Pbro. Eleazar
López Hernández - Centro nacional
de ayuda a misiones indígenas, México 2004 -
La experiencia
teologal indígena, Aporte a
las Iglesias
(abstrat)
Introducción
Los
pueblos indígenas de las
Américas son en estas tierras la humanidad más antigua
y, por ello, la más sabia. Su largo proceso de humanización
construyendo culturas y civilizaciones milenarias siempre estuvo
marcada por la búsqueda sincera de Dios y sus mandatos. Son
pueblos que han forjado espiritualidades y expresiones religiosas
muy profundas y a las que la imposición de esquemas venidos
de fuera les cortó la posibilidad de proseguir libre y dignamente
sus procesos particulares de vida.
Los
llamados “indios” del
continente americano tenemos una larga experiencia al respecto. En
los últimos 500 años nuestra identidad/alteridad cultural
y religiosa ha sido negada y pisoteada por reiteradas campañas
misioneras y propuestas misionológicas que, por principio,
negaban la diversidad y los derechos religiosos de los paganos que había que conquistar para Cristo.
Hoy,
por fortuna, tales planteamientos están siendo revisados y se intentan nuevas modalidades de
misión en las iglesias cristianas gracias a la presión
de los mismos pueblos indígenas que exigen respeto y valoración
de sus identidades particulares al mismo tiempo que el derecho de
construir, en comunión de fe, las iglesias particulares autóctonas
enraizadas profundamente en su experiencia histórica, cultural
y espiritual propia.
Lugar de
los indígenas en las iglesias y en el mundo
Hasta
hace muy poco tiempo a los pueblos originarios llamados “indios” en el continente americano,
se nos miraba, en la Iglesia, sólo como receptores de las
migajas que caían de la mesa de quienes degustaban los supuestos
bienes y valores de la sociedad envolvente. A los indígenas
o población nativa no se nos permitía ponernos en la
mesa de los hijos e invitados en igualdad de condiciones con los
demás comensales; éramos únicamente objeto de
la acción de otros, que pensaban y actuaban supuestamente
a favor de nosotros.
Hoy
ese esquema está siendo
superado por la irrupción, a veces violenta, de los indígenas
en la sociedad y en la Iglesia; y también
por el cambio de actitud que se ha ido logrando en muchos pastores
de nuestras iglesias particulares, en l@s teólog@s y dirigentes
de diversos institutos religiosos. Muy rápidamente la voz
indígena va ganando espacio y reconocimiento institucional,
a pesar de su alteridad que a menudo raspa, cuestiona e interpela.
Muy rápidamente los indígenas pasamos de ser objetos
a ser sujetos protagonistas de nuestro destino dentro de las sociedades
nacionales y de las iglesias cristianas. A golpe de confrontaciones
alcanzamos muy pronto en la Iglesia la mayoría de edad que
muchos nos habían negado.
En
múltiples encuentros y diálogos
con los dirigentes de nuestras iglesias nos hemos abocado a mostrar,
más que demostrar, las razones de la sabiduría teologal
y teológica de nuestros pueblos; es lo que se ha llamado Teología
india en América latina. Muchos obstáculos y barreras
se interponen en el camino: algunos son producto de voluntades cerradas
a las alteridades y diferencias humanas, otros forman parte del bagaje
cultural y sistémico en que se ha desarrollado el cristianismo
durante estos dos milenios. Los resultados de este diálogo
están aún por consolidarse.
Nueva presencia
indígena
Podemos
afirmar hoy que la nueva presencia indígena en las iglesias es una interpelación profética
al modo en que ellas viven el evangelio de nuestro Señor Jesucristo
y plantea a todos la necesidad de una renovación profunda
de las estructuras eclesiales de vida, misión, formación
y ejercicio de los ministerios. Es cierto que las iglesias se esmeran
en plantear formas nuevas de vida y acción misionera con términos
como ”nueva evangelización”, “inculturación
del evangelio”, “diálogo interreligioso”;
mas la práctica de estas ideas dista mucho de corresponder
a los ideales planteados. En América latina la inculturación
la entendemos como propuesta eclesial de diálogo intercultural
e interreligioso, donde se ofrendan bienes espirituales para enriquecimiento
mutuo, y se construyen futuros dignos para todos; donde se puede
ser cristiano sin dejar de ser indígena. Por eso la inculturación
tiene que hacerse a partir de lo mejor de la búsqueda humana
que las culturas portan, y que son el Verbo de Dios sembrado en ellas
(logoi spermatikoi = “semillas del Verbo”).
Cambios de
actitud en las iglesias
Podemos
decir que fundamentalmente ha cambiado la percepción que la institución eclesiástica
tiene del mundo religioso indígena. Hay ahora en la Iglesia
un mayor aprecio por las manifestaciones de la religiosidad popular,
mirándolas como “semillas del Verbo”. Las respuestas
que se dan en la pastoral indígena ya no son ocasionales o
puramente individuales, sino institucionales y más permanentes;
en ellas los indígena cada vez somos tomados en cuenta como
protagonistas y no sólo como beneficiarios.
La
Iglesia católica ha avanzado
mucho en la inculturación sobre todo a nivel de documentos;
pero la práctica camina muy despacio. Desde la propuesta de inculturación la
institución eclesiástica va construyendo, con muchas
dificultades la parte del puente que le corresponde; en tanto que
los indígenas cristianos vamos acelerando la edificación
de la otra parte del puente desde la teología india y desde
los ministerios autóctonos.
Por
toda la geografía de América
latina hay loables experiencias de formación inculturada que
se van abriendo camino en medio de no pocas contrariedades. El Celam
ha abierto espacios de intercambio de estas experiencias; las Conferencias
episcopales de cada país han hecho lo propio, a través
de sus comisiones episcopales dedicadas a la pastoral indígena.
Pero los frutos son todavía pocos o no han madurado lo suficiente
como para constituirse en norma estable. Hace falta mantener el ritmo
del camino para llegar sanos y salvos a la otra rivera de los pueblos
indios.
Históricamente el encuentro
de los indígenas con la Iglesia no siempre se ha caracterizado
por el respeto a nuestra identidad. Para los indígenas no
ha habido un lugar digno dentro de las estructuras eclesiales. Los
convertidos al cristianismo hemos tenido que renunciar a nuestra
identidad o a ocultarla debajo de muchas máscaras para poder
ser aceptados. Los sacerdotes, pastores y religiosas indígenas
hemos sido los más afectados por esta especie de esquizofrenia
provocada por una mala formación recibida de conventos y seminarios. Pero en la Iglesia latinoamericana poco a poco empieza a ser realidad,
a nivel institucional, la reconciliación eclesiástica
con los pueblos originarios de América, que antes era sólo
acción profética de algunos miembros de la Iglesia.
Para los
indígenas Dios es Corazón del Cielo y Corazón
de la tierra
El
aporte mayor de los indígenas
a las iglesias y a la sociedad envolvente es la centralidad de Dios
que rige en nuestra vida, desde antes de la primera evangelización,
y que es el fundamento de todo lo demás. En las cosas de Dios
los indios, decían los misioneros de entonces, son ejemplo
de entrega y fervor; y en ello los mejores novicios de los conventos
no les llegan ni al talón.
Pero
no sólo en el campo religioso
los indios somos ejemplo a seguir. También en la conciencia
y vivencia ecológica más radical, en el valor prioritario
de lo humano, en la economía solidaria y en la vida comunitaria.
El proyecto de vida de los pueblos indígenas es la sabiduría
milenaria probada que puede contribuir para diseñar alternativas
de vida más digna para todos en el futuro.
Algunas conclusiones
misionológicas
La
irrupción actual de la espiritualidad
indígena y de las teologías indias es un llamado de
vida para todos pero especialmente para las iglesias, que encontrarán,
en la búsqueda indígena de Dios, razones para rejuvenecerse
y para seguir luchando por el Reino de Dios, que también nuestros
pueblos anhelan profundamente a través de sus mitos y utopías.
Iglesias y pueblos indígenas podemos unir esfuerzos y energías
espirituales, que vienen de muy antiguo, para volver a dinamizar
la vida y encontrar salidas humanas y cristianas a las crisis que
se abaten sobre el mundo.
Actualmente
la población indígena
de las Américas se ha puesto de píe para reclamar derechos
que, por siglos, la sociedad envolvente nos ha negado. La autonomía,
en cuanto derecho a ser reconocidos libres y adultos en todos los
niveles de la vida, es la exigencia fundamental de la lucha indígena
de América latina que interpela por igual a las iglesias y
a los gobiernos.
En
este nuevo contexto hay quienes piensan que las iglesias no tienen
nada que hacer o que el mejor servicio que podrían prestar en adelante sería renunciar
a su tarea evangelizadora y dejar en paz a las comunidades indígenas
para que ellas vivan libremente sus opciones religiosas. Y la razón
es porque en el pasado las iglesias unieron la misión de anunciar
el Evangelio con la tarea mundana de implantar la cristiandad europea
como una determinada estructura económica, política
y cultural, los misioneros a menudo confundieron la cruz con la espada,
la evangelización con la conquista, a Dios con el oro de las
indias. De ahí vinieron los atropellos a la dignidad humana,
por los que ahora la Iglesia se lamenta y pide perdón por
los daños causados a los pueblos que fueron víctimas
de tales atropellos.
Sin
embargo, no por esos errores del pasado, la Iglesia debe renunciar
a su misión y a su auténtica
tarea evangelizadora. Ella existe para la misión y para el
reino de Dios. Los pueblos indígenas saben discernir, respecto
a ella, lo que ha sido trigo de lo que ha sido cizaña. Por
eso seguimos esperando de ella la palabra que anuncie con autoridad
el reino de Dios, la acción que instaure ese reino en medio
de nosotros, y los milagros y señales que muestren que ella
es germen y sacramento del reino.
Como
lo entendieron los misioneros santos y profetas de la primera evangelización, la Iglesia
de hoy puede encontrar en los indígenas la oportunidad de
una evangelización en serio para el conjunto de la sociedad.
Los indígenas, por nuestra riqueza humana y espiritual, lo
ha dicho el Papa en Yucatán, México, en 1993, seguimos
siendo la “luz del mundo”, la “sal de la tierra”;
y por eso podemos ser los nuevos evangelizadores del mundo. Con los
pueblos indígenas de América y del mundo la Iglesia
puede establecer una alianza estratégica para la evangelización
del mundo.
Este
el verdadero cambio histórico
que se avecina en la misionología cristiana: dejar que el
Evangelio de Jesús vuelva a Nazarét, a Galilea, a la
periferia del mundo y desde ahí regrese cargado con los dones
y la energía espiritual de los pobres para ser fuerza renovadora
del mundo y de la humanidad. La misionología desde los centros
de poder ha llegado a su fin; es la hora de los pequeños,
de quienes no tienen ni oro ni plata, pero poseen el mayor poder
que viene del Espíritu y de la fe en la resurrección
del Hijo del hombre.
Movidos
por este optimismo, los miembros no indígenas de la Iglesia de hoy están en condiciones
de entender que, en las cosas de Dios, los indígenas no somos
un problema, sino solución a los problemas. La experiencia
de Dios que tenemos los indígenas puede ser acicate y ejemplo
a seguir para los demás miembros de la Iglesia. Ese es el
sentido de la reciente canonización del indio San Juan Diego
Cuauhtlatoatzin. También los indígenas podemos enseñar
a los demás el camino hacia Dios.
En
adelante la Iglesia no puede ir al mundo indígena sólo para evangelizarlo sino también
para ser evangelizada por él; no va sólo para aportar
a los indígenas las riquezas espirituales de las que ella
se siente depositaria; va también para recibir de ellos la
riqueza de dones que Dios les ha prodigado. La misión entonces
se hace intercambio de dones para enriquecimiento mutuo. La Iglesia
es depositaria de una Palabra revelada; pero sabe también
que Dios se ha adelantado a la acción evangelizadora de la
Iglesia, sembrando su presencia en todas las culturas del mundo.
En consecuencia, la Iglesia, cuando evangeliza, no niega ni destruye,
sino que reconoce, acoge y sirve a esta acción antecedente
del Espíritu. Es lo que se ha denominado “misión-inculturación”,
es decir, acción de plantar el evangelio en el corazón
de las culturas, al mismo tiempo que meter en la Iglesia a los pueblos
con sus culturas.
La
conversión que resulta de
la evangelización inculturada no significa ruptura con el
pasado y con la cultura propia, sino plenificación en Cristo.
Fruto de la evangelización es que los pueblos se vean liberados
del pecado y que sus proyectos de vida sean realizados. Con la evangelización
Dios consolida la identidad más profunda de los pueblos, coronando
la obra en ellos comenzada por el Espíritu.
Por
eso en actitud y en diálogo
respetuoso y fraterno los misioneros de hoy nos hemos de acercar
a los pueblos indígenas del mundo para testimoniar con la
vida el Evangelio en que creemos, para acoger y servir con nuestros
dones la pluriforme presencia de Dios en toda realidad humana, a
fin de que todos los pueblos lleguemos a la plenitud humana y divina
en Cristo.
Réf.:
Enviado por el autor. Agosto 2004.