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Leonel
Narvaez Gomez, IMC A
los 22 años, Teresa sufrió el enorme dolor de perder su único hijo
de 3 años. Una noche, en una oscura calle de su pueblo, un desconocido
que la pretendía y que ella de tajo rechazaba, le propino dos tiros
de pistola a su hijo y lo mató. Antonio, el asesino, fue
capturado y posteriormente, fue condenado a 18 años de cárcel. Después de un año de llorar desconsoladamente,
Teresa quiso ir de incógnito a la cárcel con algunas amigas a conocer
a quien le había matado a su hijo. Le atormentaba el deseo de saber
quien era esa bestia que le había causado tan profunda pena. Aquel
mismo día, descubrió que Antonio había sido un niño violentado inicialmente
por su mismo padre, dejado luego por su madre con los
abuelos ancianos y finalmente
abandonado a su suerte en las calles. La historia corta es que Teresa,
conmovida por la historia trágica de Antonio, lo siguió visitando
regularmente en la cárcel. Hoy en día, están casados y tienen tres
hijos. Tuve la fortuna de vivir 10 años, en la tribus Oromo
del norte del Kenya y Etiopia, en donde la palabra paz es una idea arquetipo de acepciones profundas. Nagayat (paz) es la palabra
que ha definido desde hace muchos siglos, todos los actos de su vida
cotidiana. Paz es todo. Cada 7 años celebran el jubileo y cada 7 veces
7 (cada 50 años), celebran el Gran Jubileo. Una de las expresiones
sobresalientes de esta fiesta, es la celebración del perdón y de la
reconciliación. Ya en las culturas más antiguos, existía la cultura
de la reconciliación. En todos estos ambientes, llegué a conclusiones muy importantes: que las técnicas de resolución
de conflictos, por buenas que sean, no bastan para resolver los conflictos,
que las rabias, los odios y los deseos de venganza subyacen ocultos
a los conflictos, que esas rabias no son solo individuales sino sobretodo
colectivas, que sabemos muy poco sobre la teoría y menos sobre la
práctica de los mismo y que sin resolver esas rabias y deseos de venganza,
todo proceso de resolución de conflictos está avocado a fallar. En Colombia, de donde provengo, tenemos una violencia
arrastrada por más de 40 años.
Contemporáneamente, decenas de conflictos en muchas otras partes del
mundo, siguen escalando violencia tras violencia. Será que los humanos tenemos solamente genes para la guerra?
Será que una ceguera colectiva nos infectó a todos los humanos
y nos ha forzado a entrenarnos constantemente para la guerra? Este monopolio del perdón,
fue reforzado con los temas del pecado y del infierno. Así, por siglos, se ha reducido torpemente
el tema de la justicia al mero castigo. La misericordia y la ternura
de Dios pasó a un segundo lugar y se subrayó más bien, la autoridad
y la ley. En el caso de Colombia,
ya hemos comprendido que no basta el acuerdo político entre las elites
en conflicto para lograr la paz. La paz queda muy frágil y fugaz sino
logra transformar los odios y rencores que subyacen en las bases sociales,
y que son la fuente generadora de más y peores conflictos. Es ya teoría aceptada que
el capital social precede al capital económico. Parte fundamental
del capital social es precisamente la cultura del Perdón y de la reconciliación. Por eso que no es exagerado decir que un pobre con rabia es doblemente pobre. Las cifras consolidadas
de la violencia criminal en el año 2000, elaborados por la Organización
Mundial de la Salud, trae cifras espantosas: de 1.659.000 muertes
violentas, 520.000 son homicidios. Pero más trágico todavía, 810.000
son causadas por el suicidio. El conflicto bélico ha producido comparativamente
mucho menos: solamente 310.000 muertos. Como fácilmente se puede aceptar,
son los países con más bajos ingresos los que poseen los niveles más
altos de violencia. LA OMS concluye que el factor más paralizante
del desarrollo y el desafío más grande de los sectores sociales y psicología de la salud, es la violencia y
entre ellas la violencia societaria. Mientras que la violencia
organizada en Colombia solamente produce el 18 por ciento de la
criminalidad y se le gastan 95% por ciento de los recursos, la
violencia societaria produce más del 80 por ciento del a criminalidad.
Entre los jóvenes de Colombia, el
18% de ellos ha dado muerte a alguien, 60% de los jóvenes ha visto
matar, el 68% ha visto cadáveres, 25% ha visto secuestrar, el 16%
ha participado en secuestros y el
40% de los jóvenes de 15 a 18 años están en grupos subversivos.
La franja etárea de los 15 a los 35 años, son las franjas de población
más victimizadas por la violencia.
Las fuentes de la violencia
societaria tiene ya orígenes bastante definidos: primero la violencia
intrafamiliar, segunda la venganza o ajuste de cuentas, tercero, las
riñas y discusiones, y finalmente, la intolerancia social. Con frecuencia se cree que
la causa central de la violencia intrafamiliar sea la pobreza
o el alcoholismo. Para el caso de Bogota, la causa principal es la
falta de comunicación (67%). Dentro de la vida religiosa tales indicadores
coincidencialmente parecen ser los mismos: los religiosos manejamos
todavía serias dificultades en el manejo de la comunicación. Como expresión contrapuesta
a todo ello, aparece el terrorismo.
El terrorismo ha desarrollado su habilidad para inspirar el odio y
cultivarlo a través de lo que los expertos llaman el cognitive
rehearsal (entrenamiento cognitivo o sea la capacidad de devolver
el cassette continuamente, llenarse de rabia ante la ofensa recibida e ingeniarse formas refinadas de venganza).
Se han logrado identificar
tres de las causas más inmediatas
de la violencia. Primero: no sabemos controlar la rabia. La
rabia es de hecho, una de las emociones más primitivas que tenemos
los humanos. Una palabra, un gesto o una acción de rabia puede tener
repercusiones serias en la relación de personas o grupos humanos.
Segundo: no conocemos alternativas para resolver los conflictos más
que la acción violenta. Hemos aprendido que para resolver los diferencias,
el único camino es la violencia. Sacamos así lo peor de nosotros mismos.
La cultura de la compasión, de la ternura, de la benevolencia es ciertamente
escasa... incluso entre nosotros los religiosos. Tercero: en lugar
de mediadores nosotros tenemos aguzadores, es decir gente que ha acostumbrado
a echarle leña al fuego. La falta de instancias de mediación en nuestras vidas y
ambientes, son cada vez más sentidas también porque vivimos en medio de una cultura donde nosotros estamos mediados
por un ideal guerrero de triunfo (el deporte es un buen ejemplo de
ello) que de algún modo nos incita interiormente a la violencia. Me parece esencial, antes
que nada, que nosotros como religiosos
asumamos aquella bienaventuranza de Jesús que nos invita a
ser misericordiosos como Dios es misericordioso. El Papa Juan Pablo
II decía recientemente que los religiosos y religiosas
manifiestan con su carisma peculiar, el rostro misericordioso de
Dios y el corazón materno de la iglesia. Cuando las personas nos
ven a nosotros, nuestras actitudes les deben ayudar a ver al Dios
del amor, de la bondad y de la ternura. Tal vez nada sea tan esencial
al apostolado y a al misma evangelización como este concepto del amor
infinito de Dios. Hablar de Perdón y reconciliación
exige un cambio de paradigmas: contra la irracionalidad de la violencia
nosotros proponemos la irracionalidad del Perdón, contra la locura
de la guerra, la sabiduría de la reconciliación. Más aún, no basta
hablar del Perdón. El impacto y la transformación se logra solamente
cuando las victimas actúan el ejercicio en sus propias vidas. El Perdón
no es un ejercicio racional solamente. El Perdón es un ejercicio de
alta dimensión emocional, comportamental y espiritual. Reconociendo la discusión
teórica que existe acerca del tema, es necesario distinguir la diferencia
entre Perdón y reconciliación. El
Perdón es un ejercicio que yo hago conmigo mismo. Es el ejercicio
de sacarme el veneno de la rabia y del rencor que yo tiendo a reciclar
por dentro y que tiene consecuencias negativas en todo mi ser. La
reconciliación en cambio, es el camino hacia mi ofensor. Mientras
el Perdón es ejercicio terapéutico, la reconciliación es un ejercicio
social. Puede haber Perdón sin reconciliación pero no puede haber
reconciliación sin Perdón. En algunos casos, la reconciliación no
es posible o no es aconsejable. Sin embargo, el ejercicio del Perdón
es en si mismo, ya el 90% por ciento del camino hacia la reconciliación.
Cuando persona que ha sido
victima o victimario de alguna ofensa, grande o pequeña,
normalmente hiere los 3 pilares más importantes de la existencia
humana: el significado de vida, la seguridad y la socialización. La gran tarea del animador de las ESPERE,
es colaborarle a las personas para recuperar la integridad de esos
tres pilares. Segundo, es necesario ayudarle
a las personas a contar la historia de lo que les sucedió.
Contar y hacer memoria es un ejercicio de alto valor sanador. No sin razón, los católicos cuando celebramos
la Eucaristía, hacemos memoria todos los días de un crimen, pero mirándolo
con ojos nuevos. La cruz y
la muerte de Cristo, no obstante toda su crueldad, se convierten en
actos poderosos de salvación. Tercero, a través de este
proceso, las victimas gradualmente se resocializan y recobran la capacidad de relacionarse adecuadamente
con los demás, incluso a futuro con sus propios ofensores. Al iniciar los 10 módulos
o etapas, la persona participante escogen un sujeto de perdón
y reconciliación que les servirá como entrenamiento concreto
durante todo el curso. Los participantes entienden entonces que el
Perdón y la reconciliación exige práctica y por lo mismo, esfuerzos
muy concretos. El tercer módulo es elaboramos
un pacto. Uno de los elementos claves dentro de la espiritualidad
testamentaria es la alianza, el pacto. Los pactos se convierten en
la expresión más profunda de los nexos que
unen a los humanos entre si
y con Dios que se hace testigo de esos acuerdos. Los pactos tienen básicamente
tres grados. El pacto más bajo es el pacto de co-existencia.
Es el perro y el gato que conviven en la misma casa y deciden de respetarse
y no ofenderse. Aquí estamos a nivel de simple natura. Un pacto de grado más alto
es el pacto de convivencia. Las personas elaboran ya un proyecto
mínimo de vida para llevarlo a cabo conjuntamente. Aquí estamos a
nivel de cultura. El grado más alto es el
pacto de comunión o comunidad. Aquí estamos en el nivel más
alto de espiritualidad. Con sobrada razón, se puede
afirmar que ciertos estilos de vida religiosa en los conventos se
queda a nivel de simple co-existencia cuando no de la más fría indiferencia. Son realidades
que reclaman a gritos, cambios radicales, en cuanto que se convierten
en anti-testimonios del evangelio de Jesús. El cuarto y el quinto módulo
desarrollan los temas de la reparación y de la celebración de la memoria
y vida nueva. Es verdad que en muchos
casos será imposible reparar suficientemente ciertas atrocidades.
Ni en Sud Africa, ni en Alemania, ni en Rwanda, ni en ningún lugar.
Es por eso, que es necesario trascender lo que es la reparación simplemente
material para inventar formas de reparación simbólicas pero igualmente
compensadoras. Es igualmente importante
comenzar a fortalecer la cultura de la reparación vicaria.
Los participantes a las Escuelas de Perdón y reconciliación en algunos
Barrios en Bogota han comenzado a
establecer la práctica de celebraciones de memoria y reparación
por medio de reuniones de la comunidad en donde le permiten a las
victimas de algún infortunio o violencia contar la historia, facilitar
el reconocimiento de su dolor y recibir simbólicamente algún gesto
de reparación por parte de una de la comunidad. Segundo, el eje central
de la propuesta es la capacitación de animadores que se convierten
no solamente en multiplicadores de la cultura de Perdón y reconciliación
sino y sobretodo que se hacen mediadores de los conflictos y violencias que se vive en las comunidades. En
este sentido, se actúa una labor de prevención que tiene impactos
intangibles pero importantes. Tercero, se trata de una terapia
de grupo que a través de
juego de roles, de aproximaciones sucesivas, se facilita la aplicación de la sabiduría de
la gente sencilla que tiene igual o mayor efecto que el tratamiento
hecho por profesionales costosos, muchas veces inasequibles a las
comunidades pobres. Cuarto, se aplica una estrategia
de multiplicación por células. Finalmente, es una propuesta
no solamente de heroicidad sino también una propuesta de alta política
y del mas refinado trabajo social. Dentro de las ESPERE se
le da mucha importancia al rito, al símbolo, a la ceremonia. Se busca
de recuperar positivamente toda aquella cultura acumulada en las cortes
de justicia en donde se usan símbolos y ritos (el martillo, la peluca
del juez, la toga, el ambiente sagrado)
para darle solemnidad a este nuevo tipo de justicia restaurativa
y a este poderoso paradigma de la compasión y de la ternura. Los gestos
y ritos ayudan así a hacer visible, solemne y simbólica el acto heroico
del Perdón y de la reconciliación pero sobretodo, ayudan a que las
víctimas, con frecuencia agobiadas por el caos infligido por una violencia,
recuperen el sentido de orden y armonía de las cosas.
Se adelanta además investigación
sobre el papel de la rabia en los conflictos, sobre el criterio moral
punitivo y sobre la justicia consuetudinaria. Se lleva un riguroso
inventario sobre el tipo de agresiones, los grupos de edad, los efectos
en la salud. Finalmente, se va perfeccionando poco a poco, una escala
de medición del perdón y de la reconciliación.
Estos 10 módulos han sido diseñados
con la intención precisa de popularizar el ejercicio y facilitar la
replicabilidad de los mismos. El tema fundamental que atraviesa toda
esta metodología es el ejercicio de la compasión y de la ternura. Al terminar el curso, las personas deberán parecerse
cada vez más a ese Dios, Padre y Madre de todos, cuya misericordia
y bondad no tienen fin.
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Conferencia dictada en Roma
en ocasión del SEDOS Seminar on Strategies
for Building Reconciliation in Environments of Violence, Abril,
2004. El autor, es Misionero de la Consolata, sociólogo de la Universidad
de Cambridge y de la Universidad de Harvard.
Para mayores informes, visitar: www.fundacionparalareconciliacion.org o escribir a: leonel@fundacionparalareconciliacion.org |