María
Clara Lucchetti Bingemer es de Río de Janeiro, es casada
y enseña teología en la Pontificia
Universidad Católica de
esta ciudad.Además de su trabajo de enseñanza colabora
en el Centro Loyola de Río de Janeiro. En su artículo
retlexiona sobre el papel de las mujeres en la evangelización,
y sobre una iglesia que incorpore la alteridad de la mujer.
______________________
Entre los "nuevos sujetos" que
emergen con fuerza ínterpelante cuando se habla de la experiencia
de Dios y su misterio está, sin duda, la mujer. Su diferencia,
su alteridad, en un universo donde el hablar sobre Dios es hecho
casi exclusivamente por sujetos masculinos, entry como elemento
perturbador. Y esa "perturbación" se da, más
que nada, a través de su corporeidad que, siendo "otra" que
la del hombre, expresa y señala la experiencia de Dios de
manera otra y propia. El cuerpo femenino es h condición
de posibilidad del camino, por to cual la mujer viene a ser una
interpelación importante cuando se habla de experiencia
mística, de evangelización y de vida cristiana. Este
cuerpo que, sin embargo, ha sido muchas veces fuente de la discriminación
que la mujer misma sufrió y sufre adentro de la Iglesia.1
En este texto examinaremos
primero el estado de la cuestión: por donde ha pasado y
pasa la discriminación contra la mujer en la Iglesia, que
la condenó a una invisibilidad que ya dura siglos. Enseguida,
veremos como, en América Latina, esa discriminición
se hizo de una manera en la cual las mujeres, a pesar de ser protagonistas
en la Iglesia, constituían un ejército invisible
e inaudible que no ha logrado hasta hace poco tiempo hacer resonar
su palabra. Finalmente, intentiremos, a partir del pedido de perdón
hecho por la Iglesia con ocasión del Jubileo, donde el Papa
Juan Pablo II pide perdón en nombre de la Iglesia a varias
categorías de personas, vislumbrar algunas pistas de futuro
para el papel de la mujer dentro de la comunidad eclesial y el
proceso de evangelización.
1.
La corporeidad femenina y el riesgo de su “diferencia”
La más grinde discriminación
contra las mujeres dentro de la Iglesia parece referirse a algo
más profundo y mucho más serio que simplemente la
fuerza física, la formición intelectual o la capicidid
de trabajo. La Iglesia es todavía muy fuertemente configurada
por el molde secular del patriarcalismo tan presente en la tradición
judeo-cristiana. El patriarcalismo subraya la superioridad
del hombre no solamente desde una perspective intelectual o práctica,
sino por lo que Ilamaríamos una perspectiva
ontológica.
En una cierta tradición
judía, las mujeres empiezan a ser oprimidas por su misma
constitución corporal. Su anatomía no les permite
pasar por el rito de iniciación del Judaísmo. Son
sometidas a menos mandamientos que los hombres, lo que las disminuye
en su integridad de pertenencia al Pueblo de Dios, cuya gran gloria
es vivir según la Ley de Dios, la Torah. Es verdad que un
judío es judío y considerado como tal solamente en
cuanto es hijo de madre judía; por lo tinto, ahí percibimos
una valoración del cuerpo de la mujer, que es capaz de dar
hijos al pueblo. Sin embargo, los ciclos mensuales de esa misma
mujer son considerados impuros. Es más: contagiantemente
no puros, y esto las ha segregado de muchas esferas de la vida
social, pública y religiosa.
Dentro del marco de esta
discriminación corporal hay una asociación muy fuerte
con la mujer como responsible por la entrada del pecado en el mundo,
y por la muerte en cuanto consecuencia del pecado.
A pesar de toda la praxis
liberidora de Jesús con relación a las mujeres, a
pesar de que la Iglesia Primitiva haya asimilado, a un nivel bien
profundo, las enseñanzas de Jesús, introduciendo
un ritual de iniciación no sexista, tal como el bautismo,
la Iglesia tardia de una cierta manera, re-asumió progresivamente
la discriminación en contra del cuerpo de la mujer.
Las experiencias místicas
de muchas mujeres fueron miradas frecuentemente con desconfianza
y sospecha, con severa y estricta vigilancia de varones encargados
de controlarlas y exorcizarlas. Muchas experiencias místicas
riquísimas de mujeres verdaderamente agraciadas por Dios
con comunicaciones muy íntimas, permanecieron ignoradas
en un universo en donde las vías de divulgación permanecen
en manos de unos pocos y en donde casos como los de una Teresa
de Ávila son las excepciones que confirman la regia.
A lo largo de la historia
de la Iglesia, la mujer ha sido mantenida a una prudente distancia
de lo sagrado y de todo que lo circunda, así como de la
liturgia y de los objetos rituales y de la mediación directa
con Dios. Todo eso, evidentemente, requiere un cuerpo "puro" y
es grande la desconfianza sobre si la mujer realmente lo tiene.
A pesar de todos los avances y progresos que han sido hechos en
la participación de la mujer a muchos niveles de la vida
eclesial, todavía pesa sobre ella el estigma de ser la seductora
inspiradora de miedo, fuente de pecado para la castidad del hombre
y el celibato del clero. Entre la mujer y el misterio, difícil
y raramente se reconoció y legitimó una sintonía
en términos de la "alta" mística, de las
experiencias más profundas de Dios, quedándole más
el campo de las devociones menores y de menor importancia.
Esto es un dato bastante
terrible, que demanda una reflexión muy seria dentro de
la Iglesia. Pues, si es posible luchar en contra la discriminación
intelectual (por el acceso a los estudios y a la formación),
contra la injusticia profesional (intentando mostrar competencia
y especializándose), ¿qué se hace con la propia
corporeidad? Más que esto: ¿deberían las mujeres
negar o ignorar su mismo cuerpo, su especial y original cuerpo
creado por Dios a fin de capacitarse a ser dignas de entrar en
comunicación profunda con el Creador y ocupar su espacio
dentro de la Iglesia?
Cuando lanzamos la mirada
al universo femenino en la Iglesia hoy, podemos ver que en el campo
de la espiritualidad, la presencia de mujeres ha crecido de manera
notable. Cada vez más, la experiencia mística de
las mujeres viene siendo rescatada y es objeto de trabajos académicos
a nivel de licenciatura y/o doctorado.2
Además de esto, laicas
o religiosas, son incontables hoy en Brasil las mujeres que se
dedican a la pedagogía espiritual: a la predicación
de ejercicios, al acompañamiento espiritual de personas,
y producción de material que ayude a organizar positivamente
la experiencia de Dios, la oración y la liturgia en sus
más distintos niveles. Es notable el fruto que producen
esas maestras espirituales, que ayudan a tantos hombres y mujeres,
según su propio sentir femenino de Dios y su experiencia
del Espíritu marcada por su manera femenina de ser. Es de
esta experiencia espiritual, que se pone a la escucha del Espíritu
en otros y otras, que emerge muchas veces la reflexión teológica
hecha por las mujeres. Y esto da a esta reflexión un tinte
y un sabor de existencialidad, de experiencia, de vida, haciendo
que el rigor del concepto y de la reflexión dé testimonio
de esto y a esto esté subordinado — y no al revés,
como muchas veces ha pasado en la teología más tradicional.
Con esta práctica
concreta de introducir y exponer su corporeidad "otra" al
hablar de la experiencia del Misterio de Dios, las mujeres introducen
algo "nuevo", una "novedad" en la comprehensión
de la mística. Y el Misterio de Dios, alterando, afectando
y configurando la corporeidad creatural sexuada de la mujer, revela
otros aspectos de sí mismo que de otra manera no podrían
hacerse presentes al Pueblo de Dios.
Por su corporeidad abierta,
la mujer puede evocar y transmitir experiencias espirituales con
las cuales muchas veces el hombre tiene más dificultad.
Nos referimos, por ejemplo, a la experiencia de sentirse esposa
de Cristo, de vivir el matrimonio espiritual, o a la experiencia
tan central de ser fecundada por el Espíritu de Dios, dando
cuerpo nuevo a su Verbo y mediando nuevamente la Encarnación
para dentro del mundo.3 Claro está que hay muchos hombres
en la historia de la mística cristiana que han vivido en
profundidad esta experiencia. Son en general hombres que han liberado
su dimensión femenina, su "ánima", en la
relación con Dios.4 Muchos
de esos, místicos y directores espirituales eximios, han
utilizado el recurso lingüístico de referirse al ser
humano, compañero amoroso de Dios, como "el alma",
introduciendo un vocablo
femenino para significar una experiencia que es ofrecida por Dios
a toda criatura humana, pero que en la corporeidad de la mujer
puede ser contemplada y sentida de manera más palpable y
evidente.
Hay una dimensión
de la mistica cristiana en la cual la mujer emerge como sujeto
privilegiado: se trata de la identificación de su corporeidad con
el sacramento de la Eucaristia. Se
trata de la significación estricta del sacramento en cuanto
transubstanciación y presencia real del cuerpo y sangre
del Señor, los cuales, bajo las especies del pan y del vino,
son dados al pueblo
como alimento y bebida. Alimentar a otros con su proprio cuerpo
es la vía suprema que Dios mismo ha elegido para estar definitiva
y sensiblemente presente en medio de su pueblo. El pan que partimos
y comemos y que profesamos ser el cuerpo de Jesucristo nos refiere
al gran misterio de su encarnación, vida, muerte y resurrección.
Es su persona dada en alimento; es su propia vida hecha corporalmente
una fuente de vida para los cristianos. Pero es la mujer que posee
en su corporeidad la posibilidad fisica de realizar la divina acción
eucarística. En todo el proceso de gestación, dar
a luz, protección y nutrición de la nueva vida, tenemos
el sacramento de la eucaristía, el acto divino por excelencia
aconteciendo nuevamente.
La corporeidad del otro — o
mejor, de la otra — fuente de tantas sospechas y prejuicios
a lo largo de la historia, es camino tan antiguo, pero tan nuevo,
poderosamente iluminador a inspirador para la mística cristiana
en tiempos de nuevos paradigmas en donde la cuestión del
género se presenta como una de las cuestiones más
centrales.
Y eso tiene fundamentación
precisamente en la Cristología. Jesucristo, el Verbo Encarnado,
no solamente en su acción concreta a histórica, ha
tenido una relación abierta y fraternal, cercana y liberadora
con las mujeres. Pero también asumiendo la carne humana,
ha redimido la corporeidad humana por entero, incluso el cuerpo
femenino.
2.
Jesús, Señor de la mujer 5
Lo que nos es dado conocer
del Jesús histórico a través de los relatos
evangélicos lo muestra como el iniciador de un movimiento
itinerante carismático, donde hombres y mujeres son admitidos
en relaciones de fraterna amistad. Diferente del movimiento de
Juan Bautista, con marcado acento sobre la ascesis y la penitencia;
diferente también de Qumrân, donde solo los hombres
son admitidos, el movimiento que Jesús instaura se caracteriza — además
de la preocupación central de la predicación del
Reino como proyecto histórico concreto — por la alegría,
la participación sin prejuicios en fiestas y comidas a las
cuales son admitidos pecadores y marginados en general, y por la
ruptura con una serie de tabús que caracterizaban la sociedad
de su tiempo.
Entre estas rupturas, ciertamente una
de las más evidentes es la que tiene relación
con la mujer. La mujer en el Judaísmo del tiempo deJesús
era considerada social y religiosamente inferior, "primero
por no ser circuncidada y, por consiguiente, no pertenecer propiamente
a la Alianza con Dios; después por los rigurosos preceptos
de purificación a los cuales estaba obligada debido a su
condición biológica de mujer; y finalmente, porque
personificaba a Eva con toda la carga peyorativa que se le agregaba".6
La triple plegaria judía
característica del rabinismo del siglo II va a reflejar
la mentalidad que ya desde la época de Jesús es vigente
en el Judaísmo: la oración con la cual el judío
piadoso daba gracias a Dios todos los días por tres cows:
por no haber nacido gentil, ni ignorante de la ley, ni mujer. En
este contexto, la práctica de Jesús se muestra no
solo innovadora, sino también chocante. A pesar de no haber
dejado ninguna enseñanza formal respecto al problema, la
actitud de Jesús para con las mujeres es tan insólita
que llega a sorprender hasta a los mismos discípulos
(Jn 4,27).
Es común a los cuatro
evangelios que las mujeres forman pane de la asamblea de Reino
convocada por Jesús, en la que no son simples componentes
accidentales, sino activas y participantes (Lc 10,38-42) y aún
beneficiarias privilegiadas de sus milagros (cf. Lc 8,2; Mc 1,29 31; Mc 5,25-34;
Mc 7,24-30, etc.) (cf.
Boff 1979; Tepedino 1990; Ricci 1991; Bingemer 1991; Aquino 1992;
y otros).
Esa promoción de las
mujeres por parte de Jesús tiene para nosotros, hoy, un
doble alcance teológico:
1. Se trata de
un aspecto particular del Evangelio en lo que tiene de más
esencial "la Buena Nueva anunciada a los pobres liberados en
prioridad por Jesús: los desheredados, los rechazados, los
paganos, los pecadores y los marginados de toda suerte, entre los
cuales se incluyen las mujeres y los niños, no considerados
por la sociedad judía. A todos estos Jesús los hace
destinatarios privilegiados de su Reino, integrándolos plenamente
en la comunidad de hijos de Dios, porque con su mirada divina,
informada constantemente por los movimientos del Espíritu
y por lá relación filial con el Padre, sabe discernir
en todos estos pobres — en los cuales está incluida
la mujer — valores ignorados: "la vida preciosa del
cañizo pisoteado o el fuego no extinto de la mecha que aún
humea" (Laurentin 1980, 84).
Las mujeres desempeñan un
papel importante en esta visión
evangélica de la reversión social que la praxis y
la palabra de Jesús traen. Entre las diferentes categorías
de marginados son ellas que aparecen como representativas de los
pequeños oprimidos. El diálogo y primer reconocimiento
de Jesús como Mesías sucede con una mujer samaritana
(cf. Jn 4). Una mujer
siro-fenicia (cf.
Mc 7,24-30) o cananea (Mt 15,21-28) es la que lleva
a Jesús a realizar el gesto profético de la Buena
Nueva anunciada a los gentiles. Entre los pobres, declarados bienaventurados
por Jesús porque saben abrirse y sacar hasta de lo más
necesario, la figura de la viuda (cf. Lc 21,3) es la que se destaca como la más destituida y
la más generosa. Entre los moralmente más marginados
y fuera de la ley que serán, por otro lado, los primeros
a entrar en el Reino de Dios, se mencionan las prostitutas (cf.
Mt 21,31). Entre los impuros, a los cuales es vedado el acceso
a los ritos y al universo religioso, la mujer con flujos (Lc 8,4;
Mt 9,20-22) es el prototipo, permanentemente impura — según
la ley judía (cfr. Lev 15,19) — y volviendo impuro
hasta lo que ella toca.
Las mujeres son, pues, parte
integrante y principal de la visión y de la misión
mesiánica de Jesús, y en ella aparecen como las más
oprimidas entre los oprimidos (cf. Radford Ruether s.a, 136). Ellas son el escalón más
bajo de la escala social, siendo por lo tanto vistas como los últimos
que serán los primeros en el reino de Dios. Cargan sobre
sus hombros la doble opresión social y cultural, clasista
y sexista. Por eso, son destinatarias privilegiadas del anuncio
y de la praxis liberadora de Jesús. Por eso también
la respuesta que dan esas oprimidas y discriminadas a la propuesta
mesiánica es tan rápida y radical. Por estar situadas
en la base de la red de relaciones sociales de su época,
soportarr do el peso de sus contradicciones, las mujeres son las
que mayor razón y mejores condiciones tienen para desear
y luchar por la no-perpetuación del "status
quo" que las oprime y esclaviza.
2. La relación
de Jesús con la mujer carga aun otro componente que, estrechamente
entrelazado con el primero, enriquece y compiementa el cuadro de
la propuesta liberadora del Reino. Se trata de la relación
de Jesús con el cuerpo de la mujer, dimensión
central, por donde pasa la discriminación de que esta es
objeto.7
Jesús, con su praxis
liberadora en relación a las mujeres, aceptándolas
tal como eran, aun con su cuerpo considerado débil a impuro
en su cultura, proclama una antropología integrada, que
valora al ser humano en su dimensión de cuerpo animado por
el soplo divino, como un todo donde espíritu y corporeidad
son una sola cosa. Es importante recordar aquí unos episodios
evangélicos donde Jesús aparece en contacto más
directo con la corporeidad femenina, reafirmando su dignidad y
su valor como creación
de Dios:
- curando a una mujer
con flujos — impura para los judíos — se expone
al riesgo de volverse él mismo impuro al tocarla (Mt 9,20-22;
Lc 8,43);
- resucitando a la
hija de Jairo: La toma por la mano delante de los discípulos
(Lc 8,49-56);
- dejándose
tocar, besar y ungir los pies por una conocida pecadora pública,
permite que el anfitrión fariseo ponga en duda su condición
de profeta (Lc 7,36-50).
Como lo biológico
en la mujer es el punto central por donde pasa la marginación
de la cual su persona es objeto, la praxis de Jesús actúa
ahí concretamente como liberadora y salvadora, abriendo
posibilidades y nuevos horizontes de comunión a todas estas
que la sociedad excluía, y proclamando el advenimiento de
una nueva humanidad donde la imagen original creada por Dios — "macho
y hembra" (Gen 1,27) — pueda llegar a su plena estatura
(cf. Ef 4,13). El Evangelio
pues, no presenta un dualismo donde masculino y femenino se oponen,
confilictúan o aun se "complementan" románticamente.
Ofrece más bien una propuesta de vida y de relaciones donde
la mitad de la humanidad, que sigue siendo despreciada y discriminada,
tiene derecho y acceso a una relación humana a igualitaria,
adulta y responsable.
Al mismo tiempo que proclama
esta antropología integradaea integradora, Jesús
la vive en su propia persona y en su vida, lo que nos brinda un
dato más para afirmar, con seguridad, que la Cristología
es el fin del patriarcalismo.
Inversamente a las distorsiones
que la llevarán a ser una exacerbación del patriarcalismo,
la Cristología representa, por el contrario, la kénosis del
patriarcalismo (cf. Radford
Ruether s.a., 137). La kénosis del
Verbo de Dios que se hace carne, se vacía y "no se
aferra" (cf. Flp 2,5-11) a sus prerrogativas
divinas, corresponde al anuncio de la vuelta al sueño original
del Dios creador: una humanidad que supera los privilegios de castas,
jerarquías y discriminaciones. El precio de esta nueva y
tan antigua humanidad, deseada en los albores del cosmos por Dios
que es Amor, pasa por una respuesta de vida donde los pequeños,
débiles y oprimidos tienen la primacía. Esta propuesta
es vivida y proclamada por Jesús de Nazaret.
La mujer, víctima
de doble opresión social y religiosa en el momento histórico
de la Encarnación del Verbo, es, junto con los otros marginados
que atienden al Ilamado de Jesús, representante privilegiada
de un nuevo orden social donde la voluntad de Dios se manifiesta
y Ilena la tierra.
La dicotomía que muchas
veces se hizo en Cristología entre el Jesús histórico
y el Cristo de la fe es, en gran parte, responsible por el hecho
de que se haya dejado en la oscuridad algo que pertenece a la esencia
misma de( evangelio y de la reflexión cristológica:
la Buena Nueva de liberación para la mujer.
Porque, si por un lado, Jesucristo
no puede ser simplemente reducido a las dimensiones espacio-temporales
y corporales del varón de Nazaret, sino que debe ser a la
vez prodamado y venerado como el kyrios (Señor
glorificado y glorioso); por otro lado, tampoco se puede confinar
la Cristología al señorío glorioso del Resucitado,
olvidando que en que reina a la derecha del Padre es el mismo que
lavó los pies de los discípulos, que se reveló como
el siervo que da la vida por sus amigos, obediente hasta la muerte
de cruz. Es el mismo que mostró preferencia por los pobres
y oprimidos, identificándose como uno de ellos. Es el mismo
que alas mujeres — discriminadas y oprimidas de su tiempo — trató con
cariño y respeto, proclamando su plena dignidad de has de
Dios y ciudadanas del Reino.
La gloria de la resurrección
no es otra cosa que la confirmación del camino histórico
de ese Jesús — siervo y hermano — como único
camino que conduce a la salvación. Olvidar esto es alejarse
del centro del kerigma neotestamentario,
por lo Canto, de la propia fe cristiana.
La comunidad cristiana, formada
por hombres y mujeres, da continuidad a la identidad de ese Cristo
total, realizando — asistida por el Espíritu Santo — la
liberación plena del cosmos y de la humanidad. La Cristología
es así, aun hoy — como siempre y más que nunca — Buena
Nueva de salvación para la mujer que busca su espacio y
su lugar, lado a lado con el varón, en la sociedad y en
la Iglesia.
La Iglesia ha pretendido
alcanzar, con la convocatoria del Año Santo y el propósito
de hacer un pedido público de perdón, un gesto que
pretendía provocar la
purificación de
la memoria. Esta consiste en el proceso orientado a liberar
la conciencia personal y común de todas las formas de resentimiento
o de violencia que la herencia de culpas del pasado puede habernos
dejado, mediante una valoración renovada, histórica
y teológica, de los acontecimientos implicados, que conduzca,
si resultara justo, a un reconocimiento correspondiente de la culpa
y contribuya a un camino real de reconciliación. Un proceso
semejante puede incidir de manera significativa sobre el presente,
precisamente porque las culpas pasadas dejan sentir a menudo todavía
el peso de sus consecuencias y permanecen como otras tantas tentaciones
también hoy día.8
En cuanto tal, la purificación
de la memoria requiere "un acto de coraje y de humildad en
el reconocimiento de las deficiencias realizadas por cuantos han
fevado y llevan el nombre de cristianos" y se basa sobre la
convicción de que "por aquel vínculo que, en
el Cuerpo místico, nos une los unos a los otros, todos nosotros
llevamos el peso de los errores y de las culpas de quienes nos
han precedido, aun no teniendo responsabilidad personal y sin pretender
sustituir aquí al juicio de Dios". Juan Pablo II añade: "Como
sucesor de Pedro pido que en este año de misericordia la
Iglesia, fuerte por la santidad que recibe de su Señor,
se ponga de rodillas ante Dios a implore el perdón por los
pecados pasados y presentes de sus hijos". Al reafirmar después
que "los cristianos están invitados a asumir, ante
Dios y ante los hombres ofendidos por sus comportamientos, las
deficiencias por ellos cometidas", el Papa concluye: "Lo
hacemos sin pedir nada a cambio, fuertes solo por el amor de Dios,
que ha sido derramado en nuestros corazones (Rom 5,5)".
Todo posible acto de purificación de la memoria, Ilevado
a cabo por creyentes busca una sola cosa: la glorificación
de Dios, ya que vivir la obediencia a la Verdad divina y a sus
exigencias conduce a confesar conjuntamente con nuestras culpas
en cuanto hijos de Dios, la misericordia y la justicia eterna del
Señor.9
En lo que toca a la mujer
y a la historia de su pasado y su presente dentro de la Iglesia,
el pedido de perdón tiene cabiday lugar, una vez que se
constata que la mujer ha sido inferiorizada, rechazada, discriminada
dentro de la Iglesia por su misma condición de mujer.10
Por lo tanto, el pedido de
perdón del Papa y a través de él, de toda
la Iglesia a personas maltratadas y discriminadas por su raza,
por su condición social diferente, etc. — incluye
la discriminación por género, que hace que la mitad
de la humanidad sea considerada inferior, no sea escuchada
y no tenga voz ni voto dentro de la comunidad eclesial.
La Iglesia es hoy lo que
el mensaje y la persona de Jesús, al inicio, han desencadenado,
consignada en el Nuevo Testamento, fuente primera de nuestra fe
y lo que ella (Iglesia) ha construido a lo largo de su recorrido
histórico. Así, tanto la fe inicial como los eventos
históricos se entramaron y de tal modo fueron decisivos
que no es nada fácil distinguirlos.
De vez en cuando, el estado
concreto de la Iglesia levanta problemas delante de nuevos hechos
sociales y culturales. Nuestra época es testimonio de semejante
estado de cosas, y la situación de la mujer, con su emergencia
y las cuestiones que levanta, es sin duda, una poderosa interpelación
a la Iglesia contemporánea.
Si por un lado, no existe
una Iglesia desde los orígenes que sea pura, evangélica
y que todo lo que viene después sea corrupción de
ese estado de pureza original; por otro, tampoco se puede hacer
cristalizaciones de situaciones que tuvieron su sentido y su lugar
en el pasado como si fueran intocables e irreformables. Si toda
idealización carece de realismo y puede conducir al fanatismo,
también la historia es por definición el espacio
de lo nuevo y de lo imprevisible y es en los meandros siempre nuevos
y sorprendentes de esta historia que la Revelación de Dios
se ha dejado escuchar y sentir.
Si algunas posiciones tomadas
con respecto a la mujer por parte de la Iglesia pueden haber tenido
su sentido y su pertinencia en determinadas épocas de la
historia, en todo caso es innegable que hoy la Iglesia ya no puede
construir su identidad más profunda sin tomar en cuenta
la novedad de la emergencia de esa que siempre fue presencia en
sus filas, pero que ahora quiere estar presente de otra manera
y pide un tratamiento y una consideración y más que
nada, una atención como no se le había dado hasta
ahora.
Cabe, por lo tanto, a la
Iglesia utilizar con respecto a la mujer un tercer camino, que
sería conjugar la fidelidad a las fuentes primeras con su
encarnación en las condiciones históricas actuales.
Y de esa encarnación en la contemporaneidad hace parte la
manera de ver la figura de la mujer. La reflexión y la actitud
de la Iglesia solo serán figuras nuevas si respetan la "esencia" de
la Iglesia, sus elementos constitutivos en nuevas concreciones
y perspectivas.
Y no podemos ignorar, por
miedo a ser demasiado radicales, que si la Iglesia es constitutivamente
divina y humana, su humanidad quedará irremediable y tristemente
empobrecida si no permite brillar y lucir la persona de la mujer.
El modelo de Iglesia traído
a lumbre por el Concilio Vaticano II, del Pueblo de Dios, nos dice
que todos son, en un primer momento, responsables por todo lo que
pasa con y en la Iglesia. Hay una igualdad fundamental garantizada
por el Bautismo, que permite superar las distintas contraposiciones
clero vs. laicado; ordenados vs.
no ordenados; hombres vs.
mujeres; Iglesia docénte vs.
Iglesia discente.
Todo fiel es habitado por
el Espíritu y por eso recibe de él dones y carismas,
a pesar de que todos no responden de la misma manera a los impulsos
del Espíritu. La gracia del carisma toma en cuenta las diferencias
de la naturaleza humana para enriquecer a toda la comunidad. Es
así que las mujeres, cuando organizan la vida de la comunidad,
cuando preparan la liturgia, cuando enseñan la teología,
cuando predican retiros, lo hacen inspiradas por el mismo Espíritu,
pero desde su misma diferencia de mujer. Y esa diferencia es constitutiva
de la comunidad eclesial, y sin ella, el futuro de la Iglesia será más
pobre, más débil, y correrá el riesgo de no
cumplir la misión de anunciar la Buena Nueva de Jesucristo
al mundo de hoy.
Notas
* Maria Clara Lucchetti Bingemer
Centro Loyola de
Cultura e Fe
Estrada da Gavea, 1
Gavea22451-260
Rio de Janeiro, RJ
Brasil
1 Cf. algunas obras sobre esta cuestión:
Delumeau 1991, especialmente los capítulos sobre A diabolização
da muher"; I. Gebara 1993; F. Cameiro y Soares 1995.
2 Cf. el trabajo de Delir Brunelli sobre
Clara de Asís y el reciente libro de Cettina Militello 1995,
entre otros.
3 Véase
a este respecto las experiencias de Santa Teresa, de la transverberación
y del matrimonio espiritual. Véase también aquello
que San Ignacio recomienda al ejercitante en el coloquio final
de la contemplación de la Encarnación de sus Ejercicios
Espirituales (n. 109) insinuando que en él, el Verbo Eterno
se encarna nuevamente.
4 Cf.
San Juan de la Cruz, San Francisco de Asís,
San Bernardo entre otros.
5 Las reflexiones
de este apartado son tomadas en su casi totalidad de nuestro artículo Una mirada femenina sobre Jesús (1999).
6 Boff 1979, 77-78.
Véase también nuestro artículo "Chaireté'
(1988).
7 Remitimos a
lo que dlimos más arriba y a la cita de L. Boff, n. 7, sobre
el hecho de que la mujer no pertenece directamente al
pueblo escogido dado el componente biológico de que su corporeidad
no admite el rito de iniciación a la circuncisión.
Recordamos, además, de que el componente más característico
del "bios" femenino — la menstruación y
el ciclo menstrual — es, en el Judaísmo, considerado
impureza.
8 Cf. Comisión
Teológica Internacional, Memoria
y Reconciliación, Introducción.
9 Ibid.
10 Cf. lo que se dice supra sobre la corporeidad
femenina.
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