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Thomas
J. Reese SJ Por casi 200 años la fe cristiana ha penetrado en las vidas de millones de personas, ricos y pobres, con poder o si él. Famosos o desconocidos. No ha dejado de producir impacto en la vida de familia, en la economía, en la política, en el arte, en el sentido de la vida y en los proyectos humanos. Ha forjado culturas y ha cambiado el curso de la historia. Su enseñanza ha tocado áreas tan distintas como la vida sexual privada y algo tan público como las armas atómicas. El cristianismo ha realizado esto no como una filosofía abstracta, sino como una comunidad de creyentes organizada como Iglesia. Esta es una comunidad de pecadores, llamada a ser una comunidad de amor y servicio, y unida en torno a la mesa del Señor. A lo largo de su historia, la Iglesia ha cambiado constantemente. Ha tenido nuevos miembros, ha aceptado nuevos liderazgos, se ha propuesto nuevas metas. ¿Cómo cambiar hoy la iglesia? ¿Cómo prepararla para el nuevo milenio? No me arrogo el privilegio de conocer las respuestas. Y me resultan sospechosas las personas que reivindican para sí la certeza, sean oficiales de la curia romana o miembros de una comunidad de base. Mientras muchas prácticas corrientes en la Iglesia son mejorables, no hay por qué ocultar que la mayor parte de las propuestas y de las estrategias de reforma han surgido una parálisis. A medida que nos acercamos al final del segundo milenio, los problemas que hay que afrontar son tantos que la Iglesia parece cara al futuro. Entre los problemas actuales más controvertidos me propongo examinar tres: sexo, ministerio y jerarquía. Todo lo que voy a decir está sujeto a debate y corrección. Además, aquí hablo como científico social que describe le impacto de esas controversias en la Iglesia, no como teólogo que discute sobre moralidad y doctrina. Como científico, no niego el carácter espiritual y teológico de la Iglesia. Trato simplemente de utilizar mi formación profesional para reunir y analizar aquellos datos que pueden ayudar a la Iglesia a comprenderse a sí misma.
Cuestiones controvertidas 1. Sexo He estado usando un programa informático para investigar a través de 300 periódicos y revistas que aparecen en Internet a base de palabras-clave como "católico", "Vaticano", "Papa", "obispo" y "sacerdotes". Tras un rato de búsqueda, el propio programa me preguntó si desearía añadir la palabra "sexo", ya que esta palabra sale con mucha frecuencia en las noticias sobre católicos. Los medios de información de la Iglesia se centran a menudo en el sexo. En realidad, la jerarquía católica habla hoy más sobre justicia social que sobre sexo. Pero los reporteros, como la mayor parte de nosotros, encuentra mucho más interesante el sexo que la justicia social. En realidad, en la Iglesia católica la batalla del sexo ha concluido. En cuestiones como el control de la natalidad, la masturbación, las relaciones prematrimoniales, las segundas nupcias, la jerarquía ha perdido la mayoría de los fieles. Las encuestas de opinión son claras tanto en los Estados Unidos como en Europa y en muchos otros países. Mientras unos pocos sacerdotes arengan todavía a su menguada parroquia sobre sexo, la inmensa mayoría guarda silencio. Esta mayoría silenciosa ni defiende ni ataca la doctrina de la Iglesia. Muchos sacerdotes no saben qué hacer. Otros piensan que la Iglesia no tiene credibilidad en materia sexual. Y no faltan los que temen que se informe al obispo de lo que dicen. Por lo mismo no hay moralista que quiera especializarse en ética sexual. El silencio del clero en materia sexual resulta, pues, elocuente. Las encuestas nos informan de que, en este punto, la mayor parte de los sacerdotes están más de acuerdo con sus feligreses que con el Papa. En esta situación, la instrucción para los confesores del Pontificio Consejo para la familia de febrero de 1997 afirma que, "en general, no es necesario que el confesor inquiera acerca de pecados cometidos en estado de ignorancia invencible o de error inculpable de juicio. Es preferible dejar a los penitentes en su buena fe_". Si un porcentaje abrumador de fieles se hallan en estado de "ignorancia invencible", la Iglesia ha de encontrar una solución pastoral que se ajuste a la realidad. Lo que ha hecho la Iglesia es adoptar una equivalente a al norma: "No pregunte, no hable". Al sacerdote se le dice que no pregunte. El laico ya ha decidido no hablar. Si alguien está tentado de alegrarse con esta situación, debería recordar que los cambios en las actitudes sexuales han aportado aumento de la pornografía, violaciones a la orden del día, actividad sexual entre menores, aborto, enfermedades de transmisión sexual, para no hablar de las vidas rotas. Antes era la represión sexual la que causaba estragos. Ahora constatamos los efectos de la revolución sexual. Antes las disfunciones familiares perjudicaban a los hijos. Ahora hay que hablar de los efectos negativos del divorcio sobre los hijos. Pero son siempre los hijos los que salen mal parados. Que, en plena revolución sexual, la Iglesia no haya brindado un mensaje pastoral claro y convincente para ayudar a la gente, resulta trágico tanto para la Iglesia como para el mundo. En definitiva: sobre sexo la batalla ha terminado. Y no hay vencedores. Las estadísticas sobre divorcios muestran que los católicos no están en mejor situación que los no católicos. Cuando los obispos norteamericanos han simplificado al máximo las causas de anulación, Roma ha lamentado el número de anulaciones otorgadas, a pesar de que este número no hace sino disimular el problema. Sin anulación, el católico que se vuelve a casar se le prohibe la comunión. Esto, además de doloroso, resulta un escándalo par los hijos que contemplan cómo todo el mundo se acerca a comulgar. Es poco menos que imposible que no piensen: "La Iglesia me dice que mi madre es una mala persona". Lo mismo sucede su uno de los padres no es católico. No es un problema insignificante. Millones de niños católicos crecen en familias en las que uno de los progenitores o los dos no pueden recibir la comunión. Si estos niños han de escoger entre ser leales a la Iglesia o a sus padres. La Iglesia tiene las de perder. Si los que se han vuelto a casar no se encuentran a gusto en la Iglesia, si las familias ecuménicas no se encuentran en ella como en su casa, nos exponemos a perderle no sólo a ellos, sino a las futura generaciones.
2. Ministerio Se ha dicho que más de la mitad de los católicos de todo el mundo no pueden disponer de la Eucaristía dos domingos por que no hay sacerdotes disponibles. Esto coincide con incursiones de Iglesias protestantes y de sectas en áreas tradicionalmente católicas como América Latina. Son las comunidades más evangélicas y flexibles las que se expanden más rápidamente. Dean Hoge de la Universidad Católica de América ha mostrado con sus estudios que la crisis de vocaciones es un mito. Hay cantidad de gente joven que desea servir a la Iglesia como sacerdote diocesano, pero que también quiere casarse. La Iglesia sigue esta política: cuantos menos sacerdotes, más extensas las parroquias. El impacto de esta política es mayor en zonas rurales, en las que las parroquias están más distantes. En muchas parroquias la educación religiosa y la preparación para los sacramentos corre a cargo de los laicos. No está lejos el tiempo en que estos tendrán que cuidar de la pastora e incluso de la dirección espiritual. La posibilidad de disponer de un sacerdote que ayude a bien morir es hoy casi nula. Y la celebración de algo tan esencial para la vida cristiana como los sacramentos será cada vez más rara. Las feministas radicales pensarán que Dios sabe lo que se hace, pues la política católica sobre el celibato sacerdotal esta desclericalizando rápidamente la Iglesia. Lo que la Reforma protestante no consiguió lo ha logrado el celibato. El laicado - mayormente las mujeres - asumen cada vez más unas funciones que antes eran consideradas propias de sacerdote. De un sistema en el que le laico era consumidor y el clero proveedor de servicios se está pensando a un self service. Al rechazar la ordenación de hombres casados, la jerarquía se empeña en ignorar su propio interés. Dada la estructura actual de la Iglesia, los sacerdotes incrementarían enormemente el poder de los obispos. En el mundo laboral la cosa es clara: a más oferta de trabajo, mayor facilidad para contratar y para despedir. Por otra parte, un empleado con familia que mantener es más dócil que otro sin ella. Con la escasez actual, resulta imposible remover a sacerdotes incompetentes. Olvidamos que la Iglesia ha tenido ya un clero casado. La Iglesia ucraniana y otras Iglesia orientales hace siglos que lo tienen. Incluso pastores protestantes casados convertidos al catolicismo han sido ordenados sacerdotes. Sólo los católicos casados de rito latino no pueden ordenarse. En algunas partes, la ley del celibato es abiertamente violada. El cura del pueblo tienen mujer e hijos. Todo el mundo lo sabe. Sólo el obispo lo ignora. En otras partes, algunos sacerdotes llevan una doble vida. El obispo los considera como débiles y pecadores. Pero, mientras la situación no se aireé, espera a que el sacerdote se arrepienta. Pese a los escándalos sexuales que recientemente han afligido a la Iglesia norteamericana, los sacerdotes aquí observan responsablemente su celibato. El respeto por la ley y la aversión hacia la duplicidad, típicos de la cultura norteamericana, puede explicar este hecho. Si la ley no satisface, el americano la cambia, pero no la ignora ni la viola a sabiendas. Es posible que, en otras partes, a muchos hombres de Iglesia les resulte mucho peor propugnar la abolición de la ley de celibato que trasgredirla. A fin de cuentas, la transgresión implica debilidad, que es algo muy humano. En cambio, la abolición afecta a la autoridad de la Iglesia y, por consiguiente, es desobediente e inoportuna. La prohibición de ordenar a mujeres es una de las cuestiones más contestadas hoy en la Iglesia norteamericana. El porcentaje de católicos americanos y europeos que defienden la ordenación de mujeres crece de día en día, siendo así que el Papa estuvo a punto de declarar infalible la doctrina contraria. Creo que la única razón que explica por qué el Papa no declaró infalible esta enseñanza es que el Vaticano se percató de que, haciéndolo, se pondría a discusión la entera cuestión de infalibilidad. Mientras la infalibilidad se conserve bien cerrada y no se use, los católicos no se preocuparán de ella. Pero, usarla para definir una enseñanza contraria a lo que cree la mayoría de los católicos equivaldría a ponerla en peligro. Para un número creciente de mujeres americanas, la Iglesia es una institución regida por un sexismo que no toma en serio lo que a ellas les concierne. No sólo la ordenación de la mujer, sino también el control de la natalidad, la predicación laical, el lenguaje y el modo de tratar al personal femenino son temas que afectan mucho a las mujeres. Corremos un serio peligro de perder a la mujer el siglo que viene, como perdimos a la clase obrera el siglo pasado. Es la mujer la que, como madre y educadora, ha de transmitir la fe a la nueva generación. Un sacerdote dispone, a lo más, de diez minutos a la semana para predicar. La mujer mantiene un diálogo y un intercambio constante con niños y/o niñas. Si la mujer está furiosa con sus pastores, si está enojada con la jerarquía, si, por todo esto, se vuelve anticlerical, la nueva generación de mujeres y hombres será anticlerical. Es ridículo pensar que saldrán vocaciones sacerdotales o religiosas de familias con madres anticlericales. La Iglesia no puede sobrevivir sin el soporte activo de la mujer.
3. La Jerarquía No es cierto que el pueblo católico esté dividido, como muchos dicen. Aunque chillan mucho, son pocos los que forman el ala conservadora. Donde sí hay división es entre el pueblo y la jerarquía. La brecha entre obispos y pueblo, entre obispos y sacerdotes se hace más profunda en todas partes. ¿En qué país no se han oído lamentaciones a propósito del nombramiento de obispos que no contactan con el pueblo? El Vaticano usa la prueba de fuego del control de natalidad, el celibato sacerdotal y la ordenación de la mujer para seleccionar a los candidatos al episcopado. Los defensores de las posturas vaticanas son promovidos, aunque su índice de popularidad con el pueblo e incluso con otros obispos sea muy bajo. Seleccionando así y decreciendo el número de sacerdotes, resultará cada vez más difícil dar con obispos aptos intelectual y pastoralmente para dirigir al pueblo. Muchos obispos achacan la división de la Iglesia el disenso y a la prensa, cuando deberían reprocharse la pérdida de credibilidad. Reformas necesarias han sido consideradas como desastrosas para la Iglesia. Así. La libertad religiosa, el ecumenismo, las innovaciones el la Liturgia - introducción de las lenguas vernáculas, comunión en la mano - fueron rechazadas por miembros de la jerarquía. Se condenó o se silenció a teólogos como H. de Lubac, J.C. Murray, a los que más tarde la propia Iglesia rehabilitó y honró. Los libros de los teólogos condenados se convierten en best seller. No tiene, pues, nada de extraño que el pueblo no se tome en serio las condenas de la Iglesia. Hay católicos que, cargados de optimismo, esperan que, con el próximo cónclave, se producirá un cambio. No sería la primera vez que el Espíritu Santo diese una sorpresa. Pero hay que contar con un hecho: el 83% de los cardenales actuales han sido nombrados por Juan Pablo II. Estos cardenales no van a elegir un Papa que rechace la herencia de Juan Pablo II. El próximo Papa puede cambiar de estilo, pero no en el fondo. Sin embargo, dado que los cardenales no curiales frisan en el 75%, es de suponer que quieran un Papa que reduzca el poder de la Curia romana y lo devuelva a las Iglesias locales. Aunque pocos son los Papas quem una vez elegidos, hayan mantenido una promesa de descentralización. Así que, no deja de ser posible que, a la vista de lo que haga el próximo Papa, su predecesor nos llegue a parecer liberal.
Estrategias de reformas Dado el estado actual de la Iglesia, ¿cuáles son las estrategias posibles? ¿cuáles son las apropiadas para introducir las necesarias reformas? 1.- El cisma. Es una primera estrategia posible, de larga y dolorosa historia en la Iglesia y que, en tiempos recientes, ha sido más utilizada por conservadores que por liberales. Se podría pensar que resulta la única estrategia posible para que los disidentes se hagan respetar. De hecho, gozó de mayor consideración el Arzobispo Marcel Lefebvre, estando fuera de la Iglesia, que los contestatarios que permanecían fieles a ella. En última instancia, uno acaba siendo considerado como un hermano separado y tratado con respeto. Huelga decir que, pese a esas ventajas superficiales, el cisma no resulta una opción viable. El cisma se sabe cuando comienza, pero no cuándo acabará. Esto sin contar con la posibilidad de fraccionamientos posteriores. Jugar la carta de cisma sería desastroso tanto para la unidad como para la reforma de la Iglesia. 2.- Hacer de profeta. La segunda estrategia consiste en quedarse en la Iglesia y hacer de profeta denunciando abusos y clamando por las reformas. Ejerce un gran atractivo tanto sobre los liberales como sobre los conservadores, si es que se creen inspirados por el Espíritu. Sin embargo, entre unos y otros hay mucho falso profeta. Así, los liberales organizan grupos de presión y convocan ruedas de prensa, mientras que los conservadores confeccionan listas negras, denuncian a sus oponentes y procuran que los echen de sus puestos en la Iglesia. Estos falsos profetas, tanto liberales como conservadores, pretenden imponer su modelo político a la Iglesia. Los liberales quieren imponer el modelo democrático, a pesar de la evidencia empírica de que tampoco la democracia funciona demasiado bien. Los conservadores, por su parte, intentan imponer el modelo monárquico, pese a los siglos que evidencian su fracaso. En uno y otro caso se trata de un profetismo que va muy teñido de política y del que no cabe esperar gran cosa. 3.- Conformidad en público, independencia en privado. Esta tercera estrategia nos recuerda al hijo de la parábola evangélica que le dice a su padre que sí irá al campo, pero luego no va (Mt. 21, 28-29). De entrada, uno se muestra complaciente, pero después hace lo que le viene en gana. A los que viven en una condición de inferioridad o de sujeción, no les queda otro remedio que echar mano de esa estrategia. La adoptan los sacerdotes que, por ejemplo, por delante, le dicen al obispo una cosa y, detrás, hacen otra. En una iglesia en la que las decisiones las toma exclusivamente la jerarquía no es extraño que esta estrategia resulte atractiva y tenga sus adeptos. Pero a muchos -por supuesto, en general, a los norteamericanos- no nos gusta decir una cosa y hacer otra. 4.- Silencio. La mayoría de los norteamericanos prefieren el silencio a la doblez. Estos católicos evitan las discusiones, no porque no quieran las reformas, sino porque no les gustan los conflictos. Para ellos, La Iglesia no es un espacio para le debate, sino para la plegaria, para tomar aliento en la lucha de cada día y para hacer obras de caridad. Demasiada discusión hay en el trabajo y en la vida para ir a la Iglesia y seguir discutiendo. Esta estrategia del silencio es frecuente en el clero. Uno no quiere meterse en refriegas cuyo resultado no depende de él. Los liberales que adoptan esta estrategia proclaman a voz en cuello la doctrina social de la Iglesia y callan en otras materias. Los conservadores proceden a la inversa. Muchos historiadores, biblistas , estudiosos de todo tipo, soslayan las cuestiones controvertidas y centran su trabajo de investigación y docencia en temas ofensivos. Los liturgistas son los únicos que no tienen m{as remedio que meterse en terrenos sembrados de minas y difícilmente salen de ellos ilesos. 5.- "Haga todo lo que esté en su mano". Muchos obispos usan esta estrategia cuando estudian los documentos de la Iglesia y el Derecho canónico para encontrar una salida airosa a los problemas pastorales que se les presentan. Es el caso de los obispos que nombran personas abiertas, incluso mujeres, para los tribunales de cuestiones matrimoniales y para otros cargos de la curia Episcopal. Son partidarios de una "sensibilidad pastoral" con los alejados de la Iglesia , por esto, someten a cuidadoso estudio los casos, sin reclamar cambios. Así procedía, por ejemplo. El anterior Arzobispo de San Francisco, John Quinn. A nivel parroquial se practica también esta estrategia cuando el sacerdote se muestra sensible y escucha a los miembros del consejo. El pastor es el que ha de recordar a los laicos que, como mínimo, uno de los lectores en la Liturgia de la palabra ha de ser una mujer y que las mujeres han de estar representadas a todos los niveles. 6.- Testimonio cristiano en el mundo. Dorothy Day y la Madre Teresa de Calcuta son dos casos paradigmáticos de esta estrategia en el siglo XX. En vez de intentar reformar la Iglesia ad intra, hacen lo que hay que hacer ad extra: alimentan al hambriento, cuidan al enfermo, visten al desnudo y, en el caso de Dorothy Day, hacen campañas a favor de la reforma política y económica. Mientras otros se preocupan de las estructuras y de la política de la Iglesia, estas dos mujeres y, con ellas millones de católicos, simplemente viven el Evangelio trabajando voluntariamente en programas de ayuda al pobre y de mejora de las condiciones de habitabilidad de este mundo. Su testimonio es tan claro que nos recuerda a los demás lo que realmente importa. Es un testimonio que arrastra. Se cuenta que en la curia archidiocesana de Nueva York nadie quiere tener un conflicto con Dorothy Day porque no quieren pasar a la historia como perseguidores de una santa. En este capítulo quedan incluidos todos los que trabajan desinteresadamente por los demás y los que, silenciosamente, forman una familia cristiana. En su trabajo de cada día dan testimonio del Evangelio. 7.- La tarea de los intelectuales al servicio de la fe. Se trata de una estrategia a largo plazo. La investigación no es valorada como se merece en las Universidades Católicas y apenas existen fundaciones católicas para el fomento de la investigación. Por su parte, los monseñores vaticanos miran con recelo a los teólogos con nuevas ideas. La Iglesia católica invierte menos en investigación que cualquier otra corporación multinacional. La mayor parte de la jerarquía no experimenta necesidad alguna de promover la investigación, porque piensa que la Iglesia ofrece un producto perfecto. Conclusión: si perdemos la batalla de las ideas es porque no las tomamos en serio. En los años cuarenta y cincuenta adoptaron esta estrategia intelectuales como J. Jungmann, K. Rahner, Y. Congar, M.D. Chenu, H. De Lubac, P. Teilhard de Chardin, K-C- Murray, B. Lonergan y otros, cuyo trabajo allanó el camino para el Vaticano II. A la larga, no habrá quien tome el relevo, si es que nos hemos de limitar a memorizar los respuestas del Catecismo. Tampoco podemos acudir a Santo Tomás en busca de las respuestas que hoy necesitamos. Hemos de examinar nuestra tradición a fondo, echando a mano del método que tan buenos resultados ha dado en el estudio de la Escritura: atendiendo al contexto histórico y cultural, a los géneros literarios y al lugar que ocupa un autor en el desarrollo de la tradición. Imitemos a los grandes pesadores de antaño, no repitiendo sus palabras, sino haciendo lo mismo que ellos. Agustín y Tomás se inspiraron en los neoplatónicos – el primero – y en la obre aristotélica recientemente descubierta – el segundo -, para exponer la fe a sus contemporáneos. De lo que se trata, pues, no es de citar a Agustín y a Tomás, sino de imitarles utilizando los mejores instrumentos intelectuales de nuestro tiempo para exponer la fe y sus implicaciones éticas y pastorales a nuestros contemporáneos. Biblistas e historiadores han hecho grandes progresos gracias a la libertad de investigación otorgada por el Vaticano. De ahí que los mejores logros de la teología contemporánea se deban a los estudios bíblicos e históricos. En cambio, por necesitar una fundamentación filosófica, tanto la teología sistemática como la moral no han tenido tanta fortuna. Basta mencionar la palabra "filosofía" para que cualquier auditorio católico quede vacío. Desde la Ilustración, la Iglesia se ha empeñado en defender a capa y espada la escolástica. Pese al Catecismo de la Iglesia Católica, es una batalla perdida. Esto significa que la Iglesia no tiene una base adecuada para construir sobre ella la teología sistemática y moral de hoy. Ni hay un sistema filosófico secular del que pueda disponer ni existen los colosos filosóficos de otros tiempos para dialogar con ellos. Pero esto no nos exime de la responsabilidad de pensar. Consecuencia: la teología se basa a menudo en la autoridad personal del teólogo o del autor que se cita. Muchos teólogos, incluidos los autores del Catecismo, practican un "catolicismo de escaparate". En él se muestran las mejores piezas seleccionadas de las mejores marcas: citas de la Escritura, de los Padres de la Iglesia, de los Concilios y del magisterio. Los teólogos que se limitan a citar a Agustín o a Tomás no tienen dificultades. Estas vienen cuando se atreven a imitarles exponiendo la fe con los mejores instrumentos de la hora presente. Teilhard fue silenciado por querer compaginar ciencia y religión, y hoy los moralistas que utilizan la sicología y el análisis social son mirados con recelo. Uno de los teólogos que, con mayor fortuna, intentó resolver la fundamentación filosófica de la teología de este siglo fue el canadiense Bernard Lonergan (1904-1984), por más que sus escritos resulten duros y su terminología a veces confusa. Su intento de desarrollar un método empírico aplicable a toda disciplina científica es encomiable. Sólo si comprendemos hasta qué punto las metodologías de la teología, la historia, la ciencia y la filosofía son instancias de un modelo cognitivo fundamental, seremos capaces de soslayar los agujeros negros del relativismo y del dogmatismo, y de mantener un dialogo inteligente con la Iglesia y con el mundo. Pero esto no se limita a sólo la investigación. Si el laicado quiere promover la reforma de la Iglesia tiene que hacer también sus deberes. Si quiere participar activamente en la vida de la Iglesia, tiene que estudiar. Los católicos norteamericanos dedican más tiempo al ejercicio físico que a los ejercicios espirituales. Sus hijos crecerán robustos, pero ignorarán el sentido de la vida. Un elevado porcentaje de los católicos teológicamente bien formados son ex-sacerdotes, ex-religiosas, o ex-seminaristas. Si no los aprovechamos, no podremos disponer de ellos cuando más los necesitaremos. Los laicos que desearían dedicarse a tareas eclesiales hallan grandes dificultades en compaginar su formación con su profesión. Nada parece indicar que el laicado sea capaz de resolver el problema económico que supone su propia dedicación a tareas eclesiales.
Conclusión Temo que mi exposición haya resultado sombría. Acaso porque se ha centrado en áreas problemáticas. De todos modos, no deja de ser arduo practicar hoy la esperanza. Y eso que no faltan razones para ello. Basta recordar que con el Vaticano II hicimos un gran asalto del siglo XVI al XX. El Concilio afirmó la libertad religiosa, la colegialidad, el ecumenismo, la reforma litúrgica y la preocupación por lo social, y amplió el rol del laicado en la Iglesia. Esto ha echado ya raíces y forma parte de la identidad católica. Si exceptuamos tal vez la colegialidad, no ha habido marcha atrás, aunque sí un parón en el movimiento de reforma. No hay sociólogo o estudiante de historia que se sorprenda de esto. El postconcilio ha sido a la vez creativo y caótico, y las grandes instituciones no se avienen con la creatividad y el caos. Como IBM, la Iglesia Católica era demasiado grande, estaba cargada de demasiadas normas burocráticas, para responder adecuadamente a un entorno cambiante. Muchos consideran el PC como la fuente de los problemas de IBM. También hay quien atribuye al Vaticano II la responsabilidad de los problemas de la Iglesia. Pero el problema no es ni el PC ni el Concilio, sino la incapacidad del IBM y del Vaticano para adaptar su organización a la rapidez de los cambios actuales. La Iglesia ha de comprometerse en la tarea de una renovación crítica constante. Se trata de un proceso dinámico de auto-constitución en el que la Iglesia, manteniéndose fiel a sus ideales, ha de interaccionar con el mundo para responder a las necesidades actuales. En la historia de la Iglesia la innovación raramente a partido de la jerarquía. La innovación ha venido de los santos, de los investigadores, de las ordenes y congregaciones religiosas o ha sido impuesta desde afuera. Y, no obstante, es la jerarquía la que da legitimidad a las innovaciones. La historia se cuidará de forzar el cambio. Pero se tomará más tiempo de lo que muchos desearíamos. ¿Cómo reaccionar cuando las reformas van más lentas – si es que van – de lo que uno desearía? Me temo que sólo hay una respuesta: trabajando duramente y con paciencia y amor. ¿Por qué sorprendernos de que nosotros no veamos las reformas? Ha pasado el tiempo de las grandes utopías. Ni siquiera somos capaces de resolver los problemas de nuestra propia familia. ¿Podemos reformarnos a nosotros mismos para convertirnos en lo que aspiramos a ser? Y, sin embargo, esto no quiere decir que dejemos de intentarlo. El proyecto humano requiere conversión intelectual, moral y religiosa. Y una conversión así no es fácil. Ser razonable, ser responsable y saber amar exige trabajo arduo. Es más fácil ser irreflexivo, irresponsable y egoísta. Nuestras inclinaciones personales, grupales y culturales nos impiden situarnos en un punto de vista más elevado que nos permita ver nuevas soluciones a nuestros problemas. De ser fieles a nuestra fe, el amor ha de estar en la raíz de cualquier estrategia que adoptemos. Una estrategia que llevase consigo el aislamiento de la jerarquía, además de ineficaz, no sería cristiana. Si aquellos con los que no estamos de acuerdo no creen que les apreciamos, hemos fracasado como cristianos. Jesús no fue a la cruz con el puño crispado y maldiciendo a sus adversarios. Fue pacíficamente, dando testimonio de la verdad con dignidad. No es fácil convencer a un obispo de que uno le aprecia, aunque crea que sus decisiones no son acertadas. Como no es fácil convencer a un teólogo o teóloga de lo mismo manifestándole a la vez por qué creemos que sus ideas no son correctas. Pero todavía es más difícil decirle a un oprimido que "ame" a su opresor. Y, sin embargo, hemos sido llamados a dar testimonio al mundo de que somos cristianos porque nos amamos y no escandalizarlo mostrando que somos católicos porque no peleamos. No hay modelos que nos guíen en la estrategia del amor activo y fuerte. Sólo unas pocas personas en este siglo – Martín Luther King, Mahatma Gandhi, el Arzobispo Oscar Romero, Nelson Mandela – han demostrado que es posible amar a los propios adversarios, mientras se lucha por la verdad contra la justicia. ¿Podemos nosotros, católicos, dejar de optar por el amor y la reconciliación como estrategia para resolver los problemas internos de la Iglesia, cuando predicamos que esas estrategias han de aplicarse a nivel nacional e internacional?. La historia nos muestra que la Iglesia ha tenido períodos de progreso en los que ha respondido con inteligencia y responsabilidad a las nuevas situaciones, y también períodos de decadencia en los que las tendencias individuales o grupales ocultan la realidad, impiden un juicio certero y limitan la libertad. Esto vale para toda institución. Pero lo que distingue a la Iglesia es su apertura a la redención, que es capaz de renovar a los cristianos como individuos y como comunidad. Los cristianos somos débiles y pecadores. Pero tenemos fe en la Palabra de Dios que nos muestra el camino, tenemos una esperanza basada en la victoria de Cristo sobre la muerte y en la promesa del Espíritu, y tenemos un amor que nos impulsa a perdonar y a participar juntos en la misma mesa del Señor. El futuro de la Iglesia y cualquier programa de auténtica reforma ha de basarse en esa fe, esa esperanza y ese amor.
Thomas
J. Reese S.J. |