|
Jon
Sobrino El 24 de marzo se celebró el XX aniversario del asesinato-martirio de Monseñor Romero, y las celebraciones han mostrado varias cosas que merecen una reflexión. La primera es valorar la presencia de Monseñor en estas celebraciones, veinte años después, a pesar de conocidos obstáculos. La segunda es preguntarse por su identidad, más en concreto, de dónde le vino a Monseñor la audacia para hablar como habló y vivir como vivió -lo cual le mantiene vivo hasta el día de hoy. La tercera es la exigencia a proseguir su causa, hoy y a lo largo de la historia, en medio de peligros de enterrarla y cooptarla. Y, por último, siempre queda la pregunta sobre qué, en definitiva, representa hoy Monseñor Romero para nuestro país y nuestro mundo. Estas reflexiones están dirigidas a todos. Los creyentes, quizás, podrán captar mejor los matices de los conceptos y del lenguaje religioso. Pero pensamos que son comprensibles para todo aquel que trabaje por la vida de los pobres, y mantenga una esperanza. Lo mismo vale para las instituciones. En este escrito tenemos en mente más directamente a las iglesias, pero es evidente que cualquier institución (transnacionales, instancias políticas internacionales, gobiernos, ejércitos, bancos, partidos políticos, medios, gremios...) podrán y tendrán que preguntarse alguna vez qué hacer con Monseñor Romero, o acallar vergonzantemente la pregunta. Y digamos para terminar esta breve introducción una palabra sobre el título. Monseñor fue una figura muy rica, que no puede sintetizarse en breves palabras. Nosotros nos hemos decidido por llamarlo “juicio”, “exigencia” y “buena noticia”. Que es “buena noticia” para los pobres de este mundo es evidente. También debiera serlo que Monseñor es una “exigencia” para todos nosotros a bajarlos de la cruz. Y, en su muerte, es también “juicio” a un mundo asesino que sigue produciendo muerte en los Grandes Lagos, embargo económico a niños, mujeres y ancianos en Irak, barbarie en Timor oriental y Chechenia. No está hoy muy de moda hablar de “juicio al mundo”, pero, sin recordarlo, la figura de Monseñor queda desfigurada y cooptada -como quedaría la del Cristo crucificado a quien recordamos en esta semana santa. Comencemos.
1. La presencia de Monseñor en este aniversario Primera proposición. La celebración del XX aniversario ha mostrado que Monseñor Romero sigue presente entre los pobres y los solidarios de muchas partes del mundo. Esta presencia no es evidente, sino que es “triunfo”, pues acaece en contra de poderosas fuerzas que lo han querido enterrar. En una entrevista que concedió tres semanas antes de ser asesinado Monseñor Romero dijo estas conocidas palabras: “Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño. Lo digo sin ninguna jactancia, con la más grande humildad”. Veinte años después es claro que Monseñor Romero estaba en lo cierto, y lo ocurrido este XX aniversario no deja lugar a dudas. Han sido días de celebraciones culturales y artísticas, de actos académicos y teológicos. Pero han sido, sobre todo, días de peregrinaciones al hospitalito y a la cripta, de eucaristías sentidas, y, pensamos, de compromisos en lo escondido de los corazones. En todo ello, han participado gentes del país y de otras muchas partes del mundo. Su número se elevó a decenas de miles, quizás en la mayor manifestación popular desde el trágico funeral del 30 de marzo de 1980. El pueblo salió a la calle, y su respeto y devoción, su contento y gozo, eran inocultables. Y hay que asentar bien que ese gozo suyo, sobre todo el de madres y familiares de víctimas, el de solidarios y solidarias que arriesgaron hasta la vida en épocas de represión y de guerra, no era alienación y olvido, sino recuerdo y palabra de un agradecimiento que no puede quedar mudo para siempre. En una lectura evangélica bien pudiera decirse que este XX aniversario de Monseñor Romero ha sido una vorágine “de gracia y de verdad”, como dice Juan de la venida de Dios a nuestro mundo. Monseñor estaba, pues, en lo cierto, y estos días, si acaso, no han hecho más que universalizar su resurrección. “San Romero de América”, escribió don Pedro Casaldáliga inmediatamente después de su martirio. Ahora lo proclama “santo universal”, y es verdad. En los anhelos de justicia, dignidad y vida de los pueblos crucificados, en el compromiso de hombres y mujeres de muchas partes, que no han perdido del todo la vergüenza de vivir en este mundo cruel y quieren revertir la historia, Monseñor ha resucitado realmente. Dicho esto, hay que ser conscientes de que esa resurrección -vista la correlación de fuerzas- no es obvia. Ha ocurrido sin viento a favor, sino teniendo, prácticamente, a todos los poderes de este mundo en contra. Durante veinte años, oligarquías, militares, gobiernos -de aquí y de Estados Unidos-, también algunos poderes eclesiásticos, hermanos obispos y cardenales de curias, han querido silenciar y enterrar a Monseñor. A favor suyo ha tenido a grupos de seguidores y solidarios, y a un pueblo que lo ha mantenido vivo, aunque sólo sea con su esperanza, su desnudez y una flor, como lo simboliza la campesina que lo sostiene en sus brazos en el cuadro de Benjamín Cañas. Si esto es así, aquí está el dedo de Dios. Y si Monseñor sigue presente a pesar de y en contra de tantos poderes, entonces eligió bien el término “resurrección”, pues éste expresa no sólo vida, sino triunfo sobre la muerte. En efecto, el Monseñor que vive ha triunfado sobre difamaciones en vida y sobre la impunidad y el encubrimiento alrededor de su asesinato. En la actualidad ha triunfado sobre los intentos de olvidarlo y manipularlo. Quienes querían enterrarlo han perdido una batalla, que pelearon denodadamente y sin reparar en la ética de los medios -pero todo ha sido en vano. Y hasta la Asamblea legislativa, institución que ha puesto muchas trabas a la justicia y la verdad, que promulgó una amnistía injusta y encubridora, no ha tenido más remedio que declararlo “ciudadano meritísimo”, y reconocerlo como pastor que luchó por alcanzar la justicia, la libertad, la democracia y la paz. Monseñor, pues, no sólo ha resucitado, sino que ha triunfado sobre sus adversarios -aunque les sigue tendiendo la mano de la reconciliación. No es un mito inflado -como desearían algunos-, sino que se ha impuesto, suave, pero inexorablemente, por su propia realidad. Y esto explica también el gozo de los pobres: al menos, por una vez, quien los defendió ha salido triunfante sobre quienes les oprimieron. Esto es lo primero que hay que destacar en este XX aniversario: Monseñor Romero “tenía razón”. Recordarlo no tiene ningún ribete de hybris, ni atisbo de arrogancia. No es el último reducto de gratificación que le queda al pueblo -“tener razón” al menos- después de años en los que no sólo se le ha negado vida y justicia, sino verdad y razón. Recordar la resurrección de Monseñor expresa más bien el gozo de que esta nuestra cruel y encubridora historia, a veces, milagrosamente, muestra su mejor rostro: el gozo de que Dios ha hecho justicia a una víctima y de que el verdugo no ha triunfado sobre ella. Las víctimas de este mundo pueden tener una esperanza, y esto es una buena noticia en un país de 70.000 víctimas. Y junto a esa esperanza, surge también la esperanza de que se hagan realidad otras palabras memorables que Monseñor Romero pronunció en la entrevista citada. Son esperanza para el pueblo: “que mi sangre sea semilla de liberación”, y son esperanza para la Iglesia: “Ojalá, sí, se convenzan que perderán su tiempo. Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás”. Y por lo que toca a la reconciliación, Monseñor no habló ya en términos de esperanza, sino de realidad: “puede usted decir, si llegan a matarme, que perdono y bendigo a quienes lo hagan”.
2. La identidad de Monseñor: identificación con el pueblo y con su Dios Segunda proposición. En Monseñor Romero se operó un cambio decisivo que llegó a configurarle en su identidad más profunda: total identificación con su pueblo, con sus sufrimientos y esperanzas, y total confianza y fidelidad al misterio de Dios, como Dios de los pobres. Monseñor Romero acertó, pero sus palabras siguen dejando atónitos hasta el día de hoy, y llevan a preguntarse cómo pudo decir semejantes cosas, de dónde sacaba lucidez y convicción para decir lo que nadie ha dicho, y decirlo con toda naturalidad. Entender esto, pensamos, nos introduce en su identidad más íntima, en aquello que le hizo salvadoreño y cristiano universal. Veamos cómo, de mártir a mártir, entendió Ignacio Ellacuría las raíces más hondas de Monseñor. Esto es lo que dijo sobre Monseñor Romero el 22 de marzo de 1985, día en que la UCA le otorgó póstumamente un doctorado honoris causa: Sobre dos pilares apoyaba Monseñor Romero su esperanza: un pilar histórico que era su conocimiento del pueblo al que él atribuía una capacidad inagotable de encontrar salidas a las dificultades más graves, y un pilar transcendente que era su persuasión de que últimamente Dios es un Dios de vida y no de muerte, que lo último de la realidad es el bien y no el mal (ECA 437, 1985, p. 174).
2.1. El misterio de un pueblo sufriente y esperanzado Comecemos analizando “el pilar histórico”. Puede discutirse si en Monseñor se dio un cambio o una conversión, pero lo que es indudable es que en un momento de su vida -muy poco tiempo después de comenzado su ministerio arzobispal- el pueblo, “su pobrería”, entró en su corazón y en su mente, e hizo de él un hombre y un creyente nuevo, sin fisuras, un ser humano y un creyente cabal. Esa esencial referencia a su pueblo se le convirtió en segunda naturaleza, mejor aún, en su verdadera y definitiva naturaleza, de la cual nunca pudo despojarse, como si de su propia piel se tratara. Y esa referencia esencial, pienso yo, es lo que explica la novedad radical de Monseñor en el ser, el hacer y el hablar, como ha quedado expresado en frases suyas que nada tienen de retórica, sino de máxima autenticidad: “El pueblo es mi profeta” (homilía del 8 de julio, 1979). “Con este pueblo no cuesta ser buen pastor” (18 de noviembre, 1979). “Fíjense que el conflicto no es entre la Iglesia y el gobierno. Es entre gobierno y pueblo. La Iglesia está con el pueblo y el pueblo está con la Iglesia. ¡Gracias a Dios!” (21 de enero, 1979). “Yo tengo que escuchar qué dice el Espíritu por medio de su pueblo y, entonces, sí, recibir del pueblo y analizarlo, y -junto al pueblo- hacerlo construcción de la Iglesia” (30 de septiembre, 1979). “Que mi muerte sea por la liberación de mi pueblo” (entrevista de marzo, 1980). “Mi vida no me pertenece a mí, sino a ustedes” (21 de agosto, 1977). Se ha dicho que en veinte siglos de Iglesia no ha habido homilías como las de Monseñor, lo cual pudiera parecer exagerado o, en cualquier caso, sorprendente. Pero lo que nos parece cierto es que lo que hay de verdad profunda en esa afirmación tiene su explicación en el impacto que causó en Monseñor Romero el sufrimiento y la esperanza de su pueblo. “El pueblo te hizo santo”, dijo Casaldáliga desde el principio. Monseñor Romero fue agraciado, bendecido, liberado de sí mismo por el Espíritu de Dios, pero la mediación histórica de esa gracia -fundamental y fundante- fue “el pueblo que tanto te amó”, como dice la canción popular. Y una vez consumada esa gracia, Monseñor comenzó a ser, a hacer y a hablar de manera muy otra, como si se le hubiera desvelado, por fin y sin poder echar marcha atrás, la profundidad y la sencillez de lo humano y lo cristiano. Con ese cambio Monseñor no tuvo que negar nada de lo bueno anterior, pero algo nuevo le fue dado. Le fue dada la libertad para que nada se convirtiese en obstáculo para servir al pueblo: “les pido sus oraciones para ser fiel a esta promesa, que no abandonaré a mi pueblo, sino que correré con él todos los riesgos que mi ministerio exige” (11 de noviembre,1979 ); la compasión para que nada hiciese pasar a segundo plano su sufrimiento: “a mí me toca ir recogiendo atropellos y cadáveres” (19 de junio, 1977); la esperanza para que la palabra final fuese siempre una buena noticia: “sobre estas ruinas brillará la gloria del Señor” (7 de enero, 1979). Y, quizás, lo más profundo de la gracia que se le concedió fue la pasión por la cercanía e identificación con el pueblo. Así lo expresan estas palabras que rara vez -si alguna- ha pronunciado un obispo: “Me alegro, hermanos, de que nuestra Iglesia sea perseguida” (15 de julio, 1979). “Sería triste que en una patria donde se está asesinando tan horrorosamente no contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de un Iglesia encarnada en los problemas del pueblo” (24 de junio, 1979). No habla aquí un místico, y ciertamente no un masoquista. Habla un hombre y un cristiano agraciado, alguien que quiere ser real en y con su pueblo. “No queremos ser diferentes”, pareciera decir Monseñor Romero, desafiando siglos de tradición eclesiástica. Identificado con sus ovejas hasta ese punto, nada tiene de extraño que aquéllas escuchasen su voz y se reconociesen en la voz de Monseñor.
2.2. El Dios de los pobres, misterio santo e inmanipulable Veamos ahora “el pilar transcendente”. Durante toda su vida Monseñor Romero fue honrado creyente, pero -en medio de su pueblo- Dios se apoderó de él y lo configuró de manera distinta y radical. Monseñor llegó a ser un creyente que recuerda a Abraham y a Jeremías, a María y a Jesús. Y en ese Dios encontró lo más profundo suyo. Dios era para Monseñor Romero misterio santo, lo que está más allá de todo lo humano y lo que está también en lo más profundo de lo humano. Era el Dios que juzga con severidad, pero era ante todo el Dios que humaniza, que salva sin someter y da sin empequeñecer. Por ello, remitirse a Dios fue para Monseñor Romero fuente de salvación. Y así lo decía con total convicción en palabras que, en otros, sonarían a fácil piadosismo. Recordemos unas palabras suyas, cuya hondura se percibe recordando también el contexto histórico en que las pronunció. Seis semanas antes de ser asesinado, el 10 de febrero de 1980, Monseñor denunció con dureza la realidad del país: Ayudados, indudablemente, por elementos del Ejército Nacional en contradicción con lo que se prometió el 15 de octubre, siguen las capturas ilegales, la tardanza de las investigaciones, una cierta inoperancia -por no decir mala voluntad- de investigar todas las maniobras y acciones criminales de la extrema derecha... Y en ese contexto de la realidad del país, con la misma convicción y el mismo vigor, Monseñor Romero se elevó a la transcendencia y habló de Dios para encontrar en él lo que, en definitiva, humaniza y salva: ¡Quién me diera, queridos hermanos, que el fruto de esta predicación de hoy fuera que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios y que viviéramos la alegría de su majestad y de nuestra pequeñez! Ese misterio de Dios, innombrable e invisible, se le fue apareciendo de diversas formas y en distintos rostros. Con definitividad, se le dejó ver en el rostro de los pobres como Dios de vida, Dios de justicia, Dios de las víctimas, Dios también de esperanza y de resurrección. Y esa novedad de su fe, que iba fraguándose en su interior, se hizo notar en lo exterior de su vida. Aunque la experiencia de Dios nunca es adecuadamente verificable -y menos en otra persona- fue patente para todos que el Monseñor que no acababa de saber qué hacer con Medellín -aunque lo aceptara formalmente- empezó a encontrarse en Medellín como en su propia casa, con pasmo de quienes lo habían apoyado antes precisamente por no ser “medellinista” (como, por el contrario, era percibido, entre otros, el atacado Monseñor Rivera). Lo que ocurrió es que Medellín comenzó a hablar a Monseñor de los pobres y de su Dios, y entonces reencontró a ese Dios que siempre había estado en la Escritura: “Padre de huérfanos y viudas es Dios”, hasta llegar a decir los expertos que la fe de Israel se expresa en estas palabras, referidas a Dios: “En ti el pobre encuentra compasión”. Y de ahí también, aunque ahora sólo podamos aludir a ello brevemente, que Monseñor Romero, cristiano y obispo, de quien se esperaba con razón ortodoxia y fidelidad a la tradición eclesial, retomase novedosamente, con naturalidad y gozo, lo que en esa tradición había de un Dios de los pobres y de unos pobres que claman a Dios. Así, Monseñor parafraseó el dicho de san Ireneo, obispo de Lyon del siglo II, “la gloria de Dios es el pobre que vive”. Puso en práctica cotidiana -hasta el martirio- lo que, en el siglo XVI, se exigía de los obispos: “ser, por oficio, defensores del indio”, según aquello del Antiguo Testamento de que Jahvé es el goel, “defensor” de los pobres y “rescatador” de lo que se les ha arrebatado. Orientó su ministerio desde la supremacía absoluta de la vida del pobre: “vale más indio vivo que bautizado muerto”, como decía el obispo Bartolomé de las Casas. Y también de éste recogió su intuición cristológica central: “yo dejo en las Indias a Jesucristo, nuestro Dios, azotándolo y afligiéndolo y abofeteándolo y crucificándolo, no una sino millares de veces, cuanto es de parte de los españoles que asuelan y destruyen aquellas gentes”. En esa misma tradición, con el mismo vigor y la misma devoción, Monseñor Romero llamó a su pueblo “el divino traspasado”, “el Cristo crucificado”, “el siervo sufriente de Jahvé” que carga sobre sus hombros el pecado del mundo. Dios y pobres, pobres y Dios, lo que estaba unido desde el principio, pero que muchas veces ha sido separado por las iglesias, es lo que unificó Monseñor Romero en su persona con profundidad inigualable. Con el pueblo pobre se identificó y a él se entregó hasta el final. Ante Dios y con Dios vivió y caminó siempre en total fidelidad, y en ello encontró el sentido y gozo de su vida. “En mi vida no he sido más que un poema del proyecto de Dios... He tratado de ser como Dios quería que fuera” (13 de abril, 1979). Si alguien quiere saber por qué Monseñor vivió, habló y amó como lo hizo, la respuesta nos parece ser que a Monseñor Romero se le concedió “ver” al pueblo y a su Dios en su realidad más profunda. Fue agraciado con una “aparición”, semejante de algún modo, a las que están en los orígenes del cristianismo. Eso lo convirtió en el nuevo Monseñor Romero.
3. La verdadera tradición de Monseñor: proseguir su obra y su causa Tercera proposición. Como toda tradición, la de Monseñor Romero puede tomar direcciones distintas. La tradición verdadera de Monseñor Romero consiste en proseguir su obra y su causa. Específicamente consiste en construir un “cuerpo eclesial” para “salvar a un pueblo”, tareas necesarias, pero hoy descuidadas.
3.1. Cómo recordar a Monseñor Monseñor Romero ha generado tradición, salvadoreña, latinoamericana, universal, y por eso lo recordamos. Pero hay que estar conscientes de que se puede recordar a Monseñor Romero bien o mal La pregunta es, entonces, cómo recordar a Monseñor adecuadamente, y digamos que la respuesta ya fue dada hace dos mil años. La noche antes de ser asesinado -por blasfemo y revoltoso, no lo olvidemos, como dijeron después de Monseñor Romero- Jesús de Nazaret reunió a sus amigos en una cena de despedida. Hablaron de lo que había sido su vida y de lo que debía ser en el futuro. Entonces, Jesús tomó pan en sus manos, lo partió y se lo dio a sus amigos. El simbolismo es claro: vivir es partirse y compartir, como lo había sido la vida de Jesús. Y como se trataba de una despedida, Jesús añadió: “si quieren hacerme presente, vivan así”, “hagan esto en recuerdo mío”. Para “hacer” bien las cosas hay que “recordar”, y para “recordar” como se debe hay que “hacer”. Esta es verdad antigua en el cristianismo, pues recordar a Jesús siempre ha consistido en seguir a Jesús -y sin eso no hay cristianismo. Pues bien, algo semejante hay que decir de Monseñor Romero: celebrar, hacer presente a Monseñor, es, ante todo, seguirle en la propia vida, en el modo de mirar la realidad, en el modo de esperar, de hacer y de celebrar. Sin esto, aquello siempre podrá ser cooptado, manipulado y aun tergiversado. Con ello Monseñor Romero seguirá presente, benéfico y liberador, en el mundo y en la Iglesia. Y quisiera recordar que esta doble posibilidad comenzó inmediatamente después de su asesinato. En la preparación de la misa de su funeral, el 30 de marzo de 1980, pensando en cómo debería ser la homilía, alguien propuso que, en la primera parte, el celebrante -que resultó ser el cardenal Corripio, arzobispo de México- hablase de las lecturas bíblicas y de la figura de Monseñor, pero se insistió en que la segunda parte de la homilía comenzase así: “Y ahora, vayamos a los hechos de la semana”. Lo que se quería es que la predicación no sólo fuese sobre Monseñor, sino como la de Monseñor. Se quería comenzar la tradición de Monseñor Romero no sólo hablando acerca de él, sino hablando como él. La eucaristía de aquel 30 de marzo ni siquiera permitió que el celebrante pronunciase la homilía con normalidad. Fue disuelta bárbaramente a bombas. Pero aquellas reflexiones sobre si la homilía -al menos su enfoque y estructura- debía ser sobre Monseñor Romero o como las de Monseñor Romero -sin tener que elegir, por supuesto- no fueron en vano: se trataba de dejar asentado para el futuro la estructura y el enfoque de la tradición de Monseñor. En los veinte años que han transcurrido desde entonces la tradición de Monseñor ha ido por buen camino siempre que “hemos hecho y dicho” como él “hacía y decía”. Y se ha ido desvirtuando cuando nos hemos contentado con “hablar acerca de él”, y nada digamos si “ni siquiera hemos hablado de él” o si “hemos hablado contrariamente a él”. Hoy tenemos el privilegio de poder mantener la tradición de Monseñor Romero, pero tenemos también la obligación y responsabilidad de hacerlo de la manera adecuada. Y sobre este punto crucial ha insistido Monseñor Ricardo Urioste en estos días: no hay que quedarse admirando a Monseñor y cantando sus glorias, sino que hay que proseguir su causa. En el recuerdo de Monseñor, existen, pues, posibilidades y peligros, y vamos a comenzar analizando los peligros.
3.2. El peligro de una tradición adulterada A Monseñor Romero se le puede desvirtuar, obviamente, cuando se le ignora (son ya veinte años de silencio entre los poderosos) o cuando se le tergiversa, a veces con premeditación y alevosía (como en algunos reportajes aparecidos estos días en la prensa matutina, sobre todo en El Diario de Hoy, con modales que parecían ya olvidados). De todas formas, hoy es prácticamente imposible proceder como si Monseñor Romero no hubiese existido, después de que Juan Pablo II rezó, hincado, sobre su tumba (lo que acaba de recordar Caritas Internacional al publicar miles de ejemplares de un bello afiche) y desde que su estatua preside la fachada principal de la abadía de Westminster en el corazón de Londres. No es, pues, fácil silenciar a Monseñor burdamente, pero se le puede desvirtuar de muchas otras maneras, y más peligrosas. Una es cuando se le reduce, sobre todo si se hace conscientemente, a sólo una dimensión de su realidad, a sacerdote piadoso sin pueblo real, sufriente, comprometido, luchador y esperanzado. Es la tentación más normal de las iglesias. O cuando se le reduce a salvadoreño sin necesidad de transcendencia ni de un Dios -al que se piensa alienante-, como si el Dios de Monseñor no “levantase el brazo contra la opresión”, o como si el misterio de Dios no impulsase la historia para que dé “más” de sí y no fuese la reserva de verdad y de gracia que sana los subproductos negativos de las luchas de liberación, aunque sean justas. Es la tentación más normal de algunas izquierdas. En cualquier caso, de uno u otro lado, el peligro mayor consistiría en hacer de Monseñor objeto de propiedad privada: “Monseñor Romero es nuestro” -como se ha oído más de una vez en alguna curia-, como si la gracia y la verdad tuviesen dueño y no fuesen de todos, proyectando así en la plenitud de Dios las pequeñeces y celos de nosotros los humanos. Se le puede desvirtuar también -y ojalá no ocurra- en el proceso de beatificación y canonización, canonizando a un Monseñor Romero aguado, no al Monseñor recio y valiente, que caminaba por los cantones salvadoreños, que se enfrentó con todos los poderes del país, denunciándolos y desenmascarándolos, que murió a manos de asesinos. De forma más radical, la beatificación pudiera desvirtuar a Monseñor, interpretando su subida a los altares como benevolencia eclesiástica y favor que se le hace a Monseñor. Esto lo rechazó con claridad el arzobispo de San Salvador en la homilía del 24 de marzo, pues en ella habló de la “santidad excepcional” de Monseñor Romero, y añadió que la beatificación y canonización “nada pueden aumentar su gloria”. Pero hay que insistir en ello. No es la Iglesia la que agracia a Monseñor, sino que Monseñor es quien agracia a la Iglesia y la pone sobre lo alto, de modo que “los hombres vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre celestial” (Mt 5, 16), como dice Jesús al terminar su sermón sobre las bienaventuranzas. (Y esperamos también -aunque es bien posible que llegue a ocurrir- que el proceso de beatificación no esté sometido a cálculos puramente humanos -si es éste el momento oportuno o no-, o a intereses mezquinos -qué bienes o qué problemas van a seguirse de la beatificación para curias y autoridades). Y se le puede desvirtuar, por último, si se le reduce a objeto de exaltación y entusiasmo, a la manera como los cristianos de Corinto aclamaban al resucitado, sin tener ningún interés en Jesús de Nazaret -quien no vino a ser servido, sino a servir-, haciendo a veces lo contrario de lo que hizo Jesús. Es bueno, muy bueno, que se desborde el gozo -como ocurrió en el XX aniversario-, y el pueblo sobre todo tiene pleno derecho a esos momentos de gozo en los que recobra su esperanza y su dignidad más íntima. Pero no basta la exultación y el gozo. Sólo con ellos el verdadero Monseñor Romero se diluye.
3.3. La verdadera tradición: construcción de un cuerpo eclesial para salvar al pueblo Si ésos son los peligros, hay que analizar ahora en qué consiste la verdadera tradición de Monseñor Romero, qué tenemos que hacer hoy para proseguir lo que él hizo en su día. Las situaciones no son idénticas, evidentemente, pero no nos engañemos. Persiste un cierto isomorfismo -todo lo análogo que se quiera- entre los problemas que enfrentó Monseñor y los que nosotros tenemos que enfrentar en la actualidad. Por decirlo en dos palabras, el mundo en que vivimos sigue siendo de cruel pobreza, de gravísima injusticia y de inicua desigualdad. Baste citar dos datos. 1,300 millones de seres humanos tienen que vivir con menos de un dólar al día; la relación entre ricos y pobres, que en 1960 era de 1 a 30, en 1997 llegó a ser de 1 a 74 en 1997 -y el abismo sigue ensanchándose. Sobre Centroamérica la Organización Mundial del Trabajo acaba de decir que “un 80 por ciento de la población centroamericana vive en pobreza” -y ahí está El Salvador con su pobreza, desempleo, migraciones para sobrevivir, corrupción... La violencia bélica de los ochenta ha desaparecido, pero la violencia cotidiana nos sitúa como el país más violento del continente. Los acuerdos de paz deambulan tristemente, y, sobre todo los económicos, siguen sin tener vigencia alguna. El desencanto es rampante, y en las elecciones de marzo ha habido un absentismo de casi el 70 por ciento entre quienes tienen edad de votar. El pueblo salvadoreño sigue, pues, crucificado. La Iglesia, por su parte, no es la de Monseñor Romero. Los juicios deben ser aquí diferenciados, según personas y grupos, sin caer en generalizaciones injustas. Pero en conjunto es verdad que no se comprende a sí misma desde la misión de bajar al pueblo de la cruz, aunque haya importantes excepciones. Vista desde su interior, la Iglesia más parece disgregación de movimientos que cuerpo compacto, decidido a luchar por los pobres; más parece lugar de consuelos fáciles e infantilizantes que de fe razonada y comprometida. De nuevo, hay excepciones y grupos beneméritos, pero comparada con la de Monseñor Romero la Iglesia actual parece adormecida. No hay que caer en simplismos ni predecir mecánicamente lo que hoy haría Monseñor Romero. En lo personal, no me cabe duda de que enfrentaría las novedades que va trayendo la historia: ecología, diálogo interreligioso, ecumenismo en serio y, sobre todo, la situación de la mujer en la sociedad y en la Iglesia, a lo cual sería especialmente sensible por la injusticia que se comete contra ella... Pero vista nuestra situación nacional y eclesial, y dados los graves males que les aquejan, nos parece necesario y urgente mantener vivo a Monseñor Romero en aquellas tareas en las que él fue insigne y siguen teniendo hoy clara vigencia. Sin querer ser exhaustivos, éstas serian algunas de ellas. La primera es decir la verdad de la realidad. Recordar a Monseñor significa ante todo decir la verdad, y con las siguientes características. La verdad debe ser dicha como palabra de denuncia de una realidad que es pecado: pobreza, injusticia, violencia, y que es deshumanizante: desencanto, sentimiento de orfandad, pseudocultura alienante e infantilizante. Debe ser dicha con libertad ante los poderosos y sin miedo de correr los riesgos que sobrevendrán, “pues las tinieblas odian la luz”, con la claridad de una palabra que pueda ser entendida por todos y no se convierta en palabra abstracta, en verdades éticas universales, fácilmente cooptable, y que termina convirtiéndose en palabra estéril. Debe ser dicha con parcialidad hacia los pobres, sin apelar precipitadamente a una Iglesia de todos por igual, que termina siendo una Iglesia de pocos, los más pudientes. Debe ser dicha con el vigor proporcional a la magnitud de los males. Y debe ser dicha, por último, con credibilidad, por los análisis en los que se fundamenta y por la fortaleza ante ataques y persecuciones. Se trata, en definitiva, de volver a poner en las manos del pueblo su propia verdad y de no hacer el juego a quienes lo engañan. Se trata de ser “voz de los sin voz”, en palabras de Monseñor. O, en palabras de Ignacio Ellacuría al hablar de la universidad, se trata de ser “ciencia de los que no tienen voz, el respaldo intelectual de los que en su realidad misma tienen la verdad y la razón, aunque sea a veces a modo de despojo, pero que no cuentan con las razones académicas que justifiquen y legitimen su verdad y su razón”. Con todos los matices necesarios, dadas épocas y personas, se trata de volver a las homilías -su enfoque y estructura- de Monseñor Romero. La segunda es analizar la realidad y sus causas. Recordar a Monseñor significa analizar las causas de la pobreza, la injusticia, la violencia, la deshumanización cultural. Visto el silencio eclesial actual en este campo significa volver a las cartas pastorales de Monseñor, llenas de doctrina -la del evangelio, la de la doctrina social de la Iglesia, la de las mejores teologías y análisis. Significa, como en su tiempo, recoger la ciencia de expertos en economía, sociología, política, teología, pastoral. Significa -muy principalmente- hacer central el conocimiento de la realidad que tiene el pueblo a partir de su experiencia, y de recoger su sabiduría. Así lo hizo Monseñor Romero cuando le pidió su opinión y pasó una encuesta a parroquias y comunidades antes de escribir su cuarta carta pastoral -e hizo uso de los resultados. La tercera es exigir y trabajar por el cambio estructural. Recordar a Monseñor significa tomar en serio la dimensión estructural de la realidad, trabajar por el cambio de estructuras, denunciar y combatir el neoliberalismo y el capitalismo bajo cualquiera de sus ropajes -sabiendo que Dios y los pobres nos pedirán cuenta por la inacción y el silencio, sobre todo en este campo. Eso es volver a Monseñor Romero, quien denunciaba las idolatrías, estructuras económicas y militaristas, que dan muerte y generan víctimas. Es volver a Medellín, que denunciaba la injusticia estructural, a la que llamó también “violencia institucionalizada”. Es volver a Ignacio Ellacuría, quien hablaba de pueblos enteros crucificados a quienes la Iglesia (junto con otros, por supuesto) debe bajar de la cruz, y hacer de ello su tarea principal. Significa hacer todos los esfuerzos posibles, audaces unos, modestos otros, para revertir la historia. Hoy en día significa urgir al menos el cumplimiento de los acuerdos de paz para defender a las mayorías pobres e indefensas. La cuarta es impulsar una evangelización liberadora. Recordar a Monseñor significa volver a la concepción liberadora de la evangelización en palabras y en obras. Buscar hacer no sólo obras benéficas -que producen bienes-, sino liberadoras, es decir, las que, además, se dirigen a arrancar la raíz de los males. Todo esto, que antes se llamaba “liberación”, está muriendo la muerte de mil cualificaciones, distinciones y prudencias. “Liberación” -al igual que “popular”- es palabra olvidada en la Iglesia, como si no fuese central en Medellín y en Puebla, en la Evangelii Nuntiandi de Pablo VI, y sobre todo en el evangelio de Jesús. Que la misión de la Iglesia debe ser liberadora, si quiere superar el pecado del anti-reino y propiciar el reino de Dios, no necesita de mucho discurso. El problema está en que esa misión de liberación necesita de una Iglesia dispuesta a ello -y no siempre es fácil encontrarla. Lo que Monseñor Romero nos pregunta es si existe tal Iglesia al servicio de la liberación de los pobres, si, más allá de muchas palabras, se hace de la liberación misión central de la Iglesia. Y nos recuerda que sí lo fue para Jesús, y que, en lugar de alejarnos de Dios, esa misión liberadora nos acerca al Dios de Jesús. La quinta es llevar a cabo una evangelización madura, no infantilizante. Recordar a Monseñor significa, muy especialmente en el presente, ofrecer a todos, y especialmente a las mayorías populares, una religiosidad madura y razonable, no sólo entusiástica e infantilizante, como si, con tal de salvar la existencia de Dios, aunque no se parezca al Dios de Jesús, y de una transcendencia, aunque no remita a la historia, todo lo religioso debe darse por bienvenido, aunque a veces raye en irracionalidad y en alienación -como aparece con frecuencia en programas religiosos de prensa y radio, y cada vez más en televisión, y hace, así, el juego a los poderosos. Es comprensible que las mayorías pobres, dado que la economía no soluciona sus problemas, que los políticos no les defienden ni orientan, que la violencia les amenaza por doquier, que la familia se desintegra, regados sus miembros por varios países y continentes, busquen en la Iglesia un consuelo que no lo encuentran en ninguna otra parte. Todo ello es verdad, pero hay que recordar que también en tiempos de Monseñor se daban tal tipo de problemas, a veces más agudos. La diferencia está en que entonces la Iglesia consolaba porque se acercaba, se solidarizaba y se identificaba con el pueblo, en sus sufrimientos y esperanzas, y así lo hacía crecer y madurar, en su conciencia salvadoreña y en su fe. No lo infantilizaba, como ocurre ahora con alguna frecuencia, ni hubiese encontrado consuelo en que se llenasen los estadios. La Iglesia iba a los pobres y sufrientes, y no los esperaba en el templo. Las dificultades de la pastoral actual son obvias, pero a ellas no se debe añadir el que el pueblo esté sin una dirección pastoral seria, evangélica y salvadoreña. Y repitamos lo que hemos dicho antes: la Iglesia debe conocer y analizar la realidad, la realidad social sobre todo, familiar, laboral, juvenil, migratoria... De otra forma, sin análisis propios, sólo queda pedir prestados métodos pastorales de afuera, que, en buena parte, son inadecuados. Y si se nos permite añadir una reflexión actual, hay que recordar que Monseñor Romero apreciaba y hacía uso de las celebraciones populares y litúrgicas, pero las ponía al servicio de la evangelización liberadora. Por eso, aunque sea hipotético, no estará de más preguntarse cómo celebraría hoy Monseñor Romero el Jubileo 2000, cómo y qué tipo de conversión exigiría, por qué pecados pediría perdón, en lo personal y como Iglesia. Desde esta perspectiva, no estaría mal que la Iglesia salvadoreña, en este año jubilar, pidiera perdón por su participación en los males de la guerra, y por lo que no ha hecho bien para proseguir la tradición de Monseñor en los últimos veinte años. Tampoco hubiese estado mal que la Iglesia de Estados Unidos -aprovechando la presencia del cardenal de Los Angeles- hubiese pedido perdón por lo que sus gobiernos han hecho contra el pueblo salvadoreño y muchos otros pueblos pobres del tercer mundo. Y que la Iglesia vaticana, junto a otros pecados, pidiese también perdón por el trato que, en vida, dio a Monseñor Romero y a varios otros obispos, sacerdotes, teólogos, laicos y laicas. La sexta es la construcción de un cuerpo eclesial. Recordar a Monseñor Romero significa, y en definitiva quizá sea eso lo más importante para dar pasos hacia adelante, trabajar por construir un cuerpo eclesial, en el que todos y todas se lleven mutuamente y aporten lo suyo a la misión y a la santidad de esa Iglesia. Monseñor Romero propició una Iglesia comunitaria y creativa. La animó al testimonio -hasta el martirio- y así a la credibilidad. La amonestó para que nunca llegase a ser real la amenaza de la Escritura: “por causa de ustedes se blasfema el nombre de Dios entre las naciones” (como repiten Isaías y Ezequiel en el Antiguo Testamento, y Pablo, Santiago y la segunda carta de Pedro en el Nuevo), sino todo lo contrario: la animó a ser sal que fermenta la masa y luz que ilumina la oscuridad. Así lo decía: “Ustedes, una iglesia tan viva, tan llena del Espíritu santo”. Recordar a Monseñor significa trabajar para volver a una Iglesia como la suya, Iglesia de los pobres. Significa, sobre todo, volver a un cuerpo eclesial, unido, decidido y orgulloso de su misión. Por último, dar esperanza a un pueblo sufriente. Recordar a Monseñor significa generar y mantener esperanza. Bien está ofrecer un más allá bienaventurado, sobre todo cuando el más acá es inicuo. Bien está que ello traiga consuelo, y en definitiva el gran consuelo de llegar a estar todos y todas en la plenitud de Dios -pero sin precipitarse. La Iglesia debe fomentar también y decididamente la esperanza de que la vida es posible, de que la creación de Dios puede llegar a ser entre nosotros como aquella mesa compartida de la que tanto habló el mártir Rutilio Grande. “Si a un pueblo le quitan la esperanza, le han quitado todo”, dice don Pedro Casaldáliga. Recordar a Monseñor significa, entonces, que la Iglesia se convierta en guardián, fiel y sin condiciones, de la esperanza, de la utopía de la vida. “Hay que defender lo mínimo, que es el máximo don de Dios: la vida”, dijo Monseñor Romero en Puebla. “La esperanza de los pobres no perecerá”, dice el salmo. Esa es la apuesta de Dios, su utopía. Esa debe ser la misión de la Iglesia. Muchas otras tareas tiene ante sí la Iglesia salvadoreña, y a algunas de ellas ya hemos aludido: fomentar el ecumenismo, buscar salidas a la juventud, la ecología, devolver dignidad y derechos a la mujer... Nosotros nos hemos fijado en las que siguen siendo urgentes y a las que nos impulsa la tradición de Monseñor. De todos modos, lo más importante nos parece ser recuperar la perspectiva de Monseñor Romero por lo que toca a la misión de la Iglesia: salvar a un pueblo. Monseñor no trató sólo de hacer cosas buenas, aunque hizo muchas, sino trató de hacer algo más primario y totalizante: salvar a su pueblo sufriente y esperanzado. Así lo dijo Ignacio Ellacuría en un artículo, escrito pocos meses después de su martirio: “Monseñor Romero, un enviado de Dios para salvar a su pueblo” (Sal Terrae, diciembre,1980). Este es el pathos -hoy ausente- que la Iglesia debe retomar de la tradición de Monseñor Romero: vivir y desvivirse por la salvación del pueblo. Hay que hacer cosas concretas, por supuesto. Pero la perspectiva popular y totalizante es la que ofrece a la Iglesia en todo lo que hace, también en lo concreto y pequeño, un principio y fundamento para su misión evangelizadora y para su identidad como pueblo de Dios. Es “fundamento” porque sobre ello puede edificar muchas otras cosas: evangelización, liturgia, doctrina, teología, pastoral, moral, derecho canónico, trabajo social... Y es “principio”, pues desde ello puede crecer la fe y la oración, el compromiso y la mística, la misericordia y la esperanza -y todo ello hasta el martirio, como lo mostró espléndidamente la Iglesia seguidora de Monseñor. ¿Es esto posible? Ya hemos mencionado las limitaciones, pero hay que mencionar también el potencial eclesial. En estos días de aniversario han ocurrido muchas cosas que dan esperanza, si se las pone a producir. En la celebración fue notable la dedicación de muchísimas personas para hacerla posible y con dignidad, la participación de gran número de gente, de instituciones, de sacerdotes y obispos que se hicieron presentes, la calidad de las celebraciones, sin desdeñar el respeto y la devoción que se sentían en concentraciones de miles de personas, la solidaridad internacional -sólo en el estado español hay 32 comités de solidaridad Oscar Romero. También ha sido notable el número de retiros, talleres, conferencias y escritos con la finalidad de que Monseñor llegue al corazón y al mundo de las ideas, y facilite una misión más animosa y lúcida. Ha sido notorio el carisma y la palabra de don Samuel Ruiz y de don Pedro Casaldáliga, por poner dos ejemplos significativos, junto a los de muchas otras personas, silenciosas, menos visibles, pero no menos reales... Y no sólo en el aniversario. En estos veinte años se han ido acumulando, con sus más y sus menos, tradiciones locales, actividades, libros y artículos, plataformas, organizaciones de solidaridad, de base y entre algunos jerarcas, que, sin mucho viento a favor como decíamos, ofrecen un gran potencial para recordar a Monseñor como Dios manda. Y no se desvanece el cariño de la gente, ni la terquedad salvadoreña del esfuerzo en el día a día. No partimos, pues, de cero. Un aniversario como el que hemos celebrado no se improvisa. Sólo cuando hay realidad -aunque a veces esté escondida y parezca pequeña como el grano de mostaza- puede ésta aflorar como afloró. Y para mantener siempre el ánimo, no olvidemos la enseñanza del evangelio: proseguir la causa de Monseñor, mantener viva su tradición, es exigente y oneroso. Pero, como ocurre con el evangelio, cuanto más carga uno con esa tradición más esa tradición carga con uno. Esa tradición romeriana que carga con nosotros es el gran potencial que tiene la Iglesia salvadoreña, latinoamericana y universal.
4. Monseñor Romero, profecía, juicio y buena noticia Cuarta proposición. Monseñor Romero es hoy, en definitiva, una buena noticia para los pobres y para quienes se solidarizan con ellos. Pero es también profecía y juicio a este mundo, mundo que dio, y sigue dando, muerte a justos e inocentes . Terminemos por donde comenzamos. Monseñor es un mártir y un santo universal y la canonización popular es evidente. Sin mucha ciencia ni derecho canónico, pero con un gran sensus fidei, que palpa la presencia de Dios en nuestro mundo, el pueblo, “su pobrería”, así lo reconoce. Ha santificado el día de Monseñor -24 de marzo-, sus lugares -el hospitalito y ahora la cripta-, el arte, la música y la poesía con innumerables cuadros, cantos y corridos populares, las calles y los caminos con manifestaciones y procesiones. Este es el hecho mayor: la canonización popular de Monseñor. No es la oficial, y a ella habrá que esperar. Pero no hay que olvidar que ésta vive de aquélla, y no a la inversa. El pueblo siente que Monseñor Romero nos introduce en una realidad distinta y de orden superior al que vivimos en el día a día, y superior al de un proceso de canonización -por importante que éste sea por otros capítulos. Llamar a Monseñor santo no significa contravenir ninguna norma, ni desafiar ningún canon. Significa experimentar y decir, agradecidamente, que ha ocurrido algo muy especial: que se ha visto el paso de Dios por este mundo, que se ha sentido el soplo de su Espíritu y que se ha agradecido la aparición entre nosotros de la buena noticia de Jesús. ¿Cómo expresa el pueblo esa experiencia tan suya? Lo he podido escuchar con frecuencia en estas o semejantes palabras, que tienen un recurrente ritmo ternario: “Monseñor Romero dijo la verdad. Nos defendió a nosotros de pobres. Y por eso lo mataron”. Que “dijo la verdad” y fue profeta lo recuerdan muy bien quienes escucharon denuncias como éstas: A los ricos les dijo: “La oligarquía está desesperada y está queriendo reprimir ciegamente al pueblo” (24 de febrero, 1980). A los militares: “Cese la represión” (23 de marzo, 1980). Al gobierno: “¿Dónde están las sanciones a los cuerpos de seguridad que han hecho tantas violencias?” (8 de julio, 1979). A los medios de comunicación: “Falta en nuestro ambiente la verdad (12 de abril, 1979). “Sobra quienes tienen su pluma pagada y su palabra vendida” (18 de febrero, 1979). Al gobierno de Estados Unidos: “Estamos hartos de armas y de balas. El hambre que tenemos es de justicia, de alimentos, de medicinas, de educación” (21 de octubre, 1979). Y también recuerdan las denuncias a la Iglesia, cuando ésta se orientó hacia “unos intereses económicos a los cuales lamentablemente sirvió, pero que fue pecado de la Iglesia, engañando y no diciendo la verdad, cuando habría que decirla” (31 de diciembre, 1978). Cuando prostituyó la religión: “La misa se somete a la idolatría del dinero y del poder cuando se usa para cohonestar situaciones pecaminosas... Y lo que menos importa es la misa, y lo que más importa es salir en los periódicos, hacer prevalecer una convivencia meramente política” (24 de junio, 1979). Y elevando a tesis sus denuncias a la Iglesia, dijo lapidariamente: “El cristiano que no quiera vivir este compromiso con el pobre no es digno de llamarse cristiano” (17 de febrero, 1980). Que “por eso lo mataron” y fue juicio al mundo lo muestra claramente la reflexión que hace el Nuevo Testamento sobre la cruz de Jesús. Que Monseñor Romero, el hombre bueno y justo, muriese asesinado quiere decir que este mundo es asesino. La muerte de Monseñor lo acusa de ello, como lo acusan de asesino los niños del Mozote, los indígenas de Guatemala, las mujeres congoleñas, los 800 millones que viven en pobreza crítica, biológica. En vida, Monseñor fue profeta inigualable, sólo comparable a Isaías, Amós, Jeremías o Miqueas. En muerte es el Cristo crucificado, juicio al mundo, que acusa al mundo de pecado. Monseñor Romero denuncia, desenmascara y condena sus crímenes. Que “nos defendió a nosotros de pobres” expresa lo más profundo que éstos vieron en Monseñor: una buena noticia. “Monseñor Romero es la única imagen que tenemos de Dios”, decía estos días un anciano en un asilo de pobres. Dice Gustavo Gutiérrez que la gran pregunta para la teología es “cómo decir a los pobres que Dios los ama”. A esa pregunta respondió Monseñor con su vida toda. Terminemos. En un mundo de mentiras, de crueldad y de violencia con Monseñor Romero apareció la verdad, la compasión y la reconciliación. En un mundo de trivialidad y de egoísmo con él apareció la firmeza y el amor. En un mundo que prescinde de Dios o lo infantiliza con él apareció la fe que confía en el misterio último, y, a la vez, está absolutamente disponible ante él. Ver juntas verdad y compasión, firmeza y amor, confianza y disponibilidad, no ocurre con frecuencia. Por ello, cuando algo de eso se hace presente en nuestras vidas es como una brisa de aire fresco. Ver juntos juicio y buena noticia, al Monseñor firme, duro e implacable contra la opresión que da muerte, y, a la vez, delicado, tierno y entrañable con los débiles es una buena noticia. Y en definitiva, el Monseñor entrañable. Amó a los pobres, y les hizo sentir que no tenía ningún otro amor mayor que el que les tenía a ellos. Y una última palabra. Próceres, héroes, personajes, puede haberlos. Se los podrá admirar, venerar, agradecer quizás, pero rara vez son queridos. Eso, sin embargo, es lo que ocurrió con Monseñor, y eso es quizás lo más específico suyo. A pesar del paso de los años su recuerdo no se ha convertido en recuerdo frío, de museo, sino que sigue siendo recuerdo cálido y cariñoso. Hasta el día de hoy, la gente, los pobres, le quieren a Monseñor Romero. Jon
Sobrino |