Luis
Pérez Aguirre
Los Derechos Humanos piden permiso en la Iglesia
(17
March 2000)
A
los pueblos que han hecho la experiencia de la democracia y que están
moldeados por una cultura democrática, los derechos humanos les son
como naturales. No es necesario demostrar su necesidad y su fecundidad
en la estructuración de las relaciones sociales. El mismo derecho penal
y constitucional se estructura en base a ellos.
Sin embargo, curiosamente, en la comunidad-Iglesia, para los cristianos
que son sus miembros; parecería que esos derechos humanos no funcionan
ni pueden funcionar de la misma manera que en la sociedad civil. La
Iglesia se mostró mucho tiempo hostil a los derechos humanos, que se
impusieron socialmente, en gran parte, contra ella. Y si hoy el discurso
oficial de la Iglesia ya asumió esos derechos, no por ello la disciplina
y la cultura de los derechos humanos son una necesidad de la misma Iglesia.
Y ello por dos razones principales: la primera se refiere a la necesidad
de una nueva regulación de las relaciones de poder en su interior y
la otra a su funcionamiento mismo.
Respecto de la primera razón, como todo poder institucionalizado, el
poder en la Iglesia debe ser sometido a límites y reglas. Y hablamos
desde el conocimiento de una historia llena de abusos que afectaron
dramáticamente a las personas en las fuentes mismas de su libertad.
Lo que sucede es que el poder, en la Iglesia, tiene una enorme penetración,
sin parangón en la sociedad, porque llega hasta regir las conciencias,
a decretar qué es lo verdadero, el bien, lo justo, y todo esto en nombre
de Dios. Ata y desata en el cielo y en la tierra, se arroga el poder
de decretar la pena de muerte eterna, por la separación definitiva de
Dios (infierno, pecado mortal), la privación absoluta del amor.
La segunda razón se refiere al funcionamiento interno de la Iglesia.
Los derechos humanos deben ser una condición del trabajo, de la verdad,
de la justicia y la comunión, que constituyan la misma razón de ser
de la Iglesia de Jesús. El "medio divino" que supone para
sus fieles debe estar constituido por la expresión libre de la esperanza,
de la comunión de corazones, del compartir, la confrontación buscando
la verdad, la reconciliación, la participación en las responsabilidades
y en las decisiones importantes.
Y no existe otro "medio divino" más propio para esto que el
de los derechos humanos. Para hermanos y hermanas que comparten una
misma fe, capaces de iniciativa, de crítica, de responsabilidad evangelizadora,
la verdad y el bien no pueden ya ser propiedad privada de un grupo de
hombres -por más competentes y santos que sean- que se consideran con
el monopolio de esa verdad en función de un legado de siglos.
Y esto no quiere decir que la democratización suprima el magisterio
de la Iglesia. Pero la Iglesia no puede ser una guardería de niños menores
de edad. El magisterio siempre cumplirá su función orientadora y dinamizadora
en la comunión. Siempre habrá un espacio para esa gestión del magisterio,
abierto y pluralista, que no significa dejar decir y hacer cualquier
cosa en una comunidad de adultos responsables. Lo importante es un cuidadoso
trabajo de construcción de la verdad y de la comunión, un verdadero
servicio a la comunidad. Y sobre esa construcción, la comunidad ejerce
el discernimiento propio de los creyentes, evitando así los peligros
que corren la verdad y la libertad cuando unos pocos obispos de comisiones
pontificias se creen cuasi infalibles.
Reconocidos los derechos humanos, habría que volver a procesos electorales
para los servicios en la Iglesia más propios de las primeras comunidades,
impregnadas del impulso evangélico y libres de los modelos mundanos,
imperiales, reales o burgueses. Habría que establecer las condiciones
para que la elección de los cargos de responsabilidad y servicio, desde
el más humilde haste el más determinante, sea realizada con el sostén
de la oración, el discernimiento y la participacion de todos los que
están implicados en la vida de la Iglesia y su misión. Cada elección
en su ámbito (local, regional, universal), y en su nivel de responsabilidad,
pero sin marginaciones ni exclusiones. Se trata de creer verdaderamente
que "el Espíritu sopla donde quiere" y no se niega a nadie.
Donde todos se remiten a un Dios que "no hace acepción de personas"(Hech
10, 34). En una visión de la Iglesia en la que los derechos humanos
surgen de la prédica de Jesús, la ilegitimidad o la legitimidad de esos
derechos encuentra su fuente en el mismo Dios.
San Juan decía que "la verdad les hará libres"(8, 32) La Iglesia
afirma la libertad de la persona frente al poder, pero no siempre se
da cuenta de que el atentado más profundo a la libertad reside en su
propia gestión generalmente autoritaria, casi autocrática de la verdad.
Por esto, también, generalmente la Iglesia se abstiene de introducir
los derechos humanos en su funcionamiento interno.
Luis Pérez Aguirre, Montevideo, Uruguay
Publicado originalmente en la revista Nueva TierraAbstract