Dom
Pedro Casaldáliga
2000 años de Jesús, 20 años de Romero
(25 February 2000)
En
este "final" y "cambio", de siglo, de milenio, de
"paradigmas", somos muchos, con diferentes tonos y perspectivas,
los que expresamos nuestros sueños pensando en una nueva sociedad, y
también en una Iglesia nueva. Hay como una especie de anónimo colectivo
soñador que se expresa, nos expresa, según necesidades o intereses,
pero que palpita impaciente en la humanidad de este año 2000.
A nivel social, político, económico, se quiere un verdadero cambio,
y no apenas unas pinceladas de márketing. A nivel cristiano -que no
deja de ser también social, político y económico- se trata del Jubileo,
que debería ser el verdadero Jubileo, el Jubileo definitivo que proclamó
Jesús de Nazaret, tiempo de justicia para los pobres, era de liberación
para la humanidad entera.
Los "humanos" de hoy llevamos como unos 35.000 años de camino;
tiempo suficiente para aprender las grandes lecciones de la historia.
Desgraciadamente, el poder neoliberal que impera hoy en la humanidad
se manifiesta como una suicida "exuberancia irracional" de
la especulación, según Alain Greenspan, del todopoderoso Banco Mundial.
Y otros altos mandatarios de ese Banco y del FMI acaban de reconocer
que "hay que empezar a tener en cuenta a los pobres...". ¡No
se puede prescindir impunemente de la mayoría de la humanidad!
Frente a la muerte de la esperanza que prácticamente nos predica el
sistema, el jubileo de Jesús se define desde su proclamación en Nazaret
como la liberación total de los pobres.
Cerrando el siglo más cruel de la historia se nos fue a la casa del
Padre el profeta dom Hélder Camara insistiendo en la esperanza. Y en
este nuestro Brasil de la máxima disparidad social, el pueblo se ha
puesto en marcha "multiplicando las marchas" reivindicativas.
Y en nuestra América, ha resonado, confluyendo, unificándose, el Grito
de los Excluidos. Y en el mundo entero la solidaridad va siendo, no
sólo "el nuevo nombre de la paz", sino también el nombre inevitable
de la sobrevivencia.
El balance de la iniquidad
Las estadísticas y los balances de siempre se multiplican en revistas
y en la comunicación electrónica. Continúan siendo, desgraciadamente,
los de siempre. Pero ahora, con el peso específico de un fin de época,
haciendo memoria y exigiendo pronóstico.
Aproximadamente, las 4/5 partes de la población mundial asisten a la
globalización pero no participan de ella. Mil 300 millones de personas
han de pasar con menos de un dólar al día. Estimando la pobreza absoluta
como un ingreso inferior a 370 dólares al año, Asia tiene 778 millones
de pobres absolutos, África 398 millones y América 156 millones.
De los 4400 millones de habitantes de los países "en desarrollo",
aproximadamente tres quintas partes no tienen acceso a agua limpia,
una cuarta parte no tiene vivienda adecuada y una quinta parte no tiene
servicios normales de salud. Se calcula que en el nuevo milenio faltará
agua potable para el 40% de la humanidad, en este nuestro planeta tierra
que es con más razón "planeta agua". Estado Unidos, por otra
parte, con apenas un 5% de la población mundial, utiliza el 25% de los
recursos mundiales. Con ironía y razón, el sociólogo estadounidense
Petras habla de "globalización o imperio norteamericano".
La deuda externa se ha puesto de actualidad como noticia y como desafío.
Esa deuda que, según el mismo papa, "amenaza gravemente el futuro
de las naciones"; y que, según las Naciones Unidas, hace morir
cada día en África 19.000 niños. Por otra parte, África transfiere a
Occidente más de 33 millones de dólares diarios.
El movimiento "Jubileo 2000" ha hecho una campaña en el mundo
entero exigiendo que se anulen las deudas externas de los países pobres.
Se lograron 17 millones de firmas. Poco después corrió por el mundo
la noticia alborozada de que los señores del poder mundial iban a cancelar
parte de esas deudas. La verdad es que lo que van a cancelar es simplemente
de unos 25.000 millones de dólares que equivale sólo al 1% de la deuda
total de los países del Tercer Mundo; porque el monto total de la deuda
externa tercermundista llega a la escalofriante cifra de 2 billones
30 mil millones de dólares, y sólo 41 países podrán recibir ese "generoso
perdón"...
Entre los balances desoladores de este final de siglo y de milenio hay
que sopesar amargamente el desempleo y el trabajo semiesclavo, la violencia
de todo tipo (sin olvidar, afirmaba Juan Pablo II, que "la pobreza
es la primera violencia"), y el cínico armamentismo.
El "Borrador de la Agenda por la Paz y la Justicia en el siglo
XXI", que responde al "llamamiento de La Haya por la Paz",
proclamaba que, "en vísperas de un nuevo siglo, es hora de crear
condiciones en las que el objetivo primordial de las Naciones Unidas,
'salvar de la guerra a las generaciones venideras', pueda ser realizado".
Pesan aún en la conciencia los ciento diez millones de muertos de las
interminables guerras del siglo XX. Pero todavía, sólo en África hay
18 países implicados en guerras que afectan a 180 millones de personas.
En 70 países acechan 119 millones de minas sembradas, y sólo en Angola
ellas ya han producido 100.000 mutilados. El ejército mexicano que tenía
en 1995 ciento treinta mil hombres, ahora tiene 40.000 más, sobre todo
para impedir las más que justas reivindicaciones de los pueblos indígenas
de Chiapas. La administración Clinton ha alcanzado el récord de 21.3
billones de dólares en armamento exportado.
La máxima parte de las víctimas de esas guerras, hoy tan modernas y
hasta virtuales, son, como lamentaba Noam Chomsky hablando de Timor
Este, "víctimas que no valen la pena".
"La hermana madre Tierra", que diría Francisco de Asís, está
siendo brutalmente violada. Sus productos ya no son naturales, son transgénicos.
Y sólo en nuestro Brasil, durante un año, se deforestaron 16 mil 838
kilómetros cuadrados. En la Amazonía se ha talado una media equivalente
a 7 mil campos de fútbol por día... La cuarta parte de la superficie
de la tierra está bajo la amenaza de la desertificación.
La directora del Programa Mundial de Alimentos, de la ONU, reconocía
hace poco la incapacidad de la misma ONU para solventar la "inseguridad
alimentaria" en los años venideros, lo que quiere decir que entre
800 y 900 millones de seres humanos -aproximadamente el 20% de la población
mundial- están condenados a morir... de hambre.
La superpoblación de las grandes ciudades ya es mucho más que una amenaza.
Según el informe del PNUD de 1998, en el año 2015 México tendrá más
de 19 millones de habitantes, São Paulo más de 20, Bombai más de 26,
Xangai más de 17, Buenos Aires más de 13, Metro Manila más de 14 y Lagos
más de 24. En los próximos 15 años, pues, el 55% de la humanidad vivirá
en las ciudades, cuando en el siglo XIX sólo vivía en ellas el 5% de
la población mundial.
El AMI no ha muerto; se está travistiendo. Así como no ha muerto todavía
la Escuela de las Américas y se está excogitando una Escuela de África,
que no es de hoy: de las 53 naciones africanas, 43 han recibido de USA
entrenamiento militar y 26 de ellas eran naciones no democráticas.
Ayer, digamos, en su "manifiesto comunista", Marx y Engels
profetizaban lúcidamente para nuestro hoy neoliberal que "el poder
estatal moderno no pasa de un comité ejecutivo encargado de gerenciar
los negocios comunes de la burguesía", del FMI, de las transnacionales.
Porque es necesario recordar siempre que mientras se paga la deuda externa,
obedeciendo los dictámenes neoliberales, no se pagan las deudas internas
de nuestros países. Y los gobiernos dejan de estar al servicio de sus
pueblos para someterse a un verdadero imperio neoliberal apátrida.
Cuando se propugna tan insistentemente un desarrollo sostenible, debemos
entender dialécticamente, para todas las consecuencias de la militancia,
que el actual modelo de desarrollo de Estados Unidos y de Europa es
no sólo social, económica y ecológicamente insostenible sino también
éticamente inicuo.
La memoria subversiva
Vamos a hacer verdad nuestra memoria, "y esa verdad será que no
hay olvido" (Mario Benedetti). Ni de la vida, muerte y resurrección
de Jesús, ni de la historia ambigua de su Iglesia, ni del clamor secular,
creciente, desoído, de los pobres de la tierra, ni de tantos y tantas
testigos de sangre que nos convocan a la fidelidad.
Son 2000 años de Jesús y 20 años de Romero. Dos fechas que podrán parecer
desproporcionadas en un mismo epígrafe, porque Jesús es Jesús, y que
sin embargo se relacionan íntimamente. En América Latina, por lo menos,
un buen modo, y muy nuestro, de celebrar el Jubileo de la Encarnación
y de la Redención, es celebrarlo "a lo Romero".
Se está escribiendo mucho también acerca de la celebración del Jubileo.
Han empezado ya hace meses las grandes celebraciones y se preparan otras
mayores todavía. No han faltado sin embargo voces oportunas que llamasen
la atención.
"En el 2000, la opción por los oprimidos como sujetos, escribe
Giuglio Girardi, nos impone una toma de partido contra la interpretación
triunfalista del Jubileo que lo concibe como una exaltación del cristianismo
histórico. Esa opción exige una reinterpretación del Jubileo como crítica
severa no sólo a la civilización occidental, sino (también) al modelo
de cristianismo que ha sacrificado la opción por los pobres a la opción
por los imperios; crítica inspirada en las imprecaciones contra la religión
del templo, lanzada por los profetas y sobre todo por el mismo Jesús
en la instauración de la época jubilar".
Naturalmente, caben las celebraciones, las romerías, el "júbilo"
por la venida de Dios en carne y en historia a nuestra tierra humana.
Pero deberían realizarse siempre según la humildad y la kénosis de esa
venida. Dándole al jubileo toda la sustancia bíblica que nos viene ya
de los profetas y que Jesús rehabilitó definitivamente para que fuera
un jubileo total y universal; para que respondiera -ésa es la gran finalidad-
al corazón de su Padre Dios, nuestro Padre.
Teóricamente todos entendemos que el Jubileo ante todo ha de ser volver
a Jesús de Nazaret, al Jesús del Evangelio, a su Causa, el Reino.
Para mi propio examen de conciencia y compartiendo con tantos hermanos
y hermanas que caminamos juntos, o que juntos deberíamos caminar, yo
subrayaría concretamente:
El redescubrimiento del Dios de Jesús, que es el Dios-Amor, Padre-Madre
de toda la familia humana, una y plural. Un Dios, capaz "de hacer
salir de las piedras hijos e hijas suyos". Dios de todos los nombres,
adorado en todas las religiones, presente de antemano y siempre en todos
los corazones humanos.
Como consecuencia de esta fe en ese Dios, una auténtica fraternidad/sororidad
universal, "en la cual se reconocerá que somos los discípulos"
de Jesús.
Más allá de la ley, contra la ley a veces (y hablo de las leyes
civiles y también de las leyes religiosas), el amor-justicia, el amor-solidaridad,
el amor-misericordia. Un amor parcial, porque parte siempre de los pobres,
de los excluidos. Jon Sobrino acaba de lanzar un volumen de cristología
titulado significativamente "La fe en Jesucristo. Ensayo desde
las víctimas".
La esperanza victoriosa, que se funda en la cruz del Resucitado
y que se traduce diariamente, a nivel personal y a nivel social, en
una fidelidad siempre coherente, en una militancia inclaudicable, en
una testimonialidad sin arrogancia pero sin miedo, que va hasta el fin,
como fueron tantos hermanos y hermanas mártires. Esperanza vivida y
celebrada "contra toda esperanza", a pesar de todas las claudicaciones
y fracasos, "a pesar de todos los pesares neoliberales y eclesiásticos",
me hace bien repetir.
Celebrar los 20 años del obispo Oscar Arnulfo Romero, mártir en plena
eucaristía, el 24 de marzo de 1980 en El Salvador, ha de ser asumir
la herencia de Romero, las causas por las cuales él dio la vida. Su
conversión a los pobres. Aquel Jubileo de tres años definitivos que
él selló con su sangre. Sus actitudes de escucha, de acogida, de profecía,
de esperanza, su modo tan ubicadamente fiel y tan políticamente consecuente
de ser pastor. El pueblo, amado, buscado, asumido pastoralmente, en
sus angustias y en sus reivindicaciones, lo hizo santo. Y santo lo viene
declarando desde su muerte-martirio y como santo lo venera sobre todo
en la catedral-catacumba de San Salvador. El verdadero proceso de canonización
del buen pastor Romero ha de ser el proceso de la asimilación de sus
causas y actitudes.
En este final de siglo es interesante recoger la afirmación de Ludwig
Kaufmann, en su libro "Tres pioneros del futuro. Cristianismo de
mañana":
"Tres pioneros de la fe que miran cara a cara la realidad de su
presente respectivo..., que indican un camino para que nosotros podamos
ser cristianos mañana. Juan XXIII, que confiaba que Dios sigue actuando
en la historia, que supo leer los signos de los tiempos y tuvo la valentía
de situar a la Iglesia en el camino del servicio a la humanidad. Charles
de Foucauld, inspirador de la comunidad de los hermanitos (y hermanitas),
que en avances sucesivos, trató de dejar atrás las fronteras y los privilegios
de los cristianos europeos. Oscar Romero, que se decidió de manera radical
en favor de los pobres y llegó a ser mártir de la Iglesia de los oprimidos".
La opción profética
A la luz de esas dos fechas, tan nuestras, y de sus exigencias y esperanzas,
yo personalmente -y pienso que con millones de hermanos y hermanas de
ese soñador colectivo anónimo- quisiera ver las siguientes transformaciones
(radicales) en la Sociedad, en las Religiones, en la Iglesia:
1o: Como Sociedad, contestar eficazmente esa mundialización globalizada,
de acumulación de lucro, de consumismo atolondrado y de exclusión homicida,
para construir la otra mundialización, a partir de una actitud de mundialidad
en todo y cada día. Contra "la especulación, inversiones golondrinas,
privilegio de la circulación de mercancía sobre la circulación del trabajo,
información dispensable, darwinismo global", posibilitar "la
transparencia y abundancia de la información, la circulación y aplicación
de las tecnologías, las inversiones productivas, la universalización
de los derechos humanos", "y radicar estos derechos en las
políticas locales de educación, salud, comunicaciones, empleo"
(Carlos Fuentes).
Como alguien ha sugerido oportunamente, conjugar constantemente y en
nivel mundial los verbos "compartir, participar, prevenir".
Un objetivo ineludible sería, evidentemente, sustituir la ONU actual
y sus instituciones por otras que sean mundiales de verdad, equitativamente,
sin privilegios y sin cinismo. Para una mundialidad "donde quepan
todos" y todos los pueblos, también los pueblos indígenas, también
los minoritarios.
Hace ya un cierto tiempo que se propaga la campaña por la reforma del
Banco Mundial. Y se propugna la creación del Tribunal Penal Internacional.
En nuestra Agenda Latinoamericana, que a partir del año 2001 será "Latinoamericana-mundial",
presentamos un ideario y algunas realizaciones concretas de esa mundialidad
"otra". Hay muchas propuestas y ensayos que van abriendo ese
camino; desde la reivindicación insistente de Amnistía Internacional
por la abolición de la pena de muerte en el mundo entero (en un sólo
año se cometieron 1625 ejecuciones) hasta la creación del "Banco
de los pobres".
Los países, evidentemente, habrían de tener su Estado, soberano y servidor.
Las "comunidades económicas" no existirían para imponerse
sino para complementarse. Y sobrarían la OTAN y sus adláteres.
Auscultando proféticamente la situación de nuestros pueblos de América
Latina (de todo el tercer mundo) y anticipándose proféticamente a la
situación más dramática todavía que ha creado el capitalismo neoliberal,
Medellín denunciaba: "Queremos subrayar que los principales culpables
de la dependencia económica de nuestros pueblos son aquellas fuerzas
que, inspiradas en el lucro sin freno, conducen a la dictadura económica
y al imperialismo del dinero" (2,9).
Como propuesta alternativa deberíamos cultivar, en todos los niveles,
una ciudadanía espiritualmente internacionalista, la solidarización
de las respectivas identidades y la internacionalización efectiva de
la solidaridad.
2o: Las Religiones habrán de ponerse de acuerdo, en nombre del Dios
de la Vida, del Universo y de la Paz, para el servicio común de las
grandes Causas de la humanidad, si quieren ser religiones humanas, expresiones
plurales, las más profundas, del alma de la misma humanidad. Esas Causas
vitales que son el alimento, la paz, la salud, la educación, la vivienda,
todos los derechos humanos, los derechos de los pueblos y las exigencias
de la ecología.
Ya se ha escrito la "Carta de las religiones unidas" y se
ha celebrado, el pasado mes de diciembre, en Sudáfrica, el "Parlamento
de las Religiones del Mundo".
Todo fundamentalismo, todo proselitismo, toda prepotencia en la vivencia
de la propia religión, la niega, porque niega al Dios vivo que todas
las religiones quieren cultuar.
El macroecumenismo, adulto, dialogante, fraterno, pasará a ser una fundamental
actitud de cualquier religión que merezca este nombre. Desde la propia
identidad, en la apertura a la pluralidad de la adoración y la esperanza.
Siguiendo el sabio consejo del sufí iraní del siglo XIII:
"Como un compás, tenemos un pie fijo en el Islam, y con el otro
viajamos dentro de otras religiones".
3o: La Iglesia, para ser la Iglesia de Jesús, ha de ponerse, exclusivamente,
al servicio del Reino y salirse de un autoservicio obsesionado. Para
eso, las Iglesias, sobre todo la Iglesia católica, han de abrirse al
ecumenismo real... ¡sin esperar al fin del mundo! e inculturarse de
verdad, por causa del Evangelio, en los diferentes pueblos y en las
diferentes coordenadas históricas.
La revista "Foc Nou", de Cataluña, ha recogido una serie de
propuestas que respondían a la pregunta, tan actual, de "¿cómo
habrían de ser los cristianos del siglo XXI?". Espigo aquí algunas
de esas respuestas, que muchos cristianos y cristianas sin duda hacemos
nuestras también:
"Con sentido común", "desprendidos de todo lo superfluo
que nos ha invadido", "convencidos de que Dios quiere salvar
a todos", "interpelados por la humanidad de hoy", "los
creyentes de la poscristiandad", "haciendo causa vital de
las grandes causas de la humanidad", "con una vital experiencia
del Dios de los pobres", "sin ponerle medida al amor de Dios",
"más fieles al Evangelio que sumisos al Vaticano", "con
una espiritualidad alejada de todo integrismo", "personas
que mantengan viva la esperanza", "mientras se espera un Vaticano
III", "profunda e íntimamente agarrados por Jesús", "con
madurez humana y de fe", "chispas del fuego bendecido en la
noche de la Pascua"...
Pensando ya más concretamente en nuestra Iglesia católica habrá que
rever en serio la corresponsabilidad y ministerialidad a partir de una
profunda revisión del ejercicio del papado y del poder de su curia.
No lo digo sólo yo, pobre de mí; lo decimos millones, y lo han declarado
abiertamente voces muy autorizadas. El cardenal Ratzinger, en los tiempos
de su famoso libro "El nuevo pueblo de Dios", escribía: "Necesita
la Iglesia hombres con pasión por la verdad y la denuncia profética.
Los cristianos deben ser críticos incluso frente al propio papa, pues
determinado panegirismo hace un gran daño a la Iglesia y a él".
El cardenal Etchegaray, en la lección inaugural del encuentro "Iglesias
hermanas, pueblos fraternos", realizado el pasado noviembre en
Génova, hablaba de la gran paradoja planteada a los últimos papas "conscientes
de ser (como ministerio de Pedro) el principio de la unidad de los cristianos
y que (en realidad) se ven como su dramático obstáculo". "El
ministerio de Pedro -añadía el cardenal- que sirve estructuralmente
para promover la sinodalidad de la Iglesia, es también de naturaleza
sinodal: su función propia no le sitúa fuera o por encima del colegio
episcopal. El papa no es de un grado superior al episcopado, y tiene
sus raíces en el mismo sacramento que hace a los obispos".
A su vez, el cardenal Martini, en Tierra Santa, presidiendo una gran
peregrinación, reconocía que la Iglesia católica debe dar pasos muy
fundamentales hacia el ecumenismo "entre ellos, el modo de ejercer
el primado de Roma, que debe ser repensado". "De hecho -recordaba
Martini lo que ha sido noticia mundial- el mismo Papa se ha declarado
dispuesto a repensar y a escuchar sugerencias sobre la forma de ejercicio
del primado".
La Iglesia está pidiendo perdón por muchos pecados suyos a lo largo
de estos dos milenios, pero seguimos siendo pecadores hoy también. Los
Sínodos continentales que se acaban de celebrar no han sido precisamente
sinodales; no han respondido a las necesidades y a las contribuciones
de las Iglesias de cada continente. Los obispos japoneses, por citar
un ejemplo, insistían en que "se considerase bajo una nueva luz
la relación entre las Iglesias de Asia y la Santa Sede", y específicamente
pedían "un sistema de relaciones basado en la colegialidad y no
en el centralismo".
La reforma del papado y de su curia posibilitaría -con el "automatismo"
del Espíritu y por las expectativas de la Iglesia universal- otras muchas
reformas en corresponsabilidad, en colegialidad, en inculturación, en
legítimo pluralismo, en ministerios.
En el ecumenismo hay algunas buenas noticias, pero es tanto el camino
que falta por recorrer que resultan muy lentas y tímidas. El documento
de Augsburgo, por ejemplo, entre la Iglesia católica y la Iglesia luterana,
viene después de cinco siglos de incomprensiones, para acabar diciendo
que ambas partes se complementan en la inefable "Justificación"...
Urge sentirnos todos hermanos y hermanas "separados"; nosotros
los católicos también. Urge entender el ecumenismo como un ir y venir
al encuentro del único evangelio de Jesús de Nazaret. Y urge reconocer
las respectivas tradiciones, así como reconocer la legítima autonomía
de las iglesias locales, y descubrir en esas tradiciones y en esa autonomía
la acción del Espíritu "que sopla donde quiere" y que nos
"va manifestando la verdad completa". Urge animar a los teólogos
y teólogas en vez de espantarlos en su servicio de sistematización de
la fe y apertura de horizontes. Lamentablemente, "durante el último
papado, unos 500 de ellos (y ellas) han sido silenciados de un modo
u otro, por el Vaticano".
Ante el malestar generalizado, frente a la involución programada y la
obsesión por decretar, definir y cerrar el paso, querer un nuevo Concilio
Ecuménico -dentro de la próxima década, sugiere el cardenal Martini-
no es ninguna frivolidad eclesial.
Que para este nuevo milenio no se pueda repetir la amarga definición
que hacía Rahner de la existencia de la Iglesia fuera de Europa, como
"el fruto de la actividad de una multinacional que exportó la religión
como un bien que no podía ser alterado y que fue llevado a todas partes
a través de una cultura y civilización consideradas superiores".
No es derrotismo amargo ni hipercrítica irresponsable. Es amor a la
Iglesia y sobre todo al Reino. Es esperanza comprometida. El cardenal
Franz König, en la defensa que hacía el año pasado del P. Jacques Dupuis,
teólogo del diálogo interreligioso, se desahogaba así, con emoción bien
eclesial: "No puedo permanecer en silencio porque mi corazón sangra
cuando veo fallas tan evidentes contra el bien común de la Iglesia de
Dios".
Programas fraternos
Dentro de las muchas celebraciones -más acertadas, menos acertadas-
y respetando todos los gustos siempre que sean evangélicos, siempre
que respeten el alma del Jubileo, quiero destacar aquí, invitando al
mismo tiempo, unos acontecimientos próximos que nos afectan entrañablemente.
- En San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México, del 20 al 26
de enero se celebrará una despedida-homenaje al Tatic providencial,
don Samuel Ruiz, con una semana de teología, entre otras manifestaciones.
- En San Salvador, del 19 al 26 de marzo, se celebrarán los 20 años
del martirio de nuestro "san Romero de América". Entre otras
actividades y celebraciones, el SICSAL (Secretariado Internacional Cristiano
de Solidaridad con y desde América Latina) realizará su congreso.
- En el Brasil de los 500 años, mal contados, mal vividos política y
económicamente, del 11 al 15 de julio, en Ilhéus, Bahia, tendrá lugar
el Xo Encuentro Intereclesial de las CEBs, por los "2000 años de
caminada" y como "Memoria, sueño y compromiso".
En Belo Horizonte, del 24 al 28 de julio, se celebrará el Encuentro
Latinoamericano de Teología 2000, organizado por las Sociedades Teológicas
de Brasil (SOTER), de Argentina (SAT) y de Uruguay (SUT), pero con alcance
continental.
- En la República Dominicana, del 1 al 7 de noviembre, y con una peregrinación
a Haití, celebraremos la tercera Asamblea del Pueblo de Dios, APD, un
nuevo pequeño Pentecostés macroecuménico.
- Y aquí, dentro de la Prelatura de São Félix do Araguaia, en Ribeirão
Cascalheira, los días 17 y 18 de julio del año 2001 (dos mil y uno,
noten), vamos a celebrar comprometidamente la Romería de los Mártires
de la caminhada latinoamericana, con ocasión de los 25 años del martirio
de nuestro padre João Bosco Penido Burnier.
"Nosotros somos el tiempo", ponderaba san Agustín. Seamos
el Jubileo, con toda nuestra vida.
Un solemne ciclo de conferencias, celebrado en ese último año del siglo,
se titulaba, ansiosamente, "En busca del paradigma perdido".
Nosotros, hermanos, hermanas, no hemos perdido el paradigma, ¿verdad?
Pedro Casaldáliga
En el año 2000
São Félix do Araguaia, MT, Brasil
araguaia@ax.apc.org