Félix Barrena Sánchez *
La inmigración como desafío a la misión


Aunque llevo bastantes años dedicando mi trabajo profesional al terra de la inmigración, tengo que reconocer que nunca antes me había puesto a reflexionar a fondo sobre el terra de este artículo. Había pensado sobre otros desafïos que plantea la inmigración: en el terreno de lo social, en el cultural, en el económico... pero nunca en el que plantea a la misión de la Iglesia. Alguien me pidió que lo hiciera y que escribiera mis reflexiones en "Misiones Extranjeras". No me atreví a desairarle y con una osadía, fruto de mi ignorancia, acepté. Ahora reconozco que el terra exige más estudio y reflexión que el que yo he podido dedicarle. Y no sería honrado si de ello no infòrmara al lector.

 

Misión e inmigración

Es obvio que existen diversas formar de entender la misión de la Iglesia. También existen muchas formas de inmigración. Se impone, pues, aclarar to que entendemos por esos dos términos entre los que se produce el desafío.

 

A. La misión

Todas las iglesias, también la Iglesia Católica, tienen como principio fundacional a inmutable el encargo divino de convocar a la fe y de pastorear dentro de ella a todos los hombres. Un encargo del que se sienten depositarias y al que dedican su existir y sus recursos. No se trata de una misión retórica, sin trascendencia en la vida real. Muchos hombres y mujeres, los misioneros, han recorrido el mundo y han dejado su vida en ultramar en aras de su compromiso personal con la misión.

Hablar de la inmigración como de un desafío a la misión y concluir de ahí que ésta consiste en convertir a los inmigrantes que lleguen a estas tierras parece más bien una caricatura de la propia misión. Esta no será tal si no se mostrara absolutamente respetuosa con los derechos humanos, sobre todo con el de libertad religiosa. Por eso cualquier tipo de proselitismo que pretendiera obtener ventajas de la situación de privilegio en que se encuentra la Iglesia Católica en España, de los vaivenes socio-económicos que zarandean la fe del inmigrante no católico o de la precariedad de medios con que cuentan otros credos con menos arraigo social en España, sería una traición a la misión. Y eso conviene recordarlo pues hay organizaciones religiosas, de tipo sectario, dispuestas a pescar en río revuelto, condicionando la ayuda material a la práctica religiosa. No es ese el caso de Cáritas ni de otras entidades eclesiales o de inspiración cristiana que sirven al hombre sin tener en cuenta su adscripción ideológica o religiosa.

Para que el desafío sea leal y saludable para ambas partes, es preciso que se desarrolle en un terreno en el que ambos desafiantes cuenten con oportunidades similares.

Hubo otros tiempos en que la misión se entendió de otra manera mucho más agresiva y menos respetuosa con las creencias religiosas de otros pueblos. Así fue en tiempos del descubrimiento de América o de la colonización europea en África. Pero ese concepto de misión responde a otra mentalidad y a otras épocas. Para actualizarlo hay que despojarlo de todo rasgo impositivo, de todo afán proselitista — en el sentido sectario del término — y de cualquier esfuerzo asimilacionista que pretendiera hispanizar o europeizar a los inmigrantes que llegan.

 

B. La Inmigración

Cuando hablamos de inmigración nos estamos refiriendo a esa masa enorme de hombres y mujeres, de toda condición, que se mueven de un lugar a otros en busca de mejores condiciones de vida.

Hoy es comúnmente admitido que la inmigración en España es algo estructural, no coyuntural. Ello significa que ese trasiego de gentes no responde ni a una moda, ni a unas circunstancias determinadas que podrían cambiar en breve.

 

Estamos diciendo que la inmigración está tan unida a nuestro estilo de vida, a nuestra escala de valores, a nuestra economía, a nuestro concepto del mundo y del trabajo como puede estarlo la uña a la carne. De ahí que mientras queramos o tengamos que seguir viviendo así, habrá inmigración y habrá inmigrantes. Y la gente seguirá yendo de los países más pobres hacia aquellos que ofrezcan trabajo y mejores condiciones de vida. Con la particularidad de que esos flujos de personas se podrán controlar, reconducir, aumentar o disminuir, pero no cortar, pues el inmigrante no va a donde quiere, sino a donde le Ilaman y le dan trabajo. Por eso, a veces, ni él mismo sabe a dónde va.

En España este fenómeno de una inmigración estructural todavía es bastante novedoso; la sociedad no está suficientemente preparada para reaccionar positivamente ante él. Hay que tener en cuenta que hasta principios de los años' 80 aquí no se conocía otra emigración que la de los españoles que salían a buscarse la vida a Centro Europa o, antes, a América Latina. Extranjeros que vinieran a ganarse la vida en España eran muy pocos.

Por no existir, ni siquiera existe el término "inmigrante" en el ordenamiento jurídico español. Ahí está la ley de extranjería cuyo nombre oficial es LEY ORGANICA 8/2000, de 22 de diciembre, de reforma de la Ley Orgánica 4/2000, de 11 de enero, sobre derechos y libertades de los extranjeros en España y su integración social.

Sin embargo ese amplísimo número de extranjeros que vienen a España y a Europa, siempre en busca de trabajo, pero a veces también en busca de protección o con otros fines, no es ni mucho menos un colectivo homogéneo. Vamos a establecer unas distinciones elementales que nos ayuden a precisar quién es quién en este cameo.

Para hater un poco de luz en este cameo vamos a describir brevemente los diversos tipos de extranjeros que conviven con nosotros. Señalaremos tres

grandes grupos: Ciudadanos de la Unión Europea, Ciudadanos de otros países económicamente prósperos y Ciudadanos procedentes de países en vías de democratización y desarrollo.

  • Ciudadanos de la Unión Europea

Son los nacionales de cualquiera de los 15 países que, a fecha de hoy, forman la Unión Europea: Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, España, Finlandia, Francia, Grecia, Holanda, Italia, Luxemburgo, Portugal, Reino Unido, República de Irlanda y Suecia. También podemos incluir entre epos, a efectos de estancia y trabajo, a los ciudadanos de países pertenecientes al espacio económico europeo que son los 15 citados más los de Noruega, Suiza y Liechtenstein.

Estos cada vez son menos extranjeros en España. Pueden entrar y salir cuando deseen. Comparten la mayoría de los derechos y obligaciones de los españoles, excepto el de voto en las elecciones generales y autonón-ticas: no necesitan permiso de residencia, aunque deban comunicarla a la policía como hace cualquier español al solicitar o renovar su DNI, no necesitan permiso de trabajo, pueden votar en algunas elecciones locales, pueden darse de alta en la Seguridad Social, etc.

De todos estos extranjeros, los únicos que tienen problemas específicos para residir en España son los ciudadanos portugueses de etnia gitana — varios miles — cuyas dificultades para obtener la residencia vienen dadas más bien por su especificidad cultural que por su nacionalidad.

También presenta una problemática específica de integración el colectivo de ciudadanos africanos y de otros países del Tercer Mundo que, aunque nacionalizados españoles o de algún otro país de la Unión Europea, sufren un rechazo parecido al que experimentan los inmigrantes originarios de su país y que obedece principalmente a su tez oscura y a sus formas de vida bastante diferentes de las que podemos considerar predominantes en las sociedades europeas.

  • Ciudadanos de otros países económicamente prósperos

Siempre se cita entre ellos a los procedentes de Estados Unidos, Canadá y Japón. También a los de Australia y República Sudafricana. Sin olvidar a ciertos núcleos de población originaria de determinados países asiáticos de gran empuje económico como Taiwán, India, Corea del Sur, Singapur, Malasia o Tailandia que tienen negocios en España. A todos estos podríamos añadir los procedentes de varios países petrolíferos de Oriente Medio.

Estos extranjeros suelen ser profesionales que tienen su propio negocio o ejecutivos al servicio de empresas multinacionales asentadas en su país de origen. Sus problemas pueden ser muy diversos pero casi nunca están relacionados con la tramitación de sus permisos de residencia o trabajo, verdaderos caballos de batalla de los extranjeros a los que nos referiremos en el grupo siguiente.

  • Ciudadanos procedentes de países en vías de democratización y desarrollo

Estos son los que verdaderamente sufren en su carne el estigma de ser extranjero y tienen problemas reales de integración social en el país de acogida. Entre ellos distinguimos varios tipos:

  1. Refugiados
  2. Desde el año 1951 en que se firmó la Convención de Ginebra, entendemos por refugiado aquella persona que huye de su país por motivos de raza, nacionalidad, religión, ideas políticas o pertenencia a un grupo social determinado. Para residir en España como refugiado, un ciudadano extranjero debe ser antes reconocido como tal por alguno de los países signatarios de la Convención de Ginebra. Por eso es frecuente encontrarnos con personas que se llaman refugiados pero que jurídicamente sólo son "solicitantes de refugio". Y no son pocos los que ven denegada su solicitud al cabo de un tiempo por no haber podido probar o al menos presentar indicios suficientes de persecución en su país de origen. La figura del asilo, que en España tenía algunas particularidades hasta hace unos años, es ahora, a efectos prácticos, idéntica a la del refugio.

  3. Desplazados
  4. Son aquellos extranjeros que han tenido que dejar su país por razones de fuerza mayor (guerras, hambrunas, fenómenos de la naturaleza como huracanes o desbordan-tientos de ríos...) pero que no son reconocidos como refugiados por el país de acogida. Esta figura jurídica se utiliza a menudo para dar solución a casos humanitarios, personas que no son inmigrantes pero que tampoco pueden ser reconocidas como refugiadas por incumplir alguno de los requisitos establecidos en las leyes.

  5. Apátridas
  6. Como su nombre indica son personas sin patria: ningún gobierno o nación les reconoce como ciudadanos de un país determinado. Son personas que, por tanto, no tienen ni pueden obtener ningún documento de identidad válido para residir en España pues les es denegado por las autoridades consulares del país al que dicen pertenecer. Al no tener documento de identidad no pueden demostrar quiénes son, ni quién es su familia, no pueden hacer use de sus certificados de estudios, no pueden viajar porque carecen de pasaporte.… Para superar una situación a todas luces dramática, el gobierno español les ofrece un documento llamado actualmente "Cédula de Identidad" que hace las veces de DNI o de pasaporte y que tiene una duración limitada.

  7. Inmigrantes

Son los extranjeros que, procedentes del Tercer Mundo o de países de la antigua Unión Soviética, vienen a España — y a otros países de economía prósperaen busca de trabajo y de un futuro mejor para ellos o para sus hijos. Es verdad que viajan porque quieren — no llegan huyendo como los refugiados — pero con ese escasísimo margen de libertad que tienen para decidir sobre sus asuntos los ciudadanos más pobres. En realidad vienen empujados por gobiernos corruptos, por guerras sin sentido, por nacionalismos y fanatismos excluyentes, por empresas sin escrúpulos que sólo buscan su mayor beneficio, por la incultura y la falta de oportunidades para estudiar, por un sistema sanitario totalmente ineficiente, por una población que crece más deprisa que los recursos disponibles.…

Otra característica del inmigrante es que casi nunca viene solo; le tram. Unas veces le tram sus familiares o amigos; otras veces, las mafias cuyo negocio de trata de inmigrantes — ellos y ellas — es hoy un negocio suculento.

Al inmigrante se le reconoce enseguida porque sufre graves problemas de acogida cuando llega a España, porque generalmente pertenece a las clases económicamente más bajas de su país — algunos son cultos pero se han empobrecido en muy poco tiempo —, porque viene a ocupar los trabajos que menos interesan a los autóctonos. En un primer momento suelen vivir hacinados en pensiones baratas o en casas particulares; después empiezan a ocupar las viviendas más insalubres de la ciudad, aquellas que van dejando vacías los españoles o los inmigrantes que Ilegaron antes que ellos. Muchos llegan con la esperanza de hacer algún dinero y retornar pronto a su país de origen, pero la mayoría termina trayendo a su familia y quedándose. Viven a caballo entre dos culturas, la suya y la del país de acogida: al cabo de un tiempo suelen sentirse extraños en ambos países. Probablemente tarden varios años en conseguir cierta estabilidad jurídica — papeles en regla —, económica y afectiva. Todo ello repercute sobre los más pequeños, la segunda generación, que suele resultar problemática, sobre todo si no se ha invertido tiempo y esfuerzo en su educación a integración social. El dinero para el inmigrante es el diosecillo al que rinde tributo desde el momento de su llegada hasta que consigue un mínimo de estabilidad: primero piensa en pagar las deudas, después en procurarse unos medios de vida imprescindibles para él y su familia... y sólo después, bastante después, dispondrá de la serenidad suficiente para disfrutar de un ocio creador, de los bienes de la cultura, etc. No digo que tenga que ser así, simplemente constato el hecho de que a menudo esa es la realidad que encontramos y con la que nos damns de bruces quienes nos hemos propuesto que cultive otros centros de interés económicamente menos productivos. El racismo y el rechazo de la sociedad de acogida es una realidad con la que antes o después se va a encontrar: probablemente el rechazo sea doble: por su nacionalidad y por su situación social. Si además de ser inmigrante, es árabe o negro, el rechazo y la desconfianza pueden ser todavía mayores.

Nadie puede pretender describir en unos cuantos párrafos a un colectivo que procede de los cinco continentes, que habla un sinfín de lenguas y pertenece a las culturas más diversas. Pero había que intentarlo. Lo he hecho pensando en ofrecer no una descripción exhaustiva sino unos cuantos rasgos característicos que permitan al lector conocer reconocer al extranjero inmigrante.

El desafío

Una vez expuesto el concepto de misión y conocido el amplio abanico de extranjeros que Megan a España, vamos a precisar en qué consiste el desafío que la inmigración plantea a la misión. Por razones de espacio nos vamos a circunscribir al colectivo más numeroso de extranjeros que están desafiando a la misión: aquellos inmigrantes que proceden del Tercer Mundo, cuyo común denominador es el de ser pobres en comparación con los autóctonos.

Su desafío no es muy distinto del que plantearon a Jesús el ciego, la mujer cananea, el paralítico de la piscina, la viuda de Naím, los que comieron los panes y los peces, las prostitutas, los pobres y los excluidos de su tiempo. Unas situaciones vitales no muy distintas — salvada la distancia del tiempo — de las que viven el subsahariano que recoge hortalizas en un invernadero, el magrebí que pone ladrillos en la obra, la suramericana que arregla la casa, el matrimonio de europeos del Este que cuidan una finca, el empleado del restaurante chino, el repartidor de butano o la chica del club...

¿Qué hacen o dicen todos estos personajes para desafiar o poner en cuestión nada menos que la misión de la Iglesia? En realidad no dicen nada de particular. Simplemente están ahí, viviendo o malviviendo, según les vaya en la vida; como el ciego que se ganaba la vida pidiendo limosna al horde del camino o el paralítico que esperaba un pequeño empujón que le lanzara a la piscina. No es su palabra, es su situación la que interpela, la que plantea interrogantes y exige respuestas. Unas respuestas que o son audaces y rápidas o llegarán tarde.

Concretaré en unos cuantos puntos ese desafío.

  1. Acogida
  2. La necesidad de construir una sociedad solidaria, no racista ni xenófoba.
  3. Una enseñanza de calidad para los inmigrantes y para sus hijos.
  4. Un ecumenismo asimétrico y acorde con la realidad de la sociedad española
  5. Cuidar la semilla evangélica que los misioneros sembraron en los países de ultramar.

6. Apoyar el desarrollo socio-económico de los países emisores de inmigrantes

* ¿Y para cuándo dejamos el anuncio explícito del evangelio?

*La inmigración, un desafío saludable para la misión.

1. Acogida

La viabilidad de un proyecto migratorio depende a menudo de la forma en que éste se inicia. De ahí la importancia de la acogida. Tanto si el inmigrante llega à España con su visado de trabajo — son los menos — como si lo hace en patera o dando la vuelta por Amsterdam para burlar el control policial de los aeropuertos españoles, tendrá que tomar unas decisiones que van a marcar su futuro y tal vez el de su familia. En la mayor parte de los casos, va a tener que tomarlas prácticamente a ciegas — no importa que su idioma materno sea el castellano —, dejándose llevar por lo que le aconsejen o impongan sus familiares de aquí, su red étnica o el mafioso que organizó el viaje. Añádase a todo ello su estado de necesidad y su previsible angustia: sin trabajo, sin casa, sin amigos, sin personas en quien confiar, sin la familia extensa que le daba apoyo, con la mala conciencia de quien dejó atrás padres, cónyuge, hermanos o hijos..., tentado por mafias de delincuentes — a menudo de su propio país —, con la policía pisándole los talones — eso al menos le parece —, abrumado por el terrible descubrimiento de que España no es El Dorado que le habían pintado antes de emprender el viaje. En fin, con una sensación muy similar a la de María y José en Belén cuando se percataron de que nadie iba a darles posada.

Es importante notar que no se trata de una situación pasajera; dado el largo camino que en España debe recorrer el inmigrante para obtener su permiso de trabajo o residencia, esta etapa puede durar meses. La presión a que se ve sometido es enorme. El riesgo de derrumbe, grande; y eso que sólo emigran los fuertes de cuerpo y espíritu — los débiles o no arrancan o se quedan por el camino —.

La acogida es todo un reto para la sociedad que recibe al inmigrante y un gran desafío a la misión, sobre todo cuando el depositario de la misma posee el patrimonio inmobiliario más grande del país, cuando la mayor parte del mismo — lugares de reunión y de culto, sobre todo — sólo se utiliza unas horas al día o a la semana, cuando cuenta con una red de parroquias extendida por todos los barrios y pueblos, cuando dispone de abundante personal liberado y bien entrenado en habilidades humanas y en temas de acogida.

¿Qué hacer? Porque tal vez haya tantas respuestas como inmigrantes que demandan acogida. Lo más sensato, poner en práctica aquello de "fui extranjero y me acogisteis".

2. La necesidad de construir una sociedad solidaria, no racista ni xenófoba

¿Por qué será que todo animal tiende a proteger su territorio? El hecho es que allá donde llegan inmigrantes necesitados de intervención social — "pobres",en el sentido biíblico del término — empiezan a desarrollarse actitudes racistas, xenófobas y excluyentes.

Los periodistas acostumbran a preguntar si España, Madrid o tal pueblo son racistas. La pregunta no admite respuesta si no se quiere caer en generalizaciones, pero el hecho es que si algún territorio no era racista o xenófobo antes de la llegada de los inmigrantes, tenderá a serlo a medida que estos vayan siendo más numerosos. Los mismos inmigrantes, si no eran racistas ya antes de llegar a su destino, empiezan a serlo cuando se ven confrontados a los de otras nacionalidades o etnias que les disputan el trabajo precario del que viven, las vi-viendas insalubres que habitan o las ayudas sociales que perciben. También el inmigrante asentado o simplemente el más veterano tiende a proteger su territorio por mísero que sea.

Ahí está otro desafío que la inmigración plantea a la misión: la necesidad de construir una sociedad solidaria, no racista ni xenófoba.

El desafío es inmenso pues todo indica que quienes detentan el poder ya tienen diseñado el modelo social hacia el que caminamos: una Europa y una España de castas, con patricios y plebeyos, libres y esclavos... donde los autóctonos seríamos la casta superior, los patricios, los hombres fibres. En realidad ya estamos ejerciendo como tales. Al inmigrante le están reservados los trabajos que los autóctonos no quieren hacer, las viviendas que por insalubres o por otros motivos no quieren habitar. Se contrata a las inmigrantes como empleadas de hogar, se las somete a horarios esclavizantes; llegado el caso, incluso se las recluye en burdeles... Pronto sus hijos tendrán la nacionalidad española y se alistarán en el ejército para ir como soldados a esas guerras futuras a las que tampoco quieran ir los autóctonos.

La situación social no es muy diferente, salvadas las distancias, de la que se dio en tiempos del imperio romano, durante los siglos III y IV de nuestra era, época en la que más se extendió el cristianismo. Este nuevo credo planteó una nueva forma de vivir, un "camino" que no atraía precisamente a los hijos de los adinerados romanos sino a la enorme masa de esclavos y gentes de otras provincias que llegaban a la Roma imperial en un flujo no muy diferente del que siguen ahora los inmigrantes.

Fue un enorme desafío al que ya se enfrentó la Iglesia de los primeros siglos y lo ganó. Un desafío muy semejante al que están afrontando ahora las iglesias europea y española en este inicio de milenio... y que están perdiendo. Tal vez escudriñando las necesidades y peticiones que hacen los inmigrantes, encuentre la iglesia el auténtico sentido de la misión, el que la lleve al camino que nunca debió abandonar.

3. Una enseñanza de calidad para los inmigrantes y para sus hijos

La gran arma del presente y del futuro es la enseñanza. Las diferencias culturales, sociales, económicas y de todo tipo que van a marcar el siglo XXI pasan por las aulas. Habrá excepciones pero todo hace pensar que el nivel educativo de las personas va a ser el indicador más claro del lugar que cada cual ocupará en la sociedad del futuro.

Y eso to saben los inmigrantes.

La búsqueda de una enseñanza de calidad es hoy una de las razones por las que muchos inmigrantes vienen a Europa o trabajan hasta la extenuación hasta conseguir reagrupar a sus hijos. Es también la razón por la que ciertos padres del tercer mundo, arnesgando el futuro y la vida de sus hijos menores de edad, les ponen en manos de mafias que los traen a Europa para hacerlos pasar por desamparados y forzar su tutela por parte de alguna institución pública que les proporcione una enseñanza de calidad. Saben muy bien que ésa es el arma que algún día permitirá a sus hijos labrarse una buena posición social y reagrupar con ellos a los padres y hermanos que les ayudaron a venir.

La realidad, sin embargo, dista mucho de adecuarse a las expectativas del inmigrante. Sus hijos, en un porcentaje altísimo, no tienen otra alternativa que la enseñanza pública y gratuita en unos centros donde el nivel de calidad desciende cada año, a pesar de los esfuerzos que puedan estar haciendo el personal docente, los padres y las instituciones implicadas. El resultado son aulas donde conviven niños procedentes de sistemas escolares muy distintos, con un conocimiento desigual o nulo del idioma en que se imparte la clase, aulas a menudo masificadas, no porque haya más alumnos que en los colegios de pago sino porque en ellas no se puede dar la enseñanza que los alumnos requieren, aulas de las que huyen los niños españoles con mayor poder adquisitivo.…

En este terreno el desafío es claro para el Estado, para las comunidades autónomas que tienen las competencias educativas, para los ayuntamientos donde está enclavado el colegio y para la propia sociedad.

Pero no va a ser ocioso repetir la pregunta con que se inicia este artículo: ¿también la situación de la enseñanza para los hijos de los inmigrantes supone un desafío a la misión?

Para responder, no hay más que examinar el papel que la Iglesia — depositaria de esa misión — juega en el campo de la enseñanza, contar los centros que regenta por sí misma o a través de instituciones de ideario cristiano. Y después preguntarse por la presencia de hijos de inmigrantes en todos esos centros educativos.

¿Cómo explicar que a esa misma Iglesia, que se fue a los países de misión a fundar escuelas en mitad de la selva, en la brousse africana o en las junglas tropicales, le cueste reaccionar ante el deterioro de la enseñanza para los hijos de los inmigrantes? Precisamente ahora cuando esos niños se encuentran a unas cuantas paradas de autobús del colegio religioso.

Es verdad que si las iglesias se pusieran a arreglar los entuertos cometidos por los responsables de la enseñanza, destinando fondos y personal a la enseñanza compensatoria y a cubrir otras necesidades similares en los barrios con mayor índice de inmigración, podrían ser acusadas de ingenuidad y de favorecer a los politicos sacándoles las castañas del fuego. Pero nada de eso arredró a la iglesia misionera. Cuando fundaba escuelas en los países llamados de misión — hoy Tercer Mundo — sabía que con ello estaba lavando la cara a unos politicos colonialistas más interesados en explotar las riquezas del país que en favorecer la educación de sus habitantes.

La ausencia de inmigrantes en los colegios de ideario cristiano porque los padres carecen de recursos económicos para pagar o por otros motivos ajenos a la voluntad del inmigrante, es un desafío que puede convertirse en escándalo si no se aborda con prontitud y eficacia.

4. Hacia un ecumenismo asimétrico y acorde con la realidad de la sociedad española

En España no existe la tradición de hacer ecumenismo. Aquí, desde hace varios siglos, lo típico es la intransigencia religiosa. Con el Concilio Vaticano II se asume honradamente por parte de muchos católicos la necesidad de cultivar un espíritu ecuménico, pero en la práctica nos encontramos con que no había otros cristianos o creyentes de otras religiones con quienes establecer un diálogo ecuménico — no teórico sino práctico — a la manera como se hace en otros países de mayor pluralidad religiosa. Descartado el mundo de los agnósticos y de las sectas, apenas si quedaban unos grupos relativamente pequeños de protestantes y de otros credos bastante desconocidos para la mayoría de los católicos.

Ecumenismo de salón

Utilizando este símil taurino — e llama toreo de salón al que se hace sin toro, con un carretón que lleva dos cuernos inofensivos — llamamos ecumenismo de salón al que habitualmente se ha venido haciendo en España durante las dos últimas décadas. Hasta la llegada de los inmigrantes era casi el único ecumenismo "posible": unas oraciones en común durante la semana de la unidad, unos cuantos saludos entre los dirigentes de ambas iglesias... y poco más.

La inmigración está planteando un nuevo reto a la misión, precisamente en ese campo del ecumenismo porque una parte considerable de los que llegan mantienen vivo un acendrado espíritu religioso y pertenecen a otros credos, casi la mitad de ellos al Islam. Esto es una novedad desconocida en este país desde hace siglos. Se da, además, la circunstancia de que todos esos fieles son realmente pobres en recursos económicos y no pueden sufragar por ahora la infraestructura de locales necesarios para reunirse y celebrar su culto.

¿Cuál es el desafío que una inmigración formada en buena medida por creyentes de otros credos plantea a una iglesia católica, asentada en España desde hace siglos, con una abundante red de locales y templos habitualmente cerrados o inactivos durante muchas horas al día y varios días a la semana? ¿No podría ceder temporal o definitivamente algunos de esos espacios a esos creyentes que no tienen ninguno? ¿Sería utópico pensar en reconvertir alguna de esas edificaciones en locales polivalentes y adaptados a las necesidades religiosas de diferentes cultos a la manera como se ha hecho en tanatorios o aeropuertos?

Cuando hablamos de ecumenismo asimétrico nos referimos a un ecumenismo en que ambos interlocutores llevan ritmos diferentes. El más fuerte y el más asentado camina más deprisa y da pasos más decididos hacia el objetivo final. Esperar a que ambos interlocutores den el paso al mismo tiempo equivaldría a ir muy despacio o, lo que es más probable, a no moverse del sitio. A una iglesia sólidamente asentada en el país le corresponda dar diez pasos antes de que su interlocutor ecuménico avance uno.… Es un gesto que sólo pueden permitirse los más fuertes. Cuando decimos que el desafío está en realizar un ecumenismo acorde con la realidad española, estamos expresando nuestra convicción de que el interlocutor ya no es el pope ortodoxo o el pastor luterano, muy cultos, muy respetuosos y muy europeos ellos, con quienes incluso es grato dialogar, sino el colectivo inmigrante, enormemente plural, con muchos miembros que no pasan de tener una fe de carbonero, que se agarran a ella y a sus tradiciones religiosas como al único asidero que les queda para preservar su identidad nacional o étnica.

Sobre la necesidad de este ecumenismo de carácter "asimétrico", sólo añadir que esos credos, a los que se agarran los inmigrantes con el mismo fervor con que se agarraban los emigrantes españoles a la virgen de su pueblo, tienen una importancia social considerable. Sirven a la cohesión del grupo humano y de la familia; son el principal referente ético al que pueden recurrir; contribuyen al mantenimiento de los lazos afectivos con el país de origen y con los familiares que dejaron allá; dan sentido a una existencia mísera capaz de hundir psíquica a incluso físicamente al que la padece. Bastantes de esos credos, tal como los formula el inmigrante, no son capaces, de resistir los embates de una sociedad secular. Su destino a medio o largo plazo es dejarse arrastrar por el vendaval del agnosticismo o cristalizar en una religiosidad fanática y fundamentalista ajena al verdadero espíritu del creyente. En ambos casos se produciría en esos grupos humanos lo que técnicamente se llamó la "muerte de Dios". Y, a renglón seguido, el desmoronamiento del hombre. Evitar ambas cosas, ayudando a preservar la fe y a fortalecer la esperanza del creyente de otros credos, eso sí que es un desafío a la misión.

5. Cuidar la semilla evangélica que los misioneros sembraron en los países de ultramar

Empezaré narrando una anécdota que ilustra la situación que abordamos bajo este enunciado. Era Nochebuena y la institución que gestionaba el albergue de extranjeros, todos ellos refugiados o inmigrantes recién llegados a Madrid, había decidido darles una cena especial en lugar del clásico bocadillo y té caliente. Nada del otro mundo: arroz, pollo, frutos secos, dulces... ni alcohol, ni cerdo... Al sentarse a la mesa se les explicó brevemente, en varios idiomas, el significado de la Nochebuena en España. Los organizadores esperábamos que todos se pusieran a cenar, pero en ese momento, surgió un grupo de subsaharianos que pidió silencio a invitó a sus compañeros a escuchar antes el pasaje evangélico del nacimiento de Jesús. Sacaron su biblia de bolsillo y lo leyeron para quienes lo quisieron escuchar. Lo hicieron en inglés y francés. No se pudo leer en español porque nadie tenía un ejemplar de los evangelios en castellano.

Pienso que no vale la pena insistir en algo que queda perfectamente ilustrado por esta anécdota reciente. ¿Qué está dispuesta a hacer la Iglesia por cuidar una semilla evangélica que sun misioneros sembraron en los países de misión y que ahora traen de vuelta quienes la acogieron con gozo? Porque no basta con que unos adelantados, a quienes se conoce por sus sólidas convicciones evangélicas, con más corazón que respaldo por parte de las comunidades de las que proceden, se lancen al servicio del inmigrante. Es verdad que sus nombres están en los periódicos y sobre todo en los mensajes que se cruzan los inmigrantes con información sobre los lugares donde ofrecen acogida o ayuda. Pero vivimos la paradoja de una evangelización misionera costosísima en vidas humanas y en esfuerzo cuyos resultados ahora peligran por falta de atención a las personas que en otro tiempo fueron evangelizadas en su país y que ahora vienen a trabajar al nuestro. Pensando en términos de rentabilidad, uno llega a preguntarse si vale la pena seguir enviando misioneros a África o a América Latina para evangelizar aquellas tierras; ¿acaso no serían más eficaces aquí, trabajando con los que Megan?

El desafío de hacer que germine y se desarrolle la semilla evangélica que con tanto esfuerzo sembraron los misiones de ultramar, es todo un desafío para quienes les enviaron.

6. Apoyar el desarrollo socio-económico de los países emisores de inmigrantes

Lo planteamos como el último y gran desafío a la misión: un servicio desinteresado a todos esos países de emigración, la mayoría de epos situados en el llamado Tercer Mundo o en países de la antigua Unión Soviética. El desafío tiene un nombre: codesarrollo. Y el futuro de esos países, si no se logra un desarrollo socio-económico de los mismos, van a ser nuevas riadas cada vez más descontroladas de inmigrantes, nuevas tragedian personales y familiares para los que intenten llegar a cualquier precio, mayor explotación de los que estén aquí, mejores dividendos para las mafias que los transportan, una sangria imparable del personal cualificado que debería impulsa el desarrollo de esos países, mayor aumento del racismo y de la xenofobia en los países de acogida...

El panorama que se avecina — si no se produce ese desarrollo de los países emisoreses tan catastrófico que probablemente sean los propios gobiernos de los países prósperos quienes se decidan a impulsarlo, bien sea por solidaridad o por preservar la paz social en su terntorio. Hay casos evidentes como el interés por el desarrollo socio-económico que muestra la Unión Europea hacia los países árabes ribereños del Mediterráneo o los Estados Unidos de América hacia los países latinoamericanos. Aquí la misión de la iglesia coincide parcialmente con el interés de los gobiernos y de las empresas transnacionales, pero difiere en matices profundamente significativos en el terreno de la solidaridad, algo que la acerca mucho a los planteamientos de las ONGDs más clarividentes.

Aunque sólo sea de pasada, es preciso apuntar un aspecto del codesarrollo que no se suele subrayar demasiado por los gobiernos, y tampoco por la ONGDs, pero que es fundamental para la misión de la iglesia: lograr un codesarrollo armónico, de talla humana, donde no sólo aumenten las fuentes de riqueza económica sino donde se preserven los valores humanos, entre los cuales necesariamente deberán estar presentes los valores del espíritu. De la misma manera que los países del Tercer Mundo son el último reducto de plantas, animales o paisajes de la naturaleza que desaparecieron con el desarrollismo de los países capitalistas, de la misma forma son el reducto de valores culturales y espirituales, casi desconocidos en Europa a igualmente en vías de extinción. Y esto vale tanto para África, como para Asia o América Latina.

El codesarrollo que plantea un claro desafío a la misión de la iglesia tiene una vertiente socio-económica y otra más relacionada con los valores del espíritu; ambas son complementarias a igualmente retadoras. Pero con una particularidad: mientras en la tarea de realizar el codesarrollo económico, los cristianos pueden encontrar otros compañeros de viaje con planteamientos afines, en el codesarrollo de los valores del espíritu probablemente tengan que hacer un recorrido bastante más en solitario, y con la particularidad de que no deberán ir como maestros sino como discípulos y aprendices de la sabiduría que atesora el Tercer Mundo. Este talante supone un plus añadido al desafío que el codesarrollo de los países emisores de inmigrantes plantea a la misión.

* ¿Para cuándo dejamos el anuncio explícito del evangelio?

Es obvio que esta pregunta sólo puede plantearse entre creyentes. Y que las distintas respuestas posibles — si quieren preservar lo que todos consideran central en el mensaje cristiano — sólo podrán diferir unas de otras a la hora de señalar el momento idóneo para hacer explícito el anuncio de Jesús el Cristo. La necesidad de tal anuncio explícito está fuera de toda duda.

Y todo ello dentro del más exquisito respeto a la libertad religiosa de cada uno.

¿Cuándo anunciar explícitamente el evangelio de Jesucristo? Cuando alguien pida a los cristianos razón de su esperanza salvadora. Y siempre después de haber manifestado la fe en Cristo con signos y con hechos. A la manera del Maestro que empezó su camino primero haciendo "signos", y después manifestándolo con palabras que explicaban el contenido de aquellos signos.

En un lenguaje más periodístico, podríamos decir que el momento oportuno para el anuncio de la buena noticia de Jesús el Cristo al inmigrante que no lo conoce o aún no lo ha acogido en su corazón, llegará siempre después de que haya visto al creyente sinceramente comprometido en su acogida, trabajando con creyentes y no creyentes en la construcción de una sociedad menos racista y más solidaria, esforzándose por la integración social del inmigrante y de su familia, con talante ecuménico, interesado por el desarrollo socio-económico de los países de donde proceden los inmigrantes, etc.

Mientras el cristiano y la comunidad de la que forma parte no estén involucrados en la acogida al que llega, facilitándole aquellos techos que no utiliza o que sólo utiliza de tarde en tarde, mientras no se comprometa en la transformación de esta sociedad, mientras la escuela confesional siga estando prácticamente vetada a los hijos de los inmigrantes, mientras sigamos haciendo ecumenismo de salón, mientras continuemos dedicando nuestros ahorros a sacar el máximo dividendo posible en lugar de dedicarlos a proyectos de codesarrollo en los países emisores de inmigrantes... el anuncio explícito del evangelio a esos inmigrantes que no reconocen a Jesús como Salvador podría ser tan inoportuno como contraproducente. Hacerlo emularía la actitud de aquellos judíos que recorrian mar y tierra para hacer un prosélito y luego lo condenaban a vivir bajo una ley todavía más esclavizante.

En pocas palabras, el desafío que la inmigración plantea a la misión consiste en dotar a la iglesia de credibilidad suficiente para acometer el anuncio explícito del evangelio. Una credibilidad que desgraciadamente escasea.

* Un desafío saludable para la misión

Este desafío no sólo supone un esfuerzo. Acometerlo es algo saludable para la comunidad de creyentes que se considers depositaria de la misión.

Ahora bien, para que sea saludable la comunidad cristiana y la iglesia tendrán que reconocer que no gozan de buena salud. Sin la humildad necesaria para hacer ese reconocimiento, no habrá sanación. ¿Acaso gozan de buena salud las grandes iglesias cristianas de Europa que siguen padeciendo una tremenda sangria de abandonos? ¿Por qué no reconocer abiertamente que esa salud es especialmente frágil en la iglesia católica española? Algunos pretenden inyectarle vitalidad poniendo a trabajar en ells a sacerdotes y religiosas originarios de los países de emigración. Hasta ese extremo llega nuestra obsesión por utilizar al inmigrante como mano de obra barata... y hasta ahí llega la polivalencia de esos países pobres dispuestos a enviarnos albañiles y constructores de comunidades, pastores de ovejas y pastores de almas, enfermeras y religiosas, cuidadores de ancianos, mantenedores del culto, asalariados parroquiales...

La salud de nuestras comunidades mejorará a medida que sus miembros vayan poniendo en práctica los signos evangélicos que demands la inmigración. Ese es el gran desafío.

 

( * Félix Barrena es experto en temas de inmigración, campo en el que trabaja).

Ref.: "Misiones Extranjeras", n. 181, enero-febrero 2001.