Estamos
un poco perdidos cuando en nuestros capítulos generales
y provinciales hacemos el balance de los últimos años
y queremos proyectar el futuro. Estamos un poco perdidos cuando
nos reunimos los religiosos y hacemos congresos, reuniones, cursos
de formación. A veces da la impresión de que nos
dejamos llevar por la moda del momento. Otras, da la impresión
de que nos preocupan más los problemas internos o que los
problemas externos, que tienen mucho que ver con la misión.
Es
interesante observar cómo en nuestros capítulos nos
suelen preocupar muchísimo los problemas de funcionamiento
interno: la autoridad, los destinos, los proyectos comunitarios,
el individualismo, la falta de piedad y oración, las faltas
de pobreza o castidad. Y no es un desacierto. Son problemas reales
que no hay que minusvalorar. Pero, esos problemas se agravan, se
hacen mucho más fuertes cuando, el espíritu de misión
está debilitado, cuando hemos perdido el sentido misionero.
Eso
que sucede en la vida práctica acontece también en
el ámbito teológico. Una teología que no parte
de la misión es una teología desorientada, sin meta,
desapasionada, apática, que no responde a las grandes cuestiones
que nuestro mundo nos plantea.
Sin
una fuerte conciencia de misión, la Iglesia y la vida consagrada
dentro de ella, pierden su sentido, su razón de ser.
I. ¿Es
la “Misión” categoría clave?
La
misión es la clave para entender la Iglesia y todo lo que
acontece en ella, como la vida consagrada. Sin la misión,
como punto básico y principio arquitectónico, todo
puede derruirse y caerse. Cuando la misión ejerce su función
de principio central y estructurante, todo funciona y se desarrolla
y despliega.
Cuando
la misión no ejerce esa función central y clave,
aparecen otras realidades que intentan suplantarla, ocupar su puesto:
como la espiritualidad, la vida comunitaria, las modas del momento,
las actividades personales entendidas como “trabajo”,
La
espiritualidad: podría parecer que la espiritualidad
es lo más fundamental en la vida cristiana y vida consagrada;
podría parecer que la oración, la contemplación,
la vida en Cristo Jesús es el eje de toda forma de existencia
cristiana. Y efectivamente así es. Pero cuando la espiritualidad
intenta solapar la falta de misión y de espíritu
misionero, no sirve de nada; es una escapatoria. No se trata
de una experiencia cristiana, sino pseudo-cristiana, desencarnada
y pietista
La
vida comunitaria y las relaciones interpersonales entre los
miembros de la comunidad o del grupo: en no pocos institutos
esta es la preocupación central; en la experiencia de
no pocos religiosos ésta es la cuestión que más
les preocupa: dónde son destinados, con quiénes
han de convivir, qué tipo de relaciones mantienen con
sus superiores etc. Las mayores preocupaciones que ocupan a los
miembros del instituto son cuestiones internas y no los grandes
asuntos que nuestro mundo nos plantea como seguidores de Jesús.
Quienes desarrollan su vida a partir de tales cuestiones, se
mantienen pueriles, irresponsables, solamente preocupados de
su autoconservación.
Las
modas del momento: cuando la misión no es el principio
fundante entonces tendemos a buscar el tema del momento, la preocupación
que está de moda. Interesan cuestiones como la posmodernidad,
o la espiritualidad new age, o la globalización y el desarrollo
mantenido, o del marxismo…. Pero no se abordan las cuestiones
seriamente en clave de misión, sino más bien como
curiosidad intelectual, sin efectos prácticos, ni repercusiones
misioneras. Estas reflexiones ejercen ordinariamente un influjo
bastante superficial, dado que después se busca la moda
siguiente, el tema de actualidad posterior y los demás
quedan atrás, desactivados. Se ven los problemas de la
sociedad desde afuera, no desde dentro para transformarnos, como
pedía la “Evangelii Nuntiandi” de Pablo
VI en el n. 14.
Las
actividades personales, privadas, el individualismo: la falta
de espíritu misionero auténtico hace que las personas
se centren en sus intereses privados. Una forma de camuflar el
espíritu apostólico y misionero consiste, paradójicamente,
en centrarse en el trabajo, en “mi trabajo”. Hay
personas adictas al trabajo; pero desgraciadamente no se trata
de una adicción a la misión. Es lo que en otros
tiempos se llamó la “herejía de la acción”.
Lo que se busca con ello no es el servicio de los demás
sino la auto-realización. Todo eso no tiene nada que ver
con la realización del Reino.
Sin
perspectiva de misión el mismo gobierno y la formación
y la misma teología son entendidos de forma muy deficiente.
El
gobierno y la autoridad: un gobierno dedicado más
a lo inmediato que a lo que verdaderamente genera el futuro.
Mata la sensibilidad profética lentamente. No atiende
a las necesidades urgentes de la Iglesia y de la sociedad. El
gobierno se torna endogámico. Solo eventualmente abordan
cuestiones de relanzamiento misionero reales; la mayoría
de las veces se preocupan de mantener un sistema que no tiene
la misión como centro. No facilita el discernimiento de
la comunidad, para que viva en alerta y discernimiento hacia
los signos de los tiempos o hacia dónde el Espíritu
está llevando a la humanidad, en el futuro de Dios.
La
formación: Frecuentemente la misión no es el
principio articulador de la formación. Se suele pensar
que, antes de cualquier implicación personal en la misión,
cada formando tiene que resolver sus cuestiones personales, sus
propios conflictos.… En cierta medida eso es verdad; pero
querer solucionar los propios conflictos al margen de la misión
y de la vocación a la misión es privarse de el
mejor recurso para resolverlos. En la medida en que el espíritu
vocacional-misionero no funciona la formación se enloquece,
se convierte en una formación narcisista, demasiado atenta
a lo individual.
La
teología: La reflexión teológica, desprovista
de la perspectiva de la misión, suele adolecer del mismo
defecto. La misión queda relegada al último capítulo.
Se suele decir que es antes el “ser” que el “actuar” o “hacer”.
Esa teología supone que la misión forma parte del ámbito
del actuar y del hacer. Por eso, se abordan antes los temas referentes
a lo que se considera esencial en la vida religiosa, como es
la consagración, los votos, la comunidad. ¡Esa sería
la identidad! Después vendría la proyección
de la identidad en la acción. Tampoco en este caso la
misión es el principio articulador de la teología
de la vida religiosa o consagrada.
II. ¿Qué es
la Misión?
La
palabra misión, que utilizamos tantas veces, proviene del
término latino “mitto” y del participio “missum”.
Su significado es “enviar” o “enviado”.
Propio de la misión es el “ser enviado”. Obviamente
este “ser enviado” responde a una encomienda, a una
tarea que a una persona le es asignada para que la realice. Así,
cuando un gobierno envía soldados a realizar una determinada
tarea de paz, o de guerra, se dice que ellos van a realizar una “misión
militar”; cuando este envío procede de las autoridades
universitarias, se habla de misión científica o cultura.… Cuando
los enviados, lo son por una instancia religiosa, se habla de “misión
religiosa”.
1.
Missio Dei, ¡ante todo!
Lo
más sorprendente de todo esto es que la misión y
su concepto más diáfano, más sublime y transparente,
lo encontramos en el mismo ser divino. Hace más de cincuenta
años, nuestros hermanos protestantes acuñaron la
expresión “missio Dei” como una categoría
teológica de máxima importancia. Con ello querían
hablar de la Misión del mismo Dios. Nuestro Dios es Misión –querían
decir-.
Desde
que nos ha sido revelado el misterio trinitario de Dios, sabemos
que la categoría de Misión es absolutamente esencial
para entender a Dios. Jesús, como Hijo de Dios, es consciente
de ser el “Enviado” del Abbá. Dios Padre es
el que envía a su Hijo al mundo. También el Padre
envía al Espíritu, que se hace presente en el mundo
en diversas ocasiones y de diversas formas. Tanto en el Antiguo
Testamento como en el Nuevo, el Espíritu Santo es enviado:
inspira a los profetas y los impulsa a realizar el proyecto de
Dios, el Espíritu actúa en la creación del
mundo, en la generación virginal de Jesús. Jesús
y el Padre envían el Espíritu después de la
resurrección para que habite en el mundo y en el corazón
de los fieles. Vemos, por consiguiente, que la misión forma
parte del ser divino. El Abbá es el que envía, el
Hijo y el Espíritu son los enviados. De ahí que la
teología hable de las “Misiones divinas” como
uno de los aspectos fundamentales de la Santísima Trinidad.
La
misión, pues, brota de las entrañas mismas de Dios
Padre. Y se expresa en su Hijo, que encarnado de María Virgen
por obra del Espíritu, es “el Enviado”. El Padre
envía a su Hijo, el Padre y el Hijo envían al Espíritu.
Ser enviado es condición existencial del Hijo y del Espíritu.
2.
Missio creationis
Todas
las acciones de Dios hacia fuera de él mismo son, por lo
tanto, acciones de misión. La creación es el primer
acto de Misión. El Abbá Creador actúa a través
de su Logos, la Palabra y de su Santa Ruah, el Espíritu.
La creación es realizada en Cristo Jesús y por la
fuerza del Espíritu.
Al
ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, Dios le concede
un ser “misionero”. Si el ser humano se contempla adecuadamente
a sí mismo, descubre que está en la existencia por
pura gracia; no es un ser necesario, sino contingente; enviado
a la existencia por Alguien y para algo. Descubrir el sentido de
la vida, de la existencia es la condición básica
para existir auténticamente. Es admirable, en este sentido,
la tarea de los filósofos, siempre en busca del sentido,
de la causa de las causas. Nuestra revelación, el Génesis,
nos indica cómo el ser humano ha sido creado para realizar
una misión. Las palabras del autor del capítulo primero
del Génesis nos dicen que el ser humano fue creado “a
imagen y semejanza de Dios”. También que el ser humano,
varón y mujer, han de vivir unidos y formar un solo ser.
También, finalmente, que fueron introducidos en el Jardín
para que lo cultivasen. Desde ese momento el ser humano comenzó a
realizar una misión impresionante: dominar la tierra, cultivarla,
organizarla. Dios creó creadores y, por eso, la capacidad
creadora del ser humano es inagotable e impresionante.
Aquí tenemos
la primera y más fundamental misión del ser humano.
Esta se expresa en tres ámbitos: la familia o la generación,
la relación con el mundo material y sus recursos o la producción
o economía y trabajo, y la relación y organización
de los seres humanos en sociedad, o la política.
La
humanidad se encuentra en permanente estado de misión, a
partir de la missio creationis. Es necesario poner de relieve la
dignidad de esta “misión”. Podríamos
también definirla la “misión secular”.
Aunque no lo parezca, esta misión procede del Creador. Y,
con más o menos conciencia de ello, los seres humanos la
estamos realizando en su nombre. Los creadores, los generadores,
se asemejan al Dios Creador, al Dios padre-madre, al Dios artista
y artesano. La familia y la pareja, el trabajo y la economía,
la política y la organización social, el arte y la
artesanía, el mundo religioso y cultural … todo ello
pertenece a la tarea que el hombre ha recibido de su Creador.
La
misión, recibida del Creador, fue sometida a la fuerza destructiva
del pecado. El ser humano renunció a partir de ahí a
su heteronomía divina y quiso ser autónomo, darse
a sí mismo su propia tarea y misión. Renunció a
ser “servidor” de su Creador, para convertirse en propietario
del mundo que había recibido como gracia. Es aquí donde
el ser humano renuncia a ser “enviado” y busca únicamente
realizar su propia voluntad. A partir de ahí, se inició una
historia anti—genesis, de desmoronamiento y destrucción
de todo lo creado.
3.
Missio Redemptionis
La
venida del Hijo de Dios al mundo, tuvo que ver con este proyecto:
restaurar la misión del ser humano en sus verdaderos términos;
restaurar el flujo de la energía del Creador, transmitida
a sus criaturas. Por eso, el Hijo inició su misión
ejemplar convirtiéndose en obediente: “Padre, he aquí que
vengo para cumplir tu voluntad”. Jesús sabía
que la misión no puede realizarse de espaldas al Dios Padre
y Creador; que sin contemplar su rostro y su voluntad, la Misión
pierde toda su razón de ser y se convierte en anti-misión,
en autosuficiencia estéril.
La única
preocupación o tarea de Jesús fue hacer presente
el Reino del Abbá, el Reino de Dios y a re-establecer la
Alianza perdida, entre Dios y nosotros. Sólo en Alianza
podemos cumplir la Misión y sólo en Alianza podemos
decir que el Reino de Dios se establece entre nosotros.
Jesús
no tuvo como misión, por consiguiente, invalidar el proyecto
creador, ni condenar a los hombres por la generación, la
producción, la política. Al contrario, Jesús
vino para restaurar el proyecto originario de Dios. “Al principio
no fue así”, decía respecto al matrimonio,
pero lo mismo se podría decir respecto a muchas otras realidades
que han quedado desfinalizadas por el pecado. Jesús dedicó gran
parte de su vida a realizar la “Missio Creatoris”: “y
bajo a Nazaret, y les estuvo sujeto; y crecía en gracia
y en sabiduría ante Dios y ante los hombres”.
Es
misteriosa esta primera fase de la misión de Jesús
en Nazaret. Jesús actuó como un hombre cualquiera.
Se entregó, como sus conciudadanos, al trabajo. Así actuó hasta
que llegó a los 30 años. Entonces tuvo una revelación
apocalíptica y descubrió un nuevo sentido para su
vida y misión.
A
partir del Bautismo en el Jordán inició Jesús
una nueva fase en su misión: podríamos denominarla
profesión profética o liminal. Jesús concentró todas
sus energías y habilidades en la proclamación del
Reino de Dios.
No
se debe reducir la misión de Jesús a una mera misión
eclesiástica. Jesús pensó siempre en claves
de Reino de Dios. Su misión tenía varios aspectos:
anuncio del Reino, signos del Reino (milagros, expulsar demonios,
atención a todas las personas), pasión y muerte.
Anuncio:
Jesús apareció, ante todo, como quien a partir de
determinado momento de su vida, se convirtió en mensajero
del Reino de Dios, o mejor en mensajero del proyecto de Dios, su
Abbá, sobre el mundo. De esta manera habló del Abbá,
reveló su persona, su proyecto, su voluntad. Jesús
mismo era la presencia y la actuación de Dios, aunque delimitada
por su realidad humana, pero, al mismo tiempo, contextualizada
por ella.
La
voluntad del Padre que Jesús anunciaba era un mundo, distinto
al que vivimos. Era la de un mundo sin pecado, unas relaciones
humanas basadas en el amor, en la solidaridad, en el respeto mutuo.
Por eso, el anuncio del Reino contenía una fuerte dosis
de denuncia de las injusticias, de la corrupción, de la
perversión que se ha producido en los ámbitos fundamentales
del ser humano: la sexualidad, la propiedad y el poder.
Jesús
no ejerció su misión en un ámbito litúrgico,
celebrativo, sacerdotal. Él celebró el Reino y su
llegada en la vida ordinaria, en su trabajo como artesano de Nazaret,
en la primera etapa de su vida, y como profeta apocalíptico
en la etapa profética y liminal de su vida. Concluyó su
existencia ofreciendo su vida en el altar del Calvario y de la
Cruz. ¡Ese fue su último acto de misión! La
misión se identificó con su Pasión. Y es que
la Pasión y no solo la Acción es otra expresión
de la misión.
Jesús
compartió su misión con los discípulos. Tuvo
la iniciativa, ya desde el principio, de reunir en torno a sí a
un grupo de discípulos y discípulas. Jesús
quiso compartir con ellos y ellas la vida y la misión. Por
eso, confió en cada uno de ellos. Y los envió de
dos en dos para predicar el Evangelio del Reino de Dios y actuar
contra las fuerzas diabólicas que impiden la presencia de
Dios en el mundo.
4.
Missio Spiritus
Jesús
nos prometió que nos enviaría el Espíritu
Santo. El Espíritu fue enviado por el Abbá y por
el Hijo tras la resurrección de Jesús de entre los
muertos. El Espíritu es el misionero del Padre y del Hijo. Él
lo enseña todo. Es el Maestro interior. El que hace posibles
todas las obras de Dios. Es el Consumador.
El
Espíritu actúa de forma invisible. Los carismas derramados
con abundancia son su manifestación, su epifanía.
Actúa a través de la variedad de carismas y carismáticos,
a través de todas las personas que disfrutan de su inspiración.
Muchos
han descubierto que ahora nos encontramos en la era del Espíritu.
Esto quiere decir, que estamos en tiempos de la Misión del
Espíritu. Él es el gran Protagonista de la Misión
y quienes se dejan llevar por el Espíritu, esos son los
auténticos misioneros y misioneras de Dios.
La
misión del Espíritu acontece en todo el mundo. Todos
los seres humanos pueden convertirse en mediadores de la acción
del Espíritu. Por eso, hablamos de los signos del Espíritu
en los tiempos y en los lugares. De una forma especial, la acción
del Espíritu se hace presente en la Iglesia. La Iglesia
es la manifestación de la acción del Espíritu
en el mundo. A través de ella, de sus Sacramentos, de la
Palabra, de las acciones de caridad y de evangelización,
el Espíritu actúa y lleva adelante la historia de
una forma visible.
5.
Missio apocalyptica
El último
rasgo de la misión que quisiera resaltar es una característica
que aparece cuando la misión se ve confrontada con el peligro,
con los enemigos exacerbados del Reino de Dios.
En
su última etapa, la misión de Jesús se convirtió en
misión apocalíptica. Lo mismo aconteció en
la Iglesia del Nuevo Testamento. Cuando sufrió persecución,
sobre todo, bajo el imperio romano, la Iglesia descubrió con
una peculiar clarividencia la dimensión apocalíptica
de su misión.
La
misión revela sus rasgos apocalípticos cuando nos
encontramos en situaciones en las que, al parecer, los enemigos
del Reino de Dios vencen. La misión apocalíptica
tiene los siguientes rasgos:
La
dimensión apocalíptica inyecta en la misión
el carácter de urgencia y de prisa escatológica.
Siente que no se puede demorar más la acción misionera.
No cuenta con el espacio de toda la historia indefinida del mundo,
sino con poco tiempo en el que hay que realizarlo todo. Por eso,
sabe muy bien, que el tiempo es breve.
Anuncia
la inminencia de la llegada del Reino. Muestra una confianza inmensa
en las posibilidades de Dios y en el despliegue del Reino de Dios
en el momento oportuno.
La
apocalíptica es profecía en tiempos de enorme tribulación.
Por eso, es profecía de consuelo para quienes están
atribulados y es profecía de amenaza para los enemigos de
Dios. A ellos se les anuncia que serán derrotados y destruidos.
Se les manifiestan también que son conducidos por malos
espíritus y están a su servicio. También de
ellos se dice que el final será la destrucción total.
La
apocalíptica no muestra confianza en la acción humana,
sino que resalta – a veces de forma unilateral- la acción
liberadora de Dios, que se impondrá en la historia.
La
comunidad apocalíptica ejerce su misión en la oración
de intercesión, en la conducta apartada de la Bestia y de
su propaganda, en el amor apasionado al Señor Jesús.
6.
La misión entendida de forma “holística”
Cuando
la misión se entiende así – de forma holística
y no reduccionista – comprendemos con claridad que no tenemos – quienes
formamos la Iglesia, ni tampoco ningún grupo dentro de ella-
el monopolio de la misión. Toda misión es compartida,
y compartida con todos los seres humanos.
La
misión del Creador es realizada y llevada a cabo por todos
los seres humanos que forman familias, que trabajan, que se preocupan
por el desarrollo de la sociedad y de nuestro mundo la. Es una
profecía de encarnación, de anuncio de la bondad
de todo lo creado.
La
misión del Redentor es llevada adelante y expresadas por
todas aquellas personas que tienen como mayor preocupación
la liberación del ser humano, en el ámbito político,
psicológico, espiritual, corporal o biológico. Es
la misión de quienes luchan contra la corrupción,
a favor de la ecología, de la justicia, de la paz. También
se inserta aquí la misión salvífica de la
Iglesia, expresada en la celebración de los Sacramentos,
en la proclamación de la Palabra, en la acción misionera.
Es una profecía de denuncia, de “fuga mundi”,
de rechazo e intolerancia ante el Mal y anuncio de la Salvación
que viene a quienes creen y cumplen la voluntad del Padre.
La
misión del Espíritu se encarna en cada una de las
tareas carismáticas que los distintos grupos y personas
realizan en el mundo, en la Iglesia. En ellas se manifiesta la
creatividad del Espíritu y cómo lleva toda la realidad
hacia su culminación en el Reino de Dios. Especialmente
sensibles a esta misión son las comunidades religiosas que
descubren día tras días nuevos “challenges” o
desafíos misioneros y están dispuestas a realizarlos.
La
misión apocalíptica es llevada adelante por aquellos
que son vigías apocalípticos, por aquellos que en
medio de las situaciones más desgraciadas, amenazadas y
pobres del mundo, anuncian el Consuelo de Dios y descubren el cielo
nuevo y la tierra nueva. Ejercen la profecía de la resistencia.
Se oponen decididamente a la Bestia y a su comparsa. Están
decididamente a favor de la Nueva Jerusalén. Son profetas
de esperanza.
III.
La Misión como Clave de la Vida Consagrada “hoy”
1.
La característica “cristiana”: “nos
ha sido revelado”
Uno
de los aspectos más característicos de la misión
en la Iglesia y en la Vida Consagrada es que mientras compartimos
con todos los seres humanos la misión, a nosotros se nos
ha concedido el don de la revelación. Nos ha sido revelada
su dimensión teológica. Nosotros tenemos la conciencia
de que nuestra misión, no es nuestra, sino que es la expresión
de la Missio Dei, de la Missio Creatoris, Redemptoris et Consummatoris.
A nosotros nos ha sido revelado que todo ha sido creado en Cristo
Jesús, que el Espíritu de Dios llena la tierra.
Un
ejemplo lo tenemos en el juicio final, tal como nos lo presenta
el Evangelio de Mateo. Allí se dice que cuando Dios juzgue
a los seres humanos les dirá: “Tuve hambre y me disteis
de comer ... sed y me dísteis de beber…”. Sorprendidos,
le preguntarán los seres humanos: ¿Cuándo
te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de
beber? El les responderá: Cuando hicisteis una de esas cosas
a mis pequeños hermanos a mí me la hicisteis”.
Entonces comprenderán los seres humanos el sentido de su
servicio. Sin saberlo, sin darse cuenta, atendieron y ofrecieron
su servicio al mismo Señor.
Pues
bien, a los cristianos, nos es concedida esa revelación
ya ahora. Ahora sabemos que todo lo que hacemos procede de Dios
y a Dios llega. Tenemos la conciencia de llevar en nuestras manos
la obra de Dios, la misión de Dios. Jesús, en el
cuarto evangelio, es muy consciente de esa obra. Así el
cristiano es misionero desde esta convicción: que es enviado
por Dios para realizar la obra de Dios.
Las
motivaciones por las cuales hacemos las cosas son enormemente importantes.
Sabemos, por ejemplo, que una madre tiene motivaciones muy fuertes
para atender a su hijo aun con riesgo de la propia vida; sabemos
que una persona apasionada por el deporte y que conoce sus posibilidades,
se expone a grandes riesgos. Cuando conocemos el porqué de
lo que hacemos entonces actuamos mucho mejor. Por eso, es tan importante
la revelación de Dios que nos muestra el valor inmenso de
nuestras tareas, y nos las hace descubrir como auténtica
misión que viene de Dios.
Evangelizar
es, por tanto, anunciar al mundo el sentido de todo lo que somos,
vivimos y hacemos. No es indiferente conocer la revelación
o no conocerla. Sólo quien la conoce vive con dignidad y
tiene los estímulos más sublimes para superar todas
las dificultades. Evangelizar es, por lo tanto, el primer deber
de la Iglesia. Evangelizar es anunciar a todos una buena noticia
que les compete.
Hay,
por lo tanto, en la misión “cristiana” un nivel
de conciencia y revelación que es particularmente importante.
Nosotros
no deberíamos hablar, como solemos hacerlo. Muchos religiosos
y religiosas suelen decir: ¡este es mi trabajo!, ¡esta
es mi tarea! ¡este es mi destino! No. Somos misioneros de
Dios en las obras que realizamos. Sabemos que estamos colaborando
en su Proyecto. Que para eso hemos sido llamados y para eso estamos.
El
proyecto de Dios no puede prorrogarse indefinidamente. María
fue a visitar a su prima a toda prisa. Los mensajeros de Jesús
son enviados por él para que no se detengan, ni saluden
a nadie por el camino y realicen la misión cuanto antes.
La
misión – como conciencia de revelación – es
impaciente, apasionada. Conoce las claves del pasado, del presente,
del futuro. Pero este conocimiento o conciencia no se da de una
vez para siempre. Es preciso vivir en profunda contemplación
de Dios y de su Misterio que poco a poco nos va revelando el sentido.
Por eso, sólo una comunidad celebrativa, en contemplación
apocalíptica, es agraciada con el don de la revelación
apocalítpica, que es esencial para realizar la misión
según la voluntad de Dios.
2.
La característica “carismática”: carisma
para el mundo y la Iglesia
Cada
grupo en la Iglesia participa en la misión del mundo y de
la Iglesia de una forma del todo particular. El Espíritu
Santo actúa a través de una Congregación y
sus comunidades de una manera admirable.
Por
eso, es de radical importancia no que los institutos de vida consagrada
programen su misión, que suele ser lo más normal,
sino que intenten descubrir hacia dónde los está llevando
el Espíritu, para ser auténticos instrumentos del
Espíritu para la misión.
Cuando
un instituto tiene conciencia de estar situado e inserto en la
misión del Espíritu, entonces comprende varias cosas:
Que
la misión carismática de un Instituto no debe responder
a la visión particular que un determinado superior tiene
de las cosas, sino al serio discernimiento de lo que el Espíritu
quiere y hacia dónde el Espíritu lleva. Por eso,
la misión se discierne en la contemplación de nuestro
mundo, de la realidad y en la escucha de los gemidos del Espíritu.
Por eso, puede suceder que una Congregación esté realizando
una misión que no responde a los gemidos del Espíritu.
Esa congregación tal vez responda a algunas urgencias propias
de la sociedad en que está ubicada y del tiempo en el que
vive, pero no está ejerciendo la misión carismática
hacia la que el Espíritu de Dios la lleva. Para ello, se
necesita mucho despojo de sí y una gran capacidad de discernir
las cosas de Dios. Sólo escuchando la Palabra y contextualizándola
se llega a este discernimiento.
Que
la misión “carismática” no puede prescindir
de sus rasgos apocalípticos. Propio de la vida consagrada
ha sido su sensibilidad ante las mayores necesidades de los seres
humanos, especialmente de los pobres, de los indefensos, de los
inocentes, víctimas de la violencia. Hay muchos hijos e
hijas de Dios que no tienen quién los defienda. La vida
consagrada se siente llevada por el Espíritu a ser la buena
o buen Samaritano que acude en ayuda de los que están más
necesitados. En tales circunstancias, donde se da opresión,
desprecio de los derechos humanos, la vida consagrada descubre
su arista apocalíptica. Y trae consuelo, esperanza, anunciando
la precariedad del tiempo de los opresores y el juicio inminente
para ellos, además de la salvación de los hijos e
hijas de Dios oprimidos. La oración misionera de estas formas
de vida consagrada, se caracteriza por esa misma impronta apocalíptica.
Hay en ella un deseo apasionado de que venga cuanto antes el Señor,
el Reino de Dios.
Es
normal que la vida consagrada descubra una especial sintonía
con aquellos grupos humanos que llevan adelante la Misión
Redentora o Liberadora, y menos con quienes llevan adelante la
Misión del Creador.
3.
Cuando la misión es la clave, todo cambia de color
La
misión, como clave que explica todo afecta a la espiritualidad,
la vida comunitaria.
La
espiritualidad: la conciencia de misión genera espiritualidad.
Quien se siente llamado a participar en la “missio Dei” sabe
que esa es la mayor gracia que puede un ser humano recibir: ser
hijo y enviado de Dios al mundo para transmitir su amor, su compasión,
su energía. “Sin mi no podéis hacer nada”,
decía Jesús. La comunión con Jesús,
misionero del Abbá, es esencial para el misionero. De
modo que en él aparece y se muestra Jesús. Por
otra parte, la misión es vida en el Espíritu y
participación en la misión del Espíritu
Santo. El misionero, la misionera es la persona habitada por
la Santa Trinidad. “Vendremos a él y haremos morada
en él”. Todo lo que brota de esta vivencia es pura
espiritualidad. El misionero, como los profetas, siente en sí mismo
el pathos de Dios por su pueblo, la compasión de Dios
por la gente. La Palabra de Dios es como fuego ardiente en su
corazón. ¡Esa es la auténtica espiritualidad! ¡Esa
es la raíz de todas las acciones e iniciativas del misionero!
Desde el espíritu hasta el cuerpo, desde la razón
y la inteligencia hasta la fantasía, todo en el misionero
se convierte en sacramento e instrumento de la acción
del Verbo de Dios y del Espíritu de Dios. Cuando Isabel
recibió la visita de María, quedó llena
del Espíritu Santo y clamó con gran voz su himno
de alabanza a María y reveló lo que en ella acontecía.
Se convirtió en Evangelizadora. Eso es lo que acontece
en todo misionero, cuando recibe la vocación para la misión
que viene de Dios.
La
vida comunitaria: uno de los objetivos más importantes
de la misión es crear comunión: “lo que hemos
visto y oído, lo que palparon y tocaron nuestras manos
respecto al Verbo de la Vida, eso os lo anunciamos para que estéis
en comunión con nosotros y nuestra comunión es
con el Padre y con el Hijo”. Por eso, hay un modelo de
comunidad que nace de la misión y es innatamente misionera.
Comunidad misionera es aquella que tiene siempre como horizonte
la expansión de la comunión, de esa comunión
originaria con el Abbá y el Hijo. El anuncio tiene como
objetivo crear comunión. Donde no existe esa pasión
que nace de la comunión misionera con Dios, ¿cómo
puede haber comunidad auténticamente habitada por la Trinidad?
Por eso, la comunidad vive de la experiencia del Verbo de la
Vida. Cuando esa experiencia se da, tiende a transmitirse a comunicarse.
Cuando esa experiencia se da se crean círculos comunitarios.
Entonces ninguna comunidad concluye en sí misma, sino
que están en proceso permanente de expansión comunicadora.
Los
signos de los tiempos y los gemidos del Espíritu: una
persona y una comunidad que sienten el “concerní” por
la misión, se convierten en vigías apocalítpicos.
Están siempre alerta y atentos a la voluntad de Dios que
se revela en los acontecimientos históricos. Ellos tienen
más fuerza que las instituciones, las costumbres, las
tradiciones. El auténtico misionero siempre está dispuesto
a cambiar, a servir en un nuevo lugar, donde la Missio Dei se
torna más urgente y más necesita de su colaboración.
Para esto no hay que colocarse fuera de los problemas de la sociedad,
sino meterse bien dentro de ellos. El estudio atento y diligente
de todo lo que pasa es la fuerza que nos saca de nuestras costumbres
y nos hace disponibles para la misión que cada vez se
torna más urgente (cf. Evangelii Nuntiandi, n.
14).
Cuando
se responde a los signos de los tiempos y a los gemidos del Espíritu,
ninguna actividad es privada o individualista: hay momentos
en los cuales para obedecer al Espíritu hay que desobedecer
a aquello que nos desvía de la auténtica vocación
misionera. No se debe tolerar por más tiempo en la vida
religiosa, que haya personas que sólo se dedican a trabajar,
pero no trabajan con espíritu de misión y son conscientes
de colaborar en la misión de Dios. Muchas veces, lo que
se percibe, es solamente una resignación, una obediencia
al trabajo encomendado, pero no esa capacidad creadora que se
percibe en quienes se sienten enviado por Dios a hacer algo por
el establecimiento de su Reino en nuestro mundo.
Sin
perspectiva de misión el mismo gobierno, la formación
y la misma teología son entendidos de forma muy deficiente.
El
gobierno y la autoridad: la característica más
importante en cualquier superior dentro de la vida religiosa
debe ser su “espíritu misionero”, el ser una
persona “embargada por la mística misionera”.
No necesitamos managers de instituciones, ni yuppies empresariales,
sino auténticos profetas que sienten la pasión
de Dios por su pueblo y están embargados por el espíritu
de la Alianza con su Dios. Un gobierno para la misión
creará entusiasmo en todos; será compasivo y comprensivo
con las debilidades, pero sabrá que la mejor medicina
contra todo mal será encender el espíritu misionero,
la mística de nuestra colaboración con Jesús
en su sueño sobre el mundo. Las instituciones en las cuales
no se perciba una fuerte inspiración misionera, no tienen
razón de ser. Muchas cosas se podrían decir sobre
un “gobierno ejercido desde la misión”. Será necesario
pensar en ellos. Solo quisiera decir, que cada gobierno debería
estar muy alerta al paso de Dios y a los gemidos del Espíritu
y no perder las ocasiones de vida y de dar vida que se le ofrecen.
Un gobierno para la misión no es miedoso, ni encogido.
Se arriesga a lo que sea necesario, con tal de encontrar caminos
de misión. Lo que no puede hacer es dejar que se le mueran
las comunidades y las personas en trabajos que nada tienen que
ver con el espíritu misionero. Esos son los gobiernos
para la muerte.
La
formación: Gabriel de la Dolorosa, un novio y junior
de los Pasionistas murió a los venticuatro años.
Era un joven con muchas cualidades: afectivo, inteligente, artísta… pero,
sobre todo, tenía un gran espíritu misionero. Era
un auténtico líder de los jóvenes en una
de las escuelas de los Hermanos de la Salle y en el liceo clásico
de los jesuitas. A los 18 años entró en el noviciado. Él
decía “la alegría y el gozo que disfruto
dentro de estas paredes son indecibles” (Escritos, p. 185).
El decía que cuando estudiaba, oraba, o hacía ejercicio
física, pensaba que tenía alrededor centenares
de personas que le decían: “Gabriel, un día
serás nuestro evangelizador, nuestro misionero … nuestro
presbítero. ¡Prepárate bien! ¡Adquiere
una fuerte espiritualidad, mucho amor a Jesús y a María!
Toma muy en serio tu formación… ¡te necesitamos!
De esta manera nunca sintió su formación como un
recluimiento, sino como la preparación más bella
para una fantástica misión. Cuando yo era novicio,
leí la vida de san Gabriel. Me impresionó el hecho
que acabo de contar. Traté de imitarlo. No sabía
que entre las personas que me pedían que me preparara
bien, estaban también Ustedes. Creo que es suficiente
este ejemplo para comprender, que nada de lo que sucede en la
casa de formación debe estar al margen de la misión.
El futuro debe transformar el presente y dar energía para
superar todos los problemas que surjan. Un formando no es una
persona con problemas, con psicología deficiente, etc.,
sino un misionero o una misionera que sabe que ha de luchar para
la misión que un día ha de realizar y que cuenta
con la mejor ayuda: el Espíritu Santo. Pero ha de ser
formado, para ello, en la docilidad a ese Gran Maestro interior.
La
teología: quisiera decir finalmente, que la Teología
de la Vida Religiosa y de todas las formas de vida religiosa, tanto
contemplativa como apostólica, debería replantearse
desde la Misión, como fuente de toda su razón de
ser. Ese ha sido el proyecto que desde hace años llevo entre
manos. Escribir una teología de la Vida Religiosa, teología
de los votos y de la comunidad, desde la perspectiva de la misión.
Ese proyecto aparecerá aquí publicado en varios volúmenes
dentro de poco tiempo. Pero creo que nuestros jóvenes teólogos
y teólogas deberán continuar en ese camino.
Conclusión
El
Espíritu que movió a los Profetas, a los Apóstoles,
y a los grandes Misioneros, no se ha extinguido. Sigue presente
entre nosotros. Ese Espíritu sólo necesita personas
dóciles, disponibles y dispuestas a dejarse mover por Él.
El Espíritu está llamando a colaborar en su Missio.
El
Espíritu es discreto, humilde. Se oculta. Pero quiere aparecer
y actuar a través de nsootros, los agraciados con sus carismas.
Cuando una Congregación, una comunidad, una persona, se
entrega sin condiciones al Espíritu y se deja consagrar
por Él, entonces todo florece, la misión se hace
apasionante, el rostro de la Iglesia se torna más jovial
y alegre y el mundo se siente visitado por Dios.
Un
auténtico misionero, sin embargo, nunca se siente autosuficiente.
Sabe que es el humilde mediador que conecta con todas las pespectivas
de la misión. Mäs que aparecer como el “misionero único”,
hace consciente al mundo de cuántas y cuántas personas
son auténticas misioneras del Reino de Dios. Como Juan el
Bautista, el auténtico misionero está dispuesto a
decrecer, para que la misión compartida crezca. El auténtico
misionero cuida para que en la misión aparezca todas sus
más bellas características: creación, redención,
espíritu, apocalíptica.
Les
agradezco su atención y pido al Espíritu que así como
invadió a María, a José, a Isabel, a Jesús,
a nuestros fundadores, también irrumpa en nuestras vidas
y las transforme en expresiones vivientes de su Misión.
Ref.:
Texto y pedido de publicación del autor. Marzo 2005.