Kä Mana
África cristiana en la hora de la globalización.
Repensar las orientaciones de la misión


Kä Mana, doctorado en la universidad de Ciencias Humanas de Estrasburgo, es actualmente director del Centro de Estudios y de Busquedas ecuménicas y sociales (CEROS) en Porto-Novo (Benin). Es profesor de ética y filosofia.En este artículo, el autor analiza cómo la globalización "despierta" a las Iglesias de Africa, las obliga a definir su vocación en el mundo, y a dar respuesta a sus carencias y sus deficiencias en todos los sentidos.

Introducción

Confrontadas a los profundos cambios que el fenómeno globalización impone a nuestro continente y a todas las facetas de Kistencia, las Iglesias de África viven hoy una nueva etapa en su creciito espiritual y en el modo de estar presentes en la sociedad. Es un periodo de intensos interrogantes sobre las nuevas orientaciones que debería tener su acción, a fin de que sea fecunda su presencia en el mundo y asuma de forma creíble su destino en la historia.

Para estas Iglesias se trata de renovarse en su interioridad vital, para que se comprometan en la reconstrucción de nuestro continente en todos sus recursos y en todas las dimensiones de su existencia. Más exactamente, para los cristianos y las cristianas de Africa, se trata de saber cómo hacer vivir espiritualmente nuestras sociedades en una civilización mundiaI donde empezamos poco a poco a comprender que puede ser, o bien la tumba de nuestros sueños de libertad y de prosperidad, o bien una oportunidad inaudita de liberar nuestro genio inventivo y de participar con ardor en la construcción del futuro del mundo.1
Las preguntas que se nos imponen como pueblo de Dios en esta situación actual son las siguientes:
- En "el orden del mundo" tal y como reina hoy, ¿qué visión de nuestro destino y de nuestra responsabilidad tenemos que desarrollar?
- Para estar a la altura de los desafios de nuestra situación, ¿a qué deberes de reflexión y de acción estamos obligados?
- ¿Qué poder de compromiso histórico tenemos para asumir nuestras tareas aquí y ahora?
- ¿Sobre qué lineamientos queremos entrar en el futuro y construir concretamente nuestras esperanzas?
La era de nuevas búsquedas
Frente a estos interrogantes, la era que se abre a las Iglesias de África es la de las grandes mutaciones que determinarán cada vez más nuestra conciencia colectiva y orientarán las decisiones que deberemos tomar a construir el futuro. Tal y como lo percibo ahora, estas mutaciones son fundamentalmente de dos tipos.
Ante todo, cada vez está más claro para muchos de nosotros, que tiempos de la globalización ya no deben ser aquellos tiempos en los que nos encerramos para rumiar nuestros problemas africanos, fijando obstinadamente nuestras miradas en el ombligo de nuestros sufrimientos. Se acabó la era de conformarnos con nuestras endechas, con nuestras lamentaciones y con nuestros gemidos de la condición de un continente deperanzado y decadente. Hoy brota una nueva conciencia, una esfera de reflexión y de acción donde nuestra visión de la realidad va a cambiar óptica, donde emergen nuevas búsquedas sobre nuestras responsabiides como pueblo, como civilización, como cultura y como fuerzas espirituales en la construcción de un nuevo orden planetario. Es la era de nuestra presencia real en el mundo, teniendo como imperativo, orientar a la humanidad en los nuevos caminos de su desarrollo espiritual, ético y material.
AI mismo tiempo, tomamos conciencia de otra exigencia: la prioridad en las Iglesias de África ya no serán nuestras lacerantes tragedias actuales, sino nuestra capacidad para legar a las futuras generaciones una África creativa en un mundo donde nuestros hijos tengan un lugar, de acuerdo a sus aspiraciones y al derecho de ser felices.
En este periodo de globalización, estos dos objetivos constituyen la clave de lectura para comprender el papel de la Iglesia en nuestro continente hoy día. Es un tiempo nuevo que se abre en el sentido de la misión y de la evangelización.2
Un nuevo centro de gravedad y una nueva misión
Para las Iglesias de África, esta nueva era comienza por una toma de conciencia serena de la nueva situación del Cristianismo mundial. Cada vez más, sabemos que el centro de gravedad del universo cristiano como dinámica espiritual y religiosa se ha desplazado progresivamente del mundo occidental hacia nuestras propias tierras, incluso al interior de nuestro propio espíritu.3 Todo se desarrolla como si, después haber cumplido la misión de propagar el Evangelio sobre el planeta, Occidente nos pasara el relevo y esperara de nosotros un nuevo impulso en la evangelización del mundo. El comienzo de un nuevo destino, el despliegue de un nuevo vigor, el punto de partida de una nueva dinámica. Es el tiempo en el que los lugares de la tierra, cubiertos por la proclamación de la palabra de Dios, se abren a semillas inesperadas, a energías de vida de las que África es garante y guarda la iniciativa.
De hecho, sería cuestión de pasar de una evangelización conquistadora del espacio a una evangelización cualitativamente profunda. Salir de la era de dominaciones ideológicas para instaurar las dinámicas de una conversión "en espíritu y en verdad". Es decir, la penetración del Evangelio en lo más profundo del corazón humano y de las sociedades: en su creatividad y en las utopías existenciales más generativas.
Por el hecho de que África es el continente en el que mejor se percibe la grandeza y la miseria del modo cómo el Occidente ha realizado su misión de evangelización a los pueblos, goza en si misma de cierta ventaja para ser punta de lanza y tambor-mayor del Cristianismo en los años sucesivos.
África sabe mejor que nadie lo que conviene hacer y lo que hay evitar por todos los medios si se quiere que el mensaje de Cristo cambie hoy con profundidad a las personas, a las culturas y a las civilizacios. Sabe que la fuerza, la violencia, la ambición dominadora no conducen a ninguna fecundidad espiritual en la construcción de lo humano. Sabe que la arrogancia, la ostentosa altanería así como la glorificación de sí mismo como medios para transmitir el mensaje de Cristo no dan como retado ninguna conversión profunda de parte de los que las padecen. Sabe que la absolutización de una sola clave cultural en la lectura de la reación bíblica no conduce más que al empobrecimiento de esta y a su instrumentalización frente a los intereses humanos. Sabe que la herencia cristiana de la que se benefician los pueblos y las civilizaciones de hoy, se deteriorará totalmente si deja de orientarse hacia el futuro y hacia las profundas exigencias de la utopía cristiana para las generaciones futuras.
La trayectoria del sufrimiento africano ha llegado a ser así un camino de conocimiento muy útil para tódos los pueblos. Lo que África ha aguantado constituye para nuestro tiempo un enriquecimiento de la herencia cristiana que nuestros países han recibido de Occidente. Herencia que debemos transformar en energías de creatividad, en potencias de invención fertilizante, en una nueva vía de humanidad en un orden mundial que tenemos que cambiar a partir de Dios como semilla de nueva vida. Lejos de las ambigüedades y de las miserias de la antigua evangelización.4 Lejos de las pruebas y las heridas que han marcado fundamente nuestro ser en el encuentro con el mundo occidental. Lejos de todos los litigios que no hemos cesado de repetir en nuestro interminable proceso con Occidente, a quien debemos de asumir en todo su ser. Con sus fuerzas que nos fascinan y con sus debilidades que nos aterrorizan.
El Occidente cristiano ha llegado a ser hoy parte de nuestra propia aria y de nuestro propio ser, por decirlo así, nos lleva al umbral de un profundo cambio de nosotros mismos para las nuevas tareas históricas nos incumben, especialmente la nueva evangelización de la humanidad actual.
Frente a la acción de Dios, que percibimos claramente ahora como un camino ambiguo y desconcertante para alcanzar el mundo en su conjunto y para abrirlo al Espíritu de Cristo, África deberá representar a los ojos del mundo la ambición de Dios para cambiar profundamente la humanidad en sus sueños de plenitud. Es la energía vital del Evangelio como poder de transformación, propuesto a toda la tierra. Ahí está para ella la verdadera encrucijada espiritual de la globalización, el verdadero desafío y el horizonte de la inteligencia que debería tener de sí misma y de su vocación en el mundo.
Hoy, Africa tiene todas las ventajas para esta misión de ser el centro de gravedad, la punta de lanza y tambor-mayor de la evangelización del mundo en los años sucesivos. Si miramos lúcidamente la situación del mundo, ¿de qué se trata exactamente?
Hablando económica política y socialmente, África a nivel mundial es lo más débil a los ojos de todos, incluso a los ojos de los mismos africanos.5 Es un amplio campo donde el espíritu humanitario de los ricos y de los poderosos del planeta se ejercitan en la caridad, en el sentido más detestable del término. ¿No se puede considerar que Dios haya elegido a este continente de débiles para confundir a los poderosos, conforme a la lógica que el apóstol Pablo ya había entendido perfectamente en su época? Dios escogió una tierra empobrecida y dominada para sembrar en ella las fuerzas de solidaridad y una potencia espiritual capaz de construir una cultura de valores profundamente humanos. Es esta la vocación de la que tenemos que tomar conciencia progresivamente las Iglesias africanas, si queremos como africanos, estar atentos al soplo del Espíritu en estos tiempos de globalización.
Espiritual, cultural y religiosamente hablando, el continente africano está "én la red de pescar de otros",6 entregado y atado de pies y manos, a todas las triunfantes sabidurías de las religiones y de las espiritualidades llegadas de fuera: las estructuras encasillantes de las religiones del Libro, la fascinación por las religiosidades asiáticas, el brillo de las sectas y el florecimiento de nuevos movimientos religiosos que nos hipnotizan día a día ahogando nuestras energías del terruño. Esas energías que para muchos no son más que "puras locuras" paganas y fabulaciones "estrafalarias", ¿no podríamos considerar que Dios las ha elegido para confundir a los sabios, según la hermosa expresión dél apóstol de los gentiles? Dios ha escogido a mujeres y a hombres "con una locura" a causa del sufrimiento espiritual, religioso y cultural para que inventen la verdadera sabia del futuro. Le compete a África oír y descubrir esta sabiduría en Jesucristo para hacerla resplandecer como un nuevo camino de luz en la civilización planetaria.
Para Ias Iglesias de África tendrá que estar cada dia más claro que los tiempos que estamos viviendo son los tiempos de su propia globalización. Es decir: su entrada en un proceso conjunto, donde su palabra, su mensaje, su vida y su destino no tienen más sentido que en relación con el objetivo de cambiar globalmente el espíritu que estructura el mundo de hoy. Abrir nuevas vías a la evangelización de la humanidad hoy, en vista a un futuro útil para las generaciones sucesivas, es Ia vocación, la misión de África en el contexto de la globalización. Afirmamos así la necesidad, a las Iglesias africanas, de Ilegar a ser el humus que alimenta la relación de la humanidad con Dios, frente a las encrucijadas de la civilización planetaria.
Exigencias de invención
Frente a esta misión es evidente que la tarea actual es pensar desde un punto de vista africano las grandes preocupaciones y las grandes búsquedas que actualmente convulsionan a la humanidad. Desde esta orientación mundial, de Ia presencia africana en los problemas de Ia humanidad, los planteamientos de fondo que se imponen son: los del rearme intelectual de las personas, los del "re-arraigamiento" ético de los pueblos y él de la refundación espiritual de la acción humana para construir el futuro.
Rearme intelectual.7 Se trata de abrir ampliamente los campos de discusión sobre el espíritu del orden mundial actual, de favorecer el desarollo de los laboratorios de nuevos proyectos de sociedad que no sean tributarios de las dictaduras ultraliberales,8 de sus claves de lectura de la realidad o de sus torpezas económicas y sociales. En Ia medida en que percibamos que el mundo donde vivimos no puede afirmarse como humano más que tomando en cuenta Ia pluralidad de las riquezas profundas de todas la civilizaciones y de todos los pueblos, el combate contra el despotismo de un pensamiento único dominando el conjunto del planeta es el secreto de la edificación del futuro común de la humanidad. Edificar este futuro en el amplio debate planetario, animado por la conciencia que cada pueblo tiene de sus aportes y de sus recursos, es el camino de nuevos planteamientos intelectuales en los que África puede empeñar lo mejor de sus saberes y sus más profundos conocimientos.
Esto significa que hoy cada pueblo puede entrar en la dinámica de una globalización desde lo más hondo de sí mismo y desde su identidad histórica, como conjunto de experiencias de vida y de prácticas sociales. En esta globalización todos tenemos el deber de promover un nuevo diálogo sobre la calidad del futuro que deberemos construir para y con todos los pueblos en conjunto.
África tiene en este terreno una experiencia de búsqueda de identidad que puede servir de vía de futuro a muchos pueblos: un camino donde se destierren las trampas de repliegue sobre sí misma y las tentaciones de violencia agresiva; un camino donde se liberen las energías creativas, donde se reconstruya ella misma para renovar el tejido de la sociedad y construir en un mismo impulso un mundo a la altura de sus sueños de fraternidad.
Es imposible leer y vivir el Evangelio sin induirlo en esta óptica global de diálogo planetario. Lo que se impone en la sociedad, como exigencia de confrontar las ideas, se impone también en las Iglesias como un camino de proclamación de la Palabra de Dios y de transformación de la sociedad. La hora actual es la hora del diálogo de las Iglesias, para que cada una hable a las demás y se deje fecundar por ellas en el enriquecimiento común de la utopia cristiana para el conjunto de la humanidad. Este es el camino africano del ecumenismo a escala mundial: un largo discurso donde racionalidades y visiones diferentes se encuentran, se confrontan, se enfrentan, se abrazan o se conjugan, con el objetivo de obtener un espíritu de comunión y de profunda unidad para habitar la casa común que es el mundo.9
Semejante via no puede ser más que el camino de un re-arraigamiento ético10 donde la hermenéutica de la palabra de Dios riega y se deja regar por las grandes sabidurías de los pueblos y de las civilizaciones.
Por haber padecido una violenta evangelización que la ha cortado de sus propias raíces culturales y de la profúndidad de su inmemorial sabiduría, África ha aprendido, sin desearlo, que un evangelio impuesto no lleva más que a la catástrofe de la destrucción de la personalidad y de la desintegración de las potencias creadoras de los pueblos. Hoy, la globalización tiende a ser una apisonadora que destruye las identidades culturales. Los africanos han aprendido que la verdadera batalla de nuestra época es una ética de rechazo de los anti-valores mundializantes que cortan de raíz las sabidurías seculares de los pueblos. Han aprendido a desarrollar una ética de la resistencia profunda y de la rebelión tranquila, que se opone a la globalización alienante, para afirmar mejor una globalización liberadora: la del evangelio de la vida.
Semejante globalización se comprende como un proceso planetario para que la ciencia, la tecnología, la economía y el comercio estén al servicio de lo humano, al servicio del desarrollo de las personas y del bienestar de todos los pueblos. Es esa la vocación de África en estos momentos en los que muchos pueblos se interrogan sobre el sentido de su preicia en la civilización planetaria.
En esta batalla ética se trata de salir del caos en el que peligra hurdirnos la globalización ultraliberal, para determinar nuevos principios de orden mundial en nombre de los cuales otros proyectos de colaboración entre los pueblos, otras experiencias de intercambios entre los países y otras utopías de comunión entre las civilizaciones, se impondrían sobre la voracidad mercantil y sobre el canibalismo financiero que sufren los países pobres y las capas sociales desfavorecidas en los países ricos.
Como víctima de un sistema internacional que no le ha llevado a resolver los problemas vitales de su destino, África puede decir con firmeza que le es imposible aceptar el orden caníbal de una globalización que divide en lugar de unir, que destruye en lugar de construir, que esclaviza en lugar de liberar. Irrigada por inmensas reservas de humanidad, que alimentan la vida de los pueblos y de las civilizaciones su apertura al Espíritu de Dios, África no puede dejar de estar en la vanguardia de batallas de otro tipo de globalización: la del modo de pensar.
El Evangelio se descubre en esta exigencia ética como la fuente de una espiritualidad a la altura de la globalización, como la dinámica esencial integradora de las exigencias del Espíritu de Dios en el meollo de las realidades del mundo, con el fin de edificar una sociedad eucarística, cuya energía espiritual no puede ser más que una voluntad de vivir la globalización como un soplo de felicidad compartida.
¿De qué espiritualidad se trata? Si, como lo pensamos, la misión del Occidente ha sido propagar el Evangelio por los confines del mundo, es decir, crear las condiciones de una "globalización espacial" donde todos los pueblos puedan encontrarse, conocerse, colaborar o confrontarse, los tiempos que se están inaugurando serán tiempos de una "globalización espiritual", cuyo desafío es la edificación de una sociedad de bienestar compartido.
Para África, ese es el corazón del Evangelio. La nueva evangelización del mundo, como mundo global, deberá empezar desde este núcleo. Dicho de otro modo, si Occidente ha creado el mundo global, a África le corresponde evangelizar este mundo en su misma globalidad. Se trata de una vocación planetaria que deberá cambiar totalmente la visión que las Iglesias de África hoy tienen de sí mismas.
Ahora que Occidente ha proporcionado a todo el planeta los medios de una acción espiritual a escala mundial — técnicas de información, canales mediáticos de difusión del saber, bases sociales de una cooperación económica planetaria, valores comunes de democracia, de participación y de compromiso para la justicia — este ha agotado, si se puede decir así, las dinámicas del sentido de su propia misión. Ha cumplido esta misión, como ha podido. Y ahora pasa el relevo.
En la medida en que ha unificado los destinos de pueblos y les ha colocado en la casa común del mundo global, cuyos valores, en las buenas y en las malas, alimentan desde ahora a todos los países, ya sea en la realidad o en el deseo, Occidente ha cumplido bien su misión. Pero la ha realizado mal, en la medida en que ha puesto la razón de su proceso en la voluntad de dominio, en el ansia de explotación y de avasallamiento de los otros, en la idolatría del mercado y en la dictadura de los intereses económicos o geoestratégicos. Su globalización queda así ambigua y truncada: un proceso inconcluso, al que falta un aliento de vida espiritual, la fuerza de las grandes palancas éticas, y un embrague racional que puedan asegurar una coherencia humana con la idea de globalización y con el concepto de globalización.
Si esto es así, la misión de Africa en el orden mundial es evangelizar este orden por la triple revolución que acabamos. de definir: la revolución intelectual por el diálogo de las civilizaciones, la revolución ética por interfecundación de las sabidurías de los pueblos, y la revolución espiaritual por el aliento de dicha compartida. Evangelizar, en el fondo, es poner a Cristo en el centro de este proceso de revolución: acogerle como el dinamismo por el que se realizan el diálogo de las civilizaciones, la interfecundación de las sabidurías de los pueblos y la construcción común de dicha compartida.
Esta vía africana de la evangelización del mundo globalizado donde estamos viviendo, nos lleva a un nuevo replanteamiento, tanto de las claves de lectura hermenéutica de las que se han servido hasta ahora las Iglesias africanas para comprender el Evangelio de Jesucristo, como de las prácticas sociales por las cuales aseguran su presencia dentro de los propios pueblos.
AI periodo en el que las Iglesias africanas han vivido esencialmente para sí mismas, para sus problemas y para los gritos de sus propios pueblos, sucede el periodo donde están llamadas a vivir para otras culturas, otros pueblos, otras civilizaciones: al servicio del mundo en conjunto. En este empo de globalización, África, por la fuerza de sus Iglesias, está llamada a comprometerse en el cumplimiento de esta reorientación global de su propio destino. Eso, con el objetivo de desarrollar un principio de radical responsabilidad respecto a las exigencias de las generaciones futuras de todos los pueblos y de todas las civilizaciones. Estas generaciones para las que nuestro Cristianismo deberá ser, como diría el Padre Paul Valadier, un Cristianismo de futuro, portador de inmensas esperanzas de plenitud de vida.
Lo que acabamos de decir significa no solo una sacudida eclesiológia que exige una nueva idea de la misión y de la evangelización, sino una verdadera ruptura epistemológica que compromete a las Iglesias de África en el espíritu de invención, de innovaciones pastorales, teológicas y misioneras.
La sacudida eclesiológica
Cuando una Iglesia toma conciencia de que está llamada no tanto a inclinarse sobre sí misma sino a estar al servicio de los otros, se opera en ella un cambio radical. Se aprehende no solo como heredera de una tradición que le da vida, sino también como fuente de iniciativas, de invenciones y de nuevas propuestas destinadas a enriquecer a los demás. De heredera, se vuelve innovadora. Rema mar adentro (Lc 5,4) y se abre al viento del Espíritu de Dios.
Rompe las amarras en ese momento y se separa de todo lo que, en su herencia, pierde vigor o se reseca. Renueva sus sistemas de conocimiento de las escrituras, para que estas sean una fuente de renovación del estar juntos y del actuar comunitario. Habla aquí y ahora para que resuene en este momento la utopía y la exigencia de Dios con la humanidad. Sin conformarse con el mundo, renueva la inteligencia que tiene de los problemas y de las realidades a fin de anunciar una nueva era: la de la confianza de Dios en el ser humano y la de las búsquedas humanas orientadas hacia el encuentro con el Dios Vivo.
En la situación actual de África necesitamos una ruptura de este tamaño, para ponernos al servicio del mundo, según perspectivas que nos posibiliten la escucha del futuro y de la fecundidad de lo que creemos que son oportunidades ofrecidas por Dios a nuestro continente.
Todos los que reflexionan sobre el destino del Cristianismo en África sienten la necesidad de un nuevo dinamismo; la necesidad de una renovación del pensamiento y de las herramientas conceptuales para comprender el mundo en el que las Iglesias africanas viven; la exigencia de un espíritu de creatividad que haga de la innovación pastoral el fermento de un nuevo enfoque en la evangelización de África y del mundo.11 En este campo, las Iglesias africanas sufren un profundo déficit en la visión de ellas mismas como fuerza de transformación social y de invención de una nueva sociedad mundial.
Déficit teológico — Tanto los teólogos como los cristianos de base hasta hoy no han tomado como objeto de su reflexión la exigencia de renovar su enfoque evangelizador por el camino de una búsqueda creadora que innove su inteligencia de la fe y de la realidad en función de las inmensas esperanzas de África y de la sociedad mundial, de las grandes preocupaciones éticas, políticas y económicas de la humanidad entera. Se administra una herencia, no se la enriquece. Hombres y mujeres habitados por nuevas búsquedas y por nuevas expectativas dejan las Iglesias establecidas y se van a buscar en otra parte, en nuevas comunidades, razones para vivir y para esperar.
Déficit espiritual — Parece que no se ha hecho nada por crear nuevas mentalidades, de forma que la vida espiritual sea vivida como el humus de una total renovación personal y como una re-dinamización de la Iglesia como pueblo de Dios.
Mucha gente sedienta de profunda espiritualidad se va hacia otros horizontes religiosos, para huir de la indigencia que sufren sus Iglesias de origen.
Déficit moral — Hay tal desfase entre los principios y las prácticas es difícil esperar que el Cristianismo tradicional, como lo vivimos, sea fuerza para inventar un futuro diferente de la crisis actual. Muchos de lo que se alejan de la Iglesia alegan la decrepitud moral de sus pastores así como la indiferencia general por parte de los responsables de las Iglesias a los imperativos éticos del Evangelio en la situación concreta de la sociedad y del mundo.
Déficit de imaginación — Pareciera que no se hace nada para que la facultad de imaginar otra cosa diferente a la recibida pueda desarrollarse y pueda encontrar en las comunidades un camino de realización plena. Da la sensación de que la energía innovadora es, cada vez más, monopolio de los nuevos movimientos religiosos que pululan y se imponen por doquier en los países africanos.
Déficit de marcos referenciales — Las grandes estructuras tradicionales que han servido de marco de formación para los jóvenes y para los responsables de los grupos de acción cristiana, no han sido repensados. Ya no ofrecen una gran esperanza. "Los jóvenes buscan su esperanza fuera", dijo un alto responsible de la acción cristiana del Camerún. Tiene razón.
Déficit de organización — Los problemas de pobreza y de miseria que paralizan a numerosas Iglesias, son los signos de una ausencia evidente de espíritu de organización en un continente cargado de immensas posibilidades de prosperidad, de bienestar y de dicha. Frente a los desafíos socioeconómicos, muchas Iglesias establecidas dan la impresión que les falta dinamismo, que ya no proponen nada consistente a hombres y mujeres totalmente desorientados.
Déficit de utopía — Las Iglesias han dejado de provocar sueños y de imaginar realidades por las que hoy merezca la pena creer en Dios. Pues, donde no hay sueños, la esperanza perece. Exactamente como cuando la sal se vuelve sosa o cuando una lámpara está colocada bajo el celemín, según la famosa imagen utilizada por Cristo.
Innovación e inventiva — No solo se trata de analizar los déficits, sino de pensar en una nueva relación con el evangelio, con la tradición cristiana, con el presente de África y de pensar en el futuro que los africanos deben inventar en el ámbito de su vida a escala planetaria. En la base de una comprensión profunda de las exigencias de la misión cristiana, se trata también de abrir el camino a nuevos enfoques en los problemas de los métodos de evangelizar:
- Asegurar una "reanimación" espiritual de las comunidades cristianas en la comprensión de sí mismas como fuerzas transformadoras de la sociedad.
- Organizar estrategias de acción innovadora que den al Cristianismo la imagen de energía de vida y de ilusión, en constante búsqueda de soluciones a los planteamientos esenciales de la vida.
Cambiar de orientación en el enfoque de la misión exige: pasar de una teología repetitiva y desfasada a una teología de la inventiva y de la innovación.
Las Iglesias de Africa si quieren desarrollar un Cristianismo fecundo al servicio de la humanidad y de las generaciones futuras, tienen el deber de promover esta nueva orientación en su reflexión y en su acción. Están Ilamadas a vencer los déficits que padecen, a fin de proponer al mundo y preparar a las generaciones futuras un proyecto de vida animado por el Evangelio como energía de solidaridad planetaria, como aliento de una globalización espiritual al servicio de la felicidad de la humanidad entera.

Esta es la utopía cristiana de África en la que creemos con todas nuestras fuerzas.

 

Notas

1. Leer, a este propósito, mi libro: Kä Mana 2001.
2. Les remito al libro: Kä Mana (dir) 2001).
3. Leer a propósito Bediako 2000.
4. Ver mi libro: Kä Mana 2000. Conviene señalar, sobre esta problemática de la evangelización, el libro profundo, documentado y muy útil del Padre Alphonse Quenum 1999. En el libro de Jean Paul Messima (1999) se abren sugestivas perspectivas.
5. Leer a propósito Axelle Kabou 1991; Daniel Etounga-Manguelle 1991; Robert Gbegnonvi 1994.
6. Aquí les remito al libro inquietante y profundamente militante de Fabian Ewane 2000.

7. Sobre este punto de vista doy unas indicaciones útiles en l'Afrique de la Mondialisation, obra en la que el problema de la revolución de los saberes en África está en el fondo de mis preocupaciones.
8. Para una visión global de la globalización bajo el mandado de la ideología ultraliberal, se leerá con interés Ignacio Ramonet 2000; Jean-Claude Guillegaud 2000.
9. Leer la obra colectiva: Kä Mana 2002.

10. En su libro l'Afrique brüle (1997), el pensador congoleño Henri Pemot abre interesantes perspectivas para una búsqueda ética fundada en una firme voluntad de re-arraigamiento de los Africanos en sus fuerzas y sus visiones tradicionales del mundo. Mi reflexión se inspira en estas perspectivas de que la fe cristiana puede enriquecer con su savia humanizadora, de la que Jesucristo es la fuente.

11. Las Actas del Coloquio sobre "les nouveaux appels de la mission en Afrique" publicadas por el Instituto de Teología Eugene de Mazenod en Kinshsa, en 1994, están llenas de indicaciones que van en el sentido de la reflexión desarrollada aquí.

Bibliografía

Bediako, Kwame (2000) Jésus en Afrique, l'Évangile chrétien dans l'histoire et l'éxpérience africaines, Yaoundé-Accra.
Etounga-Manguelle, Daniel (1991) l'Afrique a-t-elle besoin d'un programme d'ajustement culturel?, Paris (Nouvelles du Sud).
Ewane, Fabian (2000) Défi aux Africains du llléme millénaire, Yaoundé (Editions CLE).

Gbegnonvi, Robert (1994) Pourquoi l'Afrique noire ne peut pas se développer, en Forum de la semaine (7-13; 14-20 septembre 1994).

Guillegaud, Jean-Claude (2000) La refondation du monde, Paris (Seuil).

Kä Mana (2000) La nouvelle évangélisation en Afrique, Paris (Karthala).
Kä Mana (2001) l'Afrique de la mondialisatión. Former de nouvelles forces sociales africaines pour relever le defi de l'ordre mondial, Ottawa (Éditions Malaika).
Kä Mana (2002) Théologie du bonheur partagé. Une réponse de l'Église africaine au défi de la mondialisation, Yaoundé (Sherpa).
Kä Mana (dir.) (2001) l'Eglise Africaine face aux défis de I'ávenir, Éditions Sherpa.

Kabou, Axelle (1991) Et si I'Afrique refusait le développement ? Paris (l'Harmattan)

Messima, Jean Paul (1999) Christianisme et quête didentité en Afrique, Yaoundé (Editions CLE).

Passet, René (2000) Illlusion néo-libérale, Paris.
Pemot, Henri (1997) I'Afrique brûle, Ed. Tanawa Convergence y Silex du Sud.
Quenum, Alphonse (1999) Evangéliser. Hier, aujourd hui, Abidjan (Editions ICAO).
Ramonet, Ignacio (1997) ,Géopolitique du Chaos, Paris (Galilée).

Ref.: Spiritus, año 43/1, n. 166, marzo de 2002 (Traducción: Ascensión González).