalidad como en los medios a elegir para tomar en cuenta el cambio radical del "hecho" misionero. Los institutos ya no tienen la exclusividad de la misión, y sin embargo, se convierten en los lugares privilegiados del nuevo rostro del ser misionero. Son como un campo de experiencia, un laboratorio. ¿En qué sentido? ¿Qué nos dicen las respuestas de la encuesta? Laboratorios del envío en misión En primer lugar y ante de todo, ¿un instituto es un organismo de envío, de una Iglesia hacia otra Iglesia? ¿Se reduce su papel al de una sociedad de servicio? O bien ¿tiene que jugar un papel propio? Es el dilema que experimentan algunos institutos. ¿Tenemos que aceptar los términos de este dilema? ¿No hay más bien que decir esto: "Un instituto es efectivamente un servicio de envío en misión ad gentes"? En efecto, este servicio de envío no se puede reducir a una sencilla preparación para salir en misión. El envío es mucho más que una salida; el envío es una realidad que toma forma progresivamente en el corazón mismo de quien es enviado; toma forma en él. ¿Por qué hoy más que ayer? Ayer, la misión partía siempre del centro para ir hacia la periferia; el envío en misión se hacía a partir de Europa, hacia Asia, hacia África o América. Hoy, "los misioneros son enviados a los otros, distantes de ellos por su cultura, su religión o su historia. Lejos de nosotros, pero no forzosamente de una forma física; son extranjeros, pero pueden ser nuestros vecinos. La expresión 'aldea global' nos proporciona un sentimiento de algo lindo e íntimo, como si perteneciéramos todos a una sola, inmensa y feliz familia humana. Pero nuestra era de globalización esta surcada de divisiones, de fracturas que nos hacen extranjeros para otros, seres incompresibles y a veces hasta enemigos. El misionero está enviado a estos lugares... Estar presente frente al otro, vivir en medio de rupturas implica un cambio de lo que somos. Estando con otra persona y estando ahí para ella, descubro una nueva identidad" (Radcliffe, 2001). Si esto es así, el papel específico y primero de un instituto es el acompañamiento del envío que implica toda la persona, acompañar esta llamada a salir de sí, de su contexto cultural, social e histórico, a arriesgar toda su vida en este "ir hacia" el extranjero, y a descubrirse a la vez tan igual y tan extranjera. No siempre sucede así, el camino nunca está acabado. Este camino se realiza en y por el instituto quien lo continúa tanto en el tiempo de la formación inicial como en el de la formación permanente y el acompañamiento. Lo que la exhortación apostólica Pastores dabo Vobis dice de la formación permanente de los sacerdotes diocesanos puede aplicarse a los institutos: "En este sentido es posible hablar de una vocación 'en' el sacerdocio. En realidad, Dios sigue llamando y enviando cuando revela su designo de salvación en el desarrollo de la vida del sacerdote, en los acontecimientos de la vida de la iglesia y de la sociedad... La formación permanente es necesaria para discernir y seguir esta constante vocación o voluntad de Dios" (n. 70). A través de esta constante evaluación del envío, de su renovación, el misionero puede ser un "iniciador de la evangelización", listo para dejar formas de evangelizar antiguas y para iniciar otros modos. Como lo dice una respuesta a la encuesta, a propósito de la venida de hermanas provenientes de Asia o de África: "La misión en Europa es una novedad que exige grandes cambios de mentalidad, tanto para las que acogen como para las que son enviadas". Laboratorios de universalidad Ahora miramos hacia la obra misionera en sí misma. Lo que encontramos, desde el inicio, es la importancia dada a lo que sucede en torno a la internacionalidad de los institutos. Nuestras comunidades internacionales no son sencillamente medios para sostener el celo de los hermanos o lugares de descanso. Están llamadas a ser el hogar mismo de nuestro testimonio. Ofreceremos no solo nuestra experiencia, sino nuestro ser de misioneros. La internacionalidad de los equipos es la conciliación de diferentes estilos y ritmos de vida, de tal manera que cada uno se sienta a gusto y al mismo tiempo la colaboración sea fructífera. Y eso concierne tanto los detalles de la vida común, las cuestiones alimenticias, los horarios, el estilo de los edificios, el uso de los bienes comunes, como las cuestiones de la elección de las prioridades o de las actividades. La búsqueda y el asunto de las finanzas comunitarias y personales plantea también muchas cuestiones. De este modo, los equipos pueden llegar ser ese crisol donde se gesta la universalidad a partir de la vida cotidiana: ni globalización artificial ni tampoco yuxtaposición de las diferencias. Se trata de compaginar las diferencias hasta el punto tal que toda su densidad quede al descubierto, donde puedan trabajar unas sobre otras. Como lo cita una respuesta: "tanto tiempo sin medir la longitud, la anchura, la profundidad, y la amplitud del abismo que nos separa, que no estamos listos para encontrarnos en verdad" (Monseñor Claverie). Lo que está en juego en el ámbito de los equipos no son solo los individuos; son personas quienes están en causa, con todo lo que llevan en ellas, de solidaridades históricas, sociales, familiares; estas subyacen como telón de fondo de todo lo que se vive en los institutos. Crisol a nivel de equipos, pero también de los institutos: Estos reagrupan a misioneros arraigados en Iglesias cuyos niveles de desarrollo son diferentes, en pueblos cuya historia ha tomado rumbos diversos, en culturas que se han desarrollado con diferentes ejes. Estos arraigamientos y solidaridades diferentes se encontrarán en lo que los institutos han de vivir en común. Ahí también se hará un trabajo de universalidad. "Por la internacionalidad se han puesto a prueba muchas costumbres... El hecho de ser todos extranjeros no impide que las sensibilidades reaccionen diferentemente en la interpretación de los conflictos culturales, en la percepción de las realidades circundantes, en las relaciones con la gente con la que se vive y en las prioridades que debe darse a la misión de una forma global o particular: el desafío es positivo". Conflicto cultural: cuando se piensa en él nos lo imaginamos como el choque sufrido por los que pasan de un continente a otro. La experiencia nos lleva a descubrir que el conflicto es algunas veces tan fuerte, sino lo es más, cuando pasa en un mismo continente de una región a otra. Laboratorio crisol: esto no tiene sentido sino en relación a una Iglesia que está llamada a ser plenamente misionera, a una humanidad que toma conciencia de estar llamada a una única vocación. Y eso en los dos sentidos. Lo que un equipo misionero y un instituto traen a la vida de una eclesial local, es un enriquecimiento de la misión vinculada al diálogo que se establece entre misioneros tan diferentes: no aprehenden las realidades locales de la misma manera. De la confrontación efectiva que viven los misioneros brota una aportación específica para la vida de las iglesias. Tal y como lo dice una respuesta: "constatamos que la formación recibida y el ámbito internacional en el que las hermanas están sumergidas desde el principio de su vida religiosa, les permite llevar a la Iglesia en África una presencia y una colaboración específicas. Su experiencia internacional favorece la apertura y les da claves para leer los acontecimientos y las orientaciones del mundo que pueden iluminar a las Iglesias locales". Laboratorios de recíproca hospitalidad entre Iglesias locales Cuando las congregaciones acompañan el proceso de sus miembros, ¿qué sucede? Tanto en las personas como en los equipos se hacen presentes en la aventura del desarraigo y del anonadamiento, del compromiso misionero en un ámbito cultural, social, eclesial, distinto al que tenía en su tierra de origen. Los institutos están llamados a mantener el dinamismo apostólico que ha provocado la salida misionera. Pero al mismo tiempo, ellos reaniman el ad gentes que puede permitir a los institutos traer algo específico a las Iglesias locales: En efecto, cuando estas acogen a hombres y a mujeres formados para la misión ad gentes, estos pueden provocar a aquellas Iglesias a que entren en la dinámica apostólica. Como lo expresa J. Rosignol: "Para que un instituto sea fiel a su vocación específica, es necesario que dentro del mismo instituto haya algunos comprometidos en tareas que representan lo que se podría llamar lo más valioso del carisma del instituto; a saber, una actividad específicamente misionera ad gentes" (1992, 220). Los miembros de las congregaciones introducen en las Iglesias locales no solo procesos individuales, sino también una verdadera experiencia de intercambios recíprocos entre miembros de varios continentes. En 1978 se hacía una reflexión sobre la africanización de la vida religiosa, con este asunto: ¿Hay que favorecer las congregaciones autóctonas con vocación misionera? O bien: ¿Es bueno dejar a las congregaciones internacionales que acojan a hermanas africanas? En un mensaje común, la Congregación para los Religiosos y la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, afirmaron de manera significativa: "Hemos sentido su deseo de ver esta africanización alcanzando no solo a los institutos integrados únicamente por africanas, sino también a los de composición internacional. Al aceptar vocaciones africanas atraídas por su carisma y en vista del servicio de la Iglesia universal, estos institutos dan a la vida religiosa en África una dimensión universal y la abren a un verdadero pluralismo". Las respuestas lo señalan, el encuentro entre asiáticos y africanos es tan difícil como el encuentro de europeos y africanos o asiáticos. No es fácil manejar las divisiones entre países diferentes, entre el norte y el sur... de cada país, entre hemisferio norte y hemisferio sur. Cómo el servicio del Evangelio se abre camino entre crisis y pruebas es lo que los institutos introducen como experiencias en las Iglesias locales remitiéndoles así a su vocación universal. "Pobre de la Iglesia que, por resaltar su localismo, perdiera su distancia profética... La Iglesia no se define por un lugar, sino por su poderío de comunión, por su movimiento hacia el otro... Se sale de todas sus encarnaciones e inculturación..." (Legrand, 1986, 66). Hospitalidad recíproca: La transformación se opera en los dos sentidos. La misión ad gentes es probada por su inserción en las Iglesias locales. Una cosa es "saber" o presentir en la fe, que Dios no ha esperado a sus obreros para empezar a trabajar; y otra cosa es descubrirlo efectivamente y estar completamente sorprendido por este descubrimiento, igual que los pastores lo estuvieron por la irrupción de la Buena Noticia del nacimiento del Salvador. Una cosa es "saber" que se viene con una interpretación particular del Evangelio y de los acontecimientos de este mundo, y otra cosa es ser empujado por la interpretación que los cristianos de una Iglesia local puedan dar. Una cosa es tener conciencia de la manera que estamos implicados en el anuncio del Evangelio y en los acontecimientos del mundo; y otra cosa es plantearse las implicaciones de los descubrimientos de nuevas solidaridades vividas en la Iglesia local. La inserción de los institutos en las Iglesias locales se torna un camino de humildad, de pobreza, de desapropiación de sí, y, progresivamente, de súplica y de alabanza. Laboratorio de una espiritualidad misionera para toda la Iglesia Entrar en la dinámica de la misión dentro de una vida en el Espíritu, hacerse crisol de una espiritualidad misionera para el conjunto de la vida eclesial es el servicio específico que los institutos están llamados a entregar a las Iglesias locales. ¿Qué conlleva hoy esta espiritualidad misionera? Sin duda, en primer lugar, una cierta forma de fidelidad. Fidelidad hecha de duración en la presencia hacia quienes el instituto envió en misión. Esta fidelidad a menudo ha tomado la forma de una larga y duradera presencia, "hasta la muerte". Tal vez hoy esté llamada a tomar otras formas, pero queda en el centro una espiritualidad semejante a la de Jesucristo, quien es enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel y se hace solidario con su pueblo, que no lo recibía, solidario hasta la pasión. Hoy en la Iglesia se viven múltiples formas de compromiso temporal, cooperación, sacerdotes, religiosos y religiosas, "Fidei donum". Estas formas son importantes para la vitalidad misionera de las Iglesias locales. Es necesario que no se vivan como turismo, sino que se forjen como solidaridades que duren. En este servicio trabajan esos laboratorios que son los institutos. La espiritualidad misionera es esta vida en el Espíritu que abre al reconocimiento de todas estas irrupciones de vida, todos los nacimientos y alumbramientos, signos del poder de la Resurrección. Entonces, el misionero es el que enseña a ver lo que el otro no ve. Es el que está más apto para comprender lo que está naciendo, porque viene de otro lugar, ahí donde ha sido enviado. Es él, que con su presencia desvela el mal; lo revela al mismo tiempo que atestigua que el poder de Cristo ha encadenado a los poderes del mal. Cuando dice "Paz a esta casa", puede también provocar la división dentro de esta casa pero al mismo tiempo, testimonia que no estamos condenados a muerte. La espiritualidad misionera es este servicio del anuncio del Evangelio hecho en la paz y la confianza. Testimonio la Verdad, a quien es el camino y la verdad, con la confianza de que este testimonio puede llegar al corazón del otro. Al mismo tiempo, solicito al otro porque le necesito para reconocer esta Verdad que me aporta. Camino de pasión de la Verdad, de audacia en la fe, y al mismo tiempo de humildad y de kénosis. Demos gracias a Dios, fuente de todo lo que estos institutos realizan.
Bibliografía De Lubac, H. (1946) Fondement theologique des missions, París (Seuil). Legrand, L. (1986) L’Etranger dans la Bible, en Spiritus (n. 102) 57-67. Radcliffe, Timothy (2001) La mission dans un monde en fuite, en Documentation Catholique, 1 de abril, 337-338. Rossignol, R. (1992) Missionaires "ad extra" ou missionaires "ad gentes", en Spiritus (n° 127) 211-221. Schreiter, Robert (2001) Défis actuels à la mission "ad gentes", en Sedos, 33/10 (octubre) 270-275
Ref.: Spiritus (Edición hispanoamericana), año 43/2, n. 167, junio de 2002, pp. 97-108. [Maurice Pivot — Seminaire Saint Sulpice — 6, rue du Regard — F-75006 Paris — Francia]. Traducción: Ascensión González
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