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Carmelo
Dotolo Podría parecer
retórica la pregunta sobre el por qué de la teología y sobre su identidad,
ya que es un dato adquirido el dato de que su estatuto está determinado
por la relación entre la novedad de la revelación y la inteligencia
de la fe. Y sin embargo, la cuestión revela la necesidad de mantener
constantemente en equilibrio esa “triple configuración”
[i]
de la
idea fundamental de teología, que coloca en el origen de su conformación
y de su definición el anuncio. Y esto, sobre todo en relación
con el riesgo de una temida implosión de la identidad teológica
[ii]
, solicitada
y, probablemente, causada por el encuentro con otros saberes que individualizan
y tematizan hermenéuticas diferentes de la historia y del mundo. Esto,
por sí mismo, no es nuevo en la historia de la filosofía sino por
el hecho de que la creciente complejidad sociocultural con sus efectos
de multiplicación de los sistemas interpretativos, supone la exigencia
de una adecuación constante, por parte de la teología, de su pertinencia
teológica y ética, no obstante el riesgo, real o presunto, de una
fragmentación de los contenidos. Al mismo tiempo, el proceso de autonomía
de los diferentes campos culturales y la aparición de una extraña
amnesia cultural de la fe, piden a la teología una cierta capacidad
“para gestionar la complejidad”
[iii]
, fuera
de la cual la contribución que la reflexión teológica puede ofrecer
a la investigación podría resultar carente de influencia o inadecuada
a las cuestiones de la historia. «Asume la complejidad quien no lee
la historia a partir de un esquema ideológico preconstituido, quien
se deja inquietar y provocar por los “caminos interrumpidos” del vivir
y del sufrir humano, quien acepta soportar el peso de no tener diagnósticos
ya hechos y terapias preparadas»
[iv]
. Más allá del hecho de si esto implica
o no un cambio del paradigma del trabajo y de la enseñanza teológica,
la advertencia de una reflexión del método teológico ha marcado la
investigación en los años del postconcilio, a partir de algunas intuiciones
puestas de relieve por W. Kasper, que reconocía en la quaestio
el punto de partida hermenéutico de la fides quaerens intellectum,
el punto donde se pone el problema vivo de la fe en el seno de la
historia y del mundo
[v]
. El mismo
teólogo escribía: «Precisamente a causa de una responsabilidad eclesial
y misionera, rectamente entendida, de la teología, es necesario abrir caminos
a experimentos y a riesgos»
[vi]
. Pero hay más. La percepción que surge
entre los años 60 y 80 del siglo XX de una crisis profunda de la identidad
cristiana y de la problemática de la pertenencia eclesial, expresada
sintomáticamente en la búsqueda teológico–pastoral de una relectura
del Credo y de la oportunidad de nuevas fórmulas de fe que
respondan más al camino de fe de las personas y de las comunidades
eclesiales
[vii]
,
ha puesto de manifiesto la inalienable función inculturadora de la
teología, de la pastoral y de la catequesis en relación al lugar antropológico–cultural
en el que se expresa la solicitud de sentido. Es claro, sobre todo
a partir de la sana provocación de la exhortación apostólica Evangelii
Nuntiandi, que los vínculos entre teología–evangelización–cultura
es inherente a la epistemología teológica, precisamente en la focalización
cada vez más decisiva de la hermenéutica de la revelación y de su
credibilidad para la historia. «La teología está llamada, pues, a
afrontar a nivel crítico–científico el problema de una síntesis
entre “cultura, historia y fe”, en la convicción de que un mensaje
de salvación no muestra su “eficacia universal” sino obrando a
fondo, y no sólo a nivel epidérmico, en el lugar cultural en el que
el hombre vive concreta e históricamente»
[viii]
. La intención de fondo que guía la presente
reflexión se basa en la convicción de que la formación teológica y
cultural
[ix]
no puede no estar unida a la dimensión misionera y pastoral. Más aún,
la correlación entre los dos aspectos es fundamental, en virtud, precisamente,
de lo que caracteriza el ejercicio de la reflexión teológica y de
su perspectiva formativa. Si la misionariedad de la Iglesia está al
servicio del anuncio de la Palabra para que cada hombre pueda descubrir
la belleza del llegar a ser cristiano
[x]
,
El objetivo de la formación debe estar atento a las instancias de
una pedagogía de la fe que sepa tener en cuenta la complejidad de
la historia y de la humanidad, tendiendo a la calidad de la identidad
cristiana en una concreta experiencia eclesial. Aunque de modo esquemático
y en forma de tesis, las presentes indicaciones nacen de este contexto. 1. La co–pertenencia
entre saber crítico y comunicación de la fe Partimos de un dato que recorre la
narración de la experiencia única e irrepetible contenida en el Nuevo
Testamento. En la conciencia eclesiológica neotestamentaria, la reflexión
teológica se inscribe en la exigencia de relacionar y tematizar el
kerigma y su definición dogmática
[xi]
.
Esto se deriva del hecho de que el anuncio de la novedad y de la alteridad
del Evangelio en los diferentes contextos socio–culturales ha indicado
instancia y caminos para una reflexión teológica capaz de saber «dar
razón» (1Pe 3, 15). El motivo lo encontramos en la singularidad
del acontecimiento revelador de Jesucristo y en su extraordinario
impacto en orden a la verdad de Dios y a la verdad del hombre, que
ha abierto no pocas problemáticas en la búsqueda y en la individuación
de la identidad cristiana respecto, por ejemplo, a la raíz hebraica
del mismo cristianismo. No es indiferente en la progresiva concientización
de las primeras comunidades cristianas
[xii]
,
la confrontación con lo inédito que el hecho Jesucristo significaba
en el cuadro de las aspiraciones al encuentro con la verdad de Dios.
Es aquí donde nace el proceso de evangelización que, mientras determina
una lenta pero inexorable conversión cultural, inaugura una estación
que en la dinámica misionera vuelve a definir lentamente la identidad
cristiana en contacto constante con los desafíos y las provocaciones
de las culturas y de las religiones, con sus valores simbólicos y
esenciales. Las primeras comunidades cristianas descubren, por experiencia
refleja, que la respuesta al deseo de la vida es localizable en la
novedad cristológica, en ese aún más que conduce a la necesidad
de anunciar a cada hombre el descubrimiento de la sobreabundancia
de sentido del Evangelio
[xiii]
.
La misión se sitúa, pues, en la fidelidad a Jesucristo como enviado
del Padre y a su Evangelio, y en la inserción en un contesto histórico–cultural
al servicio de un proceso formativo de la existencia cristiana. El modelo que inspira la evangelización
es la encarnación (cf. Redemptoris Missio, 5)
[xiv]
,
el acontecimiento de la kénosis, de la que la teología está
llamada a convertirse en «inteligencia» (Fides et Ratio, 93).
Dicho con otras palabras, la evangelización es inculturación del Evangelio,
cuya dimensión escatológica
[xv]
está indicando que el contenido del mensaje cristiano no se puede
reducir a simples esquemas culturales del momento histórico, sino
que va más allá, a pesar de los condicionantes históricos del anuncio.
En virtud de esta alteridad que remite a la lógica dela revelación
trinitaria en la presencia histórica de Jesús, el Evangelio no sólo
se puede articular con la cultura y las culturas, sino que introduce
instancia y valores en los procesos culturales que contribuyen a la
promoción del hombre y del mundo, incluso a través de su contenido
profético y contra–cultural. En virtud de esta alteridad que
remite a la lógica de la revelación trinitaria en la presencia histórica
de Jesús, el Evangelio no sólo puede conjugarse con la cultura y las
culturas, sino que introduce en los procesos culturales instancias
y valores que contribuyen a la promoción del hombre y del mundo por
medio de su carga profética y contro–cultural
[xvi]
.
Las consecuencias de esto es que la tarea teológica está dinámicamente
alimentada por la praxis pastoral en su contexto eclesial y por la
visión misionera que, en el encuentro con el otro cooperan a favor
de una relectura que la teología debe realizar continuamente. En este
sentido, la teología que escucha el acontecimiento de la revelación
está llamada a «volver a decir este acontecimiento al hombre
de cada tiempo, de un modo que lo interpele existencialmente y se
ofrezca como conciencia crítica de la comunidad cristiana; consiguientemente,
una teología que esté en grado de acoger el hombre y su historia como
“lugar hermenéutico” para una comprensión cada vez más plena y renovada
del acontecimiento mismo de la revelación y de su anuncio»
[xvii]
.
Una consecuencia decisiva es que saber crítico de la fe y comunicación
de la fe van intrínsecamente unidas y se influencian mutuamente. Esto
quiere decir que la dimensión misionera es constitutiva de
la reflexión teológica, y no un aspecto marginal de la misma. Teniendo en cuenta esta perspectiva,
no sorprende la convicción de que la teología (y su método)
[xviii]
está íntimamente unida a las cuestiones que provienen de la vida y
a los desafíos que la comunidad eclesial está llamada a afrontar en
su testimonio del Reino. Precisamente la instancia de la misión, como
profecía histórico–salvífica del Reino, dice que la reflexión teológica
se inscribe en el ser sacramento de la Iglesia, cuyo poder
de los signos está en la tarea de ser testigo en la lógica de la gratuidad
de una Palabra cuya diferencia cualitativa abre lo concreto de la
historia a la posibilidad del diálogo y del confronto. «Si se toma
la Iglesia en serio, la teología tendrá que convertirse, como la misma
Iglesia, en una función del Reino de Dios en el mundo. Y en esta función
del Reino de Dios, la teología interesa también los ámbitos de la
vida política, cultural, económica y ecológica de una sociedad […]
en cada uno de estos ambientes la teología del Reino de Dios es teología
pública, que participa, pues, a la res publica de la sociedad
y se implica ‘en términos críticos y proféticos’, porque la teología
ve la realidad pública en la perspectiva del Reino de Dios que viene»
[xix]
.
En otros términos, significa que la teología se encuentra siempre
en contexto, es decir, interpreta el significado del proyecto
de Dios para la historia y el mundo en el que la fe se vive y se piensa
en circunstancias determinadas.; pero también es invitada a una hermenéutica
de los contextos socio–culturales, a saber leer en el movimiento de
la búsqueda propia del hombre los signos de la trascendencia y la
necesidad ontológica de salvación que implican y hacen más vigorosa
la reflexión teológica, haciendo que venga a la luz lo no–dicho y
lo no–pensado que se encuentra en la verdad cristológica. 2. En vista
de una adecuada formación Precisamente en virtud de esta conjunción
entre reflexión teológica y dimensión misionera, es decir, de una
reciprocidad entre reflexión y anuncio que se ponga en escucha de
los signos de los tiempos, es oportuno preguntarse cuales son las
grandes provocaciones contemporáneas que piden a la teología y a la
misión de la Iglesia una capacidad extraversa
[xx]
.
Es decir: la instancia de una ampliación de la reflexión teológica
que sepa responder a las necesidades realidades de la contemporaneidad
y provocar una conversión cultural y pastoral. Son tres los desafíos
que orientan la reflexión sobre las perspectivas teológicas
[xxi]
,
y misionológicas
[xxii]
para este siglo XXI, y que requieren una lectura atenta y capaz de
respuestas educativas. En modo esquemático. Ante todo, la visión del mundo que
ha inaugurado la postmodernidad, tiempo ambiguo y abierto a
la búsqueda de nuevos caminos (cf. Conferencia Episcopal Italiana,
Comunicare il Vangelo in un mondo che cambia, 36-43), cuyas
características son: la afirmación del sujeto y el deseo de proximidad;
la vuelta de lo religioso y la búsqueda de un nuevo sentido; pero
también una mentalidad a la new age, en la que el bienestar
psíquico–físico del propio Yo ocupa el primer lugar en la clasificación
de los deseos y de las pasiones de la cultura contemporánea. No se
trata solamente de reivindicaciones egoístas, sino de propuestas de
otros mundos posibles, en los cuales liberar y dar voz a la diferencia,
en un constante cambio de modelos de vida
[xxiii]
. En segundo lugar, el impacto del fenómeno
de la globalización
[xxiv]
como narración ideológica de la contemporaneidad cultural y social
que conduce a un primer plano la cuestión de la identidad y de la
alteridad, pero también la lógica del provecho y del mercado como
criterio de interpretación antropológica y cosmológica. Es evidente
que, más allá de los aspectos positivos, el riesgo de que la globalización
se convierta en un pensamiento único e ideológicamente invulnerable
es algo más que una simple hipótesis. Las consecuencias del cambio
del escenario antropológico y ético, pero también de una reducción
de la experiencia religiosa al mercado de los intereses, ponen en
cuestión el poder crítico del cristianismo de resistencia ante formas
de asimilación que reducen la visión de la vida a una falsa idea de
libertad ilimitada, y a la convicción de que la información (el mito
de la Red), equivale a la realidad. Por último, la irrupción de la pluralidad
de las grandes religiones. Precisamente el horizonte del pluralismo
religioso es una de las cuestiones teológicas
[xxv]
más decisivas del futuro, donde se interpreta, este futuro, no como
un simple hecho, sino como principio interpretativo del designio salvífico
de Dios. El encuentro con mundos culturales y religiosos diferentes
exige de la teología la difícil tarea de pensar la multiplicidad de
las vías de Dios en relación con la singularidad y unicidad de la
mediación de Cristo
[xxvi]
,
y transforma la misión de la Iglesia en la atención a la instancia
del diálogo interreligioso
[xxvii]
y a la comprensión del otro a través de una hermenéutica
cultural
[xxviii]
. Es evidente, pues, que la asunción
de la dimensión misionera por parte de la reflexión teológica, amplía
el campo del ejercicio teológico y de sus consecuencias en un adecuado
camino de formación que tenga presente la complejidad también en la
perspectiva de una sistematicidad. Contemporáneamente, hay que señalar
que, si bien el mismo concepto de misión
[xxix]
esté experimentando un progresivo cambio de sentido, éste indica,
sin embargo, en la atención a los temas y a su simbología cultural
y religiosa, un horizonte de referencia inequívoco. Según la lectura
y las sugerencia de D. BOSCH
[xxx]
,
la misionología tiene una doble función en el cuadro de la teología. a) Una función dimensional:
la misionología, en el cuadro de una concepción amplia de la misión,
está llamada a impregnar la reflexión teológica, en una recuperación
de la universalidad del Evangelio que une la verdad de Dios para el
hombre y la novedad de Jesucristo y de su Espíritu para la búsqueda
de sentido y de salvación que se encuentra en lo más íntimo de los
acontecimientos de la vida humana. En este sentido, es más que evidente
la presencia no exclusiva de diferentes interlocutores de la
teología del siglo XXI: «Pero, en el mundo contemporáneo, ¿cómo puede
la teología sistemática […] permitirse el olvidar las ideologías anticristianas
y las creencias de los que tienen otra fe? Igualmente crucial, ¿cómo
puede la teología sistemática occidental continuar actuando como si
fuese universalmente válida, y rechazar la indispensable contribución
al pensamiento teológico de las situaciones del Tercer Mundo? ¿Cómo
puede, nada menos, ser ciega al propio, innato, carácter misionero?
Si ignora la pregunta: “¿Por qué la misión?”, ignora también implícitamente
las preguntas “¿Por qué la Iglesia?” y “¿Por qué el mismo Evangelio?”»
[xxxi]
. b) Una función intencional de
la misión: temáticas como el primer anuncio, la inculturación, la
liberación, el diálogo, el desarrollo sostenible, la vuelta de la
religioso, la no creencia, no constituyen un problema ligado a las
otras iglesias, sino que representan ámbitos para una creatividad
teológica que puede, sí, enriquecerse por la confrontación crítica
con la praxis misionera. Con otras palabras, el cometido de la misionología
es algo interno al pensamiento de la sistemática teológica, pero también
aguijón crítico que permite evitar cualquier inclinación al provincialismo
teorético o a la fragmentación ideológica y cultural. Hay que leer
en esta óptica la indicación de una tensión hacia el futuro
por parte de la teología, tal como escribe R. Fisichella: «En este
escenario, es oportuno que la teología posea una visión cósmica, más
aún, planetaria; esto significa crecer en la conciencia de que no
se puede permanecer cerrados en los esquemas fijos de la sola teología
occidental, sino ampliar la mirada hacia las riquezas de la teología
de oriente y, en esta perspectiva, abrirse a la recepción de “categorías,
conceptos, valores, normas, modelos y tradiciones” que pertenecen
a las Iglesias y culturas de África, Asia y de las Américas, y viceversa»
[xxxii]
. 3. Una exigencia
didáctica A la luz de cuanto se ha indicado brevemente,
precisamente porque la tarea de la misionología no sigue una tipología
puramente pragmática, esta tarea requiere un adecuado espacio de estudio
y de investigación en el ámbito de la preparación teológico–pastoral
que va más allá de la simple respuesta a un simple «encargo»
[xxxiii]
.
Ya la CEI (Conferencia Episcopal Italiana), en la Ratio Studiorum
de los Seminarios Mayores del año 1983, resaltaba la necesidad de
conjugar investigación especulativa y contexto cultural de la actualidad,
reflexión teológica y tarea de la evangelización
[xxxiv]
.
Necesidad confirmada por la misma CEI en las Indicazioni per un’«Agenda
Pastorale» del Prossimo Decennio (Indicaciones para una “Agenda
Pastoral” del próximo Milenio), en apéndice al documento Comunicare
il Vangelo in un mondo che cambia, donde en el parágrafo que se
refiere a las exigencias de la misión, en la letra f) se lee: «verificar
las opciones formativas de los que se preparan a ser presbíteros y
la formación permanente de los sacerdotes, para que sean verdaderamente
padres en la fe y adquieran una mentalidad misionera» En concreto, esto requiere cada vez
más atención al currículo en la organización de los planes de estudio
para el Bachillerato y/o el sexenio de estudios seminarísticos, que
exigen, hoy más que nunca, a nuestro parecer, la introducción de cursos
obligatorios de teología sistemática de la misión y de teología
de las religiones, como servicio decisivo a la teología y a la
misionariedad de la Iglesia, por el hecho de que la comunicación de
la fe debe estar en condiciones de hablar en y a través de la cultura
y de las culturas, que tienen que ser conocidas como espacio en el
cual el hombre y la historia pueden encontrar a Jesucristo. Se trata
de ese aprendizaje connotado de una apertura ecuménica que,
según dice el teólogo N. Mette, representa uno de los postulados didácticos
esenciales para iniciar una reforma de los estudios teológicos que
sepa conjugar existencia, saber y empeño pastoral. Esto significa,
en el respeto de los itinerarios disciplinares, saber articular los
diferentes ámbitos de la teología en una interacción que tienda a
la capacidad de razonar de modo interdisciplinar sobre las problemáticas
que se refieren a los procesos del encuentro entre evangelio y cultura.
«Es característico del aprendizaje ecuménico el hecho de que esté
orientado a crear una conciencia de la iglesia mundial y –en la misma
medida– una sensibilidad al propio contexto, y también de la atención
a abrir los ojos sobre la entera cristiandad ecuménica, y la disponibilidad
al diálogo religioso e intercultural, a dirigir las propias iniciativas
según las preocupaciones que suscitan las situaciones actuales y futuras
de la vida humana, y a empeñarse a favor de una tierra que se pueda
habitar»
[xxxv]
. Hay que estar de acuerdo, por eso,
en todo cuanto anota el Cardenal Sepe en su Introducción a
la Sesión inaugural del Convenio con ocasión del 375 aniversario de
la fundación del Colegio Urbano: «Precisamente en virtud de la
originalidad del Evangelio, la acción misionera de la Iglesia “experta
en humanidad”, está llamada a ofrecer a cada cultura el proyecto de
un humanismo cristiano, que la investigación universitaria
testimonia. Es esta una de la formas de diaconía cultural más urgente,
sobre todo como respuesta a las corrientes nihilistas que parecen
no tener en cuenta la centralidad de la persona humana, marginándola
de los procesos económicos y sociales. La evangelización, así, por
medio de la inculturación de la fe, se convierte en profecía de una
cultura nueva, en la cual los valores del Reino de Dios están al servicio
de estas expectativas de salvación que se esconden en las preguntas
y en las aspiraciones de cada hombre y de cada cultura» (La
cultura al servicio de la misionaridad, en L’Osservatore Romano,
30 de noviembre de 2002, pág. 4). Notas
[i]
M. Seckler, Theologein.
Un’idea
fondamentale in una triplice configurazione, in ID, Teologia Scienza Chiesa. Saggi di teologia fondamentale, Morcelliana, Brescia 1988,
22. El
teólogo alemán, presentado las tres formas del ejercicio teológico
(el anuncio, el interés de la razón por Dios y la voluntad de comprender
de la fe), concluye: “Las tres fuentes de las que puede surgir la
teología han conducido así al desarrollo de tres modelos estructurales
de teología. Si se puede desear una «forma normativa de teología
cristiana», ésta no debería consistir en la predilección exclusiva
de una de estas fuentes, sino en la coexistencia pacífica o antagonista
de las tres” (35-36). Cf. también las
diferentes contribuciones presentes en G. Tanzella-Nitti 8ed.), La teologia, annuncio
e dialogo, Armando Editore, Roma 1996.
[ii]
Cf. G. Angelini, Fede, dottrina, teologia,
in G. Angelini – M. Vergottini
(edd.), Un invito alla teologia,
Glossa, Milano 1998, 16-18.
[iii]
G. Ferretti La frammentazione della Teologia all’interno dell’attuale
situazione di frammentazione del sapere, in G. Lorizio – S. Muratore (edd.), La frammentazione del sapere teologico, San
Paolo, Cinisello Balsamo 1998, 51.
[iv]
B. Forte, Qualità pastorale dell’insegnamento della teologia
sistematica, in M. Midali
– R. Tonelli
(edd.), Qualità pastorale delle discipline
teologiche e del loro insegnamento. Una ricerca interdisciplinare,
LAS, Roma 1993, 72.
[v]
Cf. W.
Kasper,
Per un rinnovamento del metodo teologico, Queriniana,
Brescia 1969, 42-43 y nota 17. Cf. también del mismo
autor: L’attuale situazione ed i compiti che si pongono alla
teologia sistematica, in ID, Teologia e Chiesa, Queriniana,
Brescia 1989, 5-21.
[vi]
Kasper,
Per un rinnovamento, 42.
[vii]
Cf. C.
Dotolo, La
rilettura del simbolo di fede nella teologia dopo il Vaticano II,
in ID (ed.), Il Credo oggi. Percorsi interdisciplinari,
EDB, Bologna 2001, 123-142.
[viii]
M. Bordoni
Riflessioni introduttive, in I. Sanna (ed.), Il sapere teologico
e il suo metodo. Teologia, ermeneutica e verità, EDB, Bologna
1993, 12-13.
[ix]
Sobre la
exigencia de una reconsideración
actual de la formación
en las Facultades teológicas y en los Seminarios, cf. G. Betori, Facoltà
teologiche e progetto culturale della Chiesa italiana, in “ho
theológos” 20 (2002) 109-125; G. Mucci, La formazione degli alunni nei seminari maggiori, in “La
Civiltà Cattolica” 2003 I 221-228.
[x]
Cf. la riqueza
y la articulada reflexión la podemos encontrar en L. Meddi (ed.), Diventare cristiani. La catechesi come percorso formativo, Luciano Editore, Napoli 2002.
[xi]
Cf. H. Schlier, Kerygma un Sophia. Zur
neutestamentlichen Grundlegung des Dogma, in ID, Die
Zeit der Kirche. Exegetische Aufsätze und Vorträge, Verlag,
Freiburg i. Br. 1955, 206-232. Son todavía decisivas las reflexiones de H. De Lubac, La Foi Chrétienne. Essai
sur la structure des Symbole des Apôtres, Paris 1969.
[xii]
Sea suficiente indicar H.
Hauser,
L’Église à l’âge
apostolique, Cerf, Paris 1996;
J. Gnilka,
I primi cristiani. Origine e inizio della chiesa, Paideia,
Brescia 2000, 322-332.
[xiii]
Cf. R. Fisichella,
La via della verità. Il mistero dell’uomo nel
mistero di Cristo, Editoriale Paoline
Libri, Milano 2003, 13-29.
[xiv]
Cf. Congregazione per l’Evangelizzazione dei Popoli
– Pontificia Università Urbaniana, A dieci anni dall’Enciclica Redemptoris Missio, Urbaniana University Press, Roma 2001.
[xv]
Véanse las reflexiones
de R. Penna, Gesù Cristo Salvatore: cristologia e sue implicanze missiologiche, in
G. Colzani
– P. Giglioni
– S. Karotemprel
(edd.), Cristologia e Missione oggi.
Atti del Congresso Internazionale di Missiologia.
Pontificia Università Urbaniana – Asociación Internacional de Misionólogos Católicos (Roma 17-20
ottobre 2000), Urbaniana University Press,
Roma 2001, 364-372 y de G. Biguzzi,
Unicità del Cristo nel Nuovo Testamento, Ibidem, 83-89.
[xvi]
Cf. las indicaciones
de P. Rossano, Acculturazione
dell’Evangelo, en Evangelizzazione e Culture, I. Atti
del I Congresso Internazionale scientifico di Missiologia. Roma 5-12 ottobre 1975, Pontificia Università
Urbaniana, Roma 1975, 104-116.
[xvii]
C. Rocchetta, Qualità pastorale di una teologia ermeneutica,
Midali
–Tonelli
(edd.), Qualità pastorale, 75.
[xviii]
Es significativa la insistencia
sobre la relación teología–vida que connota la reflexión sobre el
método teológico de J. Wicks,
Introduzione al metodo teologico, Piemme, Casale Monferrato
1994, 9-10; 95; 128-129, que escribe caramente: “La teología es
para la vida” (129).
[xix]
J. Moltmann, Dio nel progetto del mondo moderno. Contributi
per una rilevanza pubblica della teologia,
Queriniana, Brescia 1999, 238.
[xx]
Cf. G. Colzani, Unicità ed organicità
della Teologia. Unità ed organicità del curriculum teologico,
in Lorizio
–Muratore (edd.),
La frammentazione, 145-159
[xxi]
Orientativamente, véase R.
Gibellini
(ed.), Prospettive teologiche per il
XXI secolo, Queriniana, Brescia 2003.
[xxii]
Cf. C. Dotolo (ed.), La Missione oggi.
Problemi e prospettive,
Urbaniana University Press, Roma 2002,
y, en particolar, la lectura panorámica
de G. Cavalotto,
Sfide e compiti della missione, 3-7.
[xxiii]
Véase J. Mardones, Postmodernidad y cristianismo.
El desafío del fragmento, Editorial Sal Terrae, Santander 1988;
P. Gisel – P. Evrard (edd.), La théologie en postmodernité,
Labor et Fides, Genève 1996; P. Heelas –D. Martin-
P. Morris (edd.),
Religion, Modernity and Postmodernity, Malden 1998; R. Schreiter, La teologia postmoderna e oltre in una chiesa
mondiale, in Gibellini
(ed.), Prospettive teologiche, 373-388.
[xxiv]
Ver C. Dotolo, Globalizzazione
e Vangelo. Mutamenti antropologici e umanesimo cristiano, in
“Ad Gentes” 6 (2002) 264-278; J. Paré, Défis à la mission
du troisième
millénaire, Missionnaires de
la Consolata, Montréal 2002, 283-297;
J. B. Metz, Proposta
di programma universale del cristianesimo nell’età della globalizzazione,
in Gibellini
(ed.), Prospettive teologiche, 389-402.
[xxv]
Cf. A. Amato, L’unicità della mediazione salvifica
di Cristo: il dibattito contemporaneo, in M. Crociata (ed.), Gesù
Cristo e l’unicità della mediazione, Paoline
Editoriale Libri, Milano 2000, 13-44; M. Bordoni,
Le inculturazioni della cristologia
e la tradizione cristologica della chiesa,
in Colzani – Giglioni – Karotemprel
(edd.), Cristologia e Misione
oggi, 67-81. en relación
al espíritu de la Dominus
Iesus cf.
las anotaciones
de M. Seckler,
Zeitgenössicher Philosophisch-Theologischer
Kontext und “Dominus
Iesus” Säkularisierung, Postmodernismus, Religiöser Pluralismus, in PATH 1(2002) 145-171.
[xxvi]
Cf. W.
Kasper,
The Unicity and Universality
of Jesus Christ,
in Colzani – Giglioni – Karotemprel
(edd.), Cristologia e Misione
oggi, 35-45; C. Geffré,
Verso una nuova teologia delle religioni, in Gibellini (ed.), Prospettive
teologiche, 353-372, de modo particular,
sobre el significado
para una formación teológica:
368-372.
[xxvii]
Ver la reflexión
de K. Lehmann,
Una religione tra le altre?,
en “Il regno-documenti” 1(2003) 42-49.
[xxviii]
Cf. G. Ruggieri, Molteplicità delle
culture: cambiamento di paradigma in teologia?, en “Vita Monastica” 48 (1994) 51-80;
T. Sundermeier, Comprendere lo straniero. Una ermeneutica interculturale, Queriniana,
Brescia 1999.
[xxix]
Cf. G. Colzani, Missione. Bilancio di un concetto fondamentale, dalla Redemptoris
Missio ad oggi,
in Dotolo (ed.),
La Missione oggi, 9-35.
[xxx]
D. Bosch, La trasformazione della missione. Mutamenti
di paradigma in missiologia, Queriniana,
Brescia 2000, 676-688.
[xxxi]
Bosch,
La trasformazione della missione, 684.
[xxxii]
R. Fisichella, Che cos’è la teologia,
in R. Fisichella
– G. Pozzo
– G. Lafont, La
teologia tra rivelazione e storia. Introduzione alla teologia sistematica,
EDB, Bologna 1999, 154. Son válidas las indicaciones de A. Staglianò, Vangelo e comunicazione.
Radicare la fede nel nuovo millennio, EDB, Bologna 2001, 31-82; 169-184.
[xxxiii]
No compartimos totalmente, más allá de la real problemática
de una eventual totalidad del curriculum studiorum, cuando
anota T. Citrini,
Sull’insegnamento della teologia, in specie nei seminari,
in S. Muratore (ed.), Teologia e formazione teologica. Problemi
e prospettive, San Paolo, Cinisello Balsamo 1996, 78-79: «Una
totalidad material de la enseñanza teológica es, en sentido propio,
imposible, por lo que ni siquiera es un objetivo sensato […] La
solución simplista de ‘añadir un curso en la formación seminarística’,
evidentemente obligatorio se esquiva con extrema facilidad e ingenuidad
ante quien perciba unilateralmente una urgencia; […] Hemos sentido
esta propuesta propugnada con energía por fuerzas eclesiales que
en cuanto a pertinencia de las instancias que comportan, están cargadas
de razón: los ambientes misioneros quisieran al menos un curso de
misionología; los ambientes ecuménicos, un curso de ecumenismo […].
La lista podría ser muy larga, y sería inútil. Cuanto más ‘potentes’
son los que propugnan la instancia, más real es la posibilidad de
que los currículos se ahoguen cada vez más». La necesidad de
encontrar criterios de totalidad para un proceso formativo orientado a la preparación teológica y aun volver
a pensar la ministerialidad de la Iglesia, exigen la presencia del
ámbito disciplinar misionológico en la reflexión y didáctica teológica.
Y no por motivos extrínsecos o de encargo, sino internos al mismo
ejercicio teológico.
[xxxiv]
En esta línea cf. S. Dianich, Profilo culturale e compito di una facoltà di teologia,
en “Vivens Homo” 13 (2002) 30: «Si la evangelización no puede prescindir
nunca de lo que es su habitat natural, es decir, de un espacio dialógico,
la misión de la Iglesia tienen necesidad de ser apoyada por la reflexión
teológica».
[xxxv]
N. Mette,
Studiare teologia. Il curricolo teologico sotto
il profilo didattico, en “Concilium”
30 (1994) 177. Ref.: Traducción de l’italiano.
En TEOLOGIA
DELL’ANNUNCIO (Per una teologia missionaria), PUM publicación,
pp. 21-32.
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